ALBERTO MORENO

La Estatua de la Libertad, majestuosa, como una Sofia Loren, o la Anita Ekberg de Fellíni, con la cabeza cubierta  de un ramillete de rayos o espadas espartanas, miraba al marinero.

Este, aferrado al timon con brazos tatuados, musculosos, con el torso al descubierto, guiaba el barco, por la bahía del Hudson, buscando un amarre en el puerto.

La chica verdi-rana, sintió un vahído, su corazón de piedra centenaria, comenzó a latir.

Sus labios se desperezaron, una fina saliva comenzó a humedecerlos

¡Le parece a Ulises!, consiguió articular.

Rectifico, ¡Es el Coloso de Rodas!

Miro el pedestal de piedra donde sus pies la sostenían en su estoica postura y añadio: ¡Aquí hay sitio para el!

No dijo mas, el marinero torció su rostro, miro a la estatua unos segundos, y mascullo: ¡Que desperdicio, de piedra!, ¡Ya podría ser de carne!,

Continuo su maniobra de amarre.

En el puerto, en una mesita  minúscula, el farero y el práctico disputaban una partida de dados, era la pequeña emoción del dia. Sentados en silletas de lona, seguían su batalla.

El cubilete, repartia la suerte a favor del farero.

Cinco parejas de seises seguidas, arruino la partida.

Se levantaron. Cada uno emprendió  el camino a su oficina.

El practico, mascuyando improperios, miro la maniobra del barco y le parecio  adecuada.

Continuo su camino.

El farero, miro a la estatua y creyó que algo había cambiado.

¡Se mueve, como si fuera de carne y hueso!.

¡Estoy perdiendo vista, tendré que ir al oculista!

Las gaviotas, intuyeron el sortilegio.

En vuelos rasantes, pero pausados, se mantuvieron expectantes en la bahía.

La mano de la estatua ya no portaba la antorcha.

Liberada, hacía señas al marinero.

-No estoy ebrio, será la travesía, dijo el hombre para si.

Le parecio incluso, oir una voz. ¡Marinero, marinero!, ¡Acérquese!

Al terminar el amarre, se aproximò  al pedestal.

Era como el canto de una sirena o una ninfa, sus oídos no estaban taponados con cera.

Al llegar a la columna, alzo la mirada, ¿Eres Pertenope?, pregunto como un sucedáneo de Homero

¡Hola marinero!  No soy Pertènope, ¿Me invitas a un paseo?.

¡Tengo los muslos entumecidos y el corazón me late!. ¿Me quieres resucitar?,  ¡Mi amor, espera que  bajo!

El marinero, alucinado, se estaba volviendo de piedra, no daba crédito a la escena.

La dama verdi rana, de tres zancadas puso pie en tierra.

¡Marinero, llévame a explorar emociones!.

Cogidos del brazo, remontaron la 155 Canal Street.

Ella se dejaba llevar.

Las gaviotas, en un tris tras  a punto estuvieron de seguirles.

Pero lo suyo era el mar y no la tierra.

Desistieron

¿Has venido a verme?.

El marinero, carraspeó, trago saliva, gano unos segundos y como un júpiter del olimpo contesto:

¡Princesa, mis velas y mis remos me han guiado impacientes!. ¡Al fin juntos!,

Era un seductor.

Libertad, se volvió y beso al marinero.

Fué un beso con sabor a algas, a vientos alisios y a salitre. El marinero le devolvió el beso con sabor a meridianos y a olas indómitas.

Los dos besos duraron, una eternidad, eso pensaron los dos.

¿Y ahora que hacemos?, se preguntaron al unísono.

No supieron contestar. Continuaron cogidos del brazo por la 155 Canal Street en dirección al China Town.

Alli, tomarían un refresco.

Las Torres Gemelas, al verlos pasar se estremecieron sin barruntar su devenir.

¿Cómo te llamas?, preguntó Libertad. ¡No me digas nada!, te llamare  Espartaco, mi libertador!, añadió ella.

El sortilegio, nadie lo percibía a su paso.

Riadas de gente ajena, hacia destinos rutinarios, atestaban las aceras

Ellos avanzaban.

Libertad recuperaba aspecto de chica neoyorquina,

¡Siempre de pie, tengo las caderas molidas y las axilas me escuecen con el salitre!

Espartaco bajo su mano del brazo de la mujer y lo poso en su talle. Ella se sintió aliviada.

Poco a poco se acercaban al Chinatown,  el olor de los panecillos de cerdo y los guisos de fideos cortados a mano inundaban  el aire

Divisaron el Columbus Park. ¿Quieres practicar tai chi y desentumeces las piernas?, pregunto el marinero.

¡Prefiero seguir caminando y encontrar un restaurante con encanto, mi estomago manda señales!, contesto ella.

¡Deberiamos también encontrar un hotelito!, dijo el marinero.

¡Prefiero el camarote de tu barco!, contesto Libertad.

Los escasos tres cuartos de hora que llevaban juntos, parecía una pequeña eternidad, sus tonos de voz y sus comentarios eran de viejos conocidos.

La complicidad era total.

La terracita del Lu Jing Wuan, les atrajo. Se sentaron, Un ensanchamiento de la acera acogía cinco mesitas coquetas, lucían  preciosos jarrones con un ramillete de amapolas rojas. Eran reales.

La camarera trajo la carta, Libertad pidió un refresco, Espartaco, una jarra de cerveza.

Decidieron pedir al azar y compartir.

Acertaron, en realidad tenían verdadero apetito, estaban hambrientos.

¿Eres de carne o de piedra?, pregunto el hombre con sorna.

¡Mitad y mitad!, contesto ella con la misma guasa. ¡Luego lo comprobaras!, añadió con una sonrisa.

¡Todas las noches sueño imposibles!, añadió.

¡Te llevare en mi barco por los mares del sur!, te bañaras entre corales y algas!

¡No se nadar!, contesto ella.

La conversación comenzó a fluir con tintes surrealistas.

La camarera trajo la comida, comenzaron a compartirla. ¿Te gusta? Pregunto él.

¡Que placer, habia olvidado comer!, ¿Cuándo nos vamos a los mares del sur?

¡Hoy, mañana, ya!, ¡Somos dueños de nuestro destino!

Al terminar, el marinero, pago la cuenta, se levantaron y el paseo continuo por las entrañas del China Town.

Cogidos de la mano, como dos colegiales, se detenían en los escaparates. Ella le pidió un helado de vainilla. Espartaco esperaba que le pidiera todas las olas del mar, como la canción de Sabina.

“La tarde colgada a un hombro, dando una larga torera”, también Federico habia acudido a la cita, por los vericuetos de Chinatown, les conducia al desenlace de su aventura.

¿Quieres ir a un concierto de Soul Blues?,  pregunto el.

¡Si!, contesto ella. Exploraron la zona y con la ayuda de un grupo de peatones, cambiaron la ruta.

La tarde de Manhattan, a esas horas,  eclosionaba de gentes ávidas de “happenings” y de aventura. Nadie percibía que el único milagro, transitaba junto a ellos.

¡Quiero que me lleves a tus mares del sur y me contagies tus locuras!.

Libertad volvió a besar al marinero, fue un beso lascivo, demorado.

Continuaron andando, para ella, andar era un placer ignoto, sus pies, milagrosamente, enhebraban los pasos de forma armoniosa, acompasada.

El, parecía llevar en sus bolsillos, el timon y las velas de su barco.

Manhattan, se presto  a ser el escenario,

¡No quiero volver mas al pedestal!, dijo Libertad en un arrebato. ¡Llevame contigo!, añadió.

La tarde transcurría envuelta en el sortilegio, asistieron al concierto, a la salida se dirigieron al camarote del barco.

Las gaviotas estaban dormidas.

¡No recuerdo haber hecho el amor nuca!, dijo Libertad.

Estaban desnudos, el marinero habia encendido una tenue lamparilla, el preámbulo fue un beso de deseo que no terminaba.

El sortilegio en su apogeo, habia convocado a Bethoven, ciento veinte instrumentos estallaban, la orquesta invisible, fue llenando de acordes el camarote.

¡Mi amor!, como me gusta, abrazame mas, quiero fundirme contigo!. Libertad estaba descubriendo un placer desconocido para ella. Su condición de piedra hierática, por los siglos de los siglos, se habia hecho añicos,

El marinero, comenzó a gemir, como un remero cartaginés,  luchando en el epicentro de un tornado.

No sabia si quería sobrevivir o perecer. Le daba igual .

El camarote se mecia, a merced de unas olas imaginarias.

¿Has disfrutado?.

No supieron quien habia hecho la pregunta.  Un liviano sueño les translado a la via láctea.

¿Qué haremos mañana?.

Tampoco se supo quien preguntó.

Se quedaron dormidos, Libertad abrazaba al marinero con el brazo que habia sostenido la antorcha y que habia alumbrado el camino de los sueños despiertos de los visitantes de Nueva York.

El nuevo dia estaba ya presente, habia amanecido.

Habian decidido marcharse juntos, pero antes, Libertad quería recoger en su pedastal una pertenencia,

No dijo que.

Emprendieron el corto recorrido en el barco, el marinero lo fijo con el ancla junto al promontorio.

Libertad, en dos zancadas, se encaramo al pedestal.

El sortilegio, como una bomba de relojería, agotaba sus últimos segundos.

Libertad, recogio su pertenencia, se irguió para despedirse, extendió su brazo, pero el segundero habia agotado el tiempo.

La chica verdirana, súbito, se quedo de nuevo petrificada, su fugaz condición humana habia desaparecido.

Sus labios ya no estaban humedecidos.

No pudo ni decir adiós al marinero.

El farero y el practico, a pie, por el muelle iban a renaudar su partida de dados.

El farero miro a la estatua, volvió a verla como siempre. ¡Que vaina de gafas, parece que vuelvo a ver como siempre!.

El marinero habia levado el ancla y comenzo la maniobra de salida.

¡Bien, buena maniobra, dijo el practico!

Las gaviotas habían desaparecido.

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