LOLA BARNON

Te quiero mucho, Luis.

Aquellos ojos, entre pardos y verdes me miraban con pena en su brillo.

—No puedo creerte… Isabel, me gustaría, pero no puedo —susurré negando con la cabeza.

—Sabes… —me decía apoyando su frente en la mía, mientras continuaba con ese tono bajo y casi susurrante—, me he dado cuenta de que soy muy estúpida y una hija de puta contigo. Idealicé un absurdo… Que en el fondo lo que sentí cuando decidí… aquello, fue miedo. Un miedo atroz. Miedo a verme vieja, a perder una juventud que se me escapa, a no poder vivir lo que de joven me prometí. A que una enfermedad como la de mi hermano me deje sin disfrutar de la vida. Miedo a que ya no te atraiga, a que la vida se convierta en una continua repetición de cosas diarias y aburridas. Miedo a que eso nos separara, a que solamente nos quedaran nuestros hijos y que no fuéramos capaces de continuar viviendo de otra forma distinta a la de padres responsables, sin otro horizonte que ver crecer a nuestros hijos y dejar pasar el tiempo. Miedo a que las arrugas, michelines, flacideces… —sonrió triste mirando al techo—, me hagan sentirme un trasto viejo. Miedo a dejar pasar momentos de la vida que son interesantes, atractivos, deseables. Miedo a que cuando nuestros hijos crecieran nos mirásemos como dos extraños. Miedo a que tú un día te aburrieras de mí, de mi aspecto, miedo por mi falta de motivación, de mi aburrimiento, de no sentir ese pellizco de pasión cuando me visto para ir juntos a cenar… Miedo a perder la capacidad de emocionarme contigo, miedo a pensar que a ti y a mí nos quedaba ya muy poco por recorrer, que solo permanecía el cariño y la amistad. Miedo, porque no os hubiese cambiado por nada del mundo ni a ti ni a los niños, pero a la vez, sentía envidia de las que se han divorciado o siguen solteras y no responden ante nadie. Miedo a que tú ya no intentes seducirme, miedo a que te aburrieras de mí, de mi aspecto, de mis conversaciones, a que ya no nos excitáramos como antes… Miedo, Luis. Mucho miedo. Y no me estoy justificando —añadió—. No, no tengo excusa. Ninguna. Lo que hice, no tiene perdón. Jamás lo tendrá y por mucho tiempo que pase, estará ahí, acusándome con toda la razón. Porque debería haber hablado contigo de todo esto mucho antes. Haber tenido la valentía y no la pereza o el hastío, y decirte que te necesitaba más que nunca. Que no puedo vivir sin ti, pero que demandaba rejuvenecer contigo.

—Isabel… —fui a decir, pero ella continuaba, en ese tono monocorde, dejando fluir sentimientos y necesidades.

—…Y me he dado cuenta de lo que te necesito a raíz de haberme comportado como una hija de puta y una imbécil. Sí, es cierto que necesitaba sentirme liberada, desatarme de todo lo que me rodeaba, vivir el sexo como un rescate … Pero entiendo que es injusto. Que no se pueden hacer las cosas así. Que no debía hacer daño a quien más quiero, que fui cruel, egoísta, injusta, malvada. Y lo que más me… jode —empezó a soltar unas lágrimas que recorrieron rápidas sus mejillas—, es que me haya tenido que dar cuenta de la forma más atroz y brutal. Y que gracias a esa bestialidad que me hicieron, he vuelto a sentirte cerca, a volver a quererte como siempre lo he hecho, pero con la intensidad de hace muchos años. Y sí, claro que te estoy agradecida. Pase lo que pase, nunca olvidaré que te quedaste conmigo en estos momentos tan terribles. Que me ayudaste, que has hecho que pueda volver a mirarte a los ojos. Que me levante y desee que me des un beso que no merezco y que siento que te pierdo y que yo me moriré si un día te vas… —El llanto empezó a brotar ya sin freno, a la vez que el tono se fue debilitando en la última frase, hasta quedar en un leve susurro apenado.

Dejó caer su cabeza sobre mi hombro, abatida, sin fuerzas. La abracé y sentí sus hipidos trémulos, agitados. Un lloro desgarrado, culpable. De expiación convulsa.

—No sabes cómo me arrepiento. Cómo me llamo gilipollas todas las mañanas cuando me levanto. Y cada minuto que pasa, me digo que no te merezco, que deberías irte y dejarme… Que no es justo siquiera hablarte —se detuvo y miró al techo unos instantes—. Te quiero… te lo juro por nuestros hijos. —Se incorporó, respiró para recuperar algo la serenidad y se enjugó las lágrimas. Dejó la mirada perdida otra vez en lo alto, y pasados unos segundos en los que ambos estuvimos callados, sin saber qué más podíamos decir, me miró, todavía con los ojos encharcados y rojos de llorar—. Déjame besarte, por favor… —me pidió en un susurro.

No dije nada y ella acercó su boca a la mía. Me dejé hacer y nuestros labios se juntaron en un beso que me supo a la sal de las lágrimas. A la culpabilidad admitida y al deseo de recomponer lo nuestro. No nos dijimos nada y ella se apretó contra mí, suspirando. Me besó con ternura otra vez, y entendí que con verdadero sentimiento. Luego recostó otra vez su cabeza en mi hombro.

Supe que había soltado todo. Un lastre denso y agolpado había salido de ella. Se hizo un silencio tranquilo entre nosotros. Solo respirábamos. Percibí una especie de relajamiento, de necesidad cumplida. Su corazón latía deprisa y un pequeño temblor la recorría sus hombros.

Se incorporó y dejó su cara a escasos centímetros de la mía. Sus ojos fijos en mis pupilas. Enrojecidos, suplicantes, brillantes.

—Vamos a la cama, cielo. A follar o a dormir o a ver la televisión. Pero ven conmigo, por favor —me pidió a media voz—. Olvídate de todo. Aunque solo sea por esta noche.

—Isabel… —me detuve con algo de temblor en las palabras—… Estoy muy jodido. Me has… me mataste —Volvieron a escapárseme un par de lágrimas

—Lo sé. —Ella también se enjugó otra—. Y me enerva verte así por mi culpa. Saber que muy posiblemente, ya no pueda hacer nada por recuperarte… Quiero compensarte, pero no sé cómo. Sigo con miedo a que me rechaces una y otra vez… y sé que lo merezco, pero… —respiró y volvió a mirarme fijamente— me muero porque me abraces, por sentirte cerca … No llores, amor, por favor. Te quiero mucho, cielo —volvió a repetirme—. Créeme, te lo suplico.

Entonces, se levantó, y extendió su mano hacia mí invitándome a subir a la habitación.

—Ven, mi vida… Duerme conmigo hoy.

Sentía rechazo, ofuscación y, a la vez, por tonto y absurdo que pareciera, una necesidad de amar a mi mujer. Recordé a Isa y a Pedrito. Y también imágenes de nosotros dos cuando éramos jóvenes y nos deseábamos a cada momento… Me levanté y cogí su mano. Ella sonrió con amplitud, como una niña a la que dan una sorpresa y volvió a abrazarme con una fuerza que sentí, por extraño que pareciera, de verdadero cariño y pura necesidad.

Aquella noche no hicimos el amor ni follamos. Yo me quedé en un silencio absorto, rumiando mis miedos, mis dudas, mis temores, mis pensamientos y ella abrazada a mí, descansando su cabeza en mi pecho, mientras veíamos una película de la que no fui capaz de recordar ni el título.

Isabel

Aquella noche de Marbella fue mágica. No sé qué hizo que pudiera hablar con él y transmitirle mis dudas, mis temores, mis sentimientos. Lo había intentado en dos o tres ocasiones, cuando le veía más receptivo, pero hasta esa noche después de cenar, no lo había logrado. No sé qué pasó para que fuera ese día y no otro. Yo empezaba a ver que iba a ser imposible. Todos los días, absolutamente todos, hacía algo para hacerle llegar mi total arrepentimiento, mi cambio, mi deseo de volver a ser felices, mis ganas de amarlo… Pero uno y otro día, a pesar de su amabilidad, de su a veces cercanía y atención, me frustraba con la imposibilidad de acercarme de verdad a él. Me avergonzaba mirarlo a los ojos porque era consciente del daño tan tremendo, tan profundo y cruel que le había provocado. Había sido una verdadera y gran hija de puta, como le había dicho.

Miedo. Recuerdo esa palabra. Cómo brotaba desde lo más profundo de mis interior, y miedo a que él no me entendiera. Miedo a no poder ser de nuevo un matrimonio. Miedo a que él, a pesar de creerme o de entenderme, siguiera el curso normal de las cosas y me abandonara. Miedo a que yo misma, a pesar de hacérselo entender, no pudiera dar el paso a la intimidad con Luis. Si el sexo es una droga, el miedo es tan poderoso, o más. En el fondo, lo que subyacía en todo aquello, era un pavoroso temor a mí misma. A mi pasado y a mi futuro. Acompañada o en solitario. Miedo…

Cuando al final ese día, conjurándose los astros y todos los santos del cielo a mi favor, terminamos abrazados viendo una película estrenada años atrás, sin demasiado argumento, ni gracia, ni interés, vislumbré una verdadera posibilidad.

Recuerdo sentir su corazón en el pecho. Bum, bum, bum… Primero alocado, casi arrítmico, luego más pausado y contundente. Lo abracé como lo haría una niña pequeña a un padre buscando refugio. Lo encontré en ese sonido, en esa cadencia de sus latidos. Bum, bum, bum…

Me dormí y ese día soñé con él. Con nosotros. Con besos y risas, con caricias eternas y miradas cómplices. Soñé como si los últimos meses no hubieran pasado y cuando por la mañana me desperté, me asusté al no verlo a mi lado.

Iba a la playa todas las mañanas a pasear y temí que, en sus reflexiones, tranquilas y sosegadas, hubiera decidido por fin, dejarme. Bum, bum, bum… ahora era mi corazón. Nervioso, intenso e intranquilo.

Cuando entró por la puerta de la casa me abracé a él sin decirle nada. Estaba agitada, nerviosa, atemorizada… Y cuando unos segundos después, él me acarició la espalda, respondiendo a mi abrazo, los latidos de mi corazón se alegraron.

Bum, bum, bum…

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