LOLA BARNON

5.- Isabel

Luis es maravilloso. Y me aterra pensar en que durante un tiempo lo perdí. Porque esa es la verdad. Hice que se fuera, lo dejé escapar, le eché de mi vida. Hay veces en que las personas hacemos cosas absurdamente extrañas y complicadas. En vez de arreglarlas, rompemos las que funcionan, aunque sea de forma de forma defectuosa.

Ha pasado un tiempo y no sé cómo pude llegar hasta ahí. Me recuerdo y me veo extraña, como si no fuera esa Isabel, y la que estuvo en Altea, en la cama de esos hombros o en esas fiestas desmadradas, fuera otra.

Aquella fiesta… Tiemblo aún al recordarla. Son escalofríos de miedo, de rabia y de furia contra mí. Pavor por lo que sufrí. Rabia porque no sé cómo pude llegar a eso y furia que me sale concentrada y que me dispara a la cara con el golpe de Luis pidiéndome el divorcio por mi culpa.

Todas las noches soñé con aquello. Con manos que me ultrajaban, hombres que me penetraban sin permiso ni piedad. Con mis gritos pidiendo que me dejaran, mis súplicas ahogadas por la fuerza, mis lágrimas que me pedían salir de allí como fuera. Recuerdo el sonido de ellos orinando sobre mí. La cascada de vejación y burla mientras yo me quedaba como un ovillo en el suelo rogando que pararan.

Y las bofetadas… Los moratones que no le quise enseñar a Luis, ni a Mamen ni a Tania. Eran las señales de mi vergüenza, de la crueldad con que yo había tratado a Luis y que el destino me devolvía con saña.

No quise denunciar. El vídeo, la vergüenza, la posibilidad de que se conocieran mis andanzas… Todo eso fue un parapeto, real o estúpido que construí. Muchas veces me despierto sobresaltada escuchando mi forcejeo y mis súplicas. Tania me aconsejó acudir a terapia, lo mismo que Mamen. Pero no estaba segura de que Luis quisiera acompañarme. Bueno, no. Estaba convencida que no hubiera ido, porque una vez allí, suponía que no me quedaba más remedio que contar mucho de mis estupideces y correrías. Me arriesgué a no ir.

Y además, tras lo de Marbella, preferí refugiarme en él. Me basta con acercar mi cuerpo al suyo y sentir ese calor que desprende. Es una sensación confortable, de seguridad, de amor. Ni siquiera lo abrazo para no despertarlo, solo me arrimo a él y noto la calidez de las cosas conocidas, de las que no fallan. Y entonces tengo que reprimir nuevas lágrimas de culpa, de estupidez y dar gracias al cielo, a Dios, al destino… porque me permita seguir aquí, con él. Aunque yo no lo merezca…

Estoy en deuda con Luis. Lo estaré siempre. Necesito compensarle, hacerle ver que soy otra y que ese egoísmo que me invadió de forma absurda y cruel, ha desaparecido. Quiero que me vea de otra manera, que sienta que aquella Isabel que se enamoró perdidamente de él, ha despertado. Que pase lo que pase, estaré aquí. Que le debo mi vida, mis sueños… Mi estabilidad y mi felicidad.

Luis consiguió que esa de noche de Marbella aquellas pesadillas, de pronto, casi desaparecieran. Solo quedan restos lejanos, aullidos de mi conciencia que se pierden al calor de su cercanía y de su contacto.

El sexo vuelve a ser importante para nosotros. Nos buscamos, queremos tenernos y disfrutamos. Le noto que quiere dar pasos hacia una forma de hacerlo más desapegada, más combativa. Yo prefiero las caricias, las sonrisas de sabernos queridos por el otro. Pero no voy a hacer nada que entorpezca esto que él me ha regalado. Si quiere un sexo más directo, menos cariñoso y con pinceladas de obscenidad o de lujuria, no tengo ningún inconveniente en hacerlo así con él. Se lo merece…

Hay veces, como en Londres, que me vienen trallazos de recuerdos con aquellos hombres con los que estuve. De un sexo sin ataduras, libertino, procaz… Y yo misma me asusto de que regresen a mí esas imágenes. Pero hago así el amor porque Luis lo quiere. Palpo esa especie de necesidad, de escalón ascendido en su vorágine. Y disfrutamos, es indudable que nos compenetramos y hacemos nuestros sexo más divertido. Está en su derecho.

En Londres, cuando regresé del baño de limpiarme, me quedé un momento mirándolo. Estaba pensativo, con la cabeza en algún recuerdo o perdida en vagas sensaciones que no me dijo. Sé que me mintió. No porque no estuviéramos bien, que sé que sí. Pero no pensaba en aquello.  Lo conozco; sus caras, muecas, gestos, reacciones… Tengo la convicción de que el tema iba por el aspecto sexual. Quizá, hasta él mismo se sorprende de su excitación conmigo. Y a mí, que él esté conectado de esa forma a mí, me produce una tremenda satisfacción.

Es mi marido y siempre, a pesar de mí, de que lo alejara y le humillara, lo fue. He llegado a admirarlo, sinceramente. A sentir por él algo superior a la mera atracción romántica y sexual. Me salvó de mí misma y recuperó lo nuestro. Es admirable por luchar por mí. Por intentar que todo funcione. ¡Qué valiente es perdonar…!

Por eso, pase lo que pase, me pida lo que me pida, allí estaré. Y cumpliré sus antojos y deseos en la cama. Lo merece…

 CAPÍTULO 8

Llegamos a Madrid y pasaron algunas semanas ya con la normalidad instalada en nuestras vidas. Mi trabajo, y que Isabel había decidido ponerse a estudiar algo para no estar tan ociosa sin los niños en casa, hizo que nuestras tardes y noches fueran, generalmente tranquilas y sin demasiadas novedades.

Isabel se esforzaba en estar solícita y agradable. Rehuía los conatos de discusión, cuando por ejemplo yo llegaba cansado y con malestar del despacho por algún aspecto sucedido en el trabajo.

Durante la cena, generalmente frugal, comentábamos cómo nos había ido el día. Yo, en la mayoría de las ocasiones, la aburría con números, datos y anécdotas. Ella me escuchaba paciente. Yo entonces, la preguntaba cómo iban sus temas. Entre las cosas que había decidido hacer en este año sin niños, estaba la posibilidad de dar clases en un máster especializado en marketing. Ser hija de quién fue uno de los mayores publicistas de este país, todavía actuaba como llave para entrar en estos sitios.

Para allanar el camino, había decidido escribir un par de libros, cortos, casi manuales, muy didácticos, sobre el marketing digital y sus experiencias en ese campo. A mí me parecía fenomenal que recuperar ese terreno perdido y que, de paso, estuviera realmente entretenida.

—Creo que va a haber una baja de última hora… —me dijo tras cenar y leyendo un mensaje de su móvil, mientras se recostaba conmigo en el sofá del salón.

—¿Una baja…? —pregunté haciéndola hueco a mi lado.

—Sí… Me dice Antonio que hay un profesor ayudante que seguramente no va a poder dar las clases.

—¿Y te van a coger?

—Eso parece… —me dijo con una sonrisa.

—Pues fabuloso, ¿no?

—Sí… te parece a ti bien, ¿no?

Isabel desde que regresamos de Marbella, no solo estaba conmigo amable y atenta, sino que además me hacía partícipe de muchas decisiones, por banales que fueran. A mí, todo hay que decirlo, me parecía algo exagerado, pero en mi interior me obligaba a corresponderla. No me olvidaba que, a pesar de su locura, meses atrás, algo había tenido yo que ver. Sin ser el culpable ni tener la más mínima responsabilidad de su locura, es posible que el tedio, la dejadez y la monotonía, también hubieran empujado a que tomara aquella drástica y dolorosa decisión.

—Sí, claro. ¿Cuándo empezarías?

—Pues, me dice Antonio que en una semana o así.

Antonio era el director de aquella escuela de negocios para universitarios recién graduados y directivos de empresas que quisieran reciclarse. No estaba entre las tres primeras más demandadas y mejor calificadas, pero iba en ascenso, y todos los años escalaba algún resto en el ranking. En la actualidad, esa escuela de negocios era la quinta y había apostado por especializarse en cuestiones de marketing y comercial. A mí, particularmente, aquello me daba igual. Si Isabel había decidido aprovechar su tiempo libre en trabajar, por mí, perfecto. Eso, entre otras cosas, la alejaría de su amiga Almudena, a la que yo seguía culpando para mis adentros de algún tipo de responsabilidad en lo que mi mujer había hecho meses atrás.

Antonio había sido amigo de su padre y ello había acelerado la inclusión de Isabel en el claustro con poca o nula experiencia en docencia. Pero su apellido en el mundo de la publicidad y la comunicación era aun de peso.

Isabel iba a empezar como profesora ayudante de un reputado profesional, ya retirado de las funciones ejecutivas, pero ahora enfocado a la docencia, conferencias y congresos.

—Es americano… Pero creo que habla español como tú y como yo.

—¿De qué parte de Estados Unidos?

—Creo que de Miami… O ha trabajado allí. Me dice Antonio que es muy simpático y que me manda ahora su contacto para que nos conozcamos.

La serie que estábamos viendo no era demasiado interesante. Hacía ya varios capítulos que el argumento se había anclado en situaciones personales demasiado complejas y poco creíbles.

Abracé a Isabel por la cintura. Desde que volvimos de Inglaterra, hacía una semana y media, habíamos hecho el amor solo una vez. Yo prefería tomármelo con calma, de forma reposada. No sabía exactamente por qué, pero estaba más cómodo así.

Bueno, mentiría si no sospechase mi razón. Desde que regresamos de Marbella, y sobre todo en Londres y la última vez aquí en Madrid, Isabel se había mostrado mucho más desvergonzada, activa y cachonda. Me gustaba, claro que sí. Y me ponía nervioso mi sospecha de que ese cambio se debiera a su gusto por el sexo más morboso y picante, iniciado en esos meses de su extravío. Me refiero a que esa manera de follar —por supuesto ella desconocía mis reflexiones—, me recordaba a la que yo había visto en esa grabación con aquel hombre en la alfombra del salón. La misma que ahora teníamos a nuestros pies.

El recuerdo me afectaba, era inevitable. Como lo era también el sexo tan atractivo que yo había descubierto con ella. Eso, tampoco podía negarlo. Empecé a excitarme e introduje mi mano debajo de la camiseta que cubría su vientre. Isabel en casa solía estar con un pijama que consistía en camiseta y pantalón y encima una sudadera fina, con cremallera.

El contacto de su piel, suave y tersa, me empinó un poco más el deseo. Yo estaba recostado de lado, con la cabeza en uno de los cojines y ella, casi en paralelo a mí, en el hueco que la dejaba en el sofá. Todas las noches iniciábamos la serie o película que estuviéramos viendo, así. A veces nos quedábamos juntos, en una postura parecida hasta que terminaba. Otras, alguno, cansado o sin demasiado interés por lo que estuviéramos viendo, se iba al dormitorio.

Ella se giró hacia mí en cuanto notó que mi mano no estaba únicamente posada en su vientre, sino que iniciaba una caricia lenta pero inequívoca. Sin que mediara palabra alguna abrió su boca y, de lado, sin poder abarcarla enteramente por la mía, se dejó besar con un levísimo gemido que terminó de encenderme. Así, en esa postura, un poco forzada pero muy erótica igualmente, nos besábamos y ella dirigió una de mis manos a su pecho. Fuimos acelerando nuestras lenguas y ella gimió un poco más fuerte… Yo me cambié de postura y me quité la sudadera que también utilizaba para estar por casa, quedándome en la camiseta del pijama. Isabel sin esperar, me la quitó ayudándome a sacármela por la cabeza y la tiró sin importarla donde caía. Ese gesto de despreocupación hizo que me empalmara ya totalmente. Recordaba que en la grabación que la vi con ese chico también había hecho algo parecido.

Ella, a su vez, se desnudó con rapidez, mientras yo me quitaba el pantalón del pijama. Se sentó en mis piernas y empezó a besarme con la boca abierta, gemidos continuados y subiendo sus tetas hasta dejarlas a la altura de mi cara. No habíamos hablado ni una sola palabra y ella empezaba a restregarse mi polla por su pubis, que yo notaba muy mojado.

Se levantó y me hizo quedarme sentado en el sofá. Con parsimonia, mirándome a los ojos y una sonrisa malvada, empezó a lamerle la polla. Primero despacio, muy lentamente. Luego, poco a poco, y tras introducirse más de la mitad en la boca, aceleró el ritmo.

—Baja aquí conmigo, a la alfombra —me dijo con una sonrisa perversa, tras sacársela.

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