TANATOS12

Capítulo 39

“Estamos en la barra de la derecha”. No indicaba el barrio, ni el nombre del pub, o sea, que era inminente. Y, cuanto más inminente lo veía, más me excitaba y más me dolía.

María habló entonces, y obviamente no fue para proponer marcharnos, como yo había pensado que haría hacía un rato, sino para decirme que casi tenía ganas de ir al baño otra vez, y se reía diciendo que no entendía como yo iba tan poco al aseo. Aquel era un tema que no era nuevo, una coña que era nuestra y antigua, que me hacía sentirla más mía, más nosotros y hacia que me doliera más la entrega que estaba a punto de producirse.

Porque sí, era una entrega, otra más, que hacía yo, por aquella locura de juego, que no era un juego ya, y que incluso trascendía lo que podría ser una forma de vida hasta llegar a poder considerarlo incluso como una forma de ser.

Aquella frase, de golpe, nos permitía enganchar banalidades, una con otra, y yo deduje que aquel hablar por hablar no era sino un síntoma inequívoco de que no era que estuviéramos nerviosos, era que casi nos temblaba el cuerpo. Ella iba a follar. Por fin. No sabía cómo Álvaro se había deshecho de Sofía, pero tampoco importaba demasiado. María iba a follar por tercera vez en cinco años. Sus nervios estaban justificados.

Y los míos eran indiscutiblemente turbios, pues no solo me alteraban por el hecho en sí, sino por si tendría la oportunidad de participar, de mirar… Pero me daba la sensación de que el pacto consistía en una entrega sin participación alguna por mi parte. Y me preguntaba si sería admisible mi enfado o mi veto a que aquello se produjera, pero sabía que no. Que yo, a aquellas alturas, después de haber empujado a María a todo, después de haber conspirado durante meses con Edu, después de haber contactado hasta con Víctor, no podía, ni por mí ni por ella, oponerme a algo que ella merecía y, por qué no decirlo, algo que ella después seguramente me confesaría y que me mataría de morbo escuchar.

La vi más deseable, más sexual, más sugerente, con las piernas desnudas y la camisa remangada. Pensaba que ojalá un botón más para ver ya el encaje de su caro sujetador, pues verlo transparentándose me sabía a poco…

No podía dejar de pensar en el polvazo, o los polvazos que le echaría Álvaro aquella noche. Yo los había visto juntos… le había visto follándola… le había visto hasta meterle la mitad de la polla en el culo… Sin duda el plan de aquel cabrón era rematar su obra. Romperle el culo sí, definitivamente… Más follarla por el coño horas y horas… como ya había hecho cinco semanas atrás… Y lo que me mataba y me daba morbo a la vez era que María quisiera, reconociera, querer repetir aquello. Le estaba diciendo tácitamente que lo recibido en su coño le había gustado, por lo que quería repetir, y que lo recibido en su culo había que finalizarlo, había que zanjarlo de verdad…

Miraba a María. Allí. Esperando. Tan femenina. Tan delicada. E inmediatamente después se me cruzaban imágenes de Álvaro… con ella… montándola… penetrándola… entrando en aquel frágil cuerpo… y podía sentir mi calzoncillo humedecerse…

Cada canción que empezaba y acababa era un “tic-tac” insoportable… que me asfixiaba, que nos asfixiaba… mientras seguíamos con nuestras extrañas conversaciones de ascensor… para intentar pensar en otra cosa.

Hasta que, no sé muy cómo, acabamos hablando del chico de la camisa verde a rayas, y me dio la sensación de que había sido efectivamente un farol, pues ella no me recriminaba mi cobardía y hablaba de él con distancia, como si nunca hubiera sido un candidato real.

Reconocía que le había parecido guapo, y ante mi pregunta de si más guapo que Roberto me decía que no, que mucho más guapo el de camisa azul. Y, puestos a sincerarnos, y quizás liberados porque se despejaba la incógnita de que María sí follaría aquella noche, le pregunté si había sentido por Roberto un deseo como para acostarse con él.

Antes de responder, su móvil se iluminó y yo ya temí que Álvaro estuviera incluso dentro del pub.

Pero, mirando yo su teléfono patas arriba por estar frente a ella, pude ver no sin dificultad su pantalla, y no me parecía que en el cabecero del chat pusiera “Álvaro” ni aquel “Álvaro cumple de prima” como lo había guardado. Era algo más corto, empezaba por una palabra más corta. Efectivamente, pude mirar mejor y sin duda aquella palabra corta era “Edu”.

No entendía, ya a aquellas alturas, por qué se seguía escribiendo con él, y, aprovechando ese oasis de buena sintonía entre tanta tensión, le pedí echar una fugaz mirada a ese chat. Esperaba reticencia, pero me dio el teléfono en seguida, como queriendo decirme no solo que no había nada que ocultar, sino que todo lo allí escrito, desde siempre, estaba tácita o expresamente consentido por los dos.

María acababa su copa eterna y, encontrando un hueco en la barra a nuestro lado, se pedía un botellín de agua mientras me dejaba a solas con su teléfono, y yo intentaba entender y ubicarme dentro de aquella conversación que no contenía párrafos largos, al menos no recientemente.

Como por un acto reflejo, cuando vi mi nombre escrito me detuve. Y, nerviosísimo, leí a partir de ahí. Era Edu quién me mencionaba:

—No marees a Pablo. Si ya te lo he elegido yo.

Miré hacia la entrada. Busqué caras. Busqué a Álvaro. Como si su aparición supusiera dejar de leer aquello. Pero a la vez dándome cuenta de que aquella frase podría suponer que no era Álvaro el que fuera a aparecer.

Miré hacia la barra y María pedía la botella agua y yo veía su espalda, su camisa blanca, la parte trasera de su sujetador transparentándose con tremendo erotismo y sutileza… sus piernas denudas… Desvié la mirada de nuevo hacia el teléfono, y estaba tentado de cambiar de chat para buscar lo hablado con Álvaro, pero seguí leyendo su conversación con Edu:

—Olvídalo. Me ha escrito, por cierto. Solo me faltaba —le había respondido María.

—Está emocionado, no me extraña… bueno… ya sabes que le he dicho donde estáis y qué movida os traéis y ya verás tú lo que haces.

—Es que estás de puta coña. Te lo digo en serio. Y no sé si creerme que no se lo has dicho a nadie más.

—Ya te he dicho que no se lo he dicho a nadie más. No sé ya cómo quieres que te lo diga —decía Edu.

Casi se me cae el teléfono de las manos. No sabía… No entendía…

María se acercó y me cogió el móvil, sin resistencia, debido a mi atolondramiento, y sin preguntarme si había escrito alguien, y sin revisar los chats, como si todo lo que tuviera que escribirse allí se hubiera escrito ya.

—¿Pero, quién? —repetía mi cabeza.

Se lo iba a preguntar, pero no era capaz. Estaba tan bloqueado que apenas balbuceaba.

Pasó como medio minuto hasta que pude decirle algo a María:

—¿Quién te ha escrito?

—¿Qué? —preguntó, en mi oído. Parecía que el volumen de la música estaba cada vez más alto.

—Es que… digo… ¿Qué es eso que dice Edu de la movida que nos traemos?

—Pues tú qué crees —respondió solvente.

—No, quiero decir, ¿a quién se lo dijo? No entiendo nada.

—No hay nada que entender —respondió y vi entonces aparecer a alguien, a nuestro lado, que me resultaba conocido.

Ese alguien saludaba a María, que, tensa, le respondía con dos castos besos, en un saludo formalísimo.

Yo le miré, con el pelo rapado, con gestos agresivos, algo achaparrado, pero musculado, con una camisa un poco pasada de moda, roja apagada o casi granate, con un gran símbolo de la marca en el pecho, un poco, o bastante hortera.

Me ofrecía la mano en gesto serio. Muy serio. Cambiando el semblante completamente al pasar de saludar a María a saludarme a mí.

Le di la mano y la apretó con fuerza. Y le miré a los ojos, ojos que en seguida se apartaron de mí y buscaron a María, como si conmigo no hubiera mucho que tratar.

Y un rayo me fulminó. Su cara. Su cuerpo. Volé a la boda del pasado octubre, a la mesa, a la cena que habíamos compartido con él y con aquella esposa suya gordita de la que no recordaba su nombre.

Era él. Era Marcos. Aquel que le miraba las tetas a María sin parar. Aquel que había bailado con ella una vez yo le había sugerido que le calentara.

Allí estaba. Ofrecido. Disponible. Conocedor de todo gracias a Edu. Elegido por Edu. Yo ya no elegía nada.

Allí estaba. Disimulando la mirada sucia lo que podía. Hablando con una María distante, que yo no me podía creer que pudiera acceder a aquello. Que pudiera querer… que pudiera querer follar con él, por mucho que Edu lo hubiera elegido para ella.

Y entendí entonces aquello que le había dicho Edu cuando habían comido juntos, aquello de “tengo mucho interés en que vayas a Madrid”.

Edu sabía desde hacía horas cual era, sino el caballo ganador, al menos sí quién era la propuesta principal.

Marcos, que debido a los tacones de María, era más bajo que ella, le proponía tomar una copa en la barra. Él seguía disimulando que la devoraba con la mirada.

A los pocos segundos ella accedía, caminando María delante de él, los escasos pasos necesarios para alcanzar la barra.

Ni ella ni él me miraron.

 

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