TANATOS12

Capítulo 40

Lo peor no era el desasosiego por la incertidumbre de no saber si realmente María estaba dispuesta a hacer algo con aquel tosco macarra, para colmo marido de una antigua compañera de trabajo suya. No, lo peor, lo que más me mataba era que… sabía que en el fondo yo sí quería que pasase algo.

Y es que lo de Edu o lo de los chicos, más que suficientemente agraciados, podía entrar dentro de los límites de la necesidad y de la lógica… pero con Marcos… desear que pasaran cosas con Marcos… denotaba que lo mío era terriblemente insano… Un morbo horrorosamente sucio.

Miré hacia la barra. Los dos dándome la espalda. Ella más alta que él. Más esbelta que él. Con más clase que él. Todo más que él. Si conmigo algo no encajaba, por la diferencia entre ambos, con él aún era más flagrante. Con él no me encajaba ni que se dignase a hablar, ni invitar, ni nada en absoluto.

Me preguntaba si se atrevería a posar su mano en su cintura, o cualquier gesto que demostrase que tenía claro a qué había venido. Veía en su gesto y en su expresión facial una necesidad constante de fingir templanza, cuando yo tenía clarísimo que tenía que sentirse desbordado, porque le había visto en la boda, porque de todas las caras de deseo y de lascivia, la de Marcos meses atrás se me había quedado marcada.

Sentí una extraña necesidad paternalista en aquel momento aunque sabía que en el fondo quería que pasaran cosas. Me acerqué a ellos, a la barra, sabiendo que era dos personas a la vez, la que no podía ni creer que María se plantease nada y la que quería que pasase todo.

Me pedí otra copa. María custodiada por los dos: el cornudo consentidor que a la vez no quería que ella quisiera, y el pretendiente propuesto por el primer amante.

Allí, más cerca, pude sentir aún con más fuerza la diferencia de belleza, de estilo, de grandeza. La sensualidad y la brusquedad. La elegancia y la rudeza. La gracia y la torpeza.

No se dirigían a mí aunque sabían de mi presencia, y comencé a pensar o intentar adivinar qué habría pasado. Desconocía por completo que Marcos y Edu tuvieran trato alguno y no le di más vueltas por ser irrelevante. Quise ir a lo que podría haber sucedido en las últimas horas, así que supuse que Edu le habría dicho a Marcos lo que teníamos María y yo, nuestro juego. Le habría dicho, seguramente, que se la había follado la noche de la boda, conmigo mirando, y le habría dicho que estaríamos en Madrid y que quizás pudiera pasar algo con alguien. Y, tras aquella información, le habría explicado el verdadero motivo, la proposición, individualizada: quizás un “acércate a donde estén a ver si hay suerte” o quizás algo más.

Por eso yo desconocía el nivel de certeza en el que se movía Marcos. Porque aquello dependería de cómo se lo hubiera vendido Edu.

Me volví a alejar, un par de metros. Estaba nervioso, pero mi sentimiento de incredulidad era aún mayor. Les observaba. Los dos serios. Con bastantes silencios. A veces María desviaba su mirada y esa era la señal que obligaba al rapado a decirle algo. María no solía entenderlo de primeras y le mandaba repetir. No coqueteaba pero tampoco se alejaba.

Y entonces lo vi. María desvió la mirada, me buscó con ella y yo le habría mantenido esa mirada pero notaba como los ojos de Marcos se iban a los pechos de María. Como en un triángulo proyectado e imaginario ella me buscaba a mí, sin yo entender qué pretendía decirme, y yo quería mirarla pero le miraba a él, miraba como los ojos de Marcos desnudaban el torso de María. No llegué a ver tanta lascivia como en la boda, sino más bien impresión, intimidación, cómo preguntándose y temblando solo por imaginar o suponer que podría disponer de aquello.

Ella no quería que la salvara, quizás me quería hacer partícipe, o quizás lo que buscaba formaba parte de aquellas ansias por humillarme. O quizás era un “mira lo que has conseguido, que tenga ganas hasta de que me folle este” o, yendo aún más lejos, un “ahora mismo hasta éste vulgar hortera me pone más que tú”.

Se acercaron entonces a mí, más por decisión de María que de él. Me daba hasta la impresión de que quería que viera de cerca lo que allí se estaba gestando, pues tampoco me dirigían la palabra, ni siquiera durante los numerosos silencios.

Él le hablaba cada vez más cerca, y ella bebía cada vez más rápido. Me preguntaba de qué podrían hablar pues no alcanzaba a escuchar nada. De qué hablas con alguien con el que no tienes trato y que está allí porque tu jefe le ha dicho que quizás esta noche pueda follarte.

Cuanto más cerca le hablaba, sus caras se pegaban más. Y si me había preguntado antes si él tendría el valor de osar ponerle la mano en la cintura… ahora me preguntaba si hasta intentaría besarla… La música alta. Los empujones. La gente. El calor. El sudor. El alcohol. La torpeza de los cuerpos. Cada vez era menos improbable un intento. El “y si…” cobraba una fuerza dramática… y yo no podía sino sufrirlo y a la vez desearlo. Me imaginaba yéndonos los tres a nuestro hotel y cada vez lo veía menos imposible.

Llegué a pensar incluso si Edu le habría dicho a María que Marcos era buen amante… o que le hubiera dicho que tenía un miembro más que imponente. Puede que le hubiera dicho que en ningún caso se arrepentiría. Otra ciudad. Una noche. Un polvo. Un polvazo. La posibilidad de otra polla, decente, no solo decente, potente. Y la posibilidad de humillarme, en una humillación aún mayor. Un decirme que ya no necesita ni que el pretendiente sea guapo, sino que le llega con que folle bien y no sea yo.

Marcos no parecía nervioso, por lo que llegué a pensar que no fingía, sino que pensaba simplemente que llegaba a un examen con las respuestas filtradas. Solo así se podía entender que no desprendiera intranquilidad y tensión.

No paraba de imaginar frases sueltas de Edu a Marcos. Me lo imaginaba por teléfono. Con su voz: “Invítala a una copa, habla un poco con ella y proponle ir a su hotel. Pablito irá detrás, ese es el único pero, pero créeme que te valdrá la pena…”

En ese tipo de delirios estaba cuando alguien me empujó un poco y me acerqué más a ellos. Pude entender que hablaban de la mujer de Marcos y él decía que estaban medio separados, que ni vivían juntos en aquel momento, y en seguida me pareció una manera de quitarse posibles escollos del camino.

María le escuchaba, por momentos cruzada de brazos y con su copa en la mano, en actitud bastante fortificada, cuando me dijo algo que no le entendí, me dio su copa y se fue hacia el baño.

Ella se alejaba, otra vez aquella mancha blanca flotando entre tanto borracho. Y allí me quedaba yo, con dos copas en las dos manos, al lado de Marcos. En la situación más incómoda que recordaba haber vivido.

Cada segundo era un suplicio. Ni nos mirábamos.

La gente no bailaba demasiado sino que hablaba o intentaba ligar en parejas que se iban formando. Los segundos parecían hacerse minutos. Cada latido en mi pecho era más tensión y más incomodidad.

Qué decir. Era imposible decir nada.

Al contrario que antes, la llegada de María sería mi salvación, pero lo que se produjo fue que Marcos me habló, yendo con todo, a por mí, sin previo aviso. En mi oído, algo borracho, o bastante, marcando las palabras:

—Pero mira qué eres idiota, joder.

—Qué —dije y él se encogió de hombros.

—Hay que ser imbécil para montar esto.

—¿Qué? Vete a la mierda —dije sabiendo en seguida que si seguíamos hablando en aquellos términos la cosa podría acabar muy mal.

—¿Cómo? ¿Qué has dicho?

—Digo que que me digas porqué soy imbécil —respondí, frente a frente, muy nervioso. Y hasta preparándome para lo que pudiera pasar.

—Coño… montar esto… No me jodas… Con este cañonazo de tía. Ya en la boda flipé al ver que estaba contigo. Y montar esto. Pero bueno, al lío, dime… ¿Qué tengo que hacer?

Yo no respondí y no hacía demasiada falta porque a él se le veía con ganas de hablar, de saber:

—¿Esto está hecho o tengo que hacer algo? No la veo yo muy por la labor.

—¿Por? ¿Edu qué te ha dicho? —pregunté siendo consciente de que la conversación se destensaba pero a la vez se me hacía más vomitiva.

—Coño, me ha dicho que veníais esta noche tú a mirar y ella a follar. Me ha dado su móvil, nos hemos escrito un rato, yo no me acababa de fiar… le dije de quedar… no me dijo que no… por lo que empecé a pensar que Eduardo no me estaba puteando… pero no sé más. Coño, que no sé ahora qué hay que hacer.

—No hay que hacer nada. Lo que quiera ella y ya está.

—¿Qué? —preguntó gritándome en el oído.

—¡Que lo que quiera ella y ya está!

—Coño, eso ya lo sé. ¿Pero ella quiere o no? ¿Ahora nos vamos a vuestro hotel? ¿Cuál es? Yo, es que, joder, máximo máximo a las nueve tengo que estar en casa o la jodo con mi mujer. ¿Y nos liamos aquí y después vamos…? No sé de qué rollo es… No me dio la impresión de que quisiera morrear aquí, delante de todo dios. La veo muy snob para andar a muerdos aquí.

Yo le miraba y el estómago se me revolvía. Las arcadas me subían por el cuerpo… Y él parecía ni esperar mis respuestas, como si hablase para sí mismo.

—También te digo, eh… que no la veo muy tal… pero a la mierda no me manda, eh… ¿no?

—No sé, tío… —respondí, digiriendo como podía todo lo que decía.

—¿Cómo que no sabes? A mí no me pongas cara de asco, eh.

—¿Qué?

—Eso… que no me pongas esa cara, joder…

—No te estoy poniendo ninguna cara.

—Coño, ¿cómo que no? Oye… ¿Qué le gusta a ella? Así… de qué va.

—¿Qué?

—Al follar digo… Yo… hago lo que ella quiera… Hostia… —dijo y se quedó callado.

—Hostia ¿qué? —pregunté, en una conversación inconexa y absurda, sin escucharle bien, todo el rato descolocado, sin saber si estaba de buen rollo o a punto de liarnos a guantazos.

—Digo que… joder… qué buena está, me cago en la puta… Si no me he hecho cuarenta pajas pensando en ella desde que la conozco no me he hecho ninguna. Coño que te he preguntado qué le gusta como si tú lo supieras. Si tú lo supieras no estaríais con esto, no me jodas, eh.

—Bueno, ¿Pero a ti qué te pasa? —dije en el preciso momento en el que fui empujado por alguien, haciendo que el empujón se trasladase a él, como tres fichas de dominó, haciendo además que parte de la copa que le sostenía a María se derramase sobre su hortera camisa, a la altura de su pecho.

Su respuesta fue devolverme el empujón, tampoco con demasiada fuerza, quizás solo un revolverse, solo para apartarme de él, porque él tenía que saber que mi empujón no había sido voluntario, y entonces un chico que había sido víctima colateral de tanto movimiento en cadena le habló a Marcos; y mientras éste parecía decirle que no había pasado nada, que no había ningún problema, la voz de María aparecía de la nada y me preguntaba que qué estaba pasando.

Los ánimos se calmaron con rapidez pues en realidad no había pasado nada, si bien desde fuera, podría haber dado otra impresión. Al momento ella hablaba con él como pidiéndole explicaciones y por el lenguaje corporal de Marcos parecía decirle que no había pasado absolutamente nada y alargaba su mano hacia mí, para que se la estrechase, cosa que hice, mientras me daba la sensación de que María no se creía que todo hubiera sido tan fortuito.

Hablaron un poco más y después ella se giró hacia mí y dijo:

—¿Pero qué ha pasado?

—Nada.

—Ya, nada. Me voy cinco minutos y os enzarzáis… ¿Es que no quieres o qué?

—¿Qué? ¿El qué? Y tú?

Ella se quedó callada. Un silencio dolorosísimo. Hasta que dijo:

—Ese no es el tema. El tema es que os zurréis como críos.

—¿Cómo que no es el tema? ¡Si lo acabas de sacar tú!

—¿Qué quieres que te diga, a ver?

—Pues si en serio te vas a ir con este tío. Si nos vamos a ir con él al hotel.

El silencio era atronador. No respondía. Y no pude más:

—¿En serio te gusta? ¿Follarías con este? —preguntaba casi a gritos, por la música tan alta, en su oído.

—Yo qué sé ya… Pablo…

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