LOLA BARNON

—Baja aquí conmigo, a la alfombra —me dijo con una sonrisa perversa, tras sacársela.

Me levanté para hacerlo, pero de pronto me sentí bloqueado. No me veía en el mismo lugar que ese gigantón de la polla desmesurada que poco tiempo atrás había estado con Isabel en ese mismo lugar y, habiendo hecho las mismas cosas o parecidas que nos disponíamos a hacer.

—No… no —balbuceé—. Vamos… vamos a la cama…

—¿Prefieres arriba? —dijo ella con toda normalidad.

—Sí, sí… no sea que se manche la alfombra.

—Sí… tienes razón —dijo ella mirándola y asintiendo.

Isabel no se inmutó y recogió tranquilamente su ropa. Yo hice lo mismo con la mía, mientras pensaba que no le habría importado en absoluto que aquel chico se corriera y dejara, seguramente algún rastro de su semen, allí mismo, en nuestra alfombra. Mire al lugar donde ellos habían estado. A unos dos metros del nuestro. Por suerte, o como se quisiera decir, ellos comenzaron en el otro sofá al que solíamos ver la televisión Isabel y yo.

La vi andar desnuda, con sus ropas debajo del brazo, con pasos cadenciosos, elegantes mientras miraba su móvil que acababa de encenderse con un mensaje. Llegamos a la puerta del dormitorio y ella volvió a tirar su ropa al suelo, cerca de la cama. Se subió en ella y esperó a que yo, más comedido, dejara la mía en la silla que estaba al lado de mi armario. Ella miraba el móvil y entonces dijo una frase que me mató y encendió al máximo.

—Pues está muy bueno el americano…

La noche fue excepcional desde el punto de vista del sexo, pero incierta desde mis escondidas dudas. Disfruté y me puse nervioso, y creo que esa combinación resultó ser una combinación tan explosiva que cuando detonó, fue imposible de detener.

Saboreé su sexo, ella el mío. Ambos con deseos y glotonería. Yo la penetré en tres posturas diferentes, a golpes de cadera firmes y tenaces. Ella me cabalgó con lentitud de amazona experta y necesitada; tuvimos miradas encendidas, de puro deseo, de animalidad manifiesta y obscena. Fue un sexo salvaje y bello, de amantes con afán por perderse dentro del éxtasis de sus cuerpos. Una noche de ardores y cadencias; de ritmos acelerados o retenidos, a tenor del momento.   

Ahora, tras mi segundo orgasmo sobre el vientre de Isabel, me tumbé en la cama de espaldas. Respiraba con rapidez, con una media sonrisa y altísimamente complacido. Se me olvidaron esas preguntas que me hacía acerca de lo que aún desconocía de Isabel, o más que eso, se replegaron a un segundo plano ante la fuerza de la excitación.

Ella me miró con una sonrisa y algo de asombrosa duda en sus ojos. Aún tenía rastro de mi semen en su tripa y un par de latigazos, los primeros, cerca de sus pechos.

—Espera… voy a por papel para que te limpies.

Me levanté y fui al baño. Mi mente empezó a sosegarse. Me había excitado cuando Isabel había dicho lo del profesor americano. Ya no me quedaba la más mínima duda de eso. Era extrañamente morboso, o para mí al menos lo era. Primero, un aguijonazo de rechazo y luego, al minuto, una imperiosa necesidad de follar con Isabel.

Regresé al dormitorio. Me seguía mirando con un atisbo de sonrisa, pero como si no se atreviese a decir nada. Le alargué el papel higiénico, un par de toallitas y esperé a que se limpiara. Volví a tirar todo aquello a la papelera de nuestro servicio y regresé a la cama. Era casi la una de la mañana y habíamos echado dos polvos casi seguidos, para mí ambos, majestuosos.

Me tumbé a su lado y ella se recostó entre mi pecho y mi hombro. Segundos después se giró y volvió a mirarme curiosa, pero no decía nada.

—¿Por qué me miras así? —pregunté sabiendo que esa chispa de sus ojos era su sorpresa ante mi fogosidad.

Ella, no dijo nada. Solo agrandó un poco más esos ojos entre verde y miel, y se quedó esperando que yo mismo me contestara.

—Ha sido un buen polvo… —intenté desviar la atención.

—Han sido dos… y seguidos. Un par de polvazos, que me han encantado… ¿Y…? —mantuvo la expresión de los ojos agrandados esperando mi respuesta sincera y real.

Respiré. Sonreí con algo de nerviosismo. Ella me acarició la punta de mi nariz y se estiró para besarme ligeramente en los labios. Yo no arrancaba.

—¿Puedo preguntarte algo…? —Me dijo muy bajito y como si dudara.

—Sí, claro —agradecí que me hablara y quitara la responsabilidad de responder a su pregunta con la mirada, y que yo no estaba seguro de querer hacerlo.

—¿Te has…? ¿Te has excitado por algo que he dicho o hecho…? Quiero decir… más de lo normal.

Mi corazón se aceleró un poco. Me pasé la mano por el pelo y evité mirarla a los ojos. Creo que con todo eso, ya había contestado.

—Sea lo que sea… creo que te ha gustado, ¿o no? —volvió a preguntar—. Te lo digo —continuó ante mi silencio y evidentes muestras de no saber cómo disimularlo— porque si te ha molestado algo, lo siento, mi vida. No he… —ella se esforzaba en explicarse, pero no terminaba de encajar las palabras.

—No me ha molestado nada de lo que has hecho —dije con rapidez. No podía dejar que ella pensara que tenía la culpa—. No sé cómo explicarlo.

Ella se quedó callada. No quería forzarme. Respiré hinchando el pecho y sabiendo que mi respuesta iba a sonar extraña para ella.

—Sí… Me he excitado. —Volví a tragar saliva. Esta vez más ruidosamente—. Me he excitado… cuando… cuando… has dicho lo del americano. —Lo último lo dije bajando la voz, casi avergonzado.

Ella me acarició. Se estiró para besarme en la mejilla e hizo que girara la cara para que la mirara. Sus ojos estaban muy cerca de los míos. Las puntas de nuestras narices casi se rozaban.

—¿Eso te avergüenza…?

—No es exactamente excitarme… o no exactamente. Pero, es… es extraño.

—¿Por qué lo ves extraño? —su voz era tenue, tranquilizadora. Me ayudaba a soltar mi complicada sensación.

—Joder Isabel… hace unos meses… pues eso. Y ahora, no sé por qué, me ha excitado que dijeras…

—¿Lo de que está bueno?

—Sí… —admití otra vez con la cara algo gacha y cerrando los ojos—. Supongo que sí…

No es que yo sintiera eso como vergonzante. Había leído algún artículo en donde se explicaba que eso podía excitar a no pocos maridos. Pero estaba seguro de que eso no iba conmigo. Completamente.

—No pasa nada, cielo. —Me sonrió con dulzura posando sus labios en los míos.

—Sí, lo sé… Pero, Isabel, no es muy normal que después de lo que… de lo que nos ha sucedido, ahora me haya excitado con eso. O mejor dicho, contigo y por eso… Joder —me mesé el cabello—, no sé ni explicarme.

—¿Pero te ha excitado lo que he dicho, o imaginarme con él?

Por un momento me quede impactado. Dudando acerca de la pregunta. ¿Qué era exactamente? ¿Lo podía asegurar? ¿Unas simples palabras habían sido suficientes? ¿O había algo más escondido y latente?

—Creo… creo que ha sido la frase. Cómo lo has dicho… o no sé… No, no te imagino con él. De eso… de eso estoy seguro. —Negué nervioso—. El hecho es que me he excitado. Es —continué—, como si sintiera una especie de rechazo… de punzada en el pecho… pero a la vez me pone cuando hablas así, de forma muy caliente. Pero no… Isabel, no puedo imaginarte con él, o con nadie… después… después de esos meses… Isabel. Aunque, bueno, la forma de hablar… no sé, es complicado. —No era capaz de ser claro. Ni yo mismo tenía una explicación coherente para mí

—Aquello se acabó, Luis. Te lo juro. Nunca más. Lo sabes, ¿no?, mi vida —Se acercó más a mí y se quedó recostada, desnuda y a mi lado, con su cara muy pegada a la mía, rozándome con sus labios mi mejilla—. Nunca más… te lo aseguro.

—Te creo… De verdad que te creo. Pero… no sé, es difícil para mío. Muy difícil. No puedo explicarlo sin obviar aquello, pero a la vez no quiero recordarlo… Es un lío. —Me toqué con mis dedos el puente de la nariz y me restregué los ojos—. Es como si cuando dices eso… o hablas con palabras soeces… me transportara a un momento… no sé… virtual, o algo así. No sé si me explico… Lo toco con la imaginación, pero no puedo dar ese paso… Siento un inmenso rechazo imaginarte con otro. —Mi voz salió muy leve, floja—. Hay cosas de esos meses, Isabel… que… que… no sé si quiero saber. Me cuesta… mucho superarlo.

Me recosté en la cama, apoyando mi espalda en el cabecero. Ella, muy despacio se sentó a horcajadas sobre mí, con sus muslos en paralelo a los míos. Su peso era cálidamente confortable.

—Mi vida… —me dijo con los ojos muy cerca otra vez de los míos, con una chispa de brillo encantador, cercano, cómplice—… yo, si quieres —bajaba la voz paulatinamente con cada palabra que añadía a la frase—, si quieres te cuento todo lo que me pidas o hago lo que te apetezca… Pero tengo miedo a que eso nos afecte. Solo deseo que seamos felices, que estemos así… como estamos ahora. Que me tienes loca, como a una colegiala. En cuanto me tocas me enciendo, mi amor… Si quieres, te digo, te cuento, te hablo… pero tengo miedo a que eso nos desvíe y aleje de donde estamos ahora. ¿Me entiendes? —Cogió mi cara con sus dos manos.

Claro que la entendía. Y no solo eso, sino que agradecía que ella fuera en este sentido más valiente que yo. Estaba dispuesta a hacerlo si yo se lo pedía, pero su advertencia era muy real y madura. Sí, podía llevarnos a un terreno peligroso y de malentendido o desconfianzas. Era mejor cerrar esa puerta, quedarme con mis dudas, mis sospechas, mis incertidumbres y apostar por nosotros.

—Tienes toda la razón… —la concedí—. Prefiero no saber nada… —La abracé con ternura y ella se arrebujó en mí—. Siento haberme excitado con esas palabras, cuando hablas así… Como te digo, no te puedo imaginar con otro, pero… Bueno, que te pido disculpas. —Me dolía solo pensar en aquellas palabras.

Se giró sin salirse del abrazo, y con una sonrisa me miró, dejando una vez más su cara muy cerca de la mía.

—No seas bobo… No tienes que disculparte. No me importa, ni me parece nada de lo que tengas que avergonzarte.

—No sé Isabel… ¿no lo ves raro? Insisto, después de todo aquello…

—Eso que llamas aquello… es una etapa negra de mi vida… de nuestra vida, Luis. Del dolor que te he hecho pasar. No quiero volver a ella, ni lo haré jamás. Me crees, ¿no? Pero una frase… eso es diferente.

Asentí despacio y repetidas veces.

—Yo… hay cosas que creo que nunca olvidaré. Y de vez en cuando siento un fogonazo que me estremece. Eso no quiere decir que no te haya perdonado, y que sé que está olvidado… que no eres aquella Isabel que me…

—No lo soy, cielo. Te lo aseguro.

—Soy consciente, cariño. El tiempo, y sobre todo que estemos bien, eso es lo que hace que cada día quiera seguir contigo. Estoy seguro de que con paciencia se irá borrando todo.

—Eres un sol, mi vida… —me estrecho contra ella—. Entonces, si hemos sido capaces… mejor dicho, tú has tenido la fortaleza, la… no sé cómo calificarlo… y no me quiero equivocar, pero lo asemejo a una mezcla de cordura, sensatez, hombría, paciencia, bondad y… —empezó a enumerar sin apartar la vista de mis ojos—… me podías cortar, que ya se me acaban las palabras —bromeó haciendo que volviera a abrazarla.

—… porque te quiero… Isabel, sencillamente porque te quiero. Nunca he dejado de quererte, aunque hubo momentos en que lo deseé… Es muy simple. O muy raro, no sé.

—Tienes razón, mi vida. Pues si nos queremos y creo que estamos en el mejor momento de nuestra relación, qué más da que te excites con una frase mía… Si quieres las digo a pares… Si eso te gusta, yo encantada.

—¿A… a ti te excita? —no lo pensé. Quizá era una pregunta que podía llevar a malentendidos. E Isabel lo supo al instante por la forma de ir a responderme.

—Sí… —tardó un poco en hacerlo, e inmediatamente fue a explicarse—… vamos a ver… Entiéndeme. No quiero que pienses que volvería a…

—… no lo pienso. Te creo cuando me dices que nunca más, Isabel. Te lo prometo.

—Pues, quitando eso… Es decir, en un plano, como dices, virtual, imaginado… —meneó la cabeza ligeramente mientras mantenía la vista un poco entornada, como si buscara cuidadosamente palabras adecuadas a su explicación—, sí, creo que me gusta. Pero, espera, entiéndeme… lo que me excita, es que tú te pongas como hoy te has puesto…

—¿Te gusta…? Quiero decir… —carraspeé, sin todavía atreverme muy bien a abordar ese tipo de cuestiones con Isabel

—Muchísimo… —no me dejó terminar y pronunció aquella palabra silabeándola ligeramente—. No te imaginas, como me pones… mi vida… —Me besó y noté que mi masculinidad volvía a encabritarse.

Nuestras lenguas se juntaron de nuevo y ella notó que me endurecía de nuevo. Entonces, con ese hilo de voz sensual y un maravilloso brillo en sus ojos, mezcla de amor, cariño y maldad traviesa, me dijo algo que me hizo temblar de miedo y excitación. ¿Y que podría marcar mi sexualidad?

—¿Te he dicho que el profesor con quien voy a trabajar está muy bueno…?

Y mientras me miraba con ese verde insinuante de sus ojos, se deslizó con lentitud hasta mi entrepierna, cogiendo con sus labios mi polla, de nuevo tiesa y dura como un palo. Noté su boca, sus labios, su lengua… Escuché sus gemidos, sus ligeros contoneos de cintura al ritmo de aquella mamada.

La puse a gatas en la cama y no me detuve. Empecé a follarla como yo sospechaba que le gustaba, escuchando sus gritos, sus suspiros, sus gemidos de placer…

Volví a sentir sus ganas de follar. De nuevo, como una loca…

Este fragmento pertenece a la novela Una decisión difícil. Cualquier intento de copia, plagio u publicación sin el expreso permiso por escrito de la autora será perseguido en los tribunales)

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s