RONNIE CAMACHO BARRÓN

Una vez más voy en camino a la casa de Angie, mi amada novia y la mujer más maravillosa que conozco, no hay persona ni viva ni muerta que pueda comparársele, es una flor en el desierto y justo ahí, fue donde la vi por primera vez.

Nuestra historia comenzó cuando tenía dieciocho años, toda la vida fui visto como chico raro en mi pequeña ciudad natal, rara vez pude congeniar con alguien y cuando lo hacía, rápidamente se alejaba al saber de mi don.

Hastiado de aquello, decidí realizar una de mis habituales escapadas a los páramos desérticos de las afueras, pues, solo conduciendo a través de ellos, podía encontrar la paz que ni la ciudad ni la gente podía darme.

Tras un día excepcionalmente malo pisé el pedal a fondo e inadvertidamente, pasé sobre una pequeña nopalera que con sus espinas reventó una de mis llantas.

Al instante perdí el control del auto y aunque logré salir ileso, quedé varado, sin ningún repuesto para reparar el daño y lejos de cualquier otra forma de vida en más de tres kilómetros a la redonda.

Vagué por lo que parecieron ser horas y antes de que desfalleciera ante el cansancio, encontré mi salvación, una pequeña y decrepita chocita en medio de la nada.

Sus paredes de ladrillo lucían los descarapelados dibujos de flores de colores, de todas las ventanas colgaban atrapasueños y una oxidada furgoneta yacía estacionada afuera.

El auto no era más que una chatarra y parecía que nadie había vivido ahí en mucho tiempo, así que decidí entrar para salvaguardar mi vida.

Apenas puse un pie dentro, me tumbé sobre un viejo sillón que había en la sala y cedí ante la fatiga.

Desperté tiempo después, con un trapo mojado sobre la frente, rodeado por un centenar de velas que iluminaban toda la casa y con mis pulmones invadidos por el aroma del incienso.

Me incorporé de un sobresalto, pues se suponía que estaba solo en aquella casa, ¿Quién pudo haber hecho todo eso mientras dormía?.

Sin querer conocer la respuesta decidí marcharme, pero antes de que pudiera salir por la puerta, una desesperada voz me detuvo.

—Por favor, no te vayas —suplico una mujer  de edad madura antes de salir de las sombras.

Al verla quede pasmado y mi miedo desapareció por completo, pues, aunque parecía estar atrapada en la onda hippie de los sesenta era muy hermosa. Llevaba un floreado paliacate anudado alrededor de su lacio cabello gris y negro, sus marrones ojos rasgados se encontraban resguardado tras unas redondas gafas de sol amarillas y estaba imbuida un colorido vestido que, aunque disimulaba su figura, contrastaba de manera perfecta con su piel canela.

Aquella hermosa mujer que de un segundo a otro me había robado el corazón y sacudido mi paz, era mi Angie.

 —Hace tiempo que no hablo con nadie, por favor quédate —insistió.

—¿qui….quién eres? —apenas si me salían la palabras.

Me llamo Angela, pero mis amigos me dicen Angie, ¿tú cómo te llamas? —preguntó con una sonrisa tan cálida que aún al día hoy, cuarenta años después, todavía me derrite el corazón.

—Raúl —respondí taciturno y buscado el momento preciso para salir corriendo de ahí.

—Gusto en conocerte Raúl, ¿tú crees que puedas quedarte, aunque sea un rato?, hace décadas que nadie me visita y solo quiera hablar, por favor —suplicó por tercera vez.

No sabia que decir, por un lado, ya era de noche, tenía que haber vuelto a casa de mis padres hacía horas y por el otro, ella solo era una pobre alma solitaria que no podría causarme ningún otro daño más allá de un simple susto.

Fue así como accedí a su petición y me quedé a charlar con ella. 

La primera vez que hablamos me contó todo sobre ella, me habló de cuando abandonó la casa de sus papás a los dieciséis para seguir el movimiento hippie, de cómo fue que decidió vivir en el desierto lejos de las contaminadas ciudades y como fueron sus treinta años viviendo sola ahí.

Todas sus historias eran magnificas y muy interesantes, pero no me enamoró hasta que ambos revelamos nuestro gustos musicales y literarios, en ese punto nos dimos cuenta de que los dos compartíamos muchas cosas en común.

Ambos gustábamos de las viejas baladas románticas y libros de terror que a la mayoría de las personas les parecían muy melosas o espeluznantes.

Platicamos hasta el amanecer y después de agradecerme por haber aceptado pasar la noche entera hablando con ella, me dejo marcharme, no sin antes darme precisas indicaciones de como volver a la ciudad antes del atardecer.

Al salir de su casa me sentía acongojado, todavía quería quedarme ahí, pero también tenía que volver a la ciudad, seguramente mis padres estarían histéricos por mi ausencia.

Estaba decidido a irme, hasta que vi el triste semblante de Angela, yo había sido su único visitante en décadas y ahora, me marchaba sin más para continuar con mi vida.

Me sentí fatal y aunque sabía que era apresurado, le juré que pronto regresaría para hablar con ella de nuevo y que la próxima vez que lo hiciera, llevaría unos cuantos libros nuevos para que se entretuviera.

Tras volver a mi casa, mis padres me dieron la regañada de mi vida, no solo por no haber vuelto en toda la noche, sino también, por haber dejado mi auto en medio del desierto.

Pero no me importó ni un mínimo todo lo que me dijeron, al fin había encontrado a la chica de mis sueños y lo único que tenía en mente era en cuando la volvería a ver.

Después de dos semanas de castigo cumplí con mi promesa y regresé a la casa de Angie con decenas de libros que pensé que quizás podrían gustarle.

Una vez más charlamos por horas y de nuevo, cuando fue la hora de despedirse, le juré que volvería.

Hice eso con cada una de mis visitas, hasta el punto de que lentamente, los nada alentadores “adiós” se fueron convirtiendo en confiables “Nos vemos luego, Angie”.

De igual forma nuestra relación fue progresando tanto que antes de que siquiera pudiéramos darnos cuenta, ya no era una simple amistad lo que nos unía, sino el inconfundible y cálido sentimiento del amor verdadero.

Aunque ambos sentíamos lo mismo, en principio ella no me quiso corresponder, decía que perdía mi tiempo, que me buscara otra mujer, una que al menos pudiera tocar.

Yo me negué, si había nacido con la capacidad para verla, era porque estaba destinado a estar con ella, no me importó que nunca pudiéramos formar una familia, tomarle la mano o siquiera besarla.

Yo era para ella y ella para mí.

Hoy ya tengo más de setenta años, el cansancio me pesa y aunque se me dificulta manejar, mientras me quede vida, no dejaré de venir a la casa de mi bella fantasma.

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