ISA HDEZ

Sabía que no tenía que preocuparse, pero esa sensación de querer la perfección la asaltaba y no la dejaba concentrarse en lo principal, su tranquilidad por el trabajo bien hecho. El esfuerzo, la voluntad y la constancia, estaban servidas en el entramado mundo de su mente donde tejía cada palabra y, le daba sentido para que todo funcionara como si de un rompecabezas se tratara. Armaba todos los pedazos y los sometía al juicio de la excelencia, como si no tuviera derecho a doblegarse al error. La entrevista debía salir perfecta, se repetía una y otra vez. Se jugaba en ella muchas lágrimas derramadas en soledad, y cada palabra debía encajar en su lugar certero. Las hora se hacían eternas hasta que, el sonido en la puerta la asaltó y, como una cadena pasaba cada eslabón en su justa medida, sin alterar ni un poro de su piel, ni un solo pestañeo que albergara un atisbo de duda que la hiciera agachar la cabeza; más, al contrario, se infló de orgullo y con el cuello erguido sin saber de dónde salían las fuerzas fue respondiendo a cada pregunta con la fluidez, claridad y entereza que minutos antes jamás pensó que pudiera ser capaz. El entrevistador apabullado de tanta eficiencia no pudo más que certificar y legitimar el documento que debía entregarle en ese instante. Y, sin más comentario innecesario se despidió con la cortesía protocolaria, abandonando la estancia de la ceremonia de interpelación. ©

Un comentario sobre “La entrevista

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