DANIEL ÁLVAREZ

Cuando me anime a decirte que te amaba tan solo tenía en el bolsillo dos billetes de cien pesos. Nada. No alcanzaba ni para comprar los pañuelos de papel para que te secaras las lágrimas en aquel partido de futbol. ¿Te acordás que vos estabas en la tribuna mirando a tu hermano como jugaba? Realmente me miraba a mí, lo sabía de antes. ¿Sabes cómo me di cuenta? Tu hermano se sentaba en el plantel de suplente, cuando el director técnico hacia algunos cambios, tu hermano salió de su lugar y vos te quedaste mirándome. Me daba cuenta y eso me daba coraje. Un coraje nunca sentido e inexplicable. Sentía que era la estrella de la cancha, que era flash o Maradona jugando contra los ingleses. Era un Messi. Si, reíte nomas, pero vos no sabes cómo me sentía cuando vos, que sos tan importante en el barrio, me miraba.  Pero bueno, la cosa fue que cuando terminó el partido fui al vestuario, festejando con la muchachada el triunfo. Si, era nuestra primera copa, era la copa de los barrios, la copa bien peleada como si se tratara del mayor premio del futbol europeo o de algún torneo de la FIFA. Además le ganamos a los equipos grandes como a Estudiantes o a San Lorenzo que ellos tienen todo un arsenal, desde los jugadores hasta la barra brava, un campo de batalla de lujo y con algunos pesos que el intendente le regala. Eso sabes que es vox populi. En cambio nosotros una cancha llena de abrojos y piedras. Perdón me fui de tema, entonces, en medio del festejo me acerco a las casillas donde guardo mi equipamiento. Abro la casilla. La muchachada silbaron al ver que tengo fotos de Stella Cok y se Mia Kalifa… si, ya se… no te enojes, tenía esas fotos porque son mis pornostar preferidas y era un regalo del Chuco, antes que se fuera a vivir en Misiones ¿qué será la vida de ese manyin? Cómo lo extraño a mi amigo. Con la muchachada nos reímos, nos hicimos algunas burlas. Después tu hermano se  me acerca y me dice que tenía que hablar conmigo, seriamente, cuando termine todo;  que me esperaría afuera. Me quedé preocupado, pensando que macana me habría mandado; porque para meter la pata soy mandando. Pensé también que como la viejada del barrio les encanta inventar puterios baratos, crear novelas con vidas ajenas,  que sería presa fácil de su alevosía. Pero nada de eso me dio miedo. Fui y me dijo que vos estabas enamorada de mí. No lo podía creer. No esperaba que alguien se fijara de mí, sobre todo alguien como vos que sos divina. Un angelito. Jaimmie Alexander o Milla Jovovich son un porotito. El problema es que tu hermano es tan celoso que me advirtió que si se enteraba que yo me acercaba a vos, él me agarraría a patadas como a un sapo hasta que reviente. Sí, me cagué en las patas, nunca fui de pelear, es más, siempre salgo corriendo cuando se armaban los líos. Tampoco podía dejar pasar la oportunidad de estar con vos, así que si o si debía asumir, llenarme de coraje, tener los huevos bien puestos y correr el peligro. Por eso idee un plan: la tarde anterior al partido, en medio del entrenamiento, tu hermano me bombardeaba a pelotazos y me empujaba como el Demonio de Tasmania, y como si fuera poco, se hacia el boludo. Yo solamente le decía que tenga cuidado, que no sea bruto que no le hice nada; pero él seguía haciendo lo mismo. Cuando el entrenador no lo veía, me hacia fuckiu. El huevon estaba encabritado conmigo. Salí un rato del entrenamiento, fui al vestuario. Aproveche que estaba solo para abrir la casilla del cabrón y revise  sus cosas para ver si podía sacarle algo de valor para que lo volviera loco, pero no encontré nada. Luego recordé que en mi casilla tenía una tira de pastilla laxante, la que le debía llevarle a mi madre, y le saqué dos. Al día siguiente, antes del partido, mientras le repartía botellitas de agua a los colegas, separé la de él y le disolví la pastilla (la había molido cuando nadie me vio) en la botella y se la di a tu hermano. Él la abrió y la tomó sin sentirle el sabor. Él me arrojó la botella en el rostro con bronca, sacando el pecho y bufando como un toro.

Caminé hasta el banco de suplente. Me senté a ver el partido. La tribuna reventaba. La pelota la dominaba nuestro equipo: “La pedrera”. El picaron hijo de yuta comenzó a cambiar el rostro y a agarrarse la panza en los últimos diez minutos del partido.

Le hacía señas al Director Técnico para que lo cambiara, pero no logró ser reemplazado.  “Aguanta que ya terminamos, aguanta” le gritaban.

No se entendía lo que contestaba tu hermano.

Lavalle nos empato antes de los últimos cinco minutos. Nuestro equipo enfurecido  recobró el manejo de la pelota. Tu hermano estaba por patear el penal. Entre discusiones con el árbitro, los equipos, se distrajeron dejando la pelota en el piso. Los minutos corrían. Los jugadores estaban a punto de irse a las trompadas. Los directores técnicos, los suplentes se estaban acercando al núcleo de lo que sería el disturbio. Yo no era la excepción, me acerqué y salí corriendo, pateando la pelota hasta meter el gol. Lo grité. El árbitro tocó el silbato. La cancha se volvió un lugar de boxeo. La policía comenzó a intervenir, a separar a quienes estaban peleando.  Y yo festejaba corriendo como un chivo, luego me saqué la remera porque abajo tenía otra que estaba escrita y que decía: “Te amo, Marta”. Me sentí un héroe. Fue de película la hazaña que me mandé. Tu hermano vomitaba y me puteaba. La tribuna me aplaudía. En la cancha algunos reían y otros discutían. La pelea terminó disolviéndose por la intervención de la policía montada. El árbitro suspendió el partido. Yo me sentí conforme a declarar mi amor en la final del campeonato.

Luego de toda esa locura, tu hermano se enojó más conmigo  pero aceptó por las malas, y quizás fue por el mal momento que pasó, de que fuera su cuñado.

https://luisdanielalvarez.blogspot.com/

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