TANATOS12

Capítulo 43

Sentí una terrible frustración por lo que yo consideraba una injusta y terrible mala suerte. A lo que tenía que sumar la ansiedad por querer ver y no poder, y pánico porque Rafa se voltease y viera a María con Marcos.

Y es que no tenía duda de que si llevaba mi mirada hacia la barra, Rafa podría seguir la proyección de mi mirada, descubriendo así algo que sería inexplicable y bochornoso. Aún sin yo mirar, las probabilidades de que él ojease su entorno y yo quedara humillado eran altísimas, por lo que hacía por girarle, y él entonces acabó por intentar presentarme a sus amigas, y digo intentar porque no le hicieron caso, aún más borrachas que él, y sin ningún interés en mí.

Una de ellas sí que oteaba su alrededor hasta que miró en dirección a donde supuestamente debían de seguir María y Marcos, y su mirada se detuvo. Y mi tentación por descubrir lo que ella estaba viendo se hizo insoportable, cuando Rafa me habló, y me tuve que conformar entonces con intentar entender la mirada de aquella chica; intentando adivinar si estaba sintiendo morbo, sorpresa o repugnancia, pues la envidia parecía descartable.

Apenas entendía lo que Rafa me decía. Me lo tenía que repetir todo dos o tres veces. Hasta que la pregunta obvia apareció, preguntándome por María. Eso sí que lo entendí a la primera, pero se lo hice repetir.

—Está en el baño, creo —acabé por decir, sabiendo que aquel “creo” no solo sonaba extraño sino que toda la frase en sí no me hacía ganar casi nada de tiempo.

—Tienes suerte de estar con ella —dijo, sorprendiéndome, como en una frase que sonaba extraña, como antigua, y, al tiempo que yo soltaba un escueto “ya” y mis nervios porque se girase se disparaban, prosiguió:

—En el otro bar la miraba todos. No se puede ser celoso con una chica así.

—¿Qué? —pregunté a propósito para que se acercara más a mí y no se girara.

—¡Que no se puede ser celoso con una chica así! —casi gritó.

—Ya… ya… —respondí y él se dispuso a hablarle a una de sus amigas sin casi esperar a mi respuesta. Todo en un clima extraño y errante que no hacía sino confirmar su embriaguez.

Aquella oportunidad era casi irrepetible, así que, mientras Rafa hablaba al oído de su amiga, decidí llevar mis ojos a la barra…

Marcos, de espaldas a mí, María acorralada, contra la barra, en posición similar a instantes antes, pero lo que no era igual era lo que hacían, porque el beso que yo ahora veía no era como el anterior, era mucho más intenso, más agresivo. María abrazaba aquella cabeza, aquella calva, con sus dos manos, y sus lenguas chocaban y revoloteaban con mucha más hambre. Las manos de él en la cara de ella, fijándola, sujetándola… y entonces sus bocas se apartaron y él labio inferior de ella se estiró y ella le miró encendida… y aquel ardor de su mirada me dolió.

Tuve que apartar la mirada, y, al hacerlo, mantuve en mi memoria aquella imagen y, mientras Rafa volvía a hablarme, yo miraba hacia el suelo, pero solo veía aquel beso, aquellas lenguas, aquella mirada y aquellos cuerpos pegados… Y, curiosamente, en mi retina se posaba un movimiento mínimo, de roce, pélvico, que ya ni sabía si lo estaba imaginando o si efectivamente aquel cabrón aprovechaba aquellos besos lascivos para acabar de convencerla, clavando y frotando su entrepierna contra el sexo desesperado de ella.

Rafa decía cosas inconexas mientras yo me preguntaba si aquel macarra besaría especialmente bien, y si quizás ni eso hiciera yo con competencia. Y me preguntaba si podría ella ni llegar hasta el final, pero estar descubriendo algo que la satisficiera y que no supiera hasta aquel momento que necesitaba.

Tras unos minutos en los que yo me martirizaba, seguía con aquella imagen de ellos besándose y Rafa me seguía hablando, él acabó por proponer una última copa antes de que aquel pub cerrase. Mi negativa no la entendió, o no la quiso entender, por lo que antes de que me pudiera dar cuenta él se giraba… hacia donde tendría que estar María con Marcos.

En el momento en el que alzó la mirada yo exhalé, en un resoplido casi cómico, entregado a mi vergüenza, visualizando lo surrealista de la situación: yo, sujetándole la chaqueta a mi novia, mientras ella se besaba con aquel obsceno hortera, a los ojos de un Rafa estupefacto.

No había excusa posible ni cara de enfado o sorpresa que forzar. Solo la resignación del humillado.

No miré hacia la barra, sino a la cara de Rafa, no sé muy bien por qué, pero no vi en su semblante nada extraño. Simplemente caminaba, borracho, hacia aquel lugar donde debería estar mi morbo y mi tragedia.

Alcé inmediatamente la mirada y vi una barra casi vacía en la que no había mancha blanca ni granate, ni bella ni bestia, ni elegante puta de lujo ni cliente dejándose el sueldo del mes. Curiosamente llegué hasta a sentir más intriga por aquella desaparición que alivio por haberme salvado del bochorno.

Miraba a mi alrededor, para ver si los encontraba, mientras le negaba hasta tres veces a Rafa ser invitado a una copa. Ni los encontré ni pude evitar ser convidado a un chupito. Sus dos amigas venían con nosotros, pero a la vez se apartaban voluntariamente, queriendo dejar constancia a los ojos de los pocos que allí aún quedaban de su disponibilidad.

Se me hacía raro estar prácticamente en el punto exacto en el que María se había dejado besar así. Algo no me encajaba a la vez que me encajaba todo. Ni siquiera podría culparla si quisiera desahogarse, porque aquella era la palabra, sin estar yo presente.

Rafa volvió a preguntarme por María, sorprendido por la ausencia de preocupación, y yo saqué mi móvil para forzar una farsa que acabó por no ser tal, pues ella justo me acababa de escribir. En mi pantalla había un “¿dónde estás?” desconcertante, pues parecía difícil de creer que no me hubiera visto con Rafa durante todo aquel tiempo o, al menos, al marcharse, pues estaba convencido de que había salido.

Le escribí preguntándole donde estaba ella mientras le decía a Rafa que había salido a tomar el aire. Dejé pasar un minuto, tras el cual no obtuve respuesta, e inmediatamente después me despedí de mi improvisado amigo, el cual no entendía por qué no había salido antes en su busca, y lo cierto era que tampoco lo entendía yo.

Salí al mundo real y las luces de las farolas me dieron una bienvenida desagradable. Y aún más desagradable fue sentir una cortina leve de humedad casi cálida, una llovizna que no enfriaba pero que sí calaba.

Miré a izquierda y derecha: grupos de amigos, borrachos, borrachas, parejas… pero ni rastro de ellos dos.

Miraba mi teléfono compulsivamente, sin rastro de su última conexión, ni de haber leído el mensaje.

Doblé una esquina. Y otra. Y otra. La llamé. Un tono, y dos, y tres… y no me respondió.

Cada calle que descubría estaba más vacía y mis posibilidades se agotaban.

Comenzaba a sentirme sentenciado, pero algo seguía sin encajar, una pieza del puzle que aún tardaría en descubrir cuál era.

La volví a llamar. Y cada tono que rebotaba en mi oído era un desplante, un desprecio, un “esta vez no quiero que estés delante”. Quizás fuera por lo obsceno de dejarse follar por Marcos… por vergüenza, o quizás por un hastío hacia aquella parte del juego… pero yo empezaba a dar por hecho que había escapado de mí. Y si había escapado qué derecho tenía yo para perseguirla. Quizás aquel “donde estás” suyo solo había pretendido ubicarme para alejarse, o era una frase que iba a preceder a otra en la que se me dijera que esta vez no me quería presente, no me quería delante, con mis caras de ido y seguramente mis temblores enfermizos.

En aquellas ensoñaciones masoquistas me encontraba cuando pasé por al lado de un portal. Una metida de menos de dos metros, pero suficiente para que una pareja pudiera resguardarse de la llovizna y conseguir intimidad a aquellas horas de la madrugada. Allí estaba la mancha granate y la blanca, la cual siempre parecía ser la defensa sobrepasada, nunca el contraataque, ni mucho menos el ataque. La defensa sobrepasada seguía solo aceptando besos, aparentemente.

Sentí alivio y a la vez una tremenda inquietud, pues tenía el pálpito de que no iba a ser bien recibido, pero no sabía si me enfrentaría a algo más cercano a una indiferencia o a un vilipendio.

A pesar de mis dudas no me acerqué sigiloso, ni con cuidado… hasta que me resguardé, cerca de ellos. Vi su bolso en el suelo. La elegancia de ella y la rudeza de él. Me sintieron en seguida, se separaron por acto reflejo y las manos de ella abandonaron su nuca y las de él su cintura.

Pero su pausa no duró apenas nada. Lo justo para darse cuenta de que era yo. Y Marcos volvió a besarla. Y María volvió a dejarse besar. Y Marcos coló una de sus manos bajo la camisa de ella, por delante, levantándola un poco, dejándome ver no solo la humedad de la seda blanca, sino unos shorts azul marinos con el botón desabrochado… y con una cremallera que ya había sido bajada.

Un comentario sobre “Jugando con fuego. Libro 3 (43)

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