TANATOS12

Capítulo 47

Quizás fuera más una ensoñación o un deseo que una posibilidad, pero cada vez me parecía todo menos descabellado. Desde lejos me daba la sensación de que María, no era que coquetease, ni que se dejara querer, o casi sí… No sabía. No me era fácil ubicar su actitud. Me parecía que se movía, poderosa, en una delgada línea entre simular rechazo y sugerir predisposición.

Me acerqué por un lado, consciente de mi ebriedad, errático, sin llamar la atención, quizás precisamente por ser así uno más de aquella calle. Quería saber más de él y de aquella línea que trazaba María. A unos cuatro metros, casi apoyándome yo en otro coche aparcado, vi a una María chulesca, con cara de desidia, pero escuchándole, y a un crío que gesticulaba bastante, con cierta gracia corporal, con el pelo castaño y los ojos grandes y llamativos, como con unas pestañas largas que podía ver hasta desde mi posición, y una nariz aguileña pintoresca, pero que no acababa de romper la armonía de su cara.

Pero de todo, lo que más llamaba la atención de él, eran unos coloretes en sus mejillas que rebelaban no solo una borrachera en su punto álgido sino un nerviosismo mal disimulado, una falsa seguridad que me recordaba a la de Marcos. Aquel sonrojo parecía acentuarse cuando, tras hablar, esperaba la respuesta de María, como si aquel rostro, aquel crío, estuviera martilleándose a sí mismo con una vocecita interior que le estuviera susurrando “está buenísima, es jodida, pero venga, tú puedes”.

No podía oír lo que decían. Y lo decía casi todo él. Solo podía ver sus miradas y su lenguaje corporal. María no tenía la chaqueta cerrada precisamente, y se la había remangado un poco junto con la camisa, por lo que el chico, si quisiera, podría llevar sus ojos a su torso y maravillarse con aquellos pechos que llevaban horas castigando aquel sujetador sin tiras, de color grisáceo, y aquella camisa de seda blanca finísima, que llevaba tiempo desistiendo de intentar ocultar aquellos pezones cuyo estado natural ya era la prominencia y la dureza más absolutas. Los ojos del niño, siendo bonitos, aún destacaban más por irradiar admiración; y es que la miraba con una fascinación y respeto morboso de adolescente, una mezcla de deseo y mitificación, como solo miras a una profesora atractiva y madura en el colegio y jamás vuelves a mirar a nadie así.

Aquel crío no se podría imaginar que aquella chica, o seguro mujer madura para él, había estado a punto de ser follada en un portal a menos de doscientos metros de distancia y de media hora de tiempo. No se podría imaginar que ella misma se había bajado aquellos shorts, se había dado la vuelta y le había pedido con aquel gesto, a un mediocre como Marcos, que se la follara. El chico se moriría si la hubiera visto recostada sobre aquellos escalones, con las piernas abiertas, intentando taparse las tetas para que Marcos no se las mordiera, al tiempo que le cogía de la polla para que se la metiese y la calmase. Allí, tan chula, no podría imaginar que no llevaba bragas, que debajo de aquellos shorts solo había un coño abultado y empapado, quizás tan empapado que de no ser por la camisa que tapaba los pantalones cortos por delante, pudiera notarse un azul marino más oscuro por la zona de su sexo.

Me acerqué un poco más, siempre disimulando entre aquel jaleo de gente haciendo cola y gente dudando si buscar otras vías de llegar a casa o si seguir la noche. Y escuché una frase de él que pensé haría sonreír a María, pero mantuvo su semblante serio y negó con la cabeza con desidia.

—¿Qué vienes de un congreso o algo así?

Tras disentir con aquel gesto desganado, buscó su móvil en el bolso. Tecleó. El chico aguantaba allí plantado, por si un milagro caía del cielo, mientras sus amigos le hacían gestos para que desistiese, e, inmediatamente después, comenzó a hablar por su móvil, siempre cerca de ella. Yo me preguntaba por el destinatario de aquellos mensajes, si bien parecía claro. Tras unos instantes en los que ella escribía y él hablaba por teléfono o más bien escuchaba, pues no parecía decir mucho, María volvió el teléfono al bolso y él colgó su llamada de forma abrupta. De golpe, a pesar de seguir tan próximos, se hizo un vacío. Ni él ni ella hablaban. Yo terminé por acercarme y apoyar mi trasero ya sí cerca de ella, sin saber muy bien por qué.

El silencio se mantuvo. Incómodo. El chico me miraba. Yo le miraba y miraba a María. De perfil y algo inclinada, su pecho marcaba un relieve infartante. Cuando el silencio era ya absurdo, el chico, con cara de extrañeza, preguntó:

—¿Sois novios?

María esbozó una media sonrisa, cruzó sus brazos, alzó la mirada hacia él y dijo:

—¿Quieres que te lo cuente?

—Pues sí.

—¿Que te lo cuente bien?

—Mmm… sí —respondió y mi corazón comenzó a palpitar con fuerza.

—Pues mira, somos novios, sí, prometidos, de hecho, pero él tiene la polla muy pequeña y le pone que folle con otros, que yo folle con otros, quiero decir, y él mira mientras… eso pasa… Bueno, mira y también se hace pajas o lo que sea mientras mira. ¿No me lo crees? Pablo, venga, sácatela, para que vea que no miento —dijo frívola, mirándome levemente, instándome a que obedeciera.

El chico me miró. Yo le miré. Estaba sorprendido, como si repasara mentalmente todo lo que acababa de escuchar y aún estuviera decidiendo si creerla o no.

—¿En serio? —acabó por decir.

—¿En serio, qué? —replicó María.

—Que si en serio hacéis eso de que tú lo haces con alguien y él mira. Lo de su polla me da igual. Aunque yo la tengo bastante bien —nos sorprendió el crío, acercándose además a María, y postulándose como posible, con nerviosismo, pero también con una desfachatez imprevista.

—¿Ah sí? ¿La tienes bastante bien? —preguntó María. Con retintín. Con superioridad. Distante.

—Pues sí. Además estoy medio empalmado —se lanzó y yo vi sus mejillas iluminarse y sentí mi pecho oprimirse y palpitar.

—¿Por qué estás medio empalmado? Cuéntame —dijo ella, sintiéndole ya muy cerca. Aquel chico era un flan, pero su cuerpo se pegaba, torpe, a María.

—Porque… estás muy buena…

—¿Ah sí?

—Sí… y se te transparentan las tetas que flipas…

En ese momento aquel rostro armónico, de nariz aguileña y mejillas coloradísimas, se inclinó hacia la cara de María, buscando sus labios, sin posar sus manos en su cintura ni en ninguna parte, solo buscando un beso, extraño y casi fuera de contexto, pero más sencillo de intentar a aquellas horas y bajo el refugio de aquella conversación. María posó su mano en su pecho y le detuvo, girando un poco la cara, acompañando los dos gestos con un “para” gélido y déspota, que yo conocía perfectamente.

El chico se apartó un poco y entonces María me sorprendió, pues visiblemente nerviosa, me volvió a insistir en que me la sacara, como queriendo llevar todo el peso de aquella tensión hacia mí, quizás queriendo evitar más ataques.

—Venga, sácatela, para que vea que no mentimos.

—Yo… si os besáis… me la saco… Así ya se cree todo, que la tengo pequeña y que vamos buscando gente por ahí para que te folle y yo mire —dije con una gallardía inusitada, como si el morbo, el alcohol, o las dos cosas me dieran unas agallas desconocidas.

Se hizo un silencio eterno. Pensé que la retirada de María era inminente. Pensé también que estábamos a la llegada de un solo taxi de que aquello se rompiera.

—Pues venga, sácatela —dijo ella.

Miré a mi alrededor, miré al chico, que no entendía nada. Solo entendía que era buenísimo para él que yo me desnudase. Yo me preguntaba a qué jugaba María. Pero sin duda tenía más que ganar que que perder, por mucho que fuera siempre vergonzante mostrarle mi miembro a alguien.

Me giré un poco hacia ellos. Me llevé la mano al cinturón y comencé a desabrochármelo. Mi intención era mostrar mi miembro, pero que no saliera a la luz demasiado de mis calzoncillos húmedos.

—Venga —insistió ella y yo abrí el botón, comencé a bajar la cremallera y por alguna razón extrañamente masoquista saqué mi miembro al descubierto mientras les miraba, sobre todo mientras le miraba a él.

Aquello era una locura, quizás una locura de borrachos si no fuera por el trasfondo constante y asfixiante de mi juego con María. El chico no se cortó en calificar mi pequeño miembro con un adjetivo hiriente, pero a él le importaba la segunda parte del trato. Con mi diminuta polla asomando por la abertura de mi calzoncillo y con mis pantalones bajados lo justo para poder mostrarme, aquel crío iniciaba un segundo ataque, esta vez mucho más legítimo. María recibía con sorpresa aquel envite y giraba su cara, hacia la suya, pero llevaba su mano otra vez a su pecho. El chico puso las manos en la cintura de ella y atacó de nuevo… y ella giró la cara. Con sus rostros pegados, pero sin beso, yo me recomponía, y María le apartó con más decisión.

—¿Qué? ¿No era ese el trato? —protestó el chico, balbuceando un poco, luciendo más embriaguez, y mostrando desesperación y ansia más que enfado.

—¿No prefieres lo de irnos, follar y que él mire? —dijo ella.

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