LOLA BARNON

El día transcurrió tranquilo. Paseamos un rato por la playa cogidos de la mano, como dos jovenzuelos. Me sentía bien, tranquilo. La imagen de Isabel con aquel chico en la piscina se me fue, o casi. En mi interior había un debate que no concluía ni había ganador. ¿Serían imaginaciones mías? ¿Isabel estaba de vuelta de todo aquello y solo mis dudas y mis temores me hacían imaginarme algo que no existía? O, por el contrario, ¿mi cabeza solo adelantaba lo que podría ocurrir?

Comimos en un restaurante de la playa. Pescado frito y cerveza. De nuevo, como dos jovencitos. En el camino de vuelta, que lo hicimos andando, ella me cogió de la cintura y recostó su cara en el hueco de mi brazo. Fuimos despacio, andando con tranquilidad. Dejando que la brisa nos acariciara y los minutos pasaran despacio, perezosos.

Llegamos a la habitación y nos tumbamos en la cama. Relajados, con una sonrisa en la boca y chispas en los ojos. La acaricié las mejillas y la besé en los labios. Ella me respondió al beso.

—¿Prefieres que te deje seco ahora o por la noche…? —Me preguntó con una sonrisa y una mirada traviesa.

—¿No puede ser ahora y por la noche…?

—Sí, claro… Pero no sé si podremos aguantar sesión doble. Después de lo de ayer…

—Descansamos y nos reservamos para la noche.

—Pues prepárate… —me dijo con un suave beso en los labios—. Descansa y hazte a la idea de que no sé si vas a salir vivo…

_____________________

Nos fuimos de nuevo a un restaurante de la zona. Uno que tenía fama de hacer buen pescado y estar en un sitio muy agradable y buenas vistas. En efecto, lo era.

Aunque yo, lo que se dice vistas, tenía las de Isabel, que esa noche llevaba puesto un vestido que se le ajustaba como una segunda piel. De color casi blanco, le llagaba hasta la mitad de los muslos. Un collar de bisutería, unos pendientes no demasiado llamativos y unas sandalias de tacón infernal, completaban el atuendo. Encima del vestido, una cazadora de cuero fino, azul marino, que rompía el estilismo serio o formal.

Un ligero maquillaje, resaltando sus ojos verdosos, su melena ondulada cayendo más debajo de los hombros y una mirada majestuosa. Estaba preciosa, y se lo dije.

—Estás guapísima.

—Eres un sol, mi vida.

—En serio. Brillas…

—Debe ser que estoy feliz.

—¿Por mí?

—¿Tú qué crees…? —me preguntó burlona.

—¿Es un piropo?

—Es una declaración, mi vida.

—Me vas a hacer enrojecer…

—Si quieres me arrodillo y te lo digo, como si te pidiera en matrimonio… —Hizo además de levantarse y me entró el pánico.

—No jodas, Isabel…

Ella rio con ganas, se atusó la melena y miró al mar.

—Es un sitio precioso… —dijo con un suspiro.

—¿También lo elegiste…?

—Puede ser…

—Pues de nuevo has acertado. Me gusta mucho —la contesté asintiendo—. La verdad es que el viaje ha sido una pasada. Gracias.

—Aún no ha terminado… —Me apunto rozándome con su pie derecho y esos tacones de vértigo, mi pierna izquierda.

Le serví más vino, y pedimos la comida. Pescado para ambos y un vino de la isla. La mesa, la vista, los chispeantes ojos de mi mujer, su melena, su forma de mirarme, su sonrisa… Yo estaba feliz.

Pero hay veces que los humanos somos, sencillamente incapaces de mantener ese estado y sin desearlo siquiera, hice la pregunta.

—Esta mañana… cuando iba a la piscina, después del gimnasio… Te vi con un chico. Hablando… —puntualicé.

Ella me miró y ladeó la cabeza. Esperó a yo terminaba de hablar. Dudé. Miré también al mar, a la noche, a mi interior, a mis dudas, a mis temores…

—Me dio miedo…

Ella me cogió una mano con las dos suyas. Yo un poco avergonzado, mantuve la vista en la superficie oscura del mar. Isabel espero a que me rehiciera.

—No pensaba decirte nada… Ni siquiera sé por qué lo he hecho… —musité.

—Ese chico se me ha acercado a la tumbona. Se detuvo a hablar conmigo. Nada más, cielo… —me contestó con ternura—. No va a volver a pasar. De verdad, Luis. Soy feliz contigo.

—Perdóname, Isabel…

—No. Perdóname tú a mí por provocarte esas dudas y ese miedo que te atosiga. Nunca debí hacerlo. Y buena parte de mi penitencia es verte así.

—¿Qué te dijo? —indagué inseguro por la respuesta.

—Nada… Intentó ligar conmigo. Pero se fue enseguida… ¿Por qué no viniste?

Me encogí de hombros. Cuando me miraba así y me hablaba de esa manera, mis dudas desaparecían. O se quedaban latentes, pero escondidas, agazapadas, ocultas… Me sentía ridículo.

—No sé… me dio por pensar que quizá tú querías charlar con él… O, no sé… La verdad es que ahora lo pienso y creo que es estúpido no haberme acercado a ti.

—Mi vida —me dijo—, ven siempre a mí. No vas a ver u oír nada que nos separe. Te lo dije un día… Me encantaría borrar esa parte de mi vida.

—Lo siento, Isabel. De verdad. Es que hay veces… que… bueno. No puedo olvidarlo.

—Lo sé. Y es mi culpa. Yo… de haber estado en tu situación, no sé qué hubiera hecho.

En ese momento me sentí mal. Ella no sospechaba que había sido grabada con ese chico y que aún conservaba el vídeo como una forma de medir sus reacciones, sus gestos, sus gemidos… Que se había convertido en una especie de listón para valorar las reacciones sexuales de Isabel. Volví a sentirme estúpido.

—Olvídalo… Vamos a disfrutar de la cena. Debo superar eso.

Isabel me miró y me tiró un beso desde su silla.

—Te quiero, Luis. Es posible que no sepas cuánto.

 ____________

Nos quedamos a tomar algo en el hotel. Yo iba algo alegre por el vino de la cena y la copa que nos habíamos tomado en aquel sitio.

Miré a mi mujer que tenía un brillo en los ojos fruto también de haber bebido algo más de lo habitual.

—Allí está mi admirador… —me dijo sonriendo.

—¿Quién es? —dije yo con pocas ganas, pero intentando no parecer molesto.

—El chico aquel.

—¿Es guapo?

—Sí… pero menos que tú.

Me callé.

Isabel lo miró. Quizá vi ese destello del deseo. O posiblemente fueron imaginaciones mías. Pero Isabel en su mirada, posada un par de segundos más de lo que entendía como normal, tenía una chispa sexual.

—¿Te gusta? —pregunté sintiendo como mis palabras se atragantaban y mi corazón empezaba a dispararse.

—Luis, no volverá a pasar. Estoy contigo, corazón —me dijo poniendo una mano sobre la mía—. No voy a volver a hacerlo. Te lo dije… —me dijo mirándome y dejando esa mirada del color del caramelo, encendida y atrayente. Una mirada que a mí se me antojaba de excitación, aunque lo negara.

—Si no estuviera yo, quizá ya estarías allí —me quejé.

—Luis, no digas eso. Cielo… no te amargues con cosas que no han pasado, ni pasarán.

Le hice una seña al camarero.

—¿Quieres algo más?

—No sé… Ya voy algo soplada. ¿Tú?

—No sé si me apetece…

—Voy al baño, mi vida, que me hago pis… Pídete algo y compartimos. —Me dio un ligero beso en la boca.

Se levantó del taburete y se encaminó a los servicios. La vi irse, con ese contoneo de tacones muy altos y vestido ceñido. Su media melena suelta, su aplomo y la elegancia que dejaba en cada paso. Todos los de aquel bar la miraron y sentí una mezcla de rabia, celos y orgullo.

¿Había desviado su mirada hacia ese chico? No lo podía saber. Ella caminaba de espaldas a mí. Pero el movimiento para colocarse el pelo o el cadencioso caminar, hicieron que mi imaginación lo presintiera.

Yo le hice una seña al camarero, que se acercó al momento. Pedí un ron con limón, de la marca que bebía Isabel. Miré distraídamente a aquel joven. Estaba solo, leyendo algo en su móvil, cuando se fijó en Isabel yendo al baño. Como digo, no puedo asegurarlo, pero mis ojos quisieron ver que mi mujer le devolvía esa mirada. Él, entonces, se levantó y con rapidez, tomó el camino de los lavabos igualmente.

Cerré los ojos, mientras mi corazón se aceleraba. En mi cabeza volvieron a pasearse haciéndome mucho dolor imágenes de Isabel con otro hombre. También las de la cena tan divertida y cómplice que habíamos tenido esa noche. Me costaba distinguir a las dos Isabeles, porque para mí, eran personas diferentes: una, la esposa amable, cariñosa y simpática. La madre excelente y dispuesta a todo por sus hijos. Y luego estaba la otra, la desatadamente sexual, la que había saltado la barrera del matrimonio y folló con otro sin reparos.

Bebí un sorbo del ron con limón, intentando calmarme. El cuerpo me pedía ir a los baños y sorprenderla con aquel chico. Porque en mi cabeza ya bullían esas imágenes. ¿Era el alcohol? Me contuve. ¿Y si no estaba con él?  Me acababa de volver decir, una vez más, que no iba a pasar nada, que estaba conmigo y que esa locura no se repetiría. Aun así, no podía detener el carrusel de imágenes desbordando mis pensamientos. Miré el reloj. Tardaban. Habían pasado unos diez minutos y ninguno salía por el pasillo que conducía a los baños.

Volví a beber un trago. Luego otro. Miré de nuevo el reloj. Un cuarto de hora. Ya me levantaba para irme hacia allí, cuando los vi aparecer a los dos, charlando tranquilamente y a Isabel sonriente. Él volvió a su asiento y mi mujer a mi lado.

Tomó un sorbo de la copa. Me vio serio.

—¿Qué pasa cielo?

Giré la cabeza. No quería decir nada. Prefería callar y sosegarme.

—Luis… —me miró intrigada—, ¿qué ha pasado?

No lo pude evitar.

—Como ha pasado un tiempo sin que vinieras y él se ha levantado…

Isabel sonrió dulcemente. Me cogió una mano, se levantó y se acercó hasta rozar con su cuerpo el mío.

—Cielo, olvídalo. Estoy contigo.

—¿Lo has mirado cuando has entrado en el pasillo de los servicios? Al chico, me refiero…

—No sé…, supongo que sí. Es guapo… —se encogió de hombros sin dar importancia alguna—. Pero nada más.

—¿Y qué te ha dicho? Venías muy sonriente…

—Luis, déjalo. No ha pasado nada, mi vida. —Me puso los brazos alrededor de mi cuello.

—Te ha dicho algo, ¿verdad…?

No me contestaba, lo que me indicaba que yo estaba en lo cierto.

—Dímelo, por favor.

—Me ha invitado a su habitación… —concedió finalmente.

—¿Irías?

—Jamás. Luis, ya te he dicho…

—¿Irías? —repetí.

—No. Quiero estar contigo.

—¿Y otro día? Otro cualquiera… Antes de que… ya sabes, ¿te irías?

—¿Tenemos que hablar de esto ahora? Cielo, olvídalo…

—¿Te hubieras ido hace unos meses? —insistí intuyendo la respuesta.

—Luis… De verdad, olvídalo. No quiero que nos enfademos…

—No estoy enfadado, Isabel.

—Mi vida, olvídalo… —me insistió buscando mi boca con la suya. Nos besamos.

—Sé que te irías con él si pudieras…

—Luis… —protestó.

—Lo sé… Te lo noto.

—Solo quiero estar contigo. Quiero follar contigo esta noche como una loca —añadió en voz baja marcando las palabras con sensualidad.

Tragué saliva. No sé si era el alcohol, la excitación, intuir que Isabel solo se retenía porque yo estaba allí. O que quizá empezaba a tener la sensación de que todo estaba perdido. Quería creerla, deseaba hacerlo. Y seguramente ella me decía la verdad. Pero había algo en esa mirada, en su pulso, en su respiración… Había un rastro de esa nueva Isabel que no la abandonaba. Que quizá ya nunca la abandonase.

Entonces, algo se desató en mi interior. No lo puedo definir, pero sentí que era lo que en ese momento tocaba. Fui sentir que era una frontera que debía traspasar para retener de alguna forma a Isabel. En mi interior, algo me decía que ella necesitaba de ese sexo superior, de un vértigo vivido que no se olvidaba. Y que, si yo no accedía a transgredir mis preferencias, la terminaría perdiendo un día.

—Dile que se venga…

—¿Cómo dices? —me preguntó sorprendida.

—Que le digas que se venga. Los tres en nuestro cuarto. Sé que es lo que deseas.

—No, Luis… Para nada… —Sonrió intuyendo que mi propuesta era una broma

—Sí, Isabel. Has estado más de un cuarto de hora con él en los baños. Más tiempo del que se necesita para invitar a alguien a una habitación…

—No ha pasado nada, Luis, te lo juro… —se apresuró a asegurármelo preocupada por si yo dudaba de ella.

—Isabel, te creo. De verdad que te creo. Pero él ha ido directamente a por ti. Posiblemente te ha esperado a que salieras, te habrá hablado, preguntado, tú le habrás sonreído, él te ha invitado y tú, cortésmente le habrás dicho que estás con tu marido o un amigo… Pero le habrás dejado una mirada insinuante. Quizá hasta os hayáis pedido el número de teléfono. En otras circunstancias, meses atrás… te creo cuando me dices que hoy ni mañana harías nada con él. Pero sé tus reacciones…

—Te estás haciendo una buena película, Luis… —me dijo con una mezcla de zozobra y sorpresa.

—Dime en qué he fallado de lo que he dicho.

—En casi todo… Me ha preguntado si me quería subir con él a la habitación, le he dicho que no, y ya está.

—Has tardado un cuarto de hora, Isabel. Algo más habréis hablado.

—Bueno sí… ha tonteado conmigo y eso. Pero no ha pasado nada. No le he dado pie, de verdad —volvió a asegurármelo con preocupación—. Luis, te juro…

—Te creo, Isabel. De verdad. Pero no puedo engañarme. Te apetecería estar con él…

—No, Luis. Me apetece estar contigo…

Sonreí.

—¿Lo ves? Te traiciona el subconsciente. Si de verdad no lo desearas, dirías que «no me apetece estar con él». Pero has contestado que «me apetece estar conmigo».

—¿Y no es lo mismo?

—No. Para nada. —Sonreí—. Díselo…

—Luis, no quiero estar con nadie más, solo contigo, de verdad, te lo jur…

—Invítalo.

—Cielo, no… de verdad, que…

—Isabel, en serio…

—Luis, no me parece una buena idea, no quiero estar con otro diferente a ti…

Me callé, la besé y la acaricié las mejillas. Quería a mi mujer y estaba dispuesto a sacrificarme si aquella decisión tan difícil para mí, la mantenía para siempre a mi lado.

—¿De verdad quieres que nos vayamos los tres…? —me miraba extrañada, con una expresión incrédula— ¿Quieres de verdad eso? ¿En serio…?

—Invítalo… —la dije acariciándola de nuevo la mejilla derecha.

Ella dudó. Miró al chico que estaba pendiente de nosotros, atento a nuestra conversación. No nos podía oír, pero creo que sabía que hablábamos de él.

—Cielo, no… No quiero… ¿En serio te apetece? No sé… —seguía dudando—. No me parece que sea lo más adecuado. Yo quiero estar contigo, y de verdad, ni ha pasado nada, ni lo hubiera permitido. Lo de hace… lo de atrás se acabó, Luis… No soy la misma…

—Díselo… —insistí de nuevo en el mismo tono de voz.

Se me quedó mirando con los ojos algo entornados. Volvió a dirigirlos al chico que seguía expectante.

—Invítale a subir con nosotros. —La besé con suavidad en los labios.

—¿Estás seguro? ¿Realmente seguro? —Me miró ya con más intriga que sorpresa.

—No. Pero no puedo convencerme de que no lo deseas. Si hoy nos acostamos, pensarás en él, y si no es hoy, será mañana. Un día volveremos a tener esta conversación… Yo viendo ese brillo en tu mirada, tú diciéndome que no…

—Luis, no…

 —… Estoy lo suficientemente aturdido por todo lo que pasó, por… No sé. No sé si lo quiero, pero algo me dice que lo hagamos.

—No entiendo nada… Haría lo que fuera por ti… pero esto ¿en serio?

—Díselo, Isabel. De verdad… —le empujé ligeramente por los hombros separándola de mí. Ella miró a aquel chico que seguía pendiente de nosotros.

—¿Seguro?

Asentí.

—¿Y qué le digo?

—La verdad… Que si se quiere subir.

—No me puedo creer que estemos haciendo esto…

—Creo que te apetece…

—Luis, te juro que solo quiero estar contigo…

—No lo demores…

Isabel alternó la mirada hacia mí y hacia él. Dudó, volvió a mirarme y finalmente, respiró, se colocó un poco la cazadora y se dirigió hacia el chico que, en cuanto mi mujer empezó a avanzar hacia él, dibujó una sonrisa.

La vi andar, dándome la espalda. Solo podía ver la cara de aquel hombre, su sonrisa al ver a Isabel caminar hacia él. Su cuerpo embutido en ese vestido, sus altos tacones y su media melena algo más debajo de los hombros.

Se detuvo a su lado. Luego, un instante después, él la invitó a sentarse. Isabel lo hizo muy junta a él. Cruzó las piernas y volvió a decirle algo. Quizá en voz baja, pues acercó algo su cara.

Yo, desde la mesa alta que ocupaba, intentaba parecer distraído. Sin mirar mucho, sin querer interaccionar. Pero, en verdad, no quitaba ojo a la escena. Miraba de soslayo, con disimulo. Como si conmigo no fuera aquello, aunque mi corazón estaba desbocado.

El chico se recostó un poco en el respaldo del sillón, Isabel, lo imitó y continuaron charlando. Ella sonrió un par de veces. Él asentía ligeramente.

Era algo más joven que nosotros. Moreno de piel, bronceado, más bien. Pelo castaño, bien peinado. Ojos claros o con aquella penumbra, eso parecían. 

Mi corazón latía con fuerza y cercano al dolor. Quizá indeciso, quizá nervioso. Y molestamente excitado. No sé si era el fruto de esas noches de juegos, de picardías con Peter, de insinuaciones de mi mujer, verídicas o falsas… El resultado, para mi total sorpresa, es que después de lo sucedido meses atrás, ahora, en el mejor momento de nuestra vida marital, mi mujer, con mi permiso, estaba charlando con un chico. Invitándole a subir a nuestra habitación. Era extraño y complejo. Pero yo entendía que necesario…

¿Yo lo deseaba? Quizás y no. Quizás, porque pudiera ser que el proceso de excitación con fantasías había terminado en desembocar en esta querencia. Y no, porque me seguía doliendo imaginarme a Isabel con alguien que no fuera yo.

Entonces, ¿por qué lo hacía? Una mezcla de sentimientos complicada y difícil. Seguramente, inexplicable. Pero la razón principal era Isabel. Por ella. Por retenerla, por nosotros, porque no perdiéramos esa magia que habíamos alcanzado. Porque lo nuestro no se estropease. Por seguir siendo un matrimonio… Yo había visto su brillo en los ojos aquella mañana en la piscina cuando no me veía, el sonido de sus gemidos cuando nos calentábamos con Peter, la tensión de su cuerpo al follar excitada con aquella fantasía… Era una especie de sacrificio temporal si con ello calmaba ese deseo de ella de sentir un sexo más poderoso. No se explicarlo mejor…

Miré de nuevo hacia ellos. El chico acercó la cara a la de Isabel. Despacio, indudablemente para besarla. Mi corazón me golpeó con furia, con miedo, con excitación, con una mezcla de rabia, de deseo, de saber que era lo inevitable…

Fue un beso corto, de labios, sin lengua, pero que Isabel no rechazó. Tampoco lo buscó, ni le abrazó, ni movió las manos para atraerle. Cuando él quitó su boca de la de ella, me miró. Vi en sus ojos curiosidad, apetencia y expectación. Cogió su vaso y bebió un ligero sorbo. Isabel estaba con la mirada baja, por un momento pensé que dubitativa o extrañada. ¿Qué pensaba Isabel?

Entonces me miró ella. Dejo sus dos pupilas clavadas en las mías, durante varios segundos. Nos observamos, quizá estudiamos nuestras reacciones, tentando la realidad de aquello. Isabel, sorprendida; yo, mezclando un brote de excitación con un tambor en mi pecho. Ella con una pizca de miedo, de duda. Pero también, quise ver un brillo inequívoco en sus pupilas.

Un segundo después, ambos se levantaron y se dirigieron hacia donde yo estaba… Isabel iba nerviosa, no sabría decir si molesta o aguantando la excitación por lo que iba a pasar. Por un momento, pensé en reconducir aquello y quedarnos solos ella y yo. Pero entonces, él la miró y ella sonrió tímidamente. Respiré. Estaba decidido, y no había sido fácil. Pero quería a Isabel y no encontraba otra forma de satisfacer ese instinto sexual que yo notaba ya instalado en ella. Al menos, me dije, yo formaría parte de esta nueva experiencia. Y quizá, con su ayuda, con alguna conversación que sin duda deberíamos tener acerca de esto que iba a suceder, quedaría en una decisión consensuada, de dos. De un matrimonio y no de forma unilateral.

Pero sin duda, había sido una decisión difícil, complicada. Pero yo intuía, o sabía, que era el desenlace que tenía que llegar… Isabel lo demandaba, aunque no lo expresara. Y provocado por ese miedo de volverla a perder, abrí la puerta.

—Él es Gonzalo —me dijo con rapidez algo avergonzada y un tono huidizo cuando llegaron hasta mí.

Nos saludamos. Yo, con algo de rigidez. Él, mucho más sonriente. Isabel, tenía un rictus en la cara tenso, pero yo quise leer que también de interés por aquello.

—Él es… Luis… un… mi…

—Un amigo —me adelanté.

Una decisión razonable (aperitivo)…

…No habíamos avanzado dos pasos, y yo ya tenía claro que aquello no me iba a gustar. Incluso era evidente que lo rechazaba de plano. Empecé a preguntarme si, cuando todo avanzara e Isabel estuviera disfrutando, yo sería capaz de soportarlo. Sabía que no, pero mi cabeza y mis temores, me obligaban a esforzarme. Tragué saliva con mi nerviosismo galopando en mi corazón que ya empezaba a desbocarse. Aunque, en cierta forma, sospechaba que Isabel no había empezado aquello de buena gana. ¿Era por Gonzalo? ¿Por qué yo estaba allí? ¿Quería una experiencia como esta?

Daba igual la respuesta. Yo sabía que aquello no me agradaba lo más mínimo. Era imaginarme a Isabel recibiendo un beso de ese chico y ya atormentarme. Con lo que cualquier cosa que viniera después, iba a ser demoledor para mí. No debía haber propuesto esto a mi mujer…

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