MOISÉS ESTÉVEZ

Bajaba las escaleras como si tal cosa, elegantemente vestido, zapatos
italianos, porta documentos de piel. Abogado sin escrúpulos defensor de
grandes criminales. Criminales que no escatimaban en gastos para comprar
jueces, fiscales y policías. Un hampa oficial con togas y uniformes que
escondían su corruptela detrás de blancos sobres rebosantes de billetes de
quinientos euros, y paraísos fiscales sostenidos por políticos que seguían el
mismo patrón, cortado con las mismas tijeras, aún con menos escrúpulos si
cave. Me enfrenté a él, para que me viera la cara, y lo miré a los ojos fijamente
antes de descerrajarle un disparo en la frente. – Nos vemos en el infierno,
abogado…

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