ISA HDEZ

Su llamada sonó como tantas veces para quedar en el bar de la esquina vacía, donde nos cobijábamos tantas tardes para tomar nuestra taza de café humeante que doña Blanca nos preparaba con esmero, haciendo un poco de celestina, reservando la mesa de la ventana, la más apartada de la estancia. Nos gustaba contemplar la caída de las hojas del arce de la plaza, y vislumbrar los tonos ocres del tapiz que se formaba en el cambio de estación. La cita puntual era un rasgo infalible de nuestro encuentro; cada viernes se repetía sin margen de error, era la única peripecia para contarnos todo lo acaecido en el transcurso de los días y las horas. Faltar a esa cita era como matar el tiempo y dar un salto hacia el pasado como si nunca hubiera existido, y aún no estábamos preparados para vivirlo. Más de una vez lo habíamos conversado por si se presentara el escenario, pero no teníamos respuestas. Esa tarde noté los augurios que vaticinaban la negrura de mi pecho. Sin pensarlo corrí desaforada por las calles hacia la esquina, en busca del consuelo que deseaba encontrar en el rincón de la mesa de la ventana. Doña Blanca esperaba con la taza de café y los brazos abiertos. Las hojas seguían cayendo y la alfombra se teñía de ocres, pero no encontré el consuelo que buscaba. El tiempo se había detenido y, no retornó más el eco de la llamada. ©

2 comentarios sobre “La taza de café

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s