ISA HDEZ

Esperaba con ansia cada tarde el sonido de su voz. Carla sabía que Alejandro no le fallaba y eso le daba calma, sosiego y seguridad. Le ayudaba a seguir en la lucha diaria de ese trabajo que la absorbía tanto y que a veces no la dejaba parar ni un instante para hablar con él con tranquilidad, pero el mero hecho de oír su voz ya era suficiente para aumentar su energía vital. Él entendía la absorción de Carla en su mundo laboral, y respetaba el más mínimo atisbo que ella arguyera para cortar la llamada, no lo cuestionaba ni preguntaba, no necesitaba explicaciones; era respeto absoluto ante el “hasta después” que siempre le decía ella cuando se veía en la obligación de decir adiós. Pero para Carla, aunque solo fuera un “hola y adiós” ya merecía la pena, y se sentía afortunada por ello. Sabía que Alejandro la adoraba y que no se olvidaba ni una tarde de oírle la voz por el teléfono que siempre llevaba sin volumen en el bolsillo del uniforme. La vibración que sentía a la hora determinada la erizaba, y, buscaba la forma de apartarse a una zona vacía y semioscura donde nadie pudiera observar los rictus de su cara, ni la expresividad de sus ojos vidriosos, ni las palpitaciones de su pecho. Nadie la echaba en falta porque era cauta y no tardaba más de dos o tres minutos en regresar, y no infundía sospecha alguna, o eso creía ella. Una tarde sus compañeras la notaron más triste que de costumbre, y murmuraron entre ellas que Carla estaba así porque ya iban días que no se ausentaba como hacía cada tarde. El teléfono había dejado de vibrar. ©

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