ISA HDEZ

La tarde caía gris y triste como tantas otras en estos días de dolor y muerte para tantos compatriotas, donde ni siquiera en la intimidad más elemental como es la última despedida la dejaban acompañar a quien más quería, a quien le dio el ser, y, la tristeza se apoderó de ella, y la sumió en el pozo de la desesperanza de donde ya no quería regresar porque lo que hallaba al salir no la consolaba. Deseaba seguir sumergida en sus recuerdos viendo desfilar su vida junto a la de su progenitor, por delante de sus apagados ojos que no la dejaban distinguir ni un atisbo de luz, solo tinieblas, nostalgia y desolación. Ella quería vivir su duelo, velarlo y despedirlo como hacían sus antepasados, donde se afianzaban sus raíces y compartían el dolor de la pérdida. Pero no, gritaba su voz interior, pero no había forma de alcanzarlo, había de ser en soledad, y esto la traspasaba y no podía soportarlo. Por ello se agarraba con fuerza, arañando las paredes de su corazón, para expresar tantas palabras llenas de dolor que le quedaron en el aire y darle el abrazo que estaba en espera por el confinamiento al que se encontraba sometida. No pudo ser porque la noticia funesta llegó y destruyó la esperanza que albergaba en sus adentros y, desparramó la diáfana paz de ese confinamiento, acrecentando los nubarrones negros de su existencia. Solo deseaba sentir que la luz y la libertad le acompañaran allá donde habitara su alma y que desde ese lugar le enviara la fuerza para soportar, que más pronto que tarde concluyera el alejamiento y, lograra reunirse con los suyos para abrazarse y reconfortarse con los lazos de la sangre y el amor. Luchaba consigo misma para que en algún instante finalizaran las circunstancias colaterales que, por los acontecimientos acaecidos, agrandaban su pena y favorecían su congoja. Añoraba el recate de sus sentimientos y regresar de nuevo a la calma y el sosiego de su vida, arropada por su estirpe que la esperaba con ansia y eso es lo que más solidez le transmitía para aspirar a creer, recobrar la esperanza y el aliento de su alma. ©

Un comentario sobre “La esperanza

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