FABIANA ECHEVARRÍA

“Yo solo deseo pasar el resto de la noche a tu lado” dijo él. Ella no lograba vislumbrar por qué esa la frase en ese momento estaba algo desconcertada, de todos modos, se dejó caer a su lado sin poder dejar de sonreír, mucho menos de ver el océano en sus ojos, ese azul en el que solía perderse en lo que navegaba sin rumbo. Él la miraba y sus dedos se enredaban en sus cabellos. También sonreía como si habría tenido la fortuna de descubrir algo que el resto del mundo no, como si fuera un privilegiado que se le permitió contemplar lo que al resto de le prohibió. Ella se recostó sobre su pecho y los latidos del corazón musicalizaban la escena. Ella que tantas canciones había escuchado, había cantado; ahora sentía la emoción de lo inesperado, de lo peculiar… Se sentía cómplice y parte de una melodía única, también ella era privilegiada.  ¿A caso le pertenecía? ¿Era para ella? Prefirió no caer en la vulgaridad que envuelve la propiedad privada. La idea de “apropiación” de algo tan original y bello le causaba repulsa, quiso que esa melodía única e irrepetible sea de nadie y de todos a la vez. Quiso que sea… “música para mis oídos”

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