MIRZA MENDOZA

Los ojos negros de la mujer le impresionaban cada vez que ella iba a su puesto de compra y venta de oro. Se había convertido hace pocos meses en su clienta frecuente. A ella le gustaba ataviarse con diversos anillos y gruesas pulseras de plata. Se adornaba además con grandes aretes. Su lacia cabellera azabache caía sobre sus hombros y seguía su camino cubriendo sus delgados brazos.         
El vendedor de oro, de aspecto desagradable a la vista, le coqueteaba con timidez al comienzo y con descaro al pasar de los meses. La amplia sonrisa de la mujer, de labios rojos tentadores, competía con sus turgentes senos, que sobresalían con desfachatez mostrando su piel nacarada que consentía con diaria aplicación de cremas. Y para completar la seductora escena, una gran medalla de oro coronaba el campo sedoso de su pecho. Ella tenía una mezcla explosiva de atracción fatal. El vendedor de oro no se decidía cuál era el atributo de su preferencia. Viajaba entre la negrura de las pupilas y los labios carmesí para aterrizar en las tetas grandes, vigorosas y desvergonzadas de la mujer. ¡Ay! Y esa gran medalla de la virgen que siempre se posaba solemne sobre la tersa piel.    
La imaginaba en apuros, rogándole por auxilio. Mas ese escenario no se presentaba y había abandonado su sueño de tenerla a su merced. Así pasaba él los días fantaseando mientras ella visitaba su tienda una vez a la semana para venderle anillos de oro y en otras ocasiones solo iba a curiosear. En varias oportunidades había preguntado el hombre por la medalla que se le hacía hermosa, lujosa y pesada. Quería tocarla ya que esa medalla besaba a diario la dermis de la mujer que lo tenía prisionero de pasión. Un día se envalentonó una vez más en insistir comprarle la pieza. Quería adquirir la medalla por capricho, y además para dejarla sin su bien de valor. Pretendía a futuro tenerla suplicante ante él si es que alguna desgracia se atravesaba por su vida.          
—Vamos bonita, véndeme tu medalla.        
—Mi medalla es milagrosa, no la puedo vender, usted lo sabe bien.
—Te la valoro sin compromiso.        
—Bueno, pero esta medalla nunca, nunca la venderé         
—Nunca digas nunca—respondió entre dientes él. 
La medalla de la virgen aguardó las delicadas manos de ella, quien con total parsimonia la sacó furtivamente y la posó en la palma. Él se guardó un suspiro y con el pensamiento pidió una vez más que el infortunio encharque la vida de tan bella mujer.
Con lascivia el hombre colocó la pieza en su balanza gramera y calculadora en mano digitó unos números. Mordiéndose los labios, posó la vista en ella, respiró hondo y le dijo:
—Preciosa, yo te lo compraría a 500—ya lo sabes, cuando gustes.
La mujer sonrió y estiró su mano para recibir su medalla y contestó coqueteando: “jamás”.
El hombre posó toda su mano sobre la de ella para entregarle su objeto de valor. Se mantuvo el mayor tiempo posible tocando la palma de la mujer mientras un prominente abultamiento se le armó en el pantalón.   
Luego de la tasación de la joya, ella dejó de asistir al lugar, fueron pocas oportunidades que se la vio merodeando. Antes que llegue el virus y con él la cuarentena, el vendedor de oro se resignó a no verla muy seguido. Todos los días cerraba las puertas de su puesto y subía al segundo piso, ahí tenía un pequeño departamento. La extrañaba. A las dos semanas del encierro tocaron su puerta. Ella con los labios siempre rojos y con ojos llorosos, le suplicó que le atendiera. Él abrió una ventanita pequeña del lugar, se asombró al verla, aunque había escuchado su voz.       
—Por favor, necesito venderle mi medalla. Solo lo conozco a usted. Entraron a mi casa a robar en plena cuarentena, no tengo nada más para vender, solo mi medalla milagrosa. Usted sabe que siempre la llevo conmigo y nunca me la quito. Por favor, cómpremela, ya no tengo que comer.    
El hombre sin meditarlo mucho supo que era su oportunidad.       
—Te ofrezco 200 por ella, y rápido que vienen los militares, ya es muy tarde preciosa, debiste venir en la mañana.         
—¿Cómo es que 200? Usted me dijo claramente 500, ¿Cómo es posible? 
—¿No crees, preciosa, que es mejor tener una parte de algo que todo de nada?
—Usted abusa de mi necesidad.       
—Si quieres no me la vendas. Puedes venir a vivir conmigo, no te faltará nada.
—Mire, déjeme pensarlo, no estoy preparada para dar ese paso. Con el dolor de mi corazón le venderé mi medalla milagrosa.     


El hombre un poco malhumorado, por ser rechazado, trajo el dinero. Vio como ella se sacó la medalla. Apenas le dio los billetes, ella se fue agazapada. Él guardó la medalla en su bolsillo. Sabía que era cuestión de tiempo para que ella regrese a pedir más de su ayuda.        
Al día siguiente, sentada en el bus, la mujer con cabello teñido de un rojo intenso, labios rosados, y peripuesta con toda su joyería, sonreía. Su atrayente mirada estaba oculta bajo grandes gafas de sol. Su medalla, la milagrosa, adornaba de nuevo su preciosa piel. Su plan había resultado a la perfección. El comprador de oro cayó en la trampa, él compró una medalla falsa con un simple baño de oro mientras ella mantenía su vanidoso tesoro. Había timado a una decena más de incautos caballeros. Además, dejaba el cuarto alquilado sin pago. Iba con un salvoconducto falso, fingiendo ser enfermera destacada a otra ciudad, fue pasando airosa los controles en la carretera. Llegó a su destino y al bajar del bus un policía la detuvo. La reconoció por su medalla milagrosa. Esa mujer había abandonado el hogar hace muchos años. Tenía orden de arresto. La cárcel le esperaba. No había pagado nunca la manutención de los niños. Aquel policía nunca pensó que la madre de sus hijos seguiría usando la medalla que él le había regalado cuando fueron novios.

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