TANATOS12

Capítulo 44

Aquellos shorts abiertos eran una invitación a que yo intentara elucubrar hasta donde habían llegado, pero la imagen de verlos besándose a un metro de mí me había bloqueado. Veía aquel beso y aquellos magreos sobre la ropa a un metro y me asfixiaba de una manera que multiplicaba por cien lo sentido en el pub. Podía escucharles, sentirles… y mi miembro palpitaba con fuerza bajo mis pantalones.

Me jodía, me mataba del morbo, me sorprendía, a la vez que entendía la entrega de María, la cual sabía, como yo, que era aquello o nada. Nada en semanas, o en meses, o nunca más. Era una necesidad física y como tal respondía su cuerpo, que vibraba agitado bajo la rectitud y chulería que ella quería exteriorizar allí, contra aquel portal.

María acabó por apartar la cara y mirarme, mientras Marcos llevaba el festín a su cuello que ya lucía enrojecido. De los labios de ella salió entonces un “¿Estás vigilando?”

Aquel susurro parecía contener un doble sentido. Podría ser una orden para que les protegiera o un interrogante acusador por mi súbito papel de mirón. Me daba la sensación, además, de que su enigmática frase no había sido casual, de que mantenía aquella lucidez que la hacía distante, a pesar del ataque permanente de aquel macarra, que parecía dispuesto a degustar y exprimir cada rincón de aquel cuerpo con el que solo había podido soñar.

Me mantenía la mirada, con los ojos abiertos, ocultos parcialmente por su melena apelmazada sobre parte de su cara, con un semblante arrogante, como si quisiera tapar la vergüenza de dejarse mancillar por aquel hombre con una chulería cínica.

—Joder… qué buena estás… —fue suspirado por Marcos entonces, entre beso y beso, en aquella clavícula expuesta —¿Por qué no quieres ir al hotel? —preguntó sobre aquel cuello y yo empecé a comprender cada vez mejor qué era aquello que no encajaba.

Marcos llevó entonces una de sus manos a un pecho de María, sobre la camisa, y esa mano fue apartada, y a mí me costaba entender por qué aquellos shorts habían sido ya profanados, con lo que aquello podría suponer, y sin embargo no le daba nada de sus tetas, ni siquiera sobre la ropa.

De repente escuchamos unos pasos acercándose y aquello me hizo alertarme y a la vez le sirvió de excusa a Marcos para pegarse más a María. Un grupo de tres chicos pasó por delante de aquel portal sin detenerse y sin fijarse, mientras Marcos besaba a María con ansia y yo les podía escuchar hasta respirar.

En ninguna de las infidelidades consentidas de María había sentido la cercanía y la potencia de los besos como en aquel momento. Besos que ella no cortaba y que cada movimiento de cuello y de cabeza contenían una implicación morbosa y dolorosa. Su melena aquí y allá, las manos apretándose en la cintura o en la cara… sus piernas ligeramente abiertas, permitiendo el ataque pélvico de Marcos sobre la ropa… me dejaban sin aire y con mi polla queriendo escapar.

Era inevitable que una mano de él acabara buscando partes más prohibidas, y más con aquellas puertas semi abiertas entre sus piernas. Una de sus manos bajó por el vientre de ella hasta llegar a sus bragas, y, una vez allí, quiso colar sus dedos entre sus bragas y su piel, quiso palpar su coño sin ropa por medio… pero su mano fue apartada… sin dejar de besarse. Marcos no desistió del todo y dejó su mano allí y dos de sus dedos se posaron sobre el coño de María, sobre sus bragas, buscando frotar su sexo sobre la seda grisácea y así convencerla, poco a poco, de que le acabara dando su coño de verdad.

María quería mandar, pero a la vez su cuerpo la traicionaba, llegando al extremo de levantar una de sus piernas para sentir mejor aquellos dos dedos que sin duda le daban placer; pero cuando se dio cuenta de que aquello exteriorizaba entrega, volvió a bajar la pierna. Yo, con su americana colgando de uno de mis brazos y con mi otra mano muerta, contemplaba boquiabierto aquellos besos agresivos y como aquel macarra le hacía un dedo sobre las bragas.

Me preguntaba hasta donde llegaría María, cuando, entre beso y beso, se pudo escuchar nítidamente a un Marcos jadeante, desesperado:

—¿No me vas a tocar tú nada o qué?

María no respondió y Marcos acabó por apartarse un poco. Y después un poco más, hasta casi medio metro, y dijo:

—No sé muy bien de qué vais.

Aquella frase rebotó en el silencio de aquella madrugada mientras mis ojos se iban a una María con la melena alborotada, con las piernas algo separadas, con los tacones posados con fuerza sobre el suelo, con sus shorts abiertos y algo bajados… con parte de sus bragas expuestas y con unas tetas y unos pezones que maltrataban la húmeda camisa blanca… dejando constancia de una potencia sexual que era imposible de cubrir.

Marcos comenzó a desabrocharse la camisa y María le miraba, seria. Chula, pero encendida. Y a mí se me volvían a ir los ojos a aquella silueta de sus pechos y aquellos pezones que atravesaban su sujetador y su camisa, mostrando una feminidad y una lujuria que dejaban sin aire.

—¿Qué haces? —dijo María, al tiempo que un Marcos con la camisa mínimamente abierta se llevaba las manos a sus pantalones y se los desabrochaba. Antes de que pudiera darme cuenta aquel hombre se mostraba, desesperado, pero con aparente seguridad; mostraba una polla dura y que apuntaba hacia adelante, sin rastro de piel que cubriera la punta, ni de pelo que adornase su base. Una polla de dimensiones normales, pero ello suponía igualmente que estuviera en otro mundo comparado con la mía.

—¿Qué coño haces? —exclamó María de nuevo.

—Me tienes muy cachondo… —respondió él, llevando una de sus manos a su miembro y mirando ligeramente a su alrededor antes de volver a mirar a María. La miraba mientras se pajeaba y yo no podía ni reaccionar ni pensar… solo ser testigo de aquella locura.

Que yo sintiera un morbo asfixiante por lo que estaba viviendo no me impedía ser consciente de lo estrambótico de la situación, y aquella excentricidad aumentó cuando, de los pantalones bajados hasta los muslos de Marcos, comenzó a emanar una melodía. María fue la más rápida e incisiva en aquel momento:

—Parece que te llaman… Será tu mujer, Irene.

—Pues seguramente —respondió Marcos, frívolo, deteniendo su paja e intentando hacerse con su teléfono— Cada pareja tenemos nuestras cosas, ¿no? —dijo mirando la pantalla— ¿Con cuántos habéis hecho esto ya? ¿Por qué no nos vamos a vuestro hotel? —preguntó mientras se subía un poco los pantalones y volvía a meter su móvil en el bolsillo. Cuando, inmediatamente después, su teléfono volvió a sonar y exclamando un “joder” y subiéndose más los pantalones, se alejaba un poco para responder aquella llamada.

Las cosas pasaban con más rapidez de la que yo podía asumir y la tentación por acercarme a María se hizo insoportable. Me sentía un enfermo pero ansiaba sentirla, olerla… y también su desplante.

—Dame la chaqueta —dijo ella mientras efectivamente Marcos, a pocos metros de aquel portal, parecía hablar con su mujer.

Le di la chaqueta a María y aproveché para acercarme a ella. Frente a frente. Ella se ponía la chaqueta a medio metro de mí, mirándome, seguramente sospechando de mis intenciones. Acabó de ponérsela, sin cerrársela, llevó su melena hacia atrás y yo me pegué más a ella… hasta casi juntar mi pecho contra su pecho… La besé en la mejilla y quise buscar sus labios, cuando escuché un “No lo hagas” que me heló la sangre. Mis labios no fueron a su boca sino a su oído y le susurré:

—¿Por qué él sí y yo no?

María no respondió y llevé mi boca a su cuello, enrojecido… como si quisiera ir rastreando aquellos puntos donde mi novia había sido ultrajada. Besé aquel cuello con sutileza… al tiempo que escuché un despótico: “Estás loco… pareces un degenerado”. Pero aquello no hizo sino encenderme más y comencé a reptar hacia abajo, arrodillándome lentamente frente a ella, y, al tiempo que escuchaba un “eres un puto cerdo”, mis rodillas se posaban en el suelo, levantaba un poco su camisa por delante, bajaba un poco sus shorts… y llevaba mi nariz hacia su sexo… hasta posarme sobre sus bragas… intentando inhalar la humedad que su coño llevaba horas irradiando.

—Levántate… Pablo… Va a pensar que estamos locos. Levántate, joder… que pareces un depravado… —escuchaba a María decir mientras olía de aquellas bragas y un hedor brutal, a sexo, a coño encharcado, me ponía todo el vello de punta y disparaba la sangre que endurecía mi polla.

Y allí se detuvo el tiempo. Yo cerraba los ojos, llevaba mis manos a sus cálidos muslos y olía, y me restregaba, y aquel tremendo olor me envolvía como si desembocara en un sueño, mientras ella me seguía llamando cerdo, guarro y depravado… pero no me apartaba… Hasta que dejé de oírla durante un tiempo indefinido…  y lo que escuché después fueron sonidos… de besos… Me aparté un poco… y vi a Marcos, a mi lado, con sus pantalones ligeramente bajados, con su polla, empalmada… y sujetada por una mano de María… Aquella polla sutilmente pajeada, a escasos centímetros de mí… de mi cara… Mientras besaba a mi novia. Podía oler su polla… desesperada… por entrar en María… y podía sentirla a ella, pajeándole, besándole… en un estado de conflicto con ella misma insoportable.

María le masturbaba a menos de veinte centímetros de mi cara. Su polla parecía más grande y él parecía aún más desagradable. Con la camisa hortera medio abierta y sus pantalones en sus muslos, besando a María en lengüetazos soeces… ya fuera de sí… Y ella respondía a aquella lengua con los ojos cerrados y sujetando aquella polla con fuerza… Acabé por ponerme en pie cuando Marcos se apartó levemente y le susurró:

—¿Follamos aquí…?

María no respondió y Marcos se apartó un poco más.

—Tengo un condón en la cartera —dijo, visiblemente superado, sin tenerlas todas consigo.

Miré a María, mientras Marcos seguía hablando:

—Es que no sé por qué no quieres o queréis ir al hotel…

Marcos, errante, torpe, se volvió a acercar a ella, la intentó besar y ella apartó levemente la cara. Sus labios aterrizaron en su mejilla y el beso fue sonoro y desconcertante.

María me miraba, con la cara ladeada, mientras Marcos la besaba en la mejilla, ponía sus brazos a ambos lados de su cuerpo, contra el cristal de la puerta, y dejaba que su polla golpease aleatoriamente en alguna parte de aquellos shorts medio bajados.

María, acorralada, curiosamente no tuvo palabras para él en aquel momento, sino para mí:

—Pajéate, ¿no? —dijo, con obvia intención de humillarme.

—Venga, sácatela y pajéate —insistió, al tiempo que Marcos la seguía besando en la cara y movía su cuerpo mínimamente adelante y atrás, y yo entendí que no quería solo vejarme, sino decirle a Marcos que no estábamos allí porque ella fuera una guarra… sino, sobre todo, por lo que yo ocultaba entre mis piernas.

Bloqueado, tentado de obedecer, pero atemorizado porque Marcos descubriera mi vergüenza, veía como María alargaba su mano hasta contener aquella polla de él, que si bien había lucido más dura y grande, parecía contentar a María.

Allí estaba todo, de golpe, y aquella última pieza comenzaba a encajar.

Marcos descendió un poco y besó a María en el escote y quiso imitar lo que yo había hecho instantes antes, y comenzar a descender por su cuerpo, pero antes de que él amagara con arrodillarse frente a ella, seguramente no para oler, sino para intentar comerle el coño, María le detuvo.

—No… Eso no…

Y, mientras Marcos volvía a incorporarse, María dijo:

—Yo ya estoy. Ponte algo.

Marcos reculó. Yo creí morir. Y María se daba la vuelta.

María se llevaba las manos a los shorts, para bajarlos, mientras Marcos abría su cartera, y a mí se me salía el corazón del pecho.

A él le temblaban las manos y, sin embargo, los pantalones cortos de María descendían por sus piernas con decisión. Yo no me podía creer lo que estaba a punto de vivir, y, Marcos, aún más infartado que yo, se hacía con un preservativo mientras miraba de reojo los shorts de María anudados ya en sus tobillos, sobre sus zapatos de tacón. Y mi polla palpitaba a la vez que yo entendía todo, entendía que María en ningún momento había querido ir con él a nuestro hotel. No quería una sesión de sexo maratoniano con Marcos, ni siquiera le atraía especialmente, si bien tenía la sensación de que el hecho de que fuera tan grotesco le añadía también a ella un punto de morbo. Pero no, lo que quería era que se la metiera, allí, y explotar, en dos minutos, no más, correrse, por ella, sucumbir por ella, y también por Edu, por cumplirle su capricho de que le eligiera amante. Lo hacía por ella y por él. El placer y el triunfo de Marcos era un daño colateral y mi humillación quedaba en un segundo plano. Explotar, correrse, en un par de minutos; sabía, conocía su cuerpo, que podría llegar al clímax en poco tiempo a pesar de enfrentarse a un amante desconocido. Tenía esa capacidad. Lo sabía. Necesitaba aquella polla, normal, pero de hombre, dentro, tocar el cielo, y obedecer a Edu y volver a su vida. Volver a mí y volver a ser ella misma.

—¿Me quieres quitar las bragas tú? —dijo ella, imponente, refiriéndose a mí. Disfrutando de aquella vejación, pero salvándome a la vez, haciéndome partícipe.

Mi corazón palpitaba a doscientas pulsaciones mientras me colocaba tras ella y llevaba mis manos a la goma de sus bragas. Tiré de ellas un poco y a éstas le costaron despegarse de su coño… pues aquella humedad pringosa hacía que su sexo se aferrase a aquella seda de aquel tono entre azulado y grisáceo. Yo, impactado, descubría su coño empapado y abultado y casi pude sentir el hedor a hembra en celo al descubrir su sexo desesperado. Mi polla goteaba al tiempo que mis ojos quedaban maravillados ante la visión de aquel coño hambriento, con aquellos pelos recortados y enmarañados, también como consecuencia de aquel líquido espeso que llevaba horas liberándose. Bajé aquellas empapadas bragas hasta sus tobillos, sin respirar durante todos aquellos segundos… y, cogiendo aire mínimamente… desenganchaba sus shorts y sus bragas de aquellos zapatos, al tiempo que Marcos luchaba contra sus nervios y contra aquel condón, con el objetivo de no perder dureza y poder penetrar a María.

Yo, a punto de explotar de éxtasis, me hacía con aquellas bragas imponentemente húmedas y abandonaba a María a su suerte. Ella, allí, con sus tacones anclados al suelo y las piernas ligeramente separadas, recogía la parte baja de su camisa para ofrecer aquel culo tostado y prominente y aquel coño con aquellos labios desorbitados que parecía querían salir de su cuerpo.

Me aparté. Si yo apenas había existido para Marcos, en aquel momento mucho menos, y es que yo le miraba y para él solo existía aquella provocación que eran las piernas largas y separadas de María, aquel culo expuesto y aquel coño majestuoso. Le miraba a la cara y no veía deseo, sino impresión… y casi pavor. Su polla enfundada en aquel látex transparente se postulaba como lo único que podría calmar a una María dispuesta a traicionarse por explotar. El problema era que aquella polla no estaba del todo erecta y Marcos era plenamente consciente de ello.

María miró hacia atrás, inquieta y dijo:

—Pablo, vigila, por dios. —esta vez, sin doble sentido, y en clara alusión a que ningún borracho pudiera ser testigo de cómo Marcos la penetraba en aquel portal.

Aquel macarra ya no podía seguir fingiendo seguridad, como llevaba haciendo toda la noche… y se acercó tembloroso a ella… Llevó una de sus manos a aquel culo extenso, le apartó la parte baja de la camisa y de la chaqueta, permitiendo que ella llevara sus dos manos hacia adelante, y con su otra mano apuntaba con aquel miembro semi erecto al sexo de ella.

Yo, con las bragas de María en la mano, veía como ella cerraba los ojos, impaciente, deseando ser follada por fin por una polla de verdad, por un amante elegido por Edu… en una cuadratura del círculo que si bien era un infidelidad para sí misma contendría un clímax desconocido. Marcos frotaba aquella punta contra el coño de María y el sonido del látex restregándose y arrugándose era la banda sonora de aquel portal en el que ya hacía tiempo que no había aire. Un “métela, cabrón…” fue suspirado entonces por María y ella flexionó un poco las piernas e hizo que mi polla palpitase y que Marcos resoplase… Éste luchaba contra sí mismo, contra sus nervios y contra la oportunidad, única, que sabía le estaba dando aquella mujer que, por imponente, le bloqueaba más y más. Ella, consciente de que algo no iba bien, llevó una de sus manos hacia atrás, para intentar meterse aquella polla que tuvo que sentir flácida, pero no por ello no intentó también incrustársela. Uno, dos, tres intentos que no dieron sus frutos, hasta que comenzó a compaginar un extraño intento de masturbación sobre aquella polla enfundada en aquel marchito preservativo, con nuevas tentativas de ser invadida

Cuando, de golpe, escuchamos una voz que se aproximaba rápidamente, que venía de la calle, hacia nosotros. Me volteé y vi a un chico que venía directamente hacia nosotros, con unas llaves en una mano y con su teléfono en la otra. Rápida e instintivamente Marcos se subió un poco los pantalones, María se puso en pie y dejó que su camisa y americana taparan su culo y su sexo, y yo guardé sus bragas en mi bolsillo y aparté con el pie los shorts y el bolso que yacían en el suelo.

El chico, que ensimismado hablaba por su móvil, metía su llave en la cerradura, como si no existiéramos, y entraba en el edifico y subía los seis escalones, visibles desde nuestra posición, de dos en dos, hasta perderse escaleras arriba.

Marcos había sujetado la puerta de aquel portal con el pie, impidiendo que se cerrase.

Un comentario sobre “Jugando con fuego. Libro 3 (44)

  1. Vaya susto !!!…y ahora?…la cosa se enfrió y además Marcos aparentemente está fuera de carrera, su virilidad no pudo con sus nervios y su ansiedad. Como siempre Tanatos, felicitaciones genio!!!

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