ALMUTAMID

Empezar a salir con María no significó ningún cambio. Empezamos a salir un lunes y los tres días siguientes transcurrieron como si no hubiéramos hablado siquiera del tema. En clase nos comportábamos como siempre. Ignoro si Teresa y Chusa sabían algo. Y por más que busqué quedar con ella por las tardes no hubo manera. Así que el único cambio en nuestra relación consistía en que simplemente yo ya no era un hombre libre pues no podía tontear en la facultad y encima María no me estaba parando bola.

¿Habría algún cambio en su actitud cuando pudiéramos estar a solas? Porque yo esas relaciones de cogerse de la mano y poco más ya las había tenido en el instituto y no estaba dispuesto a volver a ello, y más comparándolo con mi situación con Viqui.

El jueves por la tarde había partido y como siempre después cervecita con abundante acompañamiento femenino. Yo, como buen novio, pregunté a María si vendría después a buscarme al partido o si se apuntaba a la cerveza posterior, o mejor aún, si yo podía ir a su casa para nuestro primer masaje de “novios”. Su respuesta fue un lacónico: “No sé”. Me estaba descuadrando un poco. Parecía como si se arrepintiera de lo nuestro o, aún peor, que entendiera nuestra relación como platónica.

Así me fui al partido. Y el desconcierto se tradujo en mi mal juego aquel día. Mal en el pase, mal en el regate. Y encima me dio por tirar a puerta, o mejor dicho a pegar balonazos en dirección a la portería sin peligro alguno. Tanto que yo mismo pedí el cambio. No me fui a las duchas por respeto a los compañeros que afortunadamente fueron capaces de sacar un partido relativamente fácil contra Ingeniería Forestal.

Al acabar el partido llamé a María. Estaba en su casa. Le pregunté si me pasaba pero me dijo que no era buen momento. Me fui con los compañeros de cañas y actué como un jueves normal, incluida alguna chica sentada encima y algún sobeteo de culo. De hecho justo así me pilló María al entrar por la puerta del bar donde estábamos. Su mirada casi me mata, pero como supuestamente no estábamos juntos no me montó el número allí. Como todo el mundo conocía nuestra amistad cuando al rato dije que la acompañaba a casa nadie se sorprendió.

En cuanto nos alejamos suficientemente me soltó la bronca. Os podéis imaginar la perorata que me largó: que qué hacía con ese putón sentada encima, que si no la respetaba, que si esa iba a ser nuestra relación mejor terminar ya…Mi respuesta. Que una cosa era disimular fuera y otra disimular dentro. Que si aquella chica se había sentado en mis muslos era porque yo aparentemente estaba libre a sus ojos y que yo no estaba haciendo nada con ella (afortunadamente la mesa tapaba mi mano sobándole el culo). Pero fui más contundente cuando le dije que respetaba que no quisiera hacer público lo nuestro pero desde luego que no entendía que desde que salíamos la veía menos. Entonces se detuvo y con los ojos al borde de las lágrimas me dijo:

-Luis, no me entiendes…nunca he tenido novio. Y no sé qué tengo que hacer contigo…
-¿Por eso me has evitado?

Asintió bajando la cabeza y no pude evitar que me saliera la ternura que en ocasiones llevo dentro. Somos cerebro, corazón y polla. Y puedo asegurar que soy capaz de usarlos en diferentes ocasiones aunque según el contexto domine más uno de los tres. En ese momento fue el corazón y abrazándola le dije al oído:

-Pero María, no tienes que hacer nada…sólo sé tú misma y haz lo que te apetezca. Si quieres abrazarme, abrázame. Si quieres besarme bésame…si quieres acariciarme, acaríciame…
-Tengo miedo de no estar a tu altura…-continuó.
-Pero ¿qué te da miedo?
-Me da miedo no darte lo que tú quieres…-respondió.
-¿Y qué quiero yo?-pregunté.
-Mi cuerpo…
-¿Crees que sólo quiero tu cuerpo?- pregunté extrañado.
-Soy tu novia, tengo que dejarme…

La cabeza de esta chiquilla no dejaba de sorprenderme. Estaba aterrada temiendo lo que yo esperara de ella según a saber que historias se había montado ella en su cabeza. Así que la besé y le dije lo siguiente:

-Mira María. Precisamente por ser tu novio tengo que tener más paciencia contigo que con nadie. No voy a forzarte a nada que tú no quieras. Pero sí quiero que hagas lo que te apetezca. Y –acercando mi boca a su oído – si antes me has visto desnudo ahora va a ser menos problema. Y si me hacías masajes, ahora ya ni te cuento…y ahora ya te puedo confesar una cosa…

Hice una pausa intencionda
-…me encanta cuando me tocas la polla…
-No hables así, Luis…
-Es la verdad. Te engañé disimulando cuando me la tocaste…estaba deseándolo, que me tocaras y tocarte…porque gustas y por eso salgo contigo…
-Pero y si yo no quiero…
-¿No quisiste entonces?

Guardó silencio.

-¿No te gustó cuando yo te toqué…?

De nuevo silencio.

-Pues ahora podemos hacerlo cuando queramos….darnos placer el uno al otro…y besarnos, abrazarnos, acostarnos juntos, pegaditos…¿no te gustaría?
-Pero, ¿me la tienes que meter?
-Sólo si tú quieres…a mí tenerte cerca ya me vale…

Como mentimos cuando nos interesa, pero presentía que María iba a abrirse al sexo y yo en ese momento ya no estaba pensando ni con la cabeza ni con el corazón.

La tierna escena evidentemente terminó con besos y abrazos. Cuando le dí un cachete en el culo me dirigió una mirada censuradora hasta que le dije que ella también podía y me dio uno entre risas que fue respondido con cosquillas mías en su barriga y un nuevo abrazo con más besos. Efectivamente la relación parecía más de quinceañeros que de universitarios.

-Hoy he tenido partido.
-Lo sé-respondió.-¿Cómo ha ido?
-Hemos ganado pero yo he estado fatal.
-¿Otra vez los isquiotibiales?
-No…hoy era la cabeza la que no me iba.-respondí con sinceridad.
-¿Necesitas un masaje?-preguntó María.
-No lo necesito pero me encantaría…

Caminábamos hacia su casa cogidos por la cintura en silencio tras mi última frase y al llegar a la esquina me soltó.

-¿Quieres subir y te doy un masaje?

Miré el reloj y dije:

-Sólo tengo una hora para que me dé tiempo a llegar a la residencia.
-Suficiente. Y me da tiempo a terminártelo…-dijo dejando caer la última palabra…

Entramos al piso. Sus compañeras estaban sentadas en el salón. Me saludaron sin gran emoción y pasamos a su dormitorio.

-Quítate los pantalones y túmbate como siempre. Voy a ponerme cómoda.

Salió del dormitorio con algo en la mano y yo me desabroché los pantalones y me quité la sudadera y la camiseta quedando sólo en calzoncillos. María regresó con unos leggins negros y una camiseta de tirantas.

-¿Por qué no te has cambiado aquí?-pregunté.
-Me da vergüenza…
-Somos novios, es natural verse. Yo estoy en calzoncillos.
-Ya se verá eso…es la primera vez que te veo así desde que somos novios-dijo con las mejillas encendidas.
-Entonces no te importará que lo hagamos así…-dije quitándome los calzoncillos y quedando totalmente desnudo delante de ella.

-Luis, ponte los calzoncillos o no hay masaje…
Me los volví a colocar mientras respondí:
-No cuela…
-Cada cosa en su momento. Túmbate.
De nuevo se repitió el ritual de ponerme boca abajo y empezar a extenderme el aceite que había comprado la vez anterior por indicación suya. Me repasaba bien los músculos traseros de la pierna pero cuando subió a las nalgas amasó los glúteos metiendo la mano dentro del calzoncillo. Quise girar la cabeza para agradecerle el magreo pero me dio un cate en la espalda y me dijo:
-Quieto…yo doy el masaje y tú te estás quieto.
Obedecí en silencio hasta que me ordenó darme la vuelta. Evidentemente estaba empalmado.
-Tienes unas manos mágicas…-le dije mientras observaba la tienda de campaña.
-Y tu cosa se sube muy fácil…
-De fácil nada. Es por ti…eso se pone así porque me gustas.
-¿Cómo la niña que estaba sentada antes encima de ti?
-Con ella no se me pone así. No lo controlo. Ella solita decide que tú eres la que me gustas…

María empezó a sonreírse con lo que le decía y sin esperármelo fue ella la que esta vez fue a quitarme el calzoncillo dejando mi mástil libre totalmente tieso. Se sentó a mi lado y con una naturalidad que no me esperaba la agarró y empezó y descubrió mi glande del todo bajando su mano aceitosa por mi tronco.

-Y ya si me tocas ni te digo…pero
-¿Pero qué?-preguntó extrañada.
-Yo también quiero verte y tocarte…

Me incorporé y apoyando mis brazos en la cama acerqué mi cara a la suya mientras María seguía acariciando mi polla. Era la primera que nos besábamos mientras me acariciaba. Me incorporé un poco más para poder liberar mis brazos de mi peso y me senté en el filo de la cama. Seguíamos besándonos pero ahora podía acariciarla yo también. Con cuidado apoyé mis manos en su cintura. Dio un ligero respingo pero no dejó de besarme aunque con el cambio de postura soltó mi polla.

Seguimos besándonos y conseguí que mis dedos alcanzaran su piel bajo la camiseta. Se estremeció pero me dejó continuar. Acaricié su vientre y sentí como gemía en mi boca. Subí mis dedos y alcancé la copa de su sujetador. Era de copa dura. La agarré pero María de golpe se separó de mí.

-Luis…no por favor, no puedo…
-Sólo quiero acariciarte…
-No puedo todavía…
-Pero el último día metí la mano en tus braguitas…-le susurré en el oído tomando su mano y llevándola de nuevo a mi polla-…y te acaricié como tú a mí.
Sentía su respiración agitada mientras acariciaba mi verga.
-Sólo quiero que los dos disfrutemos- continué- no sólo yo…

Metí de nuevo la mano en su camiseta y ya tocaba de nuevo la copa de su sujetador cuando llamaron a la puerta. María se sobresaltó y se levantó de golpe.

-Sí, ¿qué pasa?- respondió asustada.
-María vamos a preparar algo de cena…-gritó una de sus compañeras- ¿qué quieres?
-Ya salgo…-gritó para decirme- Luis, tienes que irte. Así no puedo.

Me levanté y me acerqué a ella pegando mi polla aun dura a su vientre y la besé.

-Me muero de ganas de tenerte…-le susurré de nuevo.
-Anda vístete que no te pillen mis amigas así…tenemos que disimular.
Esperó que me vistiera me dio un pico en la boca y abrió la puerta. Me volví a la residencia con el rabo entre las piernas y un buen calentón.

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