FABIANA ECHEVARRÍA

Te pienso, te sueño, te espero. Tu voz abriga mi mirada, se cuela por la grieta de la pared de lo mismo, llega más allá de mis oídos, te escucho mientras rio tímidamente. Te siento con mis ojos, como no pudiendo creer el milagro. Lo comparto con alguien, luego me lo reprocho, por no saber guardar el secreto, lo tengo que aprender. Supongo que es porque me cuesta creer que te diriges a mí, que me incluyes en una complicidad que es de a dos, y que desconozco ese privilegio, entonces armo una triada, como para zafarme del encuentro con la mirada que me besa, con la voz que me toca. Soy inexperta, lo sé, nueva en esto. No entiendo tus señales, tus códigos. El código del que se atreve a ser lo que es, el código del que se dirige al otro con pétalos y canciones, del valiente y del que teme. Yo estoy de este lado, del lado equivocado. Lo sé. He recorrido un largo camino, pero aún me pierdo en el laberinto, quedó atrapada en el, lo conozco de memoria, soy parte de el. Nosotros los del laberinto, solo se nos permite contemplar el cielo, nada de pétalos y canciones, nada de valientes miedosos, solo podemos mirar aquello que es nuestro techo, día y noche, e imaginar, lo que acontece por fuera de esas paredes, soñar, fantasear. Pero no tenemos el privilegio de sentirlo, de vivirlo, de que nuestra piel sea tocada por las yemas de los dedos de los valientes. Tenemos nuestro propio código. La distancia.

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