GAMBITO DANÉS

IV

Fueron meses caóticos, no fue fácil el camino . Aquella concesión de la sirvienta había sido, sin duda, un grave error. El acoso fue imparable, la importunaban a cada momento. Espiándola, colándose en su cuarto, abordándola mientras hacía la comida o cualquiera de las tareas de la casa. La relación entre los jóvenes y Ana se había convertido en un infierno para ella. Aunque los muchachos nunca consiguieron pasar de los tocamientos no perdieron la esperanza de conseguir algún día llegar hasta el final, de sorprenderla en un renuncio, en un momento de debilidad. Se habían convertido en un par de chicos atléticos, adolescentes con el cerebro contaminado por las hormonas. Cazaban en grupo o por separado, como los lobos.

Era sábado y comían todos juntos en la mesa del jardín, el día era espléndido, especialmente soleado y caluroso. Efrén había invitado al pequeño ágape al abuelo, su padre, además de a la señorita Hannah Böhm en señal de agradecimiento por tantas horas dedicadas a la enseñanza de sus hijos. Ana servía plato tras plato ante la atenta i libidinosa mirada de los gemelos, pero aquella tarde no fue la única víctima de sus calenturientas mentes. La institutriz había sucumbido al inusual calor y se había vestido con una fina blusa blanca y una falda marrón que terminaba por encima de sus rodillas, casi una pornográfica provocación viniendo de la recatada maestra. La falda parecía aún más corta sentada en la silla y la blusa, metida por dentro de esta y ceñida a su figura, resaltaba su generoso busto. El moño y las gafas lejos de darle un todo distinguido la convertían en una especie de sensual bibliotecaria sacada de las más oscuras y profundas fantasías de los hombres.

—Me alegro de que los chicos avancen y de que se sienta a gusto trabajando con ellos señorita Böhm —agradeció el padre sinceramente.

La austríaca se sintió halagada y empezó a contestar con la educación y el agradecimiento que se le esperaba:

—El placer es mío —dijo antes de detenerse en seco al notar la palma de la mano de Bras sobre su muslo, que se sentaba justo a su derecha—. Son dos muchachos excelentes.

Consiguió terminar la frase casi atragantándose, sorprendida por aquella descarada e impune invasión, consciente de que una reacción violenta por su parte podía crear un conflicto de proporciones difícilmente manejables.

—Hannah es de la familia, un ser celestial enviado para cuidarnos —añadió la madre con su habitual tono dulce y agradecido, además de fantasioso.

—Muchas gracias —contestó ella carraspeando mientras podía notar la mano de su alumno magreándole lentamente la pierna.

Su genio habitual rápidamente fue aplacado por la incómoda situación, sabiéndose entre la espada y la pared. El abuelo también preguntó sobre sus nietos y ella, como pudo, salió del paso con monosílabos. Los tocamientos siguieron, envalentonándose Bras y avanzando en dirección a su entrepierna, arrastrando la falda por el camino.

—La verdad es que son buenos chicos —concluyó el abuelo ajeno a la situación.

El alumno disfrutó de la situación hasta llegar a rozar con la yema de los dedos su ropa interior, momento en el que la institutriz se levantó como un resorte de la mesa, pálida  como la harina. Por un momento el muchacho entró en pánico hasta que la burda excusa de la maestra lo tranquilizó:

—Vais a tener que perdonarme, no recordaba que tengo que hacer una gestión importante en la ciudad y será mejor que me vaya.

El resto de comensales la miraron asombrados.

—¿No puedes ni esperarte al postre? —preguntó Efrén, el padre.

—Mucho me temo que no —fue la única respuesta.

Los varones se levantaron de la mesa en por educación mientras el padre ordenaba:

—Hijos, que uno de vosotros acompañe a la señorita Böhm al coche por favor, Hannah, ha sido un placer contar con su compañía.

Obviamente a Bras le faltó tiempo para ofrecerse, ante la negativa de la maestra que insistía en que no era necesario. El coche no podía estar más alejado, casi al otro lado del lago, apartado de la villa y además cobijado por grandes pinos. Cuando estuvieron a pocos metros del coche, la profesora se volvió hacia el adolescente con la intención de abofetearle, pero no tuvo tiempo. Bras se abalanzó sobre ella haciéndole perder el equilibrio, cayendo los dos al suelo sobre la hierba y pinaza. El muchacho se colocó encima poseído por el deseo, frotando desesperado su cuerpo contra el de ella.

—Hannah mmm, Hannah…

La austríaca apenas forcejeaba, aturdida por lo que estaba sucediendo y el alumno seguía restregándose y magreándole el cuerpo por encima de la ropa. Intentó besarla con tanto ímpetu que sus gafas salieron despedidas y su moño se deshizo en una alborotada melena, Bras se sintió protagonista de una fantasía erótica.

—Es usted tan guapa señorita Böhm, mmm.

Hannah se dio cuenta de que sobre ella ya no había un niño, de que aquel era el cuerpo de un joven-adulto desbocado por el deseo. Incapaz de reaccionar su atacante ganó terreno y consiguió subirle la falda y colocarse entre su entrepierna, presionando el bulto de su pantalón contra su sexo. La erección del chico era tan exagerada que casi podía notar como atravesaba sus bragas, como la penetraba a través de la ropa. Ahora la embestía desesperado contra el suelo de manera patosa pero con ímpetu.

—Está usted tan buena señorita Böhm.

La austríaca miraba ahora el cielo azul con motas blancas y se dejaba hacer, quedándose petrificada a su merced. En todos los años que llevaba viviendo en Asturias tan solo había mantenido una fugaz relación con un chico de Oviedo, hacía más de tres años que no se sentía deseada por nadie y, aunque intentó mentirse a sí mismo, se excitó. Su código ético la invalidaba para participar de aquello, pero decidió no impedirlo. Bras seguía aprovechándose de su cuerpo, abriéndole incluso la blusa para disfrutar de las deseables vistas de su escote mientras que sus caderas se movían arriba y abajo. Hannah deseó que aquel vigoroso jovenzuelo le arrancara la ropa interior pero la excitación y la inexperiencia del chico hizo que no fuera necesario, le agarró los glúteos con fuerza, estrujándolos y apretando su sexo contra la erección se corrió entre espasmos y un gemido fuerte y seco, quedándose exhausto pocos segundos después. Ni siquiera se había bajado los pantalones.

Un par de minutos después se retiró de encima rodando por el suelo. La profesora, completamente insatisfecha y aún algo en shock se levantó, se adecentó la ropa y después de recoger sus gafas del suelo subió al coche y se fue sin mediar palabra. Bras se quedó en el suelo disfrutando del momento durante un buen rato.

De nuevo en la villa, Bertu había entrado en la casa y se había dirigido a la cocina para ayudar a Ana a traer los postres. O eso es lo que había anunciado antes de abandonar la mesa. Al ver a la guatemalteca de espaldas a él terminando de emplatar cerró la puerta y se acercó sigilosamente. La sirvienta estaba tan concentrada que ni siquiera había reparado en su presencia cuando él la abrazó por detrás. Ella hizo un ruido de paciencia con los labios antes de preguntar:

—¿Quién es, Bras o Bertu?

Apretó aún más sus brazos, estrujándola entre ellos y arrimándose. Rozó su cuello con los labios y subió las manos hasta alcanzar los pechos mientras respondía:

—¿Quién crees que soy? Tu favorito.

La cocinera intentó zafarse sin mucha convicción, lamentablemente acostumbrada a este tipo de situaciones.

—No sé quién es, son igual de pervertidos ustedes dos.

Bertu siguió metiéndole mano despacio, sabiendo que antes o después la respuesta sería definitiva y, como siempre, una negativa acompañada probablemente de amenazas con contárselo a su marido. Era un equilibrio en el que si jugaba bien sus cartas podría disfrutar un poco de su anatomía, pero que un paso en falso lo mandaría todo al traste.

—Sí, pero solo yo estoy enamorado de ti —afirmó con descaro.

Ana casi estuvo tentada de reírse, volvió a empujarle sin éxito y comenzó la mediación.

—Seguro. Anda, déjese de estupideces y ayúdeme con los postres.

Bertu tenía la erección presionando contra el apetecible trasero de la trigueña mientras que una de las manos abandonaba el esponjoso tacto de sus pechos para ir en busca de su entrepierna y acariciarla por encima del vestido de trabajo. La sirvienta se agitó con fuerza y el chico respondió agarrándole el sexo con fuerza, apretujando sus obscenos dedos contra él. Los ojos de ella casi se salen de las órbitas al notarse agarrada de tan impúdica forma, luchando ahora con más ímpetu pero obteniendo el mismo resultado.

—¡Déjeme!

Pero Bertu no la dejó. Estaba tan excitado que se veía incapaz de parar y siguió manoseándola hasta que ella consiguió darse la vuelta. Durante un par de segundos se miraron, quietos, estudiándose. Cuando la sirvienta hizo un amago de irse él volvió a atacarla con fuerza, besándole en labios y cuello mientras que sus manos nuevamente se recreaban en senos y glúteos.

—¡Basta! ¡Basta ya! ¡¡Se ha vuelto loco!!

Esta vez Ana levantó incluso la voz, arriesgándose a que alguien les oyera pero dispuesta a correr el riesgo. El adolescente enseguida le tapó la boca y suplicó:

—Por favor Ana no puedo más, ¡no puedo más! ¡Voy a estallar!

La guatemalteca consiguió librarse de la mordaza y amenazarle:

—Le juro que esta vez lo diré todo. ¡Se lo contaré todo a su papá y su mamá!

—¡¡Me da igual!! —respondió él sin dejar de sobarle todo lo que podía.

Nervioso, inundado de testosterona y adrenalina, consiguió desabrocharse el pantalón y liberar una perturbadora erección, tiesa como una bayoneta dispuesta a actuar. A la cocinera se le volvieron a poner los ojos como platos y por un momento captó la desesperación del muchacho y también el peligro real que corría, decidiendo en cuestión de segundos intentar una solución intermedia.

—Vale, ¡vale! ¡Tranquilícese!

Hubo otro minuto de quietud absoluta, sin ataques ni defensas, de estudio de la situación. Bertu no sabía a qué se refería ella con aquella especie de rendición cuando notó su cálida y delicada mano posarse en su miembro.

—Ya pasó… —insistió ella mientras comenzó las caricias.

Con solo ese gesto al muchacho le temblaron las piernas de placer y emoción. Ana le masturbaba con una dulzura impensable después de tan extrema situación, aumentando el ritmo de los tocamientos justo en el preciso momento.

—Mmm sí, oh sí, eso es —dijo él disfrutando cada segundo.

Continuó con el solidario acto cuando pronto volvió a notar las manos del chico por su cuerpo, manoseándole un pecho y después la nalga.

—Ohh, mmm. Te amo Ana, te lo creas o no.

—Vale, vale, relájese.

Todo iba bien hasta que Bertu volvió a inquietarse, subiendo la intensidad de los tocamientos e incluso acercándose más a ella. Ana Intensificó las caricias pero vio que no conseguía el efecto deseado.

—¿Qué pasa? ¿Qué le pasa?

—Nada Anita, nada, que hacerme una paja ya puedo yo. Necesito sentirte —dijo apartando su mano del miembro e intentando subirle el vestido.

—No, ¡no! ¡¡Ni se le ocurra!

Siguió disputándole el vestido e insistiendo:

—Necesito más preciosa, un poco más.

—Bertu…¡para! —ordenó ahora consciente de cuál de los dos hermanos era el que estaba llegando tan lejos.

Ella se retiró, apoyándose en la encimera y tirando uno de los platitos del postre, pero ni el estruendo de la cerámica contra el suelo hizo que aquel saco de hormonas entrara en razón. Consiguió levantarle el vestido y cuando estaba a punto de colocar el glande contra sus bragas finalmente ella, realmente asustada, le empujó con fuerza hasta separarlo medio metro.

—¡¡¿¿Te volviste loco de remate o qué??!!

Bertu calibraba cuál era el siguiente paso cuando la cocinera, resignada, sacaba una goma de pelo del bolsillo del vestido y se recogía la larga melena en una coleta quejándose entre dientes:

—Quiere algo nuevo, pues de acuerdo pero no lo que usted se cree niñito malcriado.

Ante la sorpresa del adolescente Ana se arrodilló sobre el frío mármol de la cocina, y volviendo a la masturbación desde esa nueva posición acercó sus labios y comenzó a lamerle el lubricado falo, deteniéndose en alguna ocasión para seguir despotricando.

—Se creen que soy una puta, esto es lo máximo que me va a sacar.

La sirvienta se metió aquel pedazo de carne entero en la boca y prosiguió con una excitante y bien ejecutada felación. Succionaba, lamía y acariciaba, demasiado para un virgen salido quinceañero que, en menos de cinco minutos, eyaculó con la fuerza de un torrente, impactando el primer chorro dentro de la boca y, después de que ella se retirara a toda prisa, rociándole la cara y el pecho. El joven tenía la cara desencajada por el placer y parecía al borde de un ataque de asma cuando la guatemalteca le increpó:

—Haberme avisado.

V

Ningún territorio del país se había salvado ese verano del calor. Tampoco el norte que contaba, año tras año, con temperaturas más elevadas. Esa semana ni siquiera la brisa nocturna daba un respiro a los habitantes de la villa. Bertu y Bras dormían en sus respectivas camas cuando los despertó el ruido de su puerta abriéndose. Su madre irrumpía sigilosamente en la habitación para anunciar:

—El cielo llora.

Eran más de las dos de la madrugada, y aunque a sus dieciocho años conocían perfectamente la condición de Julia, les sorprendió aquel derroche fantasioso en horas tan intempestivas.

—¿Mamá?

—Venid conmigo, el cielo llora.

Los gemelos se miraron extrañados y, a pesar de vestir solo con el pantaloncito del pijama, decidieron obedecer. Siguieron a su progenitora por los pasillos y escaleras de la propiedad hasta salir al exterior. Una vez allí se alejaron un poco de la luz de los faroles inextinguibles de la casa para tumbarse sobre la hierba.

—¿Podéis verlo? —preguntó ella, que vestía solo con un camisón.

Su madre tenía una imaginación inconmensurable, y vivía en su mundo, pero no solía decir algo así por nada. Los chicos estudiaron el cielo con detenimiento hasta que por fin Bras pudo ver una estrella fugaz.

—¿Lo visteis? —insistió ella.

Efectivamente, el cielo lloraba. Como cada año las lágrimas de San Lorenzo hacían acto de presencia para decorar el estrellado manto. Julia observaba aquel hecho fascinada. Susurraba cada vez que detectaba una estela.

—Llora, y no sé la razón.

—Mamá —tranquilizó Bertu —no creo que el cielo llore. Yo creo que son luces de alegría. Que está feliz.

—¿Seguro? Las xanas también creen que llora.

Las xanas. Si la primera erección de Bertu fue con el muslo de su madre, la de Bras había sido oyendo sus historias, seres femeninos, pequeños y de gran belleza que habitaban, desnudas, los bosques.

—Claro que es de alegría, nos lo has contado siempre, está feliz porque Gaia está en equilibrio, ¿verdad? —participó ahora Bras.

Julia pareció reflexionar unos segundos antes de dar esa explicación por buena.

—De acuerdo. Hoy dormiremos todos juntos, como cuando erais niños. Debemos estar juntos.

A los gemelos les pareció una idea ridícula, pero estaban  dispuestos a acceder para que su madre estuviera tranquila. Tenía una sensibilidad extrema y no iban a ser ellos quienes perturbaran su felicidad. Volvieron a la villa y se metieron en la amplia cama de matrimonio, Julia en el centro y sus hijos uno a cada lado. Los tres se miraron. La ventana estaba abierta para combatir el calor y entraba la suficiente luz de la luna y de las luces del jardín que permanecían encendidas toda la noche. La madre sonreía mientras observaba a sus dos niños convertidos en hombrecitos.

—¿Qué? —Terminó por preguntar Bras intimidado por aquellos ojos grandes y almendrados.

Ella no contestó. Tan solo enredó los dedos en su pelo cariñosamente, sonriendo. Al rato, miró hacia el lado contrario y se acurrucó en el hombro de Bertu.

—Mis pequeños…

Se sentía feliz rodeada de los dos hombres de su casa. El abrazo se extendió. Tumbada de lado, instintivamente, movió su pierna para depositarla encima del vástago. Aquel gesto inocente, sintiendo el muslo acercarse a su entrepierna, hizo que Bertu recordara con absoluta exactitud la tarde de juegos en el lago cinco años antes. Parece mentira la nitidez con la que algunos recuerdos perduran en el cerebro de una persona incluso teniendo tan solo once años de edad. Recordó el chapuzón, las risas, el bañador azul de su madre y, también, su erección. Fue más consciente que nunca de que la primera vez que sintió excitación en su vida fue, ni más ni menos, que tumbado sobre ella. Con solo el recuerdo y la situación pudo notar a su dormido miembro reaccionar, y cuanto más luchaba con aquel despreciable pensamiento, peor era.

Julia, con tan solo treinta y seis años era una fémina espectacular. Guapa y con un precioso y proporcionado cuerpo. Eran pocas las veces en las que los hermanos la podían observar ligera de ropa. Quitando algunos baños en las que acudía con su traje, no recordaban la última vez que la habían podido ver en camisón o pijama. El de aquella noche era especialmente bonito, plateado, satinado y corto, demasiado corto.

—Pero bueno, cariñitos familiares y no me invitáis —dijo Bras acercándose también y abrazando a su madre desde detrás, completamente ajeno a la angustia de su hermano gemelo.

Con la pequeña vibración el muslo de Julia se restregó de nuevo sobre las partes de Bertu, haciéndolas reaccionar ya de manera inequívoca. Él estaba tan abochornado que apenas podía respirar.

—Mis pequeños —volvió a decir la madre.

Bras se relajó abrazado al cuerpo de su madre hasta alcanzar una dulce duermevela. Estaba entre dos mundos, ni dormido ni despierto. Más a gusto que en mucho tiempo. Su cuerpo se había ido aproximando aún más al de la progenitora hasta que su falo había terminado acomodándose contra su deseable trasero. Julia tenía ahora el camisón por encima de la cintura y podía notar perfectamente a su hijo presionando contra sus nalgas, separados solo por la ropa interior de ambos. Bras no era plenamente consciente de lo que estaba pasando, pero no quería despertarse nunca, desprenderse de la placentera sensación.

Al otro lado Bertu seguía luchando contra sus impulsos perdiendo definitivamente la batalla. Alcanzando tal enderezamiento que la tela del pijama empezaba a quedarse pequeña para cubrirlo.

—Mmm —gimió Bras entre sueños e instintivamente comenzó a balancear su cuerpo, restregando suavemente su bragadura contra los firmes glúteos de la madre.

Enseguida alcanzó también una nada desdeñable erección, aumentando ligeramente los movimientos de pelvis. Con los movimientos el muslo volvió a restregarse contra el miembro de Bertu que parecía una roca maciza. Él no supo que hacer, solo fue capaz de tragar saliva. Traspiraba consciente de que el color que sentía nada tenía que ver esta vez con la cálida temperatura de las últimas noches.

—Mmm sí —volvió Bras mientras seguía arrimándose.

Bertu tenía los ojos cerrados con fuerza, los abrió en un acto de valentía y pudo ver los de su madre observándole. Su cara no era de sorpresa y mucho menos de enfado, era de ternura y comprensión. Restregaba la pierna contra la rigidez del hijo con total naturalidad. Las miradas seguían estudiándose, calmas, tranquilas.

Finalmente Bras se despertó, parando aquel movimiento en seco para enseguida darse cuenta de lo que estaba pasando. Sintió miedo, vergüenza, pero se convenció a sí mismo de que tanto su hermano como su madre dormían y no eran conscientes de su excitación. Su pene seguía clavado contra las perfectas posaderas de la progenitora y no tuvo el coraje de retirarlo. Como una pequeña prueba lo apretó aún con más fuerza y, viendo que no había respuesta, reemprendió los movimientos de manera casi imperceptible. Su brazo izquierdo rodeaba a su madre por encima de la cintura y podía sentir sus pechos apoyados en él. Se excitó aún más.

Bras acelero el ritmo e incluso subió un poco más el brazo para apretujar los senos de Julia, todo con la esperanza de que el sueño de esta fuera profundo. Pero Ella estaba más que despierta, y era absolutamente consciente de todo lo que estaba pasando. En una meditada decisión se desprendió del aprovechado hijo y se acercó aún más al abochornado, tumbándose completamente encima de él. Bertu pudo sentir el delicado cuerpo de su madre posándose suavemente encima, con el camisón convertido casi en un sujetador y con las braguitas aterrizando justo encima de su monte.

Bras alzó la cabeza sin entender muy bien que estaba pasando, incapaz de asimilar que quizás su madre había huido de sus pecaminosos tocamientos. Vio la cara de desasosiego de su hermano y el cuerpo de ella, de espaldas, tan solo cubierto por unas finas braguitas negras y un maltrecho camisón. Con el espectacular culo boca arriba y las piernas y gran parte de la espalda desnudas. Pensó que era el ser más perfecto que jamás había visto y sintió una envidia infinita.

La madre seguía descansando sobre Bertu, que permanecía impertérrito. No hizo falta que se moviera, fue su miembro el que cobró vida propia, agitándose a espasmos contra el sexo de Julia. Con cuidado y terror, colocó una de sus manos en la espalda de la madre y la acarició. Ella tenía la cabeza sobre su hombro impidiendo que pudiera ver su expresión. Bertu continuó con las caricias y ante su atónito gemelo deslizó la mano hasta llegar al trasero y lo acarició casi inocentemente.

A Bras le hirvió la sangre y sin disimulo fue él quién agarró las piernas de Julia y comenzó a masajearlas. Piernas largas, esbeltas, torneadas y sensuales. Las acariciaba como ningún hijo lo haría con una madre, no, por lo menos, desde épocas pretéritas. Recorría su piel con lujuria mientras observaba hacer lo mismo a su hermano con las nalgas, cada vez más animado. Parecía un concurso en el que ambos muchachos pretendían llevarse un pedazo de la madre.

Las cuatro zarpas recorrían el cuerpo de mujer, espalda, glúteos, pies, muslos y caderas. Había empezado la competición, una peligrosa en la que se puntuaba tan solo traspasando los límites de la cordura. Bertu, engallado, agarró el resto del camisón y lo retiró por encima de sus cabezas, sintiendo ahora los perfectos pechos de Julia aplastados contra él. En la maniobra perdió su objetivo, aprovechándose Bras y manoseando el anhelado trasero. Bertu seguía teniendo a su favor la posición y no pudo resistirse a moverse. Adelante y atrás, frotando su descomunal erección contra el cubierto sexo de ella.

Su hermano retiró ligeramente las braguitas tan solo por la parte de detrás, mostrando los firmes glúteos y acariciándolos por primera vez sin barreras. Siguieron manoseando aquel cuerpo durante rato, demasiado rato. Nerviosos, ansiosos y desconcertados. Pararon cansados, encallados en aquella situación. Mirándose el uno al otro con su presa en medio de los dos. Hablando con la mirada. Bras retiró, casi a cámara lenta, la ropa interior de su madre, haciéndola desaparecer. Maniobra que aprovechó Bertu para quitarse, no sin cierta dificultad, su pantalón. Pudo sentir ahora el vello púbico de Julia contra su erección, aprisionada entre los dos cuerpos. Fue en ese momento la primera vez en mucho tiempo que ella reaccionó, acomodando hábilmente la entrada de su vagina en el glande de su hijo y, como por arte de magia, penetrándose.

Bertu tembló como nunca, al borde del colapso. Sentía por primera vez en su vida su miembro prisionero de tan excitante conducto. Y entonces ella se movió ante la estupefacta mirada del otro hijo. Era casi imperceptible, pero mucho más que suficiente.

—¡Oh! ¡¡Oh!! ¡¡OooOghhh!!

Julia siguió cabalgando aquel mástil con maestría, con amor, con ternura y con mucho sexo.

—¡¡Ohhh!! ¡¡¡Ohhh Diós!!! ¡¡Ohhh!!

Permaneció en esta posición durante menos de cinco minutos y entonces, con suma destreza, se incorporó consiguiendo sentarse a horcajadas sobre él sin en ningún momento retirar el falo de su interior. Los movimientos eran tan sutiles que a veces parecía no moverse, pero Bertu ya estaba a punto de explotar de placer. Bras no aguantó más y decidió unirse, llevando sus manos desde detrás y apretujándole los pechos, jugueteando con los afilados y duros pezones.

—¡¡¡Ah!! ¡¡¡Ah!!! ¡¡¡Ahh!!! ¡¡¡Ahh!!!

Julia supo que llegaba al fin y contorsionó su cuerpo lo suficiente como para que la fricción que sintiera Bertu fuera tan poderosa que estallara de placer, llegando a un brutal orgasmo y eyaculando en su interior.

—¡¡¡Ohhhhhhhhhh síiiiiii!!!

Descansó un par de minutos encima de él, ensartada aún por una erección que iba a menos y sin dejar de sentir ni un minuto las manos de su otro hijo manoseándole el cuerpo entero. Levantó el pubis lo justo para invitar a Bertu a que se retirase y este rápidamente se hizo a un lado. Recuperó el aliento y sin más demora se colocó a cuatro patas sobre la cama, regalándole la tan ansiada vista a Bras que casi se muere de emoción, con su cuerpo en pompa y dispuesto. No esperó ni un segundo, se colocó detrás y su sable buscó la apertura de su cueva como un cerdo una trufa. Le agarró con firmeza de las caderas y la penetró sin compasión, embistiéndole con todas las fuerzas.

—¡¡Ohh!! ¡¡Ohh!! Me toca a mí, ¡me toca a mí! ¡Mmm! ¡¡Mmm!!

Las acometidas empezaron a buen ritmo y fueron subiendo las revoluciones, se excitaba ver los pechos de su madre moviéndose en círculos con cada embestida.

—Mmm sí, ¡¡mmm sí!! Eres un ángel mamá, ¡un ángel!

La cama temblaba y chirriaba mientras Brass podía notar sus testículos rebotando contra aquellos glúteos de acero.

La madre también gimió. Había permanecido con una sonriente pero impasible cara mientras desfogaba a su otro hijo, pero este consiguió arrancarle pequeños gritos de incomodidad.

—¡¡Oh síii mami, que buena que estás!! ¡¡Ohh!! ¡¡Ohhhh!!

Ella sentía que aquello era justo. Que eran adolescentes con una curiosidad natural por el cuerpo de una mujer y que no era su culpa tener que vivir en estado de medio-aislamiento. Le pareció sano, normal y bonito aunque nuca lo hubiera planeado.

—¡¡¡Ahh!!! ¡¡Ahh!! ¡¡Ahh!!

Finalmente Brass se derramó en su interior, llegando al clímax entre espasmos y ensordecedores gemidos.

Los tres se tumbaron exhaustos, exactamente en la primera posición de la noche, con la madre en el centro y ellos a los lados. Vuelta al inicio salvo por la desnudez, el sudor y el agotamiento. Permanecieron así durante horas, hasta que el sol empezó a colarse por la ventana. Con el sol, Bertu fue el primero en despertarse. Primero su miembro que instintivamente se apretujó contra el querido muslo de su madre. Le siguió Bras que, al ver la escena, también se excitó nuevamente. La madre agarró el pene de su hijo mientras observaba al otro que seguía restregando el suyo en su pierna.

Sonrió.

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