TANATOS12

Capítulo 46

Tan pronto llegó a mí pasó uno de sus brazos por mi cuello, rodeando mis hombros, invasivo, haciendo que nos giráramos y que siguiéramos caminando, y me dijo:

—Venga, vámonos a vuestro hotel.

—No sé… Parece claro que no quiere —respondí, tenso, caminando más lento que ella, para que pudiera alejarse.

—No me jodas, ¡joder! —exclamó casi gritando, más para sí que para mí.

Yo alzaba la mirada y veía a María caminando más despacio de lo que yo querría, y sacando su móvil del bolso. Desfilaba, digna, como si no hubiera pasado nada.

—Vamos, seguro que la puedes convencer… —insistió aquel sudado y desagradable macarra, colgado de mi cuello, bajando el tono. Me lo quería sacar de encima cuanto antes, pero no quería líos y sabía que tenía que ser sutil.

—Yo creo que ya está, Marcos.

—¡Ya está y una polla, eh! —dijo, agresivo y bipolar, como en el pub, haciendo que nos detuviéramos —tu novia es una guarra… que me ha puteado. ¡Me habéis puteado los dos! —su tono era violentísimo, temí seriamente que intentara golpearme— Le dije cuatro veces que parara. Nunca quiso follar —insistió.

En aquel momento entendí el motivo de aquel enfado e incluso odio hacia María, y es que aquella rabia no era tanto porque ella se marchase sino por sentirse utilizado.

Yo le negaba cualquier confabulación en un tono conciliador, pero siendo consciente de que en cualquier momento él, peligrosamente alterado y muy borracho, podría intentar cualquier cosa; mientras, veía como María seguía caminando con templanza y se llevaba el móvil a la oreja, y yo no entendía con quién podría hablar a aquellas horas.

—Es que no entiendo nada, tío —quiso compadrear entonces, entre machos— ¿Hice algo mal? ¿Tenías que haber participado tú? —Marcos era cada vez más consciente de la oportunidad perdida, y empezaba a ver que su orgasmo prematuro ante una María ya de por sí dubitativa constituía el motivo esencial de aquella súbita huida.

Le dije que la cosa se había dado así y que se había acabado y que no había más que hablar y comencé a caminar más rápido, deseando que no me siguiera. Casi entrecerraba los ojos al andar, esperando o sospechando unos pasos hacia mí, o incluso un ataque físico que podría desembocar en dios sabe qué… Alcé la mirada y María llevaba su teléfono al bolso, se giraba, me miraba y yo sentía que ella iba a ser testigo de una acometida de Marcos… cuando escuché un móvil sonar, el de él, otra vez; lo escuché bastante cerca de mí y cuando le oí contestar en tono neutro e incluso apagado, suspiré con tremendo alivio.

Abandonaba un conflicto y alcanzaba una mesura, y es que María me esperaba, de brazos cruzados, imperturbable.

Justo cuando estaba a punto de alcanzarla se llevó una de sus manos atrás, bajo su ropa, como para ajustarse un poco el sujetador, por la zona del broche trasero. Nada más que rebelase lo que había estado a punto de suceder. Del resto de su semblante nada que pudiera desprender que cinco minutos atrás había estado abierta de piernas, casi rogándole a aquel perdedor que le metiera su polla en un sucio portal. Yo me sentía impresionado por su frialdad y también por su cinismo.

Tan pronto me puse a su altura María inició la marcha y yo miré hacia atrás y ya no vi a Marcos; se había esfumado, quizás metiéndose por cualquier calle estrecha, diciéndole a su mujer que volvería a casa en seguida y que había sido una noche más, sin especiales anécdotas. Fuera así o no, yo aún no las tenía todas conmigo, me daba la impresión de que podría aparecer en cualquier momento, y todavía seguía con aquella tensión en el cuerpo por haber temido que pudiéramos llegar a las manos.

Tenía todas las preguntas del mundo para hacerle a María a la vez que no tenía ninguna. Torcimos por varias calles, sin hablarnos, y yo seguía mirando hacia atrás de vez en cuando.

Sabía que el plan era llegar a una avenida, buscar allí un taxi e ir a nuestro hotel. Aparte del temor a Marcos seguía impactado por el morbo de lo vivido y sabía que, tan pronto se me fuera desvaneciendo esa emoción, sentiría frustración por acabar la noche los dos solos.

Acabamos desembocando en una calle ancha, en donde vimos diversos grupos de gente esperando. Yo seguía mirando a mi alrededor y ella solo miraba para su móvil cada cierto tiempo. Nos apoyamos contra un coche aparcado, entrando a formar parte de aquella cola en la que había un cierto orden dentro del caos de la noche.

Miré a una María impertérrita, cruzada de brazos, con sus piernas desnudas y largas, sus tacones, su camisa y americana impecables, y su semblante digno, y no me lo podía creer.

Mi mente comenzó a bombardearme con preguntas, que eran preguntas para ella, por lo que pronto decidí ahorrarme el absurdo de hacerlas para mí y no para María. Me coloqué frente a ella y me sorprendió su cara, pues no es que luciera radiante, pero ni rastro de horas de desvele, alcohol y tensión. Yo me sentía demacrado por aquel desgaste y ella aparentaba atractivo y esplendor como si fueran las ocho de la tarde.

—¿Y ahora qué? —pregunté, cerca de ella.

María giró la cara, para no mirarme, y respondió:

—Ahora, nada.

Aquel movimiento de su cara, apartando su vista hacia algún punto a mi espalda, como si cualquier cosa fuera más interesante que yo, me hizo daño a la vez que me atrajo. De golpe sentí una necesidad absoluta de besarla, por el beso y por su rechazo. Quizás incluso más por lo segundo. Así que efectivamente me acerqué más, me pegué a ella, y mis labios buscaron su mejilla para llegar a su boca después. Sentí su cara increíblemente suave y fresca, como si pudiera casi mojar mis labios con su piel. Antes de que pudiera buscar su boca se pudo escuchar un “para”, rotundo y sequísimo.

—¿Por qué? —pregunté.

—Ya lo sabes.

—Que te doy asco cuando estás muy cachonda y estás cachondísima.

María giró la cara. Nos miramos. Su mirada era lúcida, vívida. Miré más abajo y le aparté un poco la americana, para ver aquellos pechos que habían sido babeados por Marcos minutos antes. María me permitió aquel escaneo que atravesaba la camisa y el sujetador y mi imaginación me llevaba a recordar como aquel macarra había estrujado aquellas dos maravillas hasta hacerle daño.

—Cuando te vio las tetas casi se muere.

María no dijo nada, pero tampoco me apartó las manos para cerrarse la americana.

—¿Se corrió por comerte las tetas o por la paja que le hacías? ¿Eh? ¿Por qué no paraste? Él cree que lo hiciste a propósito.

—Me importa bien poco lo que crea.

Tras escuchar eso intenté besarla, mi pecho se pegó al suyo, pero giró la cara y besé de nuevo su mejilla. Ella me apartó levemente y yo llevé una de mis manos a su pecho.

—Para —dijo, sin especial desprecio, pero tajante, apartándome la mano.

Frente a frente, veíamos como llegaba un taxi y se llevaba a un grupo de chicas.

—¿Y ahora qué? —proseguí— ¿Quién voy a ser en el hotel con nuestra polla de goma? ¿Edu? ¿Álvaro? ¿Marcos?

María se cerró un poco la chaqueta, impidiéndome ver aquella silueta tremenda y aquellos pezones que no habían dejado de atravesarlo todo desde hacía tiempo.

—Qué fuerte si te llega a tirar el condón… —dije, cambiando de tema.

—Le faltan huevos para hacer eso.

—Puede ser… no sé… lo que sí… casi te folla…  —quise provocarla— Creí que te follaba. Me hubiera muerto del morbo.

—De eso no tengo dudas.

—¿No?

—No. Ya sé que con él y con quién sea. Lo sabemos desde hace meses.

—Pues sí… verte allí… toda abierta…

—Sí, sí —me interrumpió, incómoda, sin querer oír mi narración— ya vi que lo estabas disfrutando. Parecías un demente.

—Me da igual que me insultes, María.

—No te insulto —dijo casi antes de que pudiera acabar la frase— parecías un puto enfermo. No es un insulto, es una descripción.

—Yo también puedo describir —repliqué— si quieres describo tu coño que estaba que se te salía del cuerpo.

—No digas cerdadas.

En ese momento apareció otro taxi que se llevaba a una pareja. No faltaba mucho para que uno nos recogiera y terminara aquella locura.

Tras un breve silencio quise retomar nuestra vivencia con Marcos, como si su hipotética confesión tuviera fecha de caducidad una vez el alcohol en nuestras venas y mi descaro fueran desvaneciéndose.

—¿Por qué le seguiste pajeando?

—¿Qué? ¿Otra vez?

—Pues sí, no me has respondido. Estaba a punto de metértela…

—No la tenía dura del todo.

—Sí que la tenía.

—¿Ah sí? ¿Se la tocaste? Igual querías tocársela.

María entraba pero no entraba a aquel interrogatorio acusador. Cada vez que me cerraba una puerta yo intentaba abrir otra.

—Me pone que estés ahora sin bragas.

—Me parece muy bien.

—Estaban empapadas, ¿sabías? —ataqué.

María se quedó callada. Desvió su mirada.

—¿Qué? ¿No respondes?

—¿Puedes darme un poco de espacio, por favor? —protestó, volviendo a mirarme.

—¿Tienes calor ahora? No pasa nada porque tuvieras las bragas empapadas.

—Bueno, ya está… ¿no? Ya sé que me quieres provocar.

—No te provoco.

—Sí, me quieres provocar, no sé por qué. Lo único que sé de mis bragas es que las olías como un cerdo. Que parecías un demente con ellas en la cara. Tendrías que haberte visto, parecías un psicópata —replicó entonces sí con vehemencia y desprecio.

Otra vez la puerta cerrada. Otra vez intentaba abrir otra:

—¿Y con quién hablaste por teléfono después? ¿Con Edu? ¿Le dabas el parte del casi polvo?

—¿Cuantas preguntas llevas? ¿Cuarenta?

—Las que sean. Tú puedes preguntar lo que quieras, yo no tengo problema.

Tras aquella frase ella no dijo nada. Se hizo un silencio. Callejón sin salida. Me aparté, me puse a su lado, cogí mi móvil. Ella permanecía de brazos cruzados.

Acabé por alzar la mirada. Ya parecía prácticamente imposible que Marcos hiciera acto de presencia. Y comprendí que seguía con aquella posibilidad en la cabeza no porque me aliviara su ausencia sino porque seguramente me frustraba.

María miraba la hora en su reloj cada poco tiempo y yo comencé a notar la necesidad improrrogable de orinar. Me alejé de ella, sin decir nada, y busqué alguna bocacalle más despejada en la que pudiera haber unos contenedores o algo que pudiera resguardarme. Tras tres o cuatro minutos en los que no encontré ningún punto que me convenciera, vi como otro taxi llegaba y otro grupo se marchaba. En aquella cola los primeros eran ahora tres chicos, de unos veinte años como mucho, y los siguientes María y yo. En seguida me di cuenta de que no se podía dejar sola a una mujer como ella, a aquellas horas, demasiado tentador, y es que uno de los chicos de aquel trío se había aventurado a probar.

Otra vez, como un extraño depredador, pues yo no cazaba pero quería que la caza se diera, me ocultaba al otro lado de la carretera, sutil, viendo como un chico hacía su último intento de la noche. Para mi desgracia, aquel chaval de poco más de dieciocho años y sesenta quilos, con aquellos pantalones verdes apretadísimos y piernas escuálidas, con aquella camiseta salmón y aquellos brazos finos, no entraba ni de cerca en la categoría de posible. María le decía que no con la cabeza mientras él señalaba a sus amigos, como proponiendo compartir taxi. Lo que más me atraía de aquellos momentos eran la fe, el contraste y la mirada. La mirada que no existía de María hacia a mí. El contraste de aquella mujer, imponente, elegante, en contraposición con aquel crío desgarbado y del montón. Y la fe de aquel niñato… que parecía imposible de comprender.

El chico se acabó poniendo en frente a ella, como había estado yo instantes antes. Y llegó a apoyar una mano en el coche donde María apoyaba su trasero y parte de su espalda. El acoso ya estaba allí. La fe era casi irrisoria, pero también era cierto que cómo renunciar a ese último esfuerzo cuando se te presenta sobre la bocina semejante regalo en soledad.

María podía cortar aquello diciéndole que el chico con el que la acababan de ver era yo, su prometido, pero deducía que si el crío no había desistido, era porque ella no había dicho nada al respecto. Me preguntaba por qué y me preguntaba si era posible. Si era posible que le soltara lo que yo no había sido capaz de soltarle al chico de la camisa de rayas del último pub… si era posible que una María, excitadísima, y cuya única alternativa después de todo era meterse una polla de goma, podría decirle a aquel crío: “No hace falta a estas horas que hagas el paripé de intentar seducirme, si quieres follarme ven conmigo y con mi novio a nuestro hotel, él mira y tú me follas bien follada”.

Un comentario sobre “Jugando con fuego. Libro 3 (46)

  1. No sé para que lo quiere a Pablo como su novio, si no le sirve para nada, no sé….salvo para el morbo que le pueda dar que él vea como otros hombres se la follan y él no. La verdad que no lo entiendo, así como no entiendo el desprecio que ella le demuestra en cada momento.

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