TANATOS12

Capítulo 38

Pasmado. Atacado. La miraba para que su gesto me revelase si me lo decía en serio o si solo estaba jugando conmigo. Su semblante sobrio e impertérrito no me ayudaba lo más mínimo. Bebía de su copa y ojeaba su teléfono móvil, como si tuviera todo el tiempo del mundo, indicándome que era mi turno.

Miré al chico, el cual al estar de medio lado no podía ver bien su cara. La miré de nuevo a ella que seguía en idéntica pose y actitud. Y yo seguía sin acabármelo de creer. No le pegaba nada aquella propuesta tan directa, pues aun pudiendo sentir deseo, lo impropio era reconocerlo así. Con un desconocido, además.

Pero por otro lado entendía que su situación era límite, no se podía engañar más. Los dos sabíamos que en los últimos cinco años… lo que era follar, lo que era follar realmente solo lo había hecho dos veces. Dos veces en cinco años. La pregunta estaba sobre la mesa: ¿Hasta dónde podría aguantar ella ya más? Entre su orgasmo inacabado y dilatado, sus mensajes con Edu… Roberto follándose seguramente a la chica de los pantalones de cuero… las llamadas de Álvaro… Empezaba a pensar que si realmente hablaba en serio no estaría mostrando deseo sino mera humanidad… Simple necesidad física.

Otra vez miré al chico, custodiado por dos amigos, los cuales me daba la sensación de que tenían a María tan controlada como ella al de verde, pues la miraban de reojo de vez en cuando. Y miré a María otra vez y pensé que ella no podría ya, de ninguna manera, volver sin más a nuestro hotel… a disfrazarme de Edu… a ponerme aquel arnés y a fingir insanamente… Me parecía hasta humillante para ella introducirse una vez más aquella enorme polla de goma atada a mí.

Metió su teléfono en su bolso y me pidió que se lo sujetase. Comenzó entonces a quitarse la americana larga y me la dio, pidiéndome de vuelta su bolso. Se remangaba la camisa blanca con parsimonia, con una parsimonia que me atacaba por no atreverme a hablar con el chico a la vez que me atacaba con su exasperante sensualidad. Se gustaba. Sin duda se gustaba arremangándose y colocándose aquella prenda que caía impecable por su torso, creando una luminosidad mayor allí donde se encontraba. Ella, así, sin enseñar nada de escote, sin marcar casi curvas proyectaba un erotismo mucho mayor que el de cualquier chiquilla de aquel local.

Aquel movimiento, aquel gustarse… No sabía si era dedicado a sí misma o al chico en cuestión. Se recogió un poco la melena hacia arriba, de nuevo como si sintiera especial calor en la nuca… y me miró… Me clavó los ojos como en un gesto forzado que yo no sabía si expresaba deseo o mero calor, pero seguro agobio… ¿Por la gente? ¿O por su propio cuerpo? Su mirada encendida, brillante por el alcohol, sus piernas largas… sus tetas marcando la camisa que tapaba sus shorts de nuevo pareciendo que solo llevaba la camisa y nada más… Me daba un morbo tremendo y comencé a visionar de verdad que yo hablaba con el de verde, que se la ofrecía, que se la entregaba.

Bebió de su copa y pude ver más claramente sujetador transparentándose, a contraluz, con aquel color azul grisáceo… haciendo lo posible por contener aquellos pechos turgentes… que le exigían de forma especial a la prenda al no tener este sujetador tiras que pudieran cooperar.

—¿Qué? ¿No te atreves? —preguntó— Me voy al aseo un momento.

Me dejaba como guardián de su americana y se daba la vuelta. Yo le iba a decir que si se iba no le podría decir al chico qué mujer era la ofrecida, pero en seguida pensé que nadie en veinte metros cuadrados no se habría dado cuenta de la presencia de aquella elegante mujer fatal de camisa de seda blanca.

Enfilaba un camino que la llevaría a los servicios, pero antes tendría que cruzar el territorio del de verde y de sus dos amigos. Ellos agradecieron su invasión, pero no comentaron nada, sino que guardaron para sí sus sentimientos, sus deseos… y sus ganas… que sin duda les despertaba.

María no hizo nada por llamar su atención, ni siquiera pasó por el medio sino por un disimulado flanco, pero era imposible no ver aquella mancha brillante y blanca que levitaba por aquel pub.

El cuchicheo vino después. Aquel murmullo que me mataba del morbo. Y miré al de verde y pensé que no se podría ni imaginar la suerte que podría estar a punto de tener, solo era necesario que yo le echase lo que tenía que echarle y que María hablase realmente en serio.

Veía a María intentar abrirse paso hasta que llegó a un grupo que no podía ni cruzar ni bordear, por lo que, desesperada, tuvo que esperar y se giró un poco, y su mirada no fue hacia mí, sino hacia el chico de verde que no dejaba de seguirla con los ojos. Y pude notar como sus miradas se cruzaban. Sin decirse nada. Tres, cuatro segundos, eternos, que me tensaban hasta sentir mi sangre bombear por todo mi cuerpo. Se aguantaban la mirada, como reconociéndose, como si entre guapos se entendieran.

Aquel cruce de miradas me hizo pensar que María realmente hablaba en serio y yo bebía de mi copa en tragos aleatorios y casi involuntarios mientras me decía a mí mismo que necesitaba una frase, una frase para empezar, para sacarlo de sus amigos y explicarle aquella locura.

Era cierto que ya lo había hecho con Edu casi un año atrás pero no era lo mismo decirle a un compañero de trabajo “le gustas a María, tenemos que hablar”, que decirle a aquel chico “¿Sabes la de camisa blanca que estaba conmigo? Pues es mi prometida, pero queremos que… te la folles… Ven a nuestro hotel esta noche, tú te la follas y yo os miro”.

Justo después de dar un trago pude sentir la mirada del de verde sobre mí, como si fuera un sexto sentido y, efectivamente, me estaba mirando. Mi mirada aguantó un par de segundos hasta que la desvié, sintiendo una presión agobiante. Sin duda el chico, bastante moreno, de cara afilada, era muy agraciado, pero lo asfixiante no era eso, sino el hecho de que me había mirado tras cruzar su mirada con María, casi como si pudiera saber algo que era imposible de saber.

“¿Te puedo decir algo un momento?” sería mi frase inicial, y tras, eso, le preguntaría por la mujer de la camisa blanca, él me diría que sabía a quién me refería… y después… Después no sabía qué decirle.

Miraba a sus amigos en actitud de cacería absoluta, mientras él se cuidaba más de no dar esa imagen, como si estuviera a otro nivel. Yo me pedía un chupito de valentía que me tomaba de un trago entretanto decidía ir sin más, con mis dos primeras frases…

Cuando vi a María acercarse, de nuevo aquella luz lisa y blanca adornada por una melena densa, navegando entre corrillos, borrachos y miradas sucias. Bordeando al de verde y a sus amigos sin darles nada más que su mirada esquiva y su espalda, que transparentaba sutilmente y si te querías fijar, la parte trasera del sujetador.

María llegaba a mí y no me decía nada, dando por hecha y sentada mi cobardía. Mientras yo alzaba la mirada y veía al chico de camisa rayas agacharse un poco pues una chica le hablaba. Él no se había movido de su sitio, por lo que deducía que el atacado era él. De su lenguaje gestual no se desprendía trato alguno. A mi pusilanimidad se unía entonces otro elemento contra el que luchar, una morena delgadita, en algo que parecía ser una falda vaquera y una camisa amarilla bastante grande, como de chico, en un atuendo muy informal, pero que le daba cierto flow; no parecía ropa de salir, parecía como si viniera directamente de un terraceo que se le había complicado.

Mi novia volvía a su teléfono, alternándolo con una especie de trance que yo podía suponer su significado, pero no conocer a ciencia cierta, y yo intentaba adivinar si aquella chica sería rival: la catalogué como normalita, con su gracia, pero con una nariz prominente que la hacía descender peldaños en términos de belleza pura.

Quizás me quiso dar más tiempo, o una última oportunidad. O quizás solo quería que hablase con el chico para mandarme a la mierda y dejarme en ridículo… Pero el caso es que se hizo con su americana y me dijo que se la llevaba al ropero. Y otra vez las miradas de los amigos, pero esta vez el de verde, el objetivo, no miró, pues se mantenía permanentemente con la cabeza baja para escuchar a la de amarillo.

Ahora sí. Tan pronto aquella chica chocase con la realidad de que aquel chico estaba llamado a cotas mayores, iría hacia él a decirle lo que ya muchos minutos atrás tendría que haberle dicho.

Me tuve que apartar de la barra porque se hizo demasiado preciada y, desesperado, no quitaba ojo de aquella insistente chica y del de rayas verdes, esperando turno con una resignación contenida, pues sabía que mi oferta sería mucho más interesante para él, pero sabiendo que aun así debería respetar el turno.

No me lo podía creer. Mi copa se acababa pero no así la persistencia de la chica que ya conseguía una conversación completamente privada. Ya no era una chica entrando en un grupo de chicos, sino dos amigos por un lado y una pareja por el otro. Mi angustia no hacía sino aumentar, sobre todo cuando empecé a plantearme que pudieran besarse en cualquier momento.

La cosa solo podía empeorar de una manera, y así sucedió, y es que esa manera era María apareciendo de nuevo y otra vez sin preguntarme si me había atrevido, pues era obvio que no. Yo casi ni osaba mirarla. Pensé en volver a preguntarle si de verdad lo decía en serio, como si esa fuera la excusa por la cual no había ido a hablar con el chico, pero no lo hice, pues sabía que aunque hubiera sido un farol ella lo jugaría hasta el final.

María me castigaba no solo con su silencio sino con su inexpresividad. Quise huir de ella y volver al de verde, para ver si aquello aún tendría solución, pero aquello pintaba cada vez peor. Llegué a plantearme proponerle a ella alguno de aquellos dos amigos del objetivo original, pero temí su respuesta y en esos temores estaba cuando se produjo el temor mayor: el chico de la camisa verde a rayas y la chica de la nariz destacable pegaban sus caras y tras varios besos en las mejillas respectivas, sin prisa, pues estaba ya todo hecho, sus labios se buscaron, primero en forma de varios picos, después se buscaron sus miradas; hubo una medio sonrisa de ella y después un beso con lengua que marcaba el fin absoluto de la propuesta real o engañosa de María.

No le dije nada, pero no tardó en enterarse, y no me dijo tampoco nada ella a mí. Lo peculiar fue que no se cortaba en mirarles, sin ser descarada pero sin evitarlo. Y, cierto o no, me daba la impresión de que alguna vez, tras besarse, el chico le echaba un ojo a María y ella aguantaba el envite, y yo no entendía qué podría significar aquello. Quizás aquel cruce de miradas encarnaba un  “otro día”, o quizás un “tenías que haber venido tú a mi” recíproco.

Álvaro, Roberto, este chico… tres balas malgastadas en la misma noche. Y yo miraba a María que seguía fingiendo que no pasaba nada, fingiendo que no era sexo en sí misma a punto de explotar. Pero yo me preguntaba cómo iba a aguantar aquello, con qué ganas, con qué integridad podría volver al hotel conmigo a ensartarse una goma inerte y tibia… Y más cuando simultáneamente Roberto estaría con la del pantalón de cuero… el de verde con la de camisa amarilla… Álvaro seguramente follando con Sofía… Edu con cualquiera que se encontrase y si no con Begoña… y hasta Víctor seguramente se follaba a gusto a aquella tal Sarah.

María, tensa, indisimulablemente acalorada, se dividía entre ojear su móvil o mirar los besos de aquella pareja. Y nada más, pues yo ya no existía. Y casi prefería eso, pues daba toda la sensación de que en el momento en el que me hablase, sería para decirme que quería marcharse al hotel.

Los que parecía que tenían prisa por marcharse era ellos, la pareja que, una vez se había dado el primer beso con lengua, no había pronunciado más palabra, dejando la conversación previa en un instrumento protocolario descarado. Y efectivamente, de la mano, se perdían en dirección a la puerta de salida, confirmando mis presagios de que aquellos dos follarían aquella misma noche.

Aquello ya no tenía ningún sentido. Hacía por lo menos diez o quince minutos que María y yo habíamos perdido, a menos que ella guardase en su móvil párrafos de Edu que la hicieran pensar que de aquella noche sacaba una victoria pírrica.

La miré, con su permanente móvil en la mano, si bien ella apenas tecleaba, casi solo leía y de vez en cuando. Cuando, en ese momento sí escribió ella, y yo, muy cerca, pude leer claramente algo que me chocó tremendamente, haciéndome pensar que pudiera quedar bastante más noche de la que podía suponer. En su pantalla, en un chat abierto, escrito por ella, apareció:

“Estamos en la barra de la derecha”.

Mi pecho se oprimió. Dudé en exigir inmediatamente explicación de aquello. De su contenido, de quién, de por qué, de para qué. Pero era terriblemente obvio que hablaba con Álvaro.

De golpe. Así. De la nada al todo.

Estaba hecho. Y yo sin saberlo. Sin olérmelo. Estaba hecho.

Sin más. Ya estaba. No había ya nada que hacer. Y yo, egoísta, no me decepcionaba porque María acabara follando, sino porque sabía que seguramente Álvaro no me permitiría estar presente.

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