AGUSTINA BRUNI

Los rituales han estado presentes por siglos.
Quizás lo primero que viene a la mente es la imagen de un ritual chamánico, pero la realidad es que convivimos con ellos a diario.


Cuando nos despertamos y hacemos café, por ejemplo. Cuando nos bañamos. Cuando salimos a la calle. Cuando preparamos el té o la merienda por la tarde. En todas esas ocasiones realizamos una serie de pasos, de forma a veces automatizada, le damos rienda suelta a nuestro cerebelo para que él se ocupe. Piensen en la ceremonia del té japonesa.
En otro extremo desde el punto de vista psiquiátrico, cuando un médico sospecha que alguno de los pacientes que atiende y asiste está haciendo rituales, está pensando en actividades guiadas por una idea o varias fija(s). Se trata de una conducta patológica, obsesiva, compulsiva. En algunos casos realizar esta conducta genera placer y en otros un fuerte displacer. Se la registra y vigila y se trata con psicofármacos para así extinguirla (a pesar de que quizás el paciente sienta una pérdida de identidad al dejar de hacerlo).
Desde el punto de vista de las terapias ancestrales los rituales (nos) ayudan a dejar ir, a recibir, a
prepararnos, a focalizarnos o trabajar algún otro punto de interés. Para hacerlos existen infinidad de recetas. Así como las recetas de cocina, no hay un procedimiento ni una receta que sea la única válida. Además de prepararnos física y mentalmente para hacerlo y de intencionar, son varios los elementos que se pueden usar. Desde infusiones, hierbas (frescas, secas o en esencias), cristales, fragancias y aromas, imágenes, fuego, agua, lápiz y papel.
Y en pandemia opino que los rituales nos acompañan más que nunca. Desde la obviedad de los
rituales de limpieza, salida y llegada del hogar; hasta aquellas actividades que comenzamos o
retomamos por el simple hecho de que nos hacen bien, nos hacen sentir mejor para afrontar un
presente inestable y un futuro más incierto que nunca.


Identifiquemos cuáles son, cómo los hacemos y cómo nos sentimos después de hacerlos. Para
apagar un poco el piloto automático e interpretarlo como medida de autocuidado, autopreservación y de amor hacia nosotros y quienes nos rodean

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