AMIIE AGUIRRE

Fragmento del diario de Desorden Mental

Me mira, me acecha y me persigue con sus pupilas desde las 10 de la noche cuando me senté en la barra de este misterioso bar. Ahí está, sentado a tres metros de mí. Su mirada es un reflejo de la oscuridad misma y del infierno en la tierra, mas no sé si me asusta o me excita imaginar la clase de pensamientos que está teniendo sobre mí.

¿Sera que en su mente ya fui suya?

Quizá ahora mismo me está poseyendo de forma grosera, astuta y fascinante.

Me regaño ¿Cómo puedo pensar en eso? Podría estar delante de un loco y mañana mismo aparecer en los periódicos y noticieros como víctima de un feminicidio. Aun así, mis pantaletas lo sienten, llevan un buen rato empapadas de lujuria. Estoy caliente, arde cada poro de mi piel.

Necesito aire, no puedo contener más la respiración y algo me dice que me estoy delatando al frotar mis manos vigorosamente sobre la piel descubierta de mis piernas. Me levanto, salgo después de beber de un sorbo el contenido de mi copa, el whisky baja por mi garganta y una gota fría cae sobre mi pecho, resbala lentamente y me urge ir corriendo a casa para satisfacer esta urgencia por un orgasmo. Necesito echarme sobre la cama y con mis manos presionar mi cuerpo. Quiero frotarme, acariciarme y venirme ahogando los gemidos en la almohada.

Salgo presurosa para tomar algún taxi, pero solo me encuentro una avenida vacía. Camino un poco para despejar la mente, no es la primera vez que pasa y siempre me toma un par de minutos serenar mi cabeza para no cometer la grandísima estupidez de solicitar un encuentro. Ya no debo rebajarme tanto, al menos no por sexo.

Llego a la esquina y me percato de unos pasos casi imperceptibles detrás de mí, ligeramente volteo y reconozco al tipo del bar, me ha seguido. No siento miedo, estoy preparada para lo que pueda suceder, la defensa personal y las artes marciales son lo mío. Así que espero, espero a ver cuál será su siguiente movimiento, pero ahí está, sin acercarse o intentar hablar ¿Querrá que de yo el primer paso? Por supuesto que no, ya lo dije: No más tonterías por sexo.

Comienzo a imaginar muchas cosas y ahora me siento más excitada que antes. Si antes ya había controlado el palpitar de mi sexo, ahora mismo las punzadas eran insoportables. Yo quería. Yo lo deseaba, pero… ¿Con un extraño? La sola idea de pensarlo un minucioso segundo me pone a tope. Ahora lo quería más que nunca.

Camino hacia esa calle oscura y donde por lo que veo no hay miradas traviesas a la espera de captar eventos carnales. Me sigue, lo siento, sé que está a 4 o 5 pasos atrás de mí. Tiemblo, y no es por la noche fría y los 3 grados que marca la temperatura de mi teléfono. De vez cuando miro por el rabillo del ojo y me sigue el paso, va oliendo mi perfume desde hace 2 cuadras. No sé cómo explicarlo, pero me gusta este poder. Aquí mando yo. Este es mi juego y él es mi juguete.

Ahí, justo donde termina la última cuadra, debajo de la escalinata que tapa la luz de la lámpara que parpadea cada 5 segundos, atrás del contenedor de agua de ese restaurante y ahí, en el silencio de la noche, justo a la hora en punto para el nuevo día, me detengo. Mi respiración es tan pesada que aparte de ella, solo se puede escuchar sus pasos firmes, está vez más cerca. Llega, no teme en acerarse y presiona su cuerpo detrás del mío hasta hacer que mi frente tope con la pared. Sus manos van a mis piernas, toca la piel caliente y un escalofrío recorre mi cuerpo. Va lento, firme y subiendo mi vestido hasta encontrar el principio de mis interiores. Por acto reflejo abro las piernas y lo siento presionar sus dedos en mis muslos yendo de manera violenta a introducirse a mi vulva, removiendo toda la humedad ahí, buscando desesperadamente el clítoris, y al encontrarlo, ir de arriba abajo reconociendo el terreno. Me doy la vuelta y nos tenemos de frente. La oscuridad no me permite reconocerle, pero no importa. Solo veo el brillo de sus ojos lujuriosos y eso me basta para jalarlo y hacer que me bese tan apasionadamente al punto de querer arrancarnos los labios. Lo detengo, lo aparto un poco y sin palabras le ordeno ponerse de rodillas. Así lo hace, separo más las piernas y sus manos rompen de una vez la prenda íntima. Observa, analiza y lo veo sonreír ante mi sexo antes de empujar con mis manos su cabeza. Y cuando los labios chocan, aprieto mi boca para no dejar escapar el deleite de una lengua inquieta, de unos labios que succionan y de unos dientes que raspan, muerden y rosan. Mis piernas tiemblan al compás de una lengua experta. Hace círculos, zigzag, la mete en esa cavidad urgida de placer, recorre desde el ano hasta la punta de los labios mayores, va sin permiso por cada pliegue femenino lleno de terminaciones nerviosas. No duda. No teme. No escatima en darme lo que llevo horas pidiendo. Y cuando centra toda su atención al punto más débil, cuando toma entre sus labios el clítoris y mete un par de dedos en mí, cuando chupa con fuerza y la noche es testigo de esta aventura…termino, y aprieto mis piernas, sujeto su cabeza con mis manos, siento el éxtasis estallar tan profundo que ahora sudo y contraigo mi cuerpo, mi espalda se arquea, el pecho sube y baja en convulsión. Dejo escapar un par de gemidos y mi cuerpo se relaja contra la pared. Y comienza a pasar, los espasmos van despareciendo conforme recupero el control de mi respiración. Abro lo ojos y sigues hincado, me mira en espera de la siguiente instrucción, mas ya no quiero nada, es hora de ir a casa y dormir profundamente.

  • Levántate, perro-  le ordeno – es todo por esta noche.

Y así, sin más, acomodo mi pelo, ajusto mi abrigo, arreglo mi ropa, mi ego y salgo airosa de ese sucio callejón.

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