Aquella mañana de otoño encontró en su buzón el aviso de correos para recoger un paquete, y sin demorar, Isabel salió hacia la oficina para recogerlo. Al llegar tuvo que esperar su turno y cuando lo recibió percibió por el envoltorio y el tamaño que se trataba de un cuadro. Al entrar en casa corrió para abrirlo, soltó las llaves y el bolso, y con nerviosismo rompió el papel, deseosa de verlo. Se lo mandaba su amiga María desde la ciudad de la luz. Pintaba muy bonito y la última vez que se vieron Isabel le alabó todos sus cuadros que se amontonaban en las paredes de su casa, destacando por su colorido y sus trazos vivos, que revelaban la fuerza con que manifestaba sus sentimientos. Isabel se fijó en uno que destacaba por sus montañas azules, lo contemplaba y le transmitía todo el pensamiento de la convivencia que años atrás compartieron ambas, cuando aún creían en los sueños. María le prometió que ese cuadro sería para ella. Isabel casi ni se acordaba de ello. Al contemplar de nuevo el cuadro de las montañas azules la emoción emergió, las lágrimas resbalaron por sus mejillas y brotaron los recuerdos de tiempos pasados. Se sintió feliz, agradecida y honrada por la amistad de su amiga. ©

Un comentario sobre “Las montañas azules

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