VÍCTOR HERRERO

Andrés cogió su chaqueta y se la enredó en el brazo izquierdo, como siempre hacía. En su cabeza retumbaban los inofensivos reproches por ello de su difunta esposa, como si aún estuviera con él. <<Demasiados años haciendo lo mismo, como para cambiar ahora>>, pensó; y un reguero de melancolía le acompañó hasta la calle. Esa tarde no era una tarde cualquiera, quizá por eso su sensibilidad estaba a flor de piel.  Se disponía pasar un rato con su nieta, Laurita, en la sala Covibar. Verían una película infantil, de esas que tanto le gustaban a ella, pero él ni siquiera se había molestado en prestar atención al título del filme, a pesar de que se consideraba un gran cinéfilo.

Según conquistaba el asfalto, se iba acordando de todas las veces que había disfrutado en esa sala. Allí había pasado muchos de sus mejores momentos del barrio, de su barrio. Le resultaba algo extraño pensar que esa iba a ser la última vez que la iba a pisar. Aunque no se encontraba triste, más le invadía una mezcla de gratitud y orgullo. Sentía como si ese lugar hubiera crecido con él: aprendiendo, equivocándose, disfrutando, viviendo…igual que lo había hecho su barrio, que no se parecía mucho al sitio que conoció cuando llegó allí por primera vez, hacía ya más de treinta años. Entonces Covibar aún pertenecía a Madrid, y era un lugar donde todo estaba por hacer, lo que se reflejaba en las fachadas de los edificios, y en los comercios, tan transparentes como las ilusiones y los miedos de los vecinos que llegaban allí, buscando un futuro próspero para ellos y sus familias. A veces, cuando Andrés salía a caminar por el Parque de Asturias, y se juntaba con sus compañeros de siempre, divagaban sobre todo lo que había cambiado aquello en los últimos años, a él siempre le gustaba pensar que para bien. Al fin y al cabo, cosas malas siempre había.

Cruzó la última calle, y ya pudo ver a su nieta, esperando en el edifico del centro cívico, junto a su padre. Los dos tenían una gran sonrisa, aunque la de Laurita no era una mueca calmada y tímida, como la de su hijo Javier. ¡Dios, como se parecía ese chico a él! La pequeña aguardaba impaciente junto a su progenitor, inclinada hacia delante y con fuertes matices rojos en sus mejillas, muestra de la ilusión que le salía a borbotones. Andrés se acercó primero a su hijo. Le dio un beso en la cara, y por un momento lamentó no ser una persona más efusiva; le habría abrazado, pero no quiso que aquel ademán pareciera algo más que un simple saludo. Javier le preguntó por la cita con el médico, y él evitó la cuestión, acariciando a la pequeña, y aludiendo a que llegarían tarde al comienzo de la película. Nunca había un hombre de mentiras, no lo iba a serlo ahora, a su edad; ya tendría tiempo después de explicarle por qué había decidido dejarlo todo de repente, e irse a vivir a su pueblo natal.

Agarró a Laurita del brazo y caminó hacia la entrada, mientras la pequeña volteaba la cabeza, a medida que se alejaban del padre. Según validaban las entradas y se dirigían hacia sus asientos, una cascada de lágrimas inundaba ya la cara de Andrés. La pequeña le preguntó por qué lloraba, y el abuelo atinó a decir: “Es que estoy muy contento de ver la película contigo”. Laurita se abalanzó sobre anciano, soltando una carcajada traviesa, regalándole un fuerte achuchón y mil besos por todo su rostro. A Andrés ya no le importaba nada, ni siquiera el diagnóstico de enfermedad terminal que acababa de recibir. Estaba feliz, dispuesto a disfrutar de una bonita tarde de cine, una más

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