ROSA LIÑARES

Me he mudado a esta urbanización huyendo del mundanal ruido de la ciudad. Ya bastante ruido tengo yo en mi cabeza.
Todavía no he deshecho las maletas ni he vaciado las cajas de la mudanza, pero ahora no me apetece hacerlo y prefiero salir a pasear por los alrededores. Ya tendré tiempo de colocar todo. No he traído gran cosa y la casa -un chalet adosado en una tranquila urbanización de las afueras- está completamente amueblada. Mis muebles quedaron en el viejo piso. Preferí que se los quedase ella. No quiero nada que me la recuerde. Quiero empezar de cero.
He tenido suerte; los dueños del chalet, además de tener dinero, tienen buen gusto (algo que no siempre va a la par). Simplemente le daré un toque personal en la decoración con alguno de mis objetos, pero me gusta todo lo que hay. Me gusta la distribución de las estancias y cómo están amuebladas. Sin excesos.
Me he puesto unas zapatillas de deporte y he salido a dar un paseo por la urbanización. Está todo muy tranquilo y apenas hay movimiento. Ni coches ni gente. ¿Será una urbanización fantasma? No. Simplemente es un lugar tranquilo. Justo lo que necesito ahora mismo.
Voy observando los chalets. Una hilera de adosados de ladrillo rojo, estilo inglés, con sus tejadillos sobre la puerta y su portalón de garaje a juego con el color de la puerta de entrada. Pequeños caminitos de piedra comunican la acera con el acceso a la vivienda y la mayoría tienen pequeños arbustos delante . Cada uno con su estilo, variados y diferentes, pero en realidad todos son similares y forman un conjunto bastante homogéneo. Imagino que en las navidades decorarán todos esos arbustos con luces de colores y esto parecerá una de esas películas americanas, pero no sé por qué pienso en ello ahora si estamos en pleno julio y hace un calor abrasador.
Al acabar esa hilera de adosados me encuentro con otra zona de la urbanización compuesta de varios pareados. La arquitectura cambia notoriamente y aunque los chalets son más grandes, no parecen tan acogedores. En realidad, me recuerdan a esas iglesias evangélicas de las películas de domingo. Con ventanales abovedados que aunque dejan pasar mucha luz al interior, apenas tienen hueco para abrirse. No me gustan. Y no me gustaría vivir ahí. Siento que me faltaría el aire.
Paseo sin rumbo por las calles desiertas de toda la urbanización y casi sin darme cuenta la tarde se ha diluido. El cielo comienza a oscurecerse, aunque la temperatura aún no ha bajado. Aquí hace un calor de mil demonios, y eso que hay mucha vegetación alrededor.
Al volver a mi nueva casa comienzo a ver a algunas personas. Coches que llegan cargados con bártulos de la playa y niños ruidosos. En todas las casas parecen habitar familias felices. En todas menos en la mía. Esta parece ser una “happy” urbanización. No sé si encajaré. Los niños me miran extrañados y los progenitores me saludan educadamente. Incluso tengo la sensación de que en algunos chalets me observan tras los visillos.
Al llegar a casa me doy una ducha y me siento a pensar qué voy a cenar, porque sigo sin ganas de hacer nada. Pienso en pedir una pizza, pero no tengo ni idea de si los repartidores llegarán sin problema a esta zona tan apartada. Mientras dudo, suena el timbre. Me sobresalta. ¿Quién puede ser? Si no le he dado a nadie mi nueva dirección.
Abro la puerta con cierto recelo y me encuentro a una mujer sonriente y bien vestida con lo que parece ser un molde de bizcocho sobre las manos, que estira para ofrecerme en cuanto abro la puerta. Resulta ser la vecina de enfrente, que viene a presentarse y a traerme un pastel de zanahoria que ha hecho como regalo de bienvenida. Vaya… seguro que también es vegetariana o vegana y yo ahora mismo pensaba en zamparme un buen chuletón. Antes de llegar a la urbanización, he visto en la carretera general un restaurante especializado en asados.
Le agradezco el detalle y le digo que de buena gana la invitaría a pasar, pero aún no he desembalado las cosas y no tengo nada que ofrecerle. Ella misma ve las cajas
amontonadas en el pasillo y me dice que no me preocupe, que ya tendremos tiempo de conocernos. De nuevo siento que estoy viendo una película americana, pero en esta ocasión yo soy una de las protagonistas.
Me despido amablemente de mi vecina después de prometerle invitarla a tomar un café en cuanto organice todo un poco. O un té. Seguro que es más de té que de café. Y seguro que forma parte de una de esas familias felices con dos o tres chiquillos ruidosos.
Me dejo caer en el sofá y pienso: ¿dónde me he metido?
De momento, la pizza o el chuletón van a esperar. Hoy toca cenar pastel de zanahoria. Y resulta que está delicioso. Voy a tener que camelarme a esta vecina para que me haga más pasteles de esos.
Sin proponérmelo, termino durmiendo en el sofá. El cansancio y los nervios acumulados me han podido. Sueño con mi nuevo hogar y con esta tranquila urbanización. Conozco al resto de los vecinos y comienzo a sospechar que esto es una especie de secta. Todos amables, sonrientes y felices. No he oído a nadie levantar la voz desde que he llegado. Todo son risas. El sol brilla todos los días y los pájaros cantan. Familias felices. Familias felices. Familias felices… Me estalla la cabeza.
El sonido de un mensaje suena en el teléfono y la luz roja comienza a parpadear. Me incorporo en el sofá, con la cabeza embotada, igual que si tuviese resaca, pero no he bebido. Por un momento, dudo dónde estoy. Un rayo de sol se cuela por la ventana del salón. Ni siquiera bajé anoche la persiana. Me asomo a la ventana y veo a la vecina de enfrente, saludándome con la mano, con una sonrisa perlada que me produce escalofríos.
Leo el mensaje. Es Lola. “Te echo de menos”, dice.
http://www.lallavedelaspalabras.wordpress.com

Un comentario sobre “La urbanización

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