MOISÉS ESTÉVEZ

En lo más recóndito de su pensamiento encontró restos de aquel amor
quinceañero, de sus primeros escarceos discotequeros con los colegas, esas
caladas a escondidas de un cigarrillo compartido, aquella bicicleta, regalo de
reyes, que a los siete años, empezó a acompañarlo al colegio, la EGB…
Pantalones elásticos azules, camiseta negra de “Los Ramones”, el
instituto, su primer walkman reproduciendo una y otra vez su primer cassette…
Restos de recuerdos aferrados que si se lo proponía dejarían de aflorar,
estarían viendo la luz constantemente. “La mili”, las partidas de futbolín en la
peña, las colecciones de estampitas, sus primeros escarceos en el mundo
laboral…
Las imágenes se proyectaban sin orden cronológico, pero claras y
emocionantes, rodeadas de una nostalgia positiva que invitaba a no dejar de
soñar.
Decidió guardarlo todo en un rincón del desván de su memoria, de
manera que pudiera afrontar un presente, siempre ineludible y mejorable, con
mayor claridad.
Por supuesto que no olvidaría. La memoria no se puede dar por perdida,
nos recuerda qué somos y de dónde venimos, nos enseña a ser mejor persona
y a mirar a través de un prisma vital, dándonos la perspectiva correcta para
afrontar el día a día…

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