JOHN ARANDA

Benjamín iba a visitar la tumba de su difunta esposa el fin de semana y citó a su amigo Omar para que lo acompañara puesto que hacía mucho tiempo que no se veían y quería aprovechar la ocasión para el reencuentro; de estos dos individuos se puede decir en resumidas cuentas que son arquitectos consagrados, por otro lado, debo advertir al lector que el siguiente relato transcurre en el siglo XXXI. Omar y Benjamín van en un carro de lujo que es conducido por una computadora. «¿Ya hace cuanto que murió tu esposa?», pregunta Omar a Benjamín, rompiendo un silencio de algunos minutos luego de entrar al carro, «3 años y medio», responde Benjamín, inmóvil, sin retirar la vista del paisaje que se le presentaba a escala de grises por la ventana del carro y prosigue, «hace rato ya que no nos veíamos…mi vida se ha tornado un tanto solitaria desde aquel entonces », «¿y esto se debe a la muerte de tu esposa?», pregunta Omar, «en eso pensaba… aunque frecuento clubes nocturnos lo hago como un espectro silencioso, es como una melancolía reposada y remisa al melodrama; cuando no vagabundeo en mi casa lo hago por las calles más bulliciosas y comerciales de la ciudad, unas veces más como un santo que como un filósofo y otras veces como un férreo calderón», recita Benjamín, «es como la vida que llevábamos de jóvenes pero con ese aroma adulto, y quizá te inquieta ese aroma por la costumbre de algunas personas de exteriorizar emociones que no concuerdan con su estado de ánimo, pues, que la gente no vagabundee por las calles no nos confirma el hecho de que no vagabundeen en su mente, a menos que quieras creer que son santos en vez de abstemios los individuos que viven en esos pabellones, esto es como confundir la sonrisa con la felicidad», «cuanta elocuencia», exclama Benjamín; ambos se quedan en silencio por un rato y mirando el brillo impersonal de las gafas del otro como si se estuvieran mirando a los ojos.

Luego de un sordo y veloz viaje llegan a un camposanto que se encontraba ubicado en lo alto de una glacial colina y retirado de la urbe; el carro pasa por una regia entrada y recorre un camino luengo y adornado con árboles paradisiacos; llegan al lugar en cuestión, bajan del carro y se van caminando en silencio, leyendo mentalmente las fechas y nombres inscritos en las lápidas hasta que llegan al lugar en el que se encuentra la difunta esposa de Benjamín; Omar se sienta en un banco destinado para los visitantes mientras que Benjamín se queda de pie, y luego de un rato dice: «¿y de qué sirve la elocuencia?, ¿de qué sirve tener la razón si es aquí donde terminamos?», pregunta Benjamín como quien desea disertar por deporte, «bueno, la cuestión es similar al hecho de saber a ciencia cierta como llegar a este camposanto, quizá si no hubiésemos utilizado el carro y nos hubiésemos tomado la molestia de llegar hasta aquí sin dirección, quizá algún día y con mucha dificultad hubiésemos llegado, aunque también es posible que no hubiésemos llegado nunca, aun si estuviésemos muy cerca, y claro está, contando con el hecho de que tu no supieras la ubicación exacta del lugar, o mejor aún, que no tuvieras ni el más mínimo indicio de donde queda este camposanto, y que mi caso fuese en suma, igual al tuyo; supongo que la dirección equivaldría a la razón en este caso y que el camposanto, y vaya extravagante ejemplo, equivaldría a los objetivos que tenemos en nuestra vida», responde Omar, «¿y entonces qué es el método?», pregunta Benjamín, «eso es una pregunta capciosa… me explico, el método es método porque utiliza la razón para realizar una tarea por completo, ya sea una ciencia o un arte determinado, lo que ocurre es que sin darte cuenta, cuando dices “tener la razón” piensas es un debate y que este debate se gana es con la razón, entonces no encuentras una conexión entre la razón y el método, pues en el debate no vemos el método, lo que “vemos” es argumentos, más sin embargo este método existe aún si las personas que debaten no son conscientes de este método», responde Omar, «lo acepto, la pregunta tuvo una mala intención, pero eso de que las personas utilizan un método sin saberlo me parece que es como que muchos cantan sin ser cantantes, es lo que se conoce como empirismo», responde Benjamín, «o que muchos piensan sin ser filósofos» comenta Omar y prosigue, «y ahora que hablas de arte, se me hace muy pertinente reforzar mi posición a favor de la razón con la constancia, porque como has dicho, hay quienes cantan sin ser cantantes, este empirismo se alimenta de la constancia pero imita un método que desconoce, análogamente, el cantante que es un estudioso del método debe someterse a la experiencia, de aquí que resulten aficionados y teóricos respectivamente», «¡pendejo!», exclama Benjamín y prosigue, «Omar, no es por desmeritar tu elocuencia, pero creo que lo que tratas de decir es que los argumentos funcionan metódicamente, pero creo yo que el uso metódico de los argumentos para resolver preguntas sobre el tema que sea, es lo que se entiende por razón, y que si ha quedado claro que el método no es la razón sino que la razón se utiliza metódicamente también cabe aclarar que el conocimiento no es ni razón ni método sino información, y me atrevo a aseverar que es con esta información que se razona metódicamente, concluyamos, entonces, que el método no es la razón en si misma, ni tampoco es sinónimo de razón, que el método es el molde en el que se hornea la razón y el talento, pues, de acuerdo a los ejemplos que hemos expuesto, y que aquel que utiliza la razón, es decir, aquel que utiliza metódicamente los argumentos se le tiene por filósofo del mismo modo que aquel que utiliza metódicamente su talento se le tiene por artista»,  «has zangoloteado mi pompa», exclama Omar a la vez que retira las gafas aceradas de sus ojos y ambos ríen discretamente por largo rato.

El camposanto tenía un aspecto paradisíaco y primaveral, el día estaba tenuemente soleado, aunque el clima era diamantinamente gélido y la corriente de aire parecía estar muerta. «haciendo de lado los prejuicios acerca de la muerte», dice Benjamín retomando la charla luego de un rato mientras ambos contemplaban el paisaje, «me causa gracia pensar que si yo hubiese sido el difunto y mi esposa la viuda, mi fúnebre silencio le hubiera sacado en cara a ella el tamaño de mi verga en el caso de que se le hubiese ocurrido venir con un amante, ya sabes… la vanidad», «quizá te causa gracia porque esa idea es de ese tipo de ideas que todos conciben pero nadie expresa, sin ánimo de retomar el psicoanálisis», responde Omar y agrega «recuerdo que su busto era el más grande que jamás haya visto, no puedes quejarte, y no entiendo…bueno, si entiendo, pero me parece extravagante esa mezcla de dramatismo y de sexualidad en la que siempre te me presentaste», «tal vez tu psicoanálisis tenga sus motivos», comenta Benjamín, hace una pausa aleatoria y continúa, «pues, retomando tus apreciaciones acerca de que yo pueda creer erróneamente que son santos en vez abstemios aquellas personas que vivían en aquellos pabellones; serán facetas de la personalidad, creo yo»; ambos callan. Luego de una ascética contemplación del paisaje por largo rato, ambos se levantan del banco y suben al carro para partir del camposanto. Ya en el carro: «¿No has pensado “rehacer” tu vida?, digo… conocer otras mujeres con intenciones formales o hacerte a un androide femenino», pregunta Omar a Benjamín, «ya me esperaba ese tipo de pregunta; un día eres joven y al otro día eres viudo y buscas rehacer tu vida con androides», responde Benjamín sarcásticamente, «es como decía al principio, es el aroma de la vida adulta, es como la vida de los niños pero a escala», objeta Omar; el silencio se adueña de la escena, el viaje se alarga innecesariamente, el paisaje y las personas pasan delante de sus ojos como una película muda y a toda velocidad, incluso las sicalípticas ciudadelas subterráneas parecían diluvios de poesía bohemia. Llegan al lugar donde vive Omar al atardecer, este se baja del carro, la puerta se cierra, Omar hace un ademán de despedida con la mano y el carro arranca.

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