LOLA BARNON

Fue liberalizador hablar sobre aquello con Isabel. Y no es que esté diciendo que me sentía humillado o avergonzado por empezar a excitarme con esos estallidos provocados por frases o inicios de imaginaciones. Porque, siendo sincero, no llegaba ni deseaba, ni me gustaba imaginarme a Isabel con otro. Había una barrera mental que me lo impedía. Y yo no quería, ni mucho menos, saltarla. Había sufrido demasiado como para que eso pudiera incitarme a un sexo más atrevido y descarado con Isabel. Mi sexualidad, no iba por ahí.

Todo era más sutil. Y funcionaba a través de la mirada, de la frase, de la postura que ella ponía al pronunciarlo. Tampoco era escucharlo y nada más. Era una combinación de todo, en una medida ajustada a nuestra sexualidad.

Los días siguientes fueron movidos por esta especie de descubrimiento. A ello había que sumar que, como además era esperado, Isabel empezó a mensajearse con él y a verlo en el trabajo. No cabía otra alternativa.

—Luis… si te llega a molestar o a incomodar, me lo dices. Por favor, no me lo ocultes. No quiero confundirme ni que esto sea una fuente de problemas.

Era lógico lo que me decía. De la misma forma que entró divertida en el juego, también lo hizo previniendo que no se nos fuera de las manos. Ella tenía miedo a que yo pudiera volver a sentirme mal. Y claro que era muy diferente a lo sucedido meses atrás, pero también, que prevenir solía funcionar mejor que curar.

De hecho, todos los mensajes que por trabajo se mandaban, me los enseñaba o me invitaba a verlos con la excusa de que viera cómo usaba el español, con esos americanismos latinos, tan propios de la zona de Miami.

Al principio, debo reconocer que hice por verlos y por intentar buscar algo incriminatorio. La luz roja de mi cerebro sabía que nunca terminaría por apagarse. Pero no había nada, ni lo más mínimo. Tan solo cosas de trabajo, de las clases, algún libro o artículo…

—Tenemos una cena los del departamento —me dijo una noche mientras lo hacíamos nosotros.

—¿Una cena?

—Sí. Antonio quiere que nos conozcamos. Somos algunos nuevos y Peter también… En fin, para que nos conozcamos.

Peter Duncan. Ese era el nombre del nuevo jefe de Departamento de Marketing Digital de la escuela de negocios. Reputado analista, antiguo ejecutivo, conferenciante… Y guapo. Con una sonrisa de anuncio de dentífrico, moreno, elegante, amable y simpático. Así me lo describió Isabel la noche anterior, antes de tener un orgasmo brutal gracias a ciertas insinuaciones, palabras pronunciadas en momentos determinados, y siempre bien elegidas por mi mujer…

Según me había dicho Isabel, el departamento estaba formado por cuatro profesores. El mismo Peter que ejercía como de elemento referente y se reservaba las master class como él mismo las llamaba, una tal Lorena, Isabel y un antiguo ejecutivo del sector del automóvil, recientemente jubilado y que buscaba mantener algo de estatus en el sector gracias a la enseñanzas de postgrado. Isabel era la encargada de la asignatura de estrategias digitales, que era lo que precisamente había hecho durante seis años en los que trabajo en la agencia, hasta que fue vendida.

—¿Cuándo es la cena?

—Este viernes…

—No tengo por qué ir… —me decía.

—No me importa cielo.

—Lo sé… pero, aunque sea pesada, ¿tienes claro que esto es un jueguecito? Que no hay nada y que, ni por lo más remoto…

Ella se tensaba cuando me quería remarcar que solo era una travesura iniciado hacía una semana entre ella y yo. Era casi obsesivo para ella dejar claro que nunca volvería a cometer el error de meses atrás.

—Isabel… De verdad que confío en ti.

Relajó los hombros.

—Es que… ya sé que soy muy insistente, amor, pero, no quiero que tengas ninguna duda, mi vida.

—No la tengo. Esto me divierte, y es un jueguecito, como dices. —Sonreí, con un punto de malicia. Esa noche aún no habíamos subido a la habitación y solo el hecho de empezar a hablar de él, me empezaba a sentir un cosquilleo en mis pelotas, que se contraían.

—¿Te divierte? —me sonrió.

—Me divierte no sé si es la expresión…

—Cielo, te excita… no es tan difícil. No rechaces decirlo —se encogía de hombros sonriendo—, no es tan extraño.

—¿No?

—No. No serás el primero que fantasea con su mujer con… —Se detuvo. No continuó, pero yo sabía lo que iba a decir—. Perdona… Ya sé que son las frases, no que yo esté… —resopló molesta consigo misma.

—¿Por qué hacemos esto tan difícil? —pregunté yo para quitar importancia.

—Es que… no quiero recordar eso, cielo. Y cuando empiezo a hablar, me parece que voy a equivocarme si te hago mención… ya me entiendes. —Agachó la cabeza—. Joder, cómo me gustaría borrar todo aquello. Y sé que, por mucho que lo intentas, hay algo aún que… bueno, sigue ahí.

Mi mujer me conocía muy bien.

—Isabel… no te puedes estar culpando toda la vida. Sucedió, y fue un trauma para mí. No puedo olvidar ciertas cosas, como te he dicho… Pero, los dos tenemos que superarlo. Estamos bien… Muy bien. Disfruto contigo, hemos logrado complicidad, nos divertimos… Me excitas con tus frases, con tu complicidad, con tus movimientos…

—-…Follamos mucho… —añadió con una sonrisa que empezaba a insinuar que esa noche volveríamos a hacerlo.

Pero entonces fui yo, sin darme cuenta, quien abrió un poco más la espita de aquello. No lo hice aposta, ni siquiera lo tenía meditado. Pero como había sido una frase maldita que durante tiempo personificó todo aquello, me salió como si se tratara de una especie de embrujo o sortilegio.

—Sí… follamos como locos

2

Ese viernes Isabel salió a cenar con la gente de la escuela de negocios. Más que una cena, al final se había convertido por un compromiso de Antonio en una especie de copa de vino y algo de picar.  Solía tener que acudir a muchos actos y finalmente, ese viernes tuvo que ir a uno por mediación del presidente de la Cámara de Comercio 

A eso de las diez y media, recibí un mensaje de WhatsApp.

Isabel

Esto ha terminado. Me ha llamado Mamen y van a tomar una copa en un sitio de cerca de casa. Por qué no te apuntas y vienes?

Me daba bastante pereza, a pesar de que el sitio estaba muy cercano. Casi no había ni necesidad de coger el coche. Pero no me apetecía mucho. Iba a disponerme a contestarla cuando vi el título de escribiendo en su chat

Isabel

Peter se ha apuntado. A este le va la marcha…

Y continuaba con un par de emoticonos riéndose. Al leer aquello me sobresalté. Primero sentí una punzada de celos. Luego, intriga mal entendida. ¿Qué coño hacía ese profesor americano guapo, en una quedada de mi mujer con sus amigas? ¿Iba alguien más del grupo de la escuela de negocios? Tecleé con algo de nervios.

Va Antonio y la gente del máster?

Me quedé mirando la pantalla. Pasaron un par de minutos y aunque se encendieron los dos ticks azules, Isabel no me contestaba. Finalmente, de nuevo el escribiendo.

Isabel.

No. Ahora estoy con Peter que me lleva en su coche. Vente, plis, y así nos tomamos una copa con estas locas

Isabel iba en el coche de este galán latino. ¿Al tal Peter le apetecía una noche de copas, ver a sus amigas, o la que le interesaba era Isabel? Decidí ir. En coche no sería más allá de cinco minutos. Lo malo era que debía ducharme y vestirme. Sabía que no era nada problemático ni extraño. Y confiaba en Isabel… ¿Lo hacía? ¿O volvía a mí ese recuerdo de meses atrás? Me di toda la prisa que pude…

Cuando entré por la puerta del bar, ella me saludó alegremente y me hizo llegar hasta donde estaba. Él desplegó una sonrisa perfecta, de blanquísimos dientes, piel morena tostada por un sol de cabina artificial y vestido con elegancia un poco llamativa. Apenas me hizo caso y aunque me quedé ahí un momento, él volvió a ponerse a hablar con Isabel, aparentemente de algo de trabajo.

Mi mujer estaba sentada en una silla alta, mientras él permanecía de pie. Isabel me miró pidiéndome un poco de paciencia. Me pedí una copa y me fui donde estaban Tania y Mamen con un chico. Las dos me saludaron muy cariñosamente y me presentaron a un tal Eduardo y que, al parecer, estaba con Mamen. Me acerqué a ella y se levantó a darme dos besos. Os rozamos las mejillas. Nos quedamos de pie. Era una chica realmente atractiva, con una sinuosidad y elegancia que parecía brotar de ella sin intentarlo siquiera.

—¿Qué tal estás?

—Muy bien… ¿tú? —miré sin querer hacia el tal Eduardo.

—Bueno… había que pasar página —dijo con cierta rapidez y una sonrisa nerviosa— La vida sigue…

—Que sea para bien —dije.

—Sí… eso espero. ¿Qué tal está Isabel? —me dijo poniéndome la mano en mi brazo, con verdadero interés, y aprovechando para cambiar la conversación.

—Está bien.

—¿Y… y tú?

—Yo también… Estamos bien. Hemos… hemos superado aquello.

—Me alegro mucho, Luis. Os lo merecéis —me contesto con una gran sonrisa.

Sonreí y asentí despacio. No sabía muy bien qué significaba ese os lo merecéis. Intuí que Mamen hacía referencia al sufrimiento mío, y al trauma de Isabel. Podía ser cierto que nos lo mereciéramos. Pero, por desgracia, esa estabilidad y felicidad que ahora disfrutábamos había llegado a través de una tragedia. Un duro trauma para mí, y otro para ella. La vida, pensé, era muy extraña.

Dejé a Mamen con Eduardo que, seguramente se sentía desubicado. Más que yo. Mamen le dio un cariñoso beso en la mejilla y él sonrió con tranquilidad. Me senté al lado de Tania que en ese momento escribía por su teléfono móvil, pero que en cuanto me vio, coloco una sonrisa, tensa y serpenteante en su boca.  Era una mujer que seducía con su postura.

Iba embutida en un pantalón blanco con varios rotos, pitillo, muy tobillero y un buen taconazo. Llevaba una camisa de color azul claro, remangada y por fuera del pantalón, salvo en la parte de la hebilla del cinturón. Me pareció, como cada vez que la veía, muy sensual, excitante y atractiva.

—El americano es un plasta… —me sonrió.

—Hablan de trabajo, creo…

—Sí… aunque me parece que tiene demasiado carrete —sonrió.

No quise decir nada y miré a Isabel. En ese momento el americano se inclinaba y le decía algo al oído. O cerca de él.

—¿Es guapo? —pregunté a la canaria que estaba en ese momento hablando con Mamen y Eduardo.

—¿Quién, el americano?

—Sí —respondí.

—Sí, está bastante bien… Es de esos que sabe que gusta y se deja meter fichas… Está encantado de conocerse. ¿Por qué lo preguntas? —se extrañó.

—Simple curiosidad…

—Isabel no va a volver a equivocarse, Luis —me dijo tranquilamente mientras bebía un sorbo de su vaso.

—Lo sé… —dije algo distraído viendo como ahora el tal Peter reía y apoyaba una mano en el hombro de Isabel.

—No te noto muy seguro…

No contesté de seguido. Sonreí de medio lado. No sé qué tenía aquella mujer que me excitaba y me vencía con solo la mirada y el gesto. En ese momento mi mujer me miró y le debió decir al americano que fueran a donde estábamos nosotros.

—¿Ves? Viene hacia aquí.

—Confío en ella… —dije a media voz, mirando a Isabel de soslayo.

Tania no dijo nada, pero yo observé que continuaba mirándome. Noté que posaba una mano en mi hombro y me obligaba a girarme. Enfrente, aquellos ojos, esa cara de facciones más atractivas, sugerentes y sensuales que bellas. Aquella pose de mujer segura, sin fisuras, con la tranquilidad de quien sabe que domina y seduce.

—¿Confías en ti?

—¿En mí…? ¿Qué quieres decir…? Yo nunca me he ido con nadie…

—No me refiero a eso, Luis. —Apuntó una nueva sonrisa.

—Entonces, ¿a qué?

Volvió a mirarme con intensidad, interrogativa, poniéndome a prueba.

—Me refería a que si tú has superado aquello…

No nos dio tiempo para más. En ese momento llegó Isabel que se hizo sitio a mi lado. Y el americano, sin quizá enterarse de que éramos marido y mujer, consiguió sentarse entre Tania e Isabel.

Isabel, quizá para dejar las cosas claras, cuando se acercó me dio un ligero piquito en los labios con una sonrisa. Eso, de alguna forma paralizó al americano que no volvió a acercarse demasiado a Isabel, cambiando sus atenciones hacia Tania.

—¿Qué tal la cena?

—Un rollo… —me dijo bajito y disimulando. Peter, aunque ahora hablaba a la canaria, seguía al lado de Isabel—. Y Peter, es muy majete, pero un poco plasta… Y sobón.

—¿Sobón? —se me encendió una pequeña alarma.

—Sí… ha disimulado, pero me ha rozado el culo un par de veces.

Mire a Isabel. Llevaba un vestido de verano, ceñido, de color hueso, que la sentaba muy bien. El pelo suelto, y un ligero maquillaje. En los pies, unas sandalias de medio tacón. La mitad del que llevaba Tania.

—Pero… ha sido… no sé, ¿descarado? —indagué sin poder evitar ciertos nervios y molestia.

—No… es, no sé, como cuando te rozas con alguien. Pero como me ha parecido que disimulaba, pues me imagino que lo habrá hecho adrede.

—Vaya…

—No te enfades, cielo… No ha sido nada.

—Ya, pero no sé…

—Es un poco creído… Está bien y eso, pero es cansino y pedante.

       Me quedé callado, mirando al americano que continuaba hablando con Tania. Esta, recostada en el sillón le sonreía, pero dejando una distancia entre él y ella, significativa. Seguía mandando, dominando la escena entre con el americano. Era hipnótico verla.

       —Te ha cambiado por Tania…

       —No le dura ni medio asalto… menuda es nuestra Tania.

       —No me digas… —miré a Tania—. Cuenta, cuenta…

       —Oye… que es mi amiga —me giró la cara Isabel—. ¿Te parece atractiva? —me dijo un instante después.

       —No está mal… —-intenté disimular.

       Isabel se rio con ganas.

       —Cielo, no sabes disimular. Te he visto desde la barra como la mirabas embobado. ¿O te crees que no te vigilo? —Sonreía con ganas y un punto de guasa, dándome un ligero beso en la boca.

       —Eres muy exagerada, Isabel… Yo…

       —No me importa, cielo. No seas bobo. —Me besó otra vez en los labios, esta vez con sonoridad. Luego cogió mi copa y bebió un ligero sorbo.

       —Me ha dicho que es guapo…

       —¿Quién?

       —Tania… el americano. Que lo es, vamos…

       —¿Ah sí? ¿Desde cuando hablas con mis amigas de chicos? —me preguntó divertida.

       —Se lo he preguntado.

       —¿A Tania…? ¿Y eso…?

       —No sé… como me lo dijiste tú, pues… era para charlar de algo.

       Isabel sonrió muy lentamente, estirando los labios y colocando una mueca divertida.

       —Ya sé lo que intentas… —me dijo muy bajito al oído.

       —¿El qué?

       —Ponerte cachondo a mi costa… —me dijo muy sensualmente acercando su boca a mi oído.

       —Siempre estoy cachondo cuando estás cerca.

       —Ya… será eso.

       —Es verdad.

       —No, si no te lo niego, pero como te puso como una moto que dijera que estaba bueno… Pues te aprovechas. —Isabel volvió a dar un sorbo a mi bebida.

       —Me pones como una moto, tú.

       —Ya, sí… lo sé. Pero te ayuda que dijera eso… que me lo confesaste.

       —No tanto…

       —¿Me quieres decir que no te puso cachondo que te lo dijera?

       —Me pones tú… que tú te pongas cachonda…

       —Bueno, da igual. Entonces, lo que voy a hacer tampoco te pondrá mucho… —dejó la frase colgando mientras sonreía enigmática y me guiñó un ojo.

       Sonreí. Me gustaba Isabel cuando se ponía picante. En ese momento me miró y, muy despacio, con toda la intención en sus ojos clavados en mí, se inclinó hacia el americano y le dijo algo cerca de su oído, mientras le ponía la mano en el hombro. Este, le pasó su vaso con rapidez y una amplia sonrisa se dibujó en su rostro. Isabel bebió un ligero y lento sorbo, luego, le dio las gracias y le miró con una sonrisa. Peter sonrió complacido y Tania se quedó extrañada. Un segundo más tarde observó a Isabel. Yo me levanté y me fui al baño.

Cuando me estaba yendo, miré hacia Tania, que aprovechando un momento en que el americano saludaba al tal Eduardo, le decía algo a Isabel que reía y hacía gestos tranquilizadores. Tania, también sonrió.

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