LOLA BARNON

Habíamos llegado al hotel rápidamente. En el ascensor empezamos a besarnos. Primero con tranquilidad, saboreándonos, pero poco a poco, avanzando pasos en dirección a una pizca de animalidad.

Nos habíamos desvestido con rapidez y no tardamos en estar en la cama acariciándonos, mordiéndonos, besándonos, tocándonos, ya sin palabras y solo actuando.

Era indudable que me excitaba con Isabel. O con esta nueva Isabel, más atrevida, picante y pícara que la de meses atrás. Me obligaba a no pensar en que la razón de que mi mujer hubiera escalado en el nivel de sexo con respecto a mí solo podía deberse a esas experiencias adquiridas en los meses en que decidió trastocar su vida y la nuestra, por completo. Me dolía y me atraía; sentía una extraña y complicada maraña de sentimientos encontrados.  Como las veces en que pensaba en eso, intenté dejarme llevar por el momento y sustituir esos nubarrones con el placer que me llenaba cuando estaba con ella. Cerré los ojos, y me abandoné al momento…

Le penetré con cierta rapidez, después de que ella me excitara con su boca, lamiendo, succionando, chupando mi polla con avidez y ganas. Estaba desatado. Empecé a bombear con firmeza, respirando fuerte, escuchando mis propios gemidos y los de ella. Isabel estaba entregada, moviendo sus caderas con una cadencia brutal, al compás de mis embates.

Nos besábamos con cierta furia, deseándonos. Buscando el placer al ritmo de nuestra carne, de mi penetración. Ambos gemíamos, suspirábamos, buscábamos llegar al orgasmo sentido, con deseos irrefrenables.

Lo alcancé a la vez que emitía un bufido de satisfacción largo, enorme, prolongado. De tremendo gusto cuando exploté dentro de ella. Isabel arqueó la espalda y dejó que mi orgasmo la fuera invadiendo poco a poco, tras varios gemidos y suspiros por mi parte. Lo había alcanzado con apenas dos o tres minutos escasos después de introducirla en su vagina lubricadísima y muy receptiva.

Me arrepentí al momento, tras verla sonreír y darme cuenta de que ella no había llegado al orgasmo. Me incorporé sintiendo mi pecho retumbar. Había sido una explosión muy rápida y concentrada. Me quedé de rodillas, con sus muslos apoyados en los míos. La miré. Estaba preciosa.

—Lo siento… No he podido aguantarme. Dame un minuto y me ocupo de ti.

—Qué bobo eres… —me dijo estirando su pierna derecha y acariciándome con su pie desnudo mi pecho.

Lo movía despacio, con un ligero roce, mientras sonreía satisfecha, a pesar de no haber logrado el clímax.

—Tenemos tiempo. ¿O quieres terminar ya? —dijo con voz mimosa.

Le besé el pie, con sus uñas pintadas de rojo intenso. Siempre le había gustado que lo hiciera y no recordaba cuándo fue la última vez.

—¿Quieres seguir? —pregunté—. Después de lo que me has dicho en la cena… no sé si es bueno que forcemos el tema.

—Tú eres diferente. Me tiraría horas follando contigo… —me susurró poniéndose de rodillas y besándome con un fuerte abrazo.

Sé que lo hizo sin intención. Ni la de la cena cuando dijo que «quería hacer el amor o follar… lo que prefieras». Pero aquellas dos frases con la palabra follar, detonaron en mi interior miedos latentes y a veces poco resguardados. Mis sospechas a que Isabel no hubiera regresado por completo de esa dimensión turbadora, de sexo explícito, abierto, morboso y prohibido. Estoy seguro de que no albergaba ninguna segunda intención y que sus palabras eran sinceras y sin dobleces. Pero en mi cabeza no se detuvieron las imágenes de otros besos, asaltos y embates de sexo poderoso, más duro, más excitante y menos tierno. Porque yo, en esa especie de torbellino que me engullía cuando se desataban esos pensamientos, me la imaginaba, como ella misma se describió, «follando como una loca».

Algo debió notar porque se separó de mí y me miró con un punto interrogativo en la mirada. Yo sonreí e intenté disimular.

—¿No te apetece…? —me preguntó en voz baja y con sus labios muy cerca de los míos.

—Sí, claro…

—Estás tenso…

—Me lo provocas… —volví a intentar sonreír con naturalidad.

—No sé si es un piropo, pero me lo tomaré como tal. —Dijo con un tono gracioso.

—Lo es. De verdad. —Respondí enseguida viendo ahí una salida.

—Tengo que ir al baño… —me dijo con una sonrisa mientras colocaba su mano en la vagina—. Se resbala… —me señaló debajo.

En su mano empezaba a parecer gotas de mi esperma saliendo se su vagina. Sonrió de nuevo casi divertida y se fue con cuidado de que no se le cayera, al cuarto de baño a limpiarse.

Me quedé pensativo. Me encantaba esta nueva Isabel; cariñosa, atenta, entregada. Era la misma de la que yo me había enamorado como un colegial años atrás. Pero dudaba si esa transformación era debida a sus escarceos y folladas fuera de nuestro matrimonio. Sí, me creía que mi comportamiento con ella la hubiera llevado a valorarme como ahora parecía hacerlo. Mi paciencia, comprensión, mi actitud ante ese suceso tan demoledor para ella… ¿Pero era solo eso? Algo me decía que no. Un interruptor se había encendido en Isabel y, aunque valoraba mucho su disposición hacia mí, me traía sombras a mis reflexiones. Guardé mi cabeza entre mis manos, pensativo, dudoso y sin poder terminar aquel carrusel alborotado de ideas extrañas.

—¿En qué piensas?

Su voz sonó detrás de mí. No sé si llevaba algunos segundos mirándome porque al decirlo, estaba quieta, no había movimiento de ella saliendo del baño cuando la miré sorprendido. El tono que empleaba era de duda, no de sospecha.  Se acercó despacio hacia donde estaba yo sentado en la cama.

—En nada… En nosotros —contesté con rapidez.

Ella se subió al lecho y se tumbó de medio lado mirándome a los ojos. Estaba estirada, a lo ancho de la cama, con la cabeza apoyada en su palma derecha y el brazo doblado. Con su mano libre me acariciaba el muslo.

—¿Pasa algo?

—No. —Sé que la mueca para quitar importancia a la pregunta me salió demasiado forzada. Yo mismo me lo noté—. Nada. Me he quedado pensando en nosotros… En que… estamos bien. Muy bien, la verdad.

—Lo estamos, ¿no? —preguntó de nuevo con ese punto de duda.

—Sí. De verdad. Es… solo una reflexión. Que me gusta que estemos así. —No mentía en este aspecto. Otra cuestión residía en el hecho de que estar bien no era incoherente con tener aún mis dudas y recelos.

Lamenté tener esos pensamientos cuando todo indicaba que la mejoría en nuestro matrimonio era ya evidente. Pero, aunque me esforzaba en tener serenidad y no dejarme llevar por inquietudes y resquemores, de alguna forma terminaban por aparecer.

Intenté parecer relajado. Debí conseguirlo porque ella, a su vez, me devolvió esa sonrisa con dulzura. Ronroneó un poco y redobló las caricias en mi muslo. Noté algo de vello erizándose.

—¿Sabes que te has puesto muy buenorro…? —dijo con un punto de picardía.

—¿Cómo dices?

—Sí… has adelgazado bastante, te veo más fuerte. El corte de pelo… Y esa barbita de dos o tres días… me gustas… —me dijo mientras volvía a ponerse de rodillas y me abrazaba con cariño—. Me pones mucho, mi vida… —susurró cerca de mi oído.

La abracé. No me quitaba de la cabeza la imagen de ella con otro. Igual, en esa misma postura, diciéndole las mismas cosas. Después de haber follado… Quizá en más posiciones, con más gemidos y tras embates más prolongados.

—Ya veo que estás otra vez a tono… —me dijo un poco burlona mientras me acariciaba la polla, dura como un sable de caballería.

Sí. Estaba empalmado. Con mi miembro tirante, dispuesto de nuevo. ¿Era por ella? O ¿era por ella e imaginarme que esta conversación la había vivido con otro? No quise pensar más y la besé con fuerza. Quizá un poco excesiva para el derrotero que había tomado esa noche. Introduje mi lengua con algo de furia y apreté sus nalgas con mis dedos. Isabel me respondió enseguida receptiva, complacida por ese punto más vigoroso. Me detuve. No sabía si un exceso de ímpetu podría bloquearla.

—Sigue… No pares… —me susurró mientras ahora fue ella la que me besaba con lascivia y con un rictus en la cara de querer follar con más desinhibición.

Cara de querer follar como una loca…

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