MOISÉS ESTÉVEZ

Temblamos de manera inevitable, aunque sin percibirlo, cuando nos
vemos allí plantados, delante de semejante arquitectura mastodóntica de
cemento y acero, con líneas interminables y afiladas, monumento infame al
desarrollo económico de algunos elegidos. Estructuras del siglo XX que definen
los rasgos de una urbe devoradora de seres humanos, que se traga sin
masticar la conciencia de individuos débiles y autómatas, víctimas de una
alienación voraz que nos engulle sin advertirlo, haciendo que la vida no deje
de ser más que una anónima anécdota…

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