TANATOS12

Capítulo 45

Quizás le infravalorase, pero no me daba la sensación de que Marcos hubiera puesto aquel pie allí con una intención clara, sino casi más por un acto reflejo. Además, tardaba en reaccionar, al igual que yo, por lo que confirmaba que le costaba reponerse de aquel súbito susto o, como mínimo, sorpresa.

La que no parecía afectada por la irrupción de aquel chico era María, a la cual yo veía como se agachaba a recoger sus shorts, para posteriormente pasar por detrás de mí y de Marcos. Empujó entonces la puerta, para entrar y Marcos se conectó lo suficiente como para seguirla. En apenas diez segundos ellos se ubicaban dentro del edificio y yo no pasaba del umbral de la puerta. Todo sucedía a gran velocidad. Yo apenas reaccionaba. Cuando María se giró y, mirándome, dijo:

—Quédate ahí y vigila que no venga nadie más.

Conmocionado, me vi custodiando aquella puerta, sin cerrarla del todo, salvaguardando aquel bolso que seguía en el suelo del portal y velando por la intimidad de María y de aquel macarra, al que parecía ofrecérsele una vida extra. Yo, paralizado y resignado, a unos dos o tres metros de ellos, los cuales, habiendo estado tan cerca, me parecían kilómetros.

De golpe la luz de aquel portal se apagó, mostrándome que ni me había dado cuenta de que el chico había pulsado el interruptor al subir, y la duración de aquella luminosidad había llegado a su fin, y en aquella semi oscuridad quedarían ellos si nadie ponía remedio.

Quizás aquella penumbra envalentonó a Marcos, pues éste atacó, buscando la boca de María. Era ciertamente extravagante verle, con la camisa abierta, los pantalones sin subir del todo y aquella polla siempre semi flácida y plastificada asomando desconcertada. Ella, allí plantada, con sus shorts en la mano, con sus tacones y con su camisa y americana que tapaban su coño desnudo y su culo, detuvo el ataque a sus labios, pero llevó su mano libre a aquella polla blanda y preguntó seria:

—¿Puedes o no?

Marcos no cesó en su empeño de buscar su boca y sus caras se pegaron. Yo miré un instante hacia la calle, cumpliendo mi misión, y, tras confirmar nuestra soledad, volví mi mirada a aquellas caras pegadas, a aquellos cuerpos pegados, y a una María que apretaba con fuerza aquella polla, buscando reanimarla.

Marcos se bajó un poco más los pantalones y, cuando estos descendieron hasta sus rodillas, volvió a buscar los labios de María y esta vez sí tuvo éxito. Se besaban allí de pie, a un par de metros de mí, en aquel austero portal. Ella dejaba caer sus shorts al suelo y meneaba aquella polla, consiguiendo milagrosamente que aquel preservativo no solo no abandonase aquella carne, sino que creciera con ella.

Simultáneamente a que aquella polla fuera medrando, sus besos fueron tornando más lascivos. Marcos coló sus manos por detrás, levantando un poco la chaqueta y camisa de María, y apretaba las nalgas desnudas de ella mientras se besaban, y sentía aquella paja, aquel látex adelante y atrás, que de nuevo sonorizaba aquel espacio.

Marcos parecía así más lúcido, al menos no tan bloqueado, como si besándola, como si actuando, no pudiera pensar, y fuera precisamente pensar, ser consciente, lo que le paralizaba.

Escuché ruido a mi espalda, gritos aleatorios de borrachos que yo intentaba averiguar si se acercaban o si se alejaban, cuando volví mi mirada hacia ellos, y Marcos ya optaba por lo evidente, y lo evidente era palpar no el culo… sino el coño desnudo de María. Ella se echaba un poco hacia atrás, queriendo evitar lo inevitable, pues no soltaba su polla por lo que no podía alejarse de él. Marcos consiguió entonces acariciar su coño con más o menos destreza… y ella gimió en su boca y yo creí morir. Aquel macarra pronto intentaba introducir uno de sus dedos en su sexo y ella cerraba sus ojos con fuerza y jadeaba. Ya no se besaban. Sus caras se pegaban. Aquella cabeza ancha y calva extensa se frotaba con las mejillas ardientes y la melena voluminosa y apelmazada de María. Mi vista se perdía en aquellas caras pegadas, en la majestuosidad de la silueta de ella y en la tosquedad del cuerpo de él. Las piernas finas y esbeltas de María y los troncos anchos que fijaban a Marcos al suelo. Una apertura de boca… y un jadeo especialmente estrafalario de ella, me hicieron llevar mi vista hacia abajo otra vez… y no podía tener duda de que aquel áspero dedo de Marcos hostigaba el coño de María. Se masturbaban, el uno al otro, allí de pie, flexionando ambos un poco las piernas.

Cuanto más entre cerraba los ojos y jadeaba María más imponente, sexual y superior a él la sentía. Cuanto más taladraba Marcos aquel coño con su dedo, más grotesco y desagradable se mostraba. Ella cerraba los ojos. Él no. Como si no pudiera creer lo que estaba viviendo y quisiera guardar aquellas imágenes irrepetibles para siempre.

Con una mano la sujetaba por una nalga, y con la otra parecía intentar meter un segundo dedo dentro de aquel coño hambriento que yo apenas podía ver, pues su ropa y la propia mano de él me tapaban, pero podía imaginar bochornosamente hinchado.

No tuve duda del momento en el que aquel segundo dedo acabó entrando… pues María jadeó, afectada, aceleró la paja y su boca gimoteó en aquella oreja grande, en aquella calva brillante y sudada.

Marcos hundía aquellos dos dedos en el coño de María y ella, expuesta por primera vez, ya no tenía fuerzas para negar la evidencia. Aquel segundo dedo y aquella paja fueron el detonante para que acabara entregándose… y se pudo escuchar nítidamente:

—¿Qué… qué me haces… cabrón…?

—¿Yo…? Nada… —enterró Marcos en el oído de María mientras seguía deslizando rítmicamente sus dedos por dentro de su coño.

Y sucedió algo que me impactó y me hizo temblar y tragar saliva involuntariamente, y es que ya no solo se escuchaba el ruido del látex por aquella paja… sino el coño de María como consecuencia de aquellos dedos de aquel macarra. Aquel coño encharcado nos decía a los tres, con aquel sonido cadencioso y húmedo, que no aguantaba más. Y María lo confirmó de palabra, en un jadeo, con aquella melodía de fondo:

—Joder…. Mmm… ¿Me… me vas a follar, eh?

Marcos a eso no respondió, y María no lo vio, pero yo sí pude ver su media sonrisa.

Con la polla ya dura se transformó. Se llenó de ego y de convicción. La sujetó con fuerza por la nuca y la besó con ansia, siempre sin dejar de martirizar aquel coño que ya venía ávido y famélico de muchas horas atrás. Marcos aprovechaba aquella necesidad, aquel clímax atragantado, aquel juego conmigo, aquel juego con Edu, aquel casi con Álvaro… para meter sus rudos dedos dentro del precioso coño de María y meter su abrupta lengua dentro de la boca de mi novia.

Ella se aferraba a aquella polla que era una candidata más noble que su propio dueño, y se dejaba atacar y se dejaba empujar… hasta recular y descender… llegando a apoyarse contra los escalones que subían hasta el rellano del ascensor. Marcos caía sobre ella, tapándola, casi impidiéndome ver, se bajaba más los pantalones… todo iba muy rápido, le apartaba las piernas… colaba su cuerpo entre ellas… ya nadie tenía duda… lo había conseguido… era suya… Se la iba a follar.

Miré otra vez hacia la calle. Había olvidado completamente que existía. No parecía haber nadie cerca. No se escuchaba nada. Como si el mundo se hubiera detenido para que Marcos pudiera triunfar. Para que tuviera su momento, sus minutos de gloria, sin que nada ni nadie pudiera interrumpirle. Y volví a llevar mis ojos a ellos y vi que, tras el enésimo y desesperado beso, Marcos reptó un poco hacia abajo, besando su escote y María me miró. Me clavó la mirada y pude ver el ansia más pura. No me juzgaba por haberla empujado a aquello. Ni mucho menos me culpaba. Yo, con la polla durísima, aparté un poco la puerta y me abrí los pantalones con temblorosa celeridad, y, sin dejar de mirarla, liberaba mi miembro. Mi novia veía como me liberaba mientras aquel macarra, errático, le apretaba los pechos sobre la camisa, llegando a besarla allí, sobre la ropa, de una manera torpe y desagradable.

Mi miembro empapado salió a la luz, con el glande enrojecido, dejando atrás unos calzoncillos empapados. Tras mirar aquella diminuta polla llevé mi mirada a la que se postulaba para María; veía como lucía, dura, aquella polla de Marcos, y, mientras veía aquellos huevos colgando, deseando descargar todo aquel deseo en ella, llevé mis manos a mi bolsillo, cogí sus bragas, que no habían perdido nada de humedad, y me las llevé a la cara… Inhalé su divino olor a coño al tiempo que Marcos abría aquella delicada camisa de María, bajaba de un tirón su sujetador y emitía un “hostia… puta…” al ver aquellas tremendas tetas iluminar todo aquel portal.

—Métemela… ya… cerdo… —gimoteó María, tapando un poco sus pechos con su camisa, y ella misma alargó su mano para dirigir aquella polla por fin hacia su sexo.

Yo me pajeaba, con aquellas bragas sedosas en mi cara. Sintiendo la tela y su coño. Y ella le pajeaba a él, poniéndola aún más dura, mientras él volvía a llevar su boca hacia la boca de ella, y sus manos apartaban aquella camisa blanca para apretar con desagradable crudeza aquellos voluptuosos pero delicadísimos pechos.

Se la iba a follar. Aquella polla estaba a centímetros de que todos ganásemos. María resoplaba excitada y sollozaba levemente en la boca de Marcos, quejándose por aquel brusco manoseo sobre sus firmes tetas que se erigían imponentes, naciendo de su suave torso como dos montañas perfectamente simétricas. Marcos no fue más sutil con ella por la queja, y la réplica de ella fue dejar de quejarse, acelerar la paja y separar las piernas. Sí, separó más las piernas para que se la pudiera follar. Me moví un poco. Quería ver aquel coño… quería ver aquella polla de aquel macarra abriéndose camino por dentro del sexo de mi novia. Marcos cubriéndola, mancillándola, a punto de conseguir lo inimaginable para un hombre como él.

Aquella mancha roja, hortera, grotesca, se encorvaba para besar, morder y sobre todo babear aquellas preciosas tetas de María. Humedecía sus pezones con saliva que brotaba repugnante de su boca, mojando todo a su paso, ya fueran las areolas, la camisa o el sujetador; María hacía por cubrirse las tetas, de manera extraña, simultáneamente a pajear aquella polla y disponerse a metérsela, siendo puritana por arriba y guarra por abajo, desembocando en una hipocresía incomprensible. Yo veía el culo blanco de Marcos que iba a hundirse lentamente, aterrizando sobre María, penetrándola. A Marcos le faltaban manos y bocas para lamer de una a otra teta, para acariciar sus pechos, para besar su cuello y su boca, y a María le faltaban manos para intentar que su torso no fuera mancillado, a la vez que seguía pajeando implacable aquella polla más que consistente.

María se traicionaba a sí misma, pero nos lo daba todo a Marcos, a Edu y a mí, y se traicionaba sobre todo por aquella imagen ordinaria, con sus piernas flexionadas y separadísimas hasta lo obsceno, con aquellos delicados zapatos de tacón temblorosos en el aire, con su ropa cara, de puta de lujo, babeada y arrugada por aquel macarra casi ridículo, por ser finalmente follada por el más repugnante de todos los candidatos, en aquellas sucias escaleras; follada como una guarra, una madrugada cualquiera, totalmente desesperada por ser colmada, obedeciendo no a su ego, sino a su coño.

Escurría su cadera, sobre uno de aquellos escalones, para coincidir con el miembro de aquel macarra, para ser invadida… y, justo tras aquel sutil y necesario movimiento, María sacudió aquella polla con aún más vehemencia y velocidad y un “para, para, para” rapidísimo, salió de la boca de Marcos. Pero María no se detuvo y yo creía que me corría. Él separó un poco su cuerpo, pero ella no le soltaba y un “¡Uffff… Joder…!” salió de nuevo de la boca de Marcos, y cerró los ojos, y María seguía pajeando aquella polla enfundada en aquel transparente preservativo, a milímetros de su coño ardiente y desesperado, y Marcos jadeó, gimió y bramó un “¡Ohhh! ¡Jodeeer!” y María miró hacia abajo, y pudo ver como aquel condón se iba llenando, como lo veía yo, y Marcos encharcaba aquel condón, llenando aquel depósito y ella, sorprendida, pero sin detenerse, seguía pajeando aquella polla que hacía que Marcos convulsionase sobre ella y siguiera jadeando y gruñendo… hasta que por fin le soltó y él cayó desplomado sobre su cuerpo. Ella apartó completamente la mano y me miró, seria, y vio a su novio pajeando su irrisoria polla, con sus bragas en la cara, mientras aquel engendro se acababa de correr dentro de aquel condón y yacía abatido sobre su cuerpo.

El semblante de María mutaba a toda velocidad, del más puro deseo, a la seriedad e incluso solemnidad… hasta llegar al último punto, al del desprecio máximo. Un desprecio que, de repente, compartíamos Marcos y yo.

Le hizo a un lado al tiempo que él se dejaba apartar y murmuró contrariado y atropellando las palabras:

—Joder. No tengo más. ¿Vosotros tenéis? Vamos al hotel.

María se ponía de pie y buscaba sus shorts mientras Marcos maldecía haber acabado así y yo guardaba sus bragas en mi bolsillo y me subía los pantalones.

Ella no le respondía y se ponía los shorts, pero él se negaba a que todo terminase de aquella manera. Se puso en pie y se llevó la mano a la polla. Se quitó el condón y, tanto él como yo, pudimos ver aquel orgasmo malgastado en forma de gran cantidad de esperma que colmaba aquel depósito.

Hizo ademán de tirarlo al suelo y entonces María sí habló, con un tono increíblemente déspota:

—¿No serás tan cerdo de tirar eso aquí?

—¿Y dónde quieres que lo tire si no?

—Pues en la basura o en tu puta casa.

—Bueno… Te agradecería que no me hablases así —se revolvió él.

—No te hablo de ninguna manera. Solo te digo que no seas cerdo —dijo ella mientras ya se cerraba completamente los shorts, puestos sin bragas, bragas que tenía yo.

—Igual la cerda eres tú, ¿no? —volvió a contraatacar y yo, sorprendidísimo por el giro radical y tan rápido de la situación, temí tener que interceder.

María se colocaba bien el sujetador, cubriendo con destreza sus pechos y se cerraba la camisa, con presteza. Sin prisa por responder, pero segura. Y, una vez se recompuso completamente la ropa, casi como si no hubiera estado a punto de que se la follaran en aquel portal, dijo:

—Mira… que te den por culo, ¿sabes?

—¡Que te den por culo a ti! ¡Pija de mierda! —exclamó él y yo me sobresalté todo lo que no se sobresaltaba María.

—¿Qué has dicho? —dijo ella, girándose.

—Digo que que te den por el culo. Estoy a nada de tirarte esto a tu cara bonita —dijo refiriéndose al condón que tenía en la mano.

María se giró, dándole la espalda, le hizo un desaire y pasó por mi lado. Tan pronto me sobrepasó yo dejé libre la puerta, para que se cerrara, pues me quería alejar de Marcos cuanto antes. No es que tuviera miedo, pero no tenía interés alguno en que la cosa fuera a más. Seguía sin dar crédito a qué había pasado; en dos minutos se había pasado de estar a punto de follar a casi enfrascarse en una pelea.

María, tras recoger su bolso, abandonaba aquel portal. Y yo fui tras ella, a paso rápido, hasta alcanzarla. Ella andaba con más parsimonia. Diez, quince segundos caminando por aquel adoquinado en aquella noche en la que había dejado de llover, cuando escuché pasos a mi espalda. Sobresaltado, me detuve, y me di la vuelta. María siguió caminando y Marcos venía hacia mí, enrabietado, y con una sonrisa cínica que no solo era inquietante sino que me pareció indudablemente peligrosa.

Un comentario sobre “Jugando con fuego. Libro 3 (45)

  1. Parece que la cosa no terminó como todos esperaban, los tres sin su premio, y encima enojados por el inesperado final, María mucha paciencia no tiene, aparte de que fue guiada más por su calentura que porque su macho de turno le gustase, Marcos loco por haber acabado antes de lo esperado y por la negativa de María a ir a un hotel y el pajero y cornudo de Pablo porque su novia no fuese follada por el macarra. Todos furiosos.
    Felicitaciones Tanatos, eres de lo mejor.

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