LOLA BARNON

Isabel

Aún me emociono al pensar en esa noche en Marbella. Sé que puedo parecer una cursi y que mis continuas dudas, temores y deseos son cansinos. Pero no lo puedo evitar. No lo puedo, ni lo quiero evitar, me recordé a mí misma.

Tengo en mi memoria cada uno de los segundos de aquello. Sus primeras caricias, su ternura al mirarme, su pregunta para ver si yo estaba preparada. Y también mis temblores, mezcla de excitación por haber logrado su acercamiento y mis miedos a quedarme bloqueada.

Cuando me penetró con esa lentitud tranquila, de amor sincero, de conexión máxima, quise que el mundo se detuviera ahí, en ese preciso momento. Y cuando nos acompasamos, él dentro de mí, provocando una sensación tan placentera como deseada. Fue mágico sentirlo tan cerca; sus caderas llevándome a un terreno que había quedado olvidado entre los escombros de mi estupidez. Hacía mucho que no hacíamos el amor. Mucho tiempo; desde aquella noche en el cuarto de invitados. Y volví a sentir su masculinidad tranquila, serena, acompasada a mis latidos y a mis sensaciones. Lo noté dentro, palpitante, deseoso de alcanzar un orgasmo mucho mayor que el físico. Un orgasmo que nos trasladara a nuestra juventud, que nos hiciera olvidar esos meses negros de mi locura. Un orgasmo tranquilo, de acometidas firmes y suaves, de placer que se diluía por todo mi cuerpo, con la naturalidad de las cosas queridas.

Quise que continuara, que él se vertiera en mí. Que mi cuerpo acogiera con todo el calor del mundo su placer. Que se derramara en mis entrañas, en mi corazón y en mis culpas. Que se sintiera complacido y pleno, que aquello le ayudara a olvidar y a verme como su mujer de nuevo. Quise retenerlo allí dentro, alargando los segundos, comunicándole que volvía a ser yo. Su Isabel, y que mi cuerpo ya solo le pertenecía a él…

Lloré, cuando terminó derramándose en mi interior. Fue de alegría contenida, de emoción verdadera, de deseo cumplido… Luis había sido capaz de romper la barrera de mis miedos a volver a tener sexo tras aquello, y también me regalaba la más grata sensación de mi vida.

Es un hombre maravilloso… Y no me importa repetirme y que no se me comprenda o canse escucharlo. Es lo que siento, lo que me sale y lo que quiero expresar.

Podría rememorar sin ningún esfuerzo, cada uno de los instantes de esa noche. Mis temblores, mis dudas a que fuéramos capaces de traspasar nuestras respectivas barreras. Y ambos lo logramos. Yo me inundé de una alegría casi infantil, y Luis tuvo el brillo en su mirada de muchos años atrás cuando me observaba embelesado y me esperaba a la salida de la universidad.

Esa noche, ambos rejuvenecimos, mientras retrocedíamos en el tiempo, buscando aquella conexión que nos hizo ser uno del otro. Hacía mucho, mucho tiempo que no conseguíamos ser dos, fundidos en uno. No podría decir cuánto, pero me costaba recordar un momento tan mágico como aquel.

Cuando terminamos, tumbados uno al lado del otro, continuando con besos, aún me costaba aguantarme las lágrimas de la emoción contenida. Hubiera gritado por la terraza lo feliz que me sentía en ese momento. No sabía si abrazarlo, comérmelo a besos o simplemente mirarlo embobada. En mi pecho, mi corazón parecía querer salirse de él. Sonaba rápido, contundente. Feliz…

No quise enjugarme las lágrimas. Me sentía bien dejándolas salir para que hablaran por mí. No encontré otra forma de transmitirle a Luis mi gratitud, mi felicidad y mi amor…

No sé cuándo me dormí. Ni tampoco la hora a la que desperté, pero él seguía allí conmigo, a mi lado. No se había ido a la playa a pasear. Entonces aprovechando que estaba tumbado boca arriba, apoyé mi cabeza en su pecho, con cuidado, con mimo, con el máximo cariño que podía sentir en ese momento…

Volví a soñar que éramos uno…

Terminó el mes de agosto. Desde el día veinte o así, estábamos de regreso en Madrid. Aprovechamos la última semana de mis vacaciones para ir a ver a nuestros hijos a Inglaterra. Recuerdo mirarnos los cuatro y sentir que volvíamos a ser una familia normal, de placeres cotidianos y mundanos. Me alegré. Mucho, infinitamente.

Guardo en la memoria la noche antes de regresar a España, ya habiéndonos despedido de nuestros hijos y regresado a Londres para coger un vuelo al día siguiente a media mañana. Estábamos solos, algo cariacontecidos por habernos despedido de Isa y de Pedrito, y decidimos irnos a cenar algo por Londres. Pedimos que nos reservaran mesa en un restaurante cercano que fuera agradable e íntimo, y nos fuimos hacia allí.

No habíamos traído ropa para salir a cenar, por lo que Isabel llevaba unos vaqueros ajustados y tobilleros, con varios rotos y rasgaduras. Una chaqueta de color vainilla y una camisa blanca. En los pies, unos botines de medio tacón grueso, de apariencia cómodos, pero elegantes. Iba guapa, sin excesos, con su bolso colgado en los hombros y una cierta sonrisa triste por dejar de nuevo solos a nuestros hijos.

Yo iba con un pantalón verde agua de corte chino, y de una marca que hasta hacía una semana ni me sonaba, pero que se supone es conocida y está muy de moda. Una camisa blanca con algunas rayas en la botonadura, y chaqueta de verano azul marino. Todo comprado por Isabel en las rebajas de junio y julio.

El restaurante, en efecto, era íntimo. De luz tenue y música de ambiente lejana y suave. Me temí una factura de cerca de dos centenares de libras, como en efecto fue.

Nos sentamos y pedimos una botella de vino blanco.

—Vamos a alegrarnos un poco, ¿no? —dije a Isabel que mantenía una cara entristecida a pesar de intentar seguir las conversaciones.

—Sí… pero me acuerdo de los niños… —Escondió la cara en las manos—. ¿Hacemos bien? —dijo cuando la sacó del hueco que formaban.

—Sí. Creo que sí.

—Quiero decir, ¿somos buenos padres dejándolos aquí un año completo? ¿Nos lo reprocharán cuando sean mayores? —Isabel suspiró y bebió un trago del vino blanco. Yo también.

Permanecimos unos momentos en silencio y ella se me quedó mirando con la cabeza un poco ladeada y apoyada en la palma de su mano derecha.

—¿Te he dicho hoy lo mucho que te quiero? —me dijo como si eso fuera parte de una conversación típica y normal.

—No. Hoy no.

—Te quiero. Muchísimo.

—Y yo a ti.

—No en serio… Te quiero muchísimo.

—En serio. Yo a ti también.

Agachó la cabeza un instante y cruzó los brazos encima de la mesa. Me miró con tristeza y culpabilidad.

—A veces pienso que no te merezco…

No dije nada. Solo adelanté mi mano derecha y tomé la suya. Ambos apretamos un poco y las mantuvimos así.

—No te puedes estar recriminando continuamente… aquello. —Me costó terminar la frase porque a mí sí seguía doliéndome cuando recordaba esa etapa.

—No puedo dejar de sentirlo así. Lo mío fue inmoral… Me demostraste que eres maravilloso, Luis. —Seguía seria, con la mirada algo huidiza. Tímida.

—No podía abandonarte en ese estado.

—Sí. Sí podías. Yo no sé si hubiera reaccionado igual. Lo he pensado muchas veces. Cuando te duermes y me quedo mirándote…

—¿Me observas? —Apunté intentando quitar algo de hierro a la conversación.

—Sí. Casi todas las noches. Te miro y…

Noté que sus ojos se entristecían un poco más.

—… y entonces me pregunto eso… si te merezco.

—¿Y te respondes?

—Hay muchas veces que pienso que no… —Su voz era muy baja, esquiva.

—No seas tonta…

—No, de verdad. Lo pienso de veras.

—Pues no lo hagas. No removamos el pasado… y miremos al futuro.

Era una frase un poco manida. Y, la verdad, no la sentía como real. O al menos no totalmente real. El pasado iba a estar ahí durante todo el tiempo. Para siempre, inalterable, indeleble. Debíamos mirar al futuro, eso era así, pero las dudas sobre Isabel, el desconocimiento de todo lo que hizo, con quién, cuántas veces… Me enturbiaba la mente. No lo superaba. Y seguramente, no lo iba a hacer en la vida. Al menos, había aprendido a vivir con ello, pero no era capaz de asegurar que aquello no saliera un día y explotara entre nosotros.

Habíamos pedido solo un plato. Tampoco teníamos mucha hambre. El camarero nos dejó la comida y nos sirvió de nuevo vino.

—Te voy a confesar una cosa —me dijo tras probar su plato y aprobarlo con un ligero gruñido de asentimiento.

—¿Sobre qué…?

—Quiero que sepas el día que empecé a pensar en que no te merezco…

—Creo que debes olvidar ese tema, Isabel.

—No. De verdad. Para mí es importante.

—¿Por qué?

—Porque siento que te lo debo. Yo ya sabía que eres un hombre excelente, pero ese día… o esa noche, pasaste a ser maravilloso.

Me sorprendió aquella confesión. Aunque percibía una ligera sensación de turbación al hablarme, también supe que se esforzaba en decírmelo con la mayor tranquilidad y naturalidad de la que era capaz. Me miró con una media sonrisa.

—Bueno, dímelo… Regálame los oídos, anda.

—Fue en Marbella.

—Ah, que tengo que adivinarlo… —bromeé.

—No tonto. —Se llevó un poco más de su pescado a la boca y bebió de nuevo vino—. ¿Te acuerdas de la primera noche que… que hicimos el amor allí?

—Sí, claro que me acuerdo.

—Yo, no sé decirlo bien… hubo momentos en que pensé que iba a ser diferente. Bueno, en verdad, dudé muchos días de que aquello fuera ni siquiera a suceder. Pero cuando me imaginaba que podía pasar… Tenía pavor.

La miré extrañado.

—No te entiendo… —dije comiendo tras decir aquello.

—No sé si te lo voy a poder explicar bien… —se aclaró la garganta con un nuevo sorbo de vino. El camarero acudió servicial a llenarla de nuevo la copa.

—Tenía miedo a que no fuera capaz de… de hacerlo. —Dejó su cabeza baja al terminar. Luego la elevó y me miró fugazmente—. Cuando la otra noche, también en Marbella, después de cenar te dije que tenía mucho miedo… ¿te acuerdas? —Yo asentí—. Me olvidé de uno de ellos. De otro de mis miedos… No me atreví a decírtelo.

—¿Cuál?

—Pues que… que después de lo que pasó… —bajaba la voz hasta casi susurrar—, ya sabes… Me preocupaba que yo no respondiera bien si un día tú… pues eso… me pedías hacer el amor.

—¿Por qué tenías miedo? Nunca hubiera hecho nada que te molestara.

—Lo sé, cielo. Pero… yo, en fin… yo quería, deseaba, me moría de ganas por demostrarte que te… que te he querido siempre, que… a pesar de todo… pues eso, que te quiero con locura.

—No sé si te sigo…

—Mi vida… —respiró profundamente—. Me moría porque me besaras, me tocaras, me hicieras sentir que podía haber esperanza entre nosotros… Y, bueno, pues después de que… no quiero ni pronunciar la palabra…

—Tranquila… —la acaricié el brazo.

—Pues que tenía miedo a que un día —prosiguió tras un instante de silencio en que desvió la vista a un lado y se sumergió en sus recuerdos—, si como yo quería, volvías a tocarme, a acariciarme… te rechazara, o que me quedara paralizada, sin poder reaccionar… me bloqueara, en definitiva.

—No hubiera pasado nada. Hubiera esperado… Lo sabes.

—Sí… lo sé, mi vida. Claro que lo sé.

—¿Entonces?

—Pues que yo quería que sucediera. Me levantaba todas las mañanas intentando demostrarte que aquello había sido un tremendo error, que estaba avergonzada y que lo único que deseaba era volver a estar bien contigo. Pues imagínate… si después de todo eso, cuando me tocarás, algo en mí me hubiera bloqueado. O te hubiera rechazado…

—Insisto. No hubiera pasado nada. De hecho, entendería que aún te resultara difícil.

—¿Ves?, eres maravilloso. Y te lo digo de verdad mi vida. Esa noche, no pudiste ser más delicado, más tierno, más… maravilloso. —Aguantó un par de lágrimas—. Joder, parezco tonta…

—Hice lo que creí que debía hacer. Y tú me ayudaste.

—No, mi vida… No sé si te diste cuenta, pero empecé a temblar cuando nos dimos los primeros besos y me tocaste un pecho. No podía evitar pensar en… aquello y me enrabietaba que ensuciara el momento que más esperaba… Recuerdo que me preguntaste si yo quería… Y te contesté que era lo que más deseaba del mundo. Pero Luis… estaba temblando como una niña. Me… me… costaba mucho. —Una lágrima se quedó colgando de sus pestañas. Isabel se la secó con rapidez.

—Hubiera parado, Isabel. No había necesidad de forzar nada.

—Luis, no te puedes imaginar las ganas que tenía de demostrarte lo arrepentida que estaba, que jamás volvería a suceder… Lo que ansiaba que me rozaras y tocaras como un hombre a una mujer… Era enfermizo. Todas las mañanas rezaba para que sucediera. No podía permitir que aquella salvajada me apartara de ti. —Se detuvo un momento, se enjugó con rapidez otro amago de lágrima, bebió de nuevo vino tras comer un poco más de pescado—. Y entonces, cuando comenzaste tan despacio, tan delicadamente delicioso, tan cariñoso… Pues eso, que… que eres maravilloso, mi vida. Y te quiero muchísimo. —Volvió a aguantarse las lágrimas abanicándose un poco con su mano derecha sus ojos—. Disculpa, no quería enternecerme… —colocó una sonrisa que tembló un poco en sus labios.

Agradecí esa confesión. Isabel había, no solo entrado en razón, sino que gracias a la locura de esos meses donde buscó sexo con otros, y que sucediera esa violación, estábamos más unidos que nunca. Era extraño, muy bizarro. Algo que había empezado como un tragedia sin remedio posible y con una demanda de divorcio prácticamente solicitada, había finalizado en una intimidad y una conexión como la que en ese momento disfrutábamos. Era irreal, absurdo y casi macabro. Pero sucedió de esa manera.

—Me alegro de que todo saliera bien —dije sonriendo.

—Yo también.

Nos quedamos en silencio, seguimos cenando y casi terminamos nuestros platos. Finalizamos la botella de vino. Se acercó el camarero para ver si queríamos ordenar algo más y si todo estaba de nuestro gusto.

—¿Quieres algo más? ¿Un postre…?

—No… no quiero más.

Se me quedó mirando, se colocó el mechón detrás de la oreja y me miró con una media sonrisa.

—La verdad es que sí quiero algo… —susurró.

—¿Postre…? —dije distraído, mientras me limpiaba con la servilleta.

—… que nos vayamos al hotel…

—¿Ya?

—Cuanto antes, mi vida… —su mirada era un punto pícara, insinuante.

—¿Quieres que lo hagamos esta noche…?

—Quiero hacer el amor, o follar… lo que prefieras. Paga, por favor, y vamos a la cama.

De pronto sentí la dureza de mi polla contra la bragueta. Busqué la cartera y le hice una sea al camarero para que nos trajera la cuenta. Se extrañó y, seguramente pensó que algo había hecho para que nos fuéramos casi a la carrera de allí.

El hotel estaba cerca, apenas a doscientos metros del restaurante. Isabel, según pusimos un pie en la calle me besó con profundidad, introduciendo la lengua en mi boca.

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