TANATOS12

Capítulo 42

María, contra la barra, recibía el enésimo envite de aquel hombre que difícilmente habría nunca podido imaginar llegar a tener tanta suerte. Y es que era milagrosa la cantidad de cosas que habían sucedido, el combo de acontecimientos necesarios, para que a alguien como él se le pudiera permitir encontrarse donde se encontraba: Con su boca enterrada en el cuello de María, con aquella mano apartándole el cuello de la camisa para besarla… y la otra llevando una de las manos de María hacia su entrepierna.

Sí, eso fue lo que me impactó, lo que me dejó sin aire. Ver con claridad como él hacía porque ella palpase su polla sobre el pantalón.

María entrecerraba los ojos y se dejaba besar el cuello. Llevando una de sus manos a aquella calva extensa, diciéndole con aquella mano allí posada que sus besos, o quizás mordiscos, allí, eran bien recibidos, y la otra mano se resistía a palpar lo que Marcos quería que palpase.

Abrió un poco más los ojos y nuestras miradas conectaron. María era deseo puro. La podía sentir temblar a distancia y, si aquellos temblores eran detectados por aquel macarra, sin duda le darían alas para seguir insistiendo. No le daba sus labios, pero le daba aquel cuello y aquel ataque, aquellos cuerpos casi pegados. Y cuanto más le daba más le iba a costar no darle aún más.

No sentía morbo por ver la belleza de dos cuerpos que se merecían, como había sentido cuando la había visto con Edu o incluso con Álvaro, sino que mi morbo partía de una doble vertiente: por un lado por el nivel de excitación en el que se tenía que encontrar María para permitir aquello y por otro por sentir una humillación aún más extrema al ser Marcos; porque aquello sucediera con un hombre tan burdo y mediocre, por aquella sensación de “con cualquiera menos contigo”, “con cualquiera que tenga una polla decente”.

Cómo resistirse ya a palpar aquello que no palpaba nunca. Cómo resistirse a palpar una polla viva, quizás normal, pero para ella enorme, en comparación con lo que estaba acostumbrada. Cómo resistirse ya tras aquel bombardeo que haría claudicar a cualquiera. Y aquel movimiento de Marcos, queriendo llevarla a que descubriera aquello, me hacía pensar que seguramente Edu le había dicho la clave, el génesis de todo; era muy sencillo y claro lo que él podía ofrecer y yo no, y por ende lo que la haría claudicar.

Le dijo algo al oído y ella parecía decirle que no. Y yo me preguntaba por qué me torturaba tanto, por qué le torturaba tanto, por qué se torturaba tanto.

Le dijo algo más al oído al tiempo que volvía a intentar que ella llevara su mano a su polla, sobre su pantalón. Su boca fue a la de ella y ella se apartó. Lo tenía encima, como una grotesca y ancha hiena ante una leona regia y esbelta pero acorralada.

Rodeé un pequeño grupo, de los pocos que quedaban, para acercarme más, y allí plantado, solo, sujetando su americana, fui testigo de cómo él, otra vez, intentaba llevar la mano de ella a su miembro. Esta vez, mientras lo hacía, la miraba fijamente, y esta vez sí, la mano de María aterrizó en aquella zona. Y él quitó su mano, pero no quitó su mirada. Y María no la apartó. Se quedó quieta, aguantando. Aguantando su mirada y su mano allí. Tenía los ojos llorosos. No mostraba sorpresa, ni alivio, sino más y más tensión.

Yo, bombardeado por el alcohol, el calor, la música, la semi oscuridad y las luces, y más cerca, a quizás no más de tres metros, contemplaba mi obra, o más bien la de Edu; la obra de ver a María excitadísima, palpando una polla que en cualquier otro contexto nunca habría querido tocar y que, ahora, no era capaz de abandonar. Y Marcos se acercó más y le volvió a decir algo al oído y ella no respondió, y recibió un pico en los labios. Sus labios se pegaron una fracción de segundo y se separaron mientras ella mantenía allí su mano, ejerciendo una presión que yo no podía adivinar.

El corazón se me salía del pecho. Miré a mi alrededor y nadie parecía deparar en que el canalla más grotesco de aquel pub le daba pequeños besos a aquel pibón y esta no solo no se apartaba, sino que le magreaba entre las piernas. Y era inevitable. Un beso. Y dos. Y tres. Y ella mantenía los ojos abiertos… hasta que un pico se hizo más largo… y yo creí morir… Lo supe en cuanto ella cerró los ojos y ladeó la cabeza… Sí… ladeaba la cabeza y aquello era la antesala del triunfo inmerecido de Marcos y de mi dolor inenarrable. María cerraba los ojos… ladeaba la cabeza… y abría la boca y permitía que aquel macarra mancillase su boca con su lengua. Se besaban contra aquella barra, con lengua, con calma… y yo no podía respirar. Y no conseguí aire cuando vi que María no solo no abría los ojos y se apartaba sino que atraía aquel desagradable hombre hacia sí… llevando una de sus manos a la calva de Marcos y éste, crecido por su primera gran victoria, colaba sus manos bajo su camisa, palpando su cintura, su piel, en algún punto tibio y carnal entre sus shorts y su sujetador, y queriendo seguro llegar más arriba o más abajo.

Podía ver sus lenguas tocarse y fundirse. Y podía sentir el éxtasis por el triunfo de él y la necesidad meramente física de ella. En él había deseo y regocijo y en ella deseo y una culpa que debía esperar.

Y entonces ella abrió los ojos. Y de nuevo nuestras miradas conectaron. Se besaba con los ojos abiertos y su mirada respondía a aquella pregunta que le había hecho minutos antes y ella respondía ahora con sus ojos, diciéndome “no puedo más”.

Mis ojos fueron de su mirada a sus lenguas que seguían degustándose, compenetrándose, produciendo en ellos descargas de placer y en mí un dolor casi inasumible. Y después mis ojos bajaron hasta observar que la mano de María no solo palpaba sino que casi se aferraba a aquella polla que había sido la gota que había colmado el vaso de su auto control.

Qué sentir en esos momentos. Curiosamente sentí ganas de exteriorizar mi morbo y mi alegría a la vez que dolor y por primera vez una extraña vergüenza.

Marcos apartó un poco su cabeza. Se daban un respiro. Y el acaloramiento de María se hizo más evidente. Y su belleza y la fealdad de él se hicieron más manifiestos. Ella apartó sus manos, de su cabeza y de su entrepierna, y él le dijo algo al oído al tiempo que llevaba sus manos a la barra, cercándola. Y mi mirada fue reclamada por el torso de ella, captando mi atención, diciéndome que allí había algo que ahora, al haberse Marcos apartado un poco, sí podía ver, y eran sus pezones marcando la camisa de seda blanca, atravesando su sujetador de encaje grisáceo… La imagen era tremendamente impactante y algo me decía que los tres sabíamos que aquello estaba allí, y de aquella manera…

María, expuesta, cachonda, culpable, pero harta de luchar, se veía acorralada por él y desenmascarada por ella misma; por aquellos pezones, por su sudor, por su melena alborotada y por sus mejillas ardientes. Hasta daba la sensación de que Marcos se tomaba un respiro para degustar el momento.

Ella le miró entonces, extremadamente seria y él volvió a colar sus manos bajo su camisa, por delante, para tocar su vientre, su piel y otro ataque se venía… cuando noté algo en mi hombro.

Me giré, al tiempo que una voz recientemente conocida pronunciaba mi nombre. Sin tiempo a reaccionar era abordado por Rafa, el cual, muchísimo más borracho que antes y acompañado por dos chicas insulsas, se sorprendía y me recibía como si fuéramos verdaderos amigos.

Entré en pánico a la vez que deduje que él no era conocedor aún de lo que estaba sucediendo… y me giré con él, quedando ambos situados de espaldas a aquella barra en la que Marcos quizás ya estuviera besando otra vez a María… o incluso intentando dar algún paso más.

Un comentario sobre “Jugando con fuego. Libro 3 (42)

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