TANATOS12

Capítulo 37

Quise paladear aquella María herida, en su orgullo y en su ego, pero algo sonó o vibró en su bolso mientras, por mero azar, nos plantábamos en la cola para entrar en otro local, e intenté ver quién la llamaba. Todo pasaba extrañamente deprisa desde que aquel chico la había empujado y ella se había mojado, como si aquel empujón hubiera sido un interruptor. Conseguí ver su pantalla y era Álvaro quién la llamaba.

Ella no respondió, lo dejó vibrar y parpadear, pero sin contestar, y sin dudar, y sin hacer aquel resoplido de hastío tan suyo. Me pude fijar entonces en que su ropa estaba completamente seca ya, por lo que me quedaba con las ganas de tener pista alguna de lo que aquel chico había visto o atravesado con su mirada. Recordé entonces aquel momento en el que su pretendiente la había protegido con gran hombría y me preguntaba si aquello a María le había gustado o si le había parecido ridículo o incluso primitivo. Conociéndola me decantaba por lo segundo.

Allí plantados, en aquella cola que apenas avanzaba y sin saber por qué estábamos allí, le pregunté por su súper héroe. Daba la sensación de que ella aún estaba en lo vivido con aquel fornido hombre o en sus mensajes con Edu o en sus llamadas con Álvaro, pues parecía algo ausente, sin plantearse ni dejarse de plantear ir a otro local más accesible.

Roberto. Arquitecto. Poco más. Me llamaba la atención que ella pretendía hablar de él como un lejano error, o una mera chiquillada, cuando seguro aún podía sentir el olor de su piel o el de su colonia, y el tacto de su duro pecho bajo su camisa azul. Por no hablar de aquellos intentos de beso y aquellos susurros en su oído mientras lo intentaba.

—Pues tu distinguido arquitecto… vaya meada se echó en la calle —dije queriendo bajarlo un poco de un pedestal, si bien tampoco María había dado signos claros de encumbrarlo —Estaría bien que le hubieran multado— proseguí.

—Apenas meó, si es que meó, yo creo que fue un numerito.

—¿Cómo que un numerito?

—Pues para enseñármela.

—¿En serio? ¿Se la viste? ¿Y qué tal?

—Pues si la tuviera normalita o como la tuya no la enseñaba. Si la enseña es por algo —dijo de forma despectiva hacia mi, pero yo asumía el golpe sin querer perderme en discusiones.

—Vaya táctica esa de ligar —dije.

—¿Qué?

—Eso, nada, ver que no cuela liarse contigo y sacársela… para convencerte…

—No sé, pero me pareció bastante forzado.

—¿Y al ver que contigo nada se lía con la rubia? ¿O es que le gustó más ella?

—Algo tendrían ya… aunque créeme que no me importa lo más mínimo —quiso zanjar, girándose hacia adelante, pero yo insistí:

—Ya te dije que salieras con el pantalón de cuero… resulta que al chico le iba el cuero y no lo sabíamos… —le espeté queriendo hurgar en lo que fuera que estuviera sintiendo.

Pero María ni contestó ni emitió signo alguno que denotase que mis comentarios la molestaban. Otra vez aquellas conversaciones basadas en mis preguntas para saber más, sus respuestas chulescas y mis contraataques buscando que, ya de no ser franca, al menos saltase.

Abrió su bolso y cogió su móvil. Alguien le había escrito. Contestó. Allí, en la acera, algo tocada por el alcohol, con aquellas piernas largas y torneadas al descubierto y con su torso custodiado sin más incidentes a la vista que un botón de su camisa desabrochado de más, pero que ni con eso mostraba realmente escote.

Su porte se mantenía casi impecable desde que habíamos salido del hotel. Solo su mirada achispada y su melena más revuelta revelaban mínimamente la existencia del alcohol en sus venas. También podía sentir ese calor en su interior, que más que al alcohol, seguro obedecía al bombardeo de vivencias tales como su encuentro con Roberto, los mensajes de Edu, las llamadas de Álvaro y la existencia subyacente de aquel orgasmo atravesado en su cuerpo desde hacía horas.

No había respondido a mi señuelo sobre el pantalón de cuero de la rubia y se enfrascaba en escribirse con Edu, así que insistí:

—Si te digo la verdad te quedaba mejor a ti el pantalón…

Ella me escuchaba, pero seguía con su teléfono.

—Tú lo llenabas bastante más… De hecho en el culo huesudo de la rubia quedaba hasta medio mal.

—Ahora hablamos —dijo seria mientras avanzábamos hasta ser los siguientes, listos para entrar en aquello que era más un pub que un bar y que ya desde fuera se presentían otros decibelios y otra oscuridad.

María guardó el móvil cuando los porteros nos indicaron que entrásemos. El local no era demasiado grande y lo atisbado desde fuera se confirmaba. Fuimos hacia una barra que había en uno de los laterales del pub alargado y pude comprobar que la gente era más o menos de nuestra edad, si bien había también un poco de todo. Para mi desgracia estaba demasiado oscuro como para poder jugar a aquello de vigilar quién la vigilaba. Pedimos una copa y yo ya había perdido la cuenta de mi número y del de María.

Simultáneamente a nuestra entrada en el pub y a pedir las copas, me fui poniendo cada vez más y más nervioso, y es que en un primer momento aquel “ahora hablamos” me había sonado a que, sin más, al entrar seguiríamos hablando de lo que fuera, o discutiendo si era lo que tocaba, pero segundo a segundo me daba la impresión de que quería decirme algo importante. Yo la miraba, para ver si me devolvía la mirada, pero no lo hacía. Pedía la copa o revolvía con la pajita o revisaba su móvil o miraba a su alrededor, pero no me miraba. Aquel “ahora hablamos” iba tornando con celeridad en un “te tengo que decir una cosa”.

Yo la analizaba, guapísima, altiva, y como con cara de querer estar allí, pero de no querer estar allí. Afectada por los intentos de Roberto, por los mensajes de Edu y por las llamadas de Álvaro, y afectada sobre todo por ella misma, que demandaba seguramente una liberación… Ella lo disimulaba como podía; seguramente su gesto de casi permanente chulería era una máscara para no mostrar lo que de verdad sentía, que no era ni más ni menos que un sofoco intenso que la maltrataba, constante, como un martillo.

Conseguí que nuestras miradas conectasen y me tensé. Me aguantó la mirada. Estábamos casi pegados, allí en la barra, y me dijo algo, que no alcancé a entender por el volumen de la música, le pedí que lo repitiera, llevé mi cara hacia ella, mi oído a su boca, y escuché:

—Me siento rara diciéndote esto.

—¿Qué? Dime —dije disimulando un enorme nerviosismo.

—Pues… sabes que estoy… ¿como un poco enganchada a hacerte daño?

—¿Qué? —pregunté a pesar de haberlo entendido y ella lo repitió.

Y entonces me aparté. No entendía demasiado. Y no sabía siquiera si era preocupante o no.

—Por ejemplo. Lo de antes. En la cola. Lo de decirte que… si Roberto tuviera una polla como la tuya no la enseñaría.

—Ya… —dije, sin saber qué sentir, y sin saber a dónde quería llegar.

La dejé que se expresara, que se soltara un poco. Me decía que en ciertos momentos, en los momentos en los que no se sentía atraída por mí, sentía una extraña necesidad de hacerme daño. Yo recordé aquella paja sin ganas de la noche anterior, o aquella pregunta de si me hacía daño el arnés en mi pequeño miembro… Aquella desidia y proteccionismo, rozando la burla… María reconocía que eran ganas de humillarme, palabra que no había sido pronunciada por ella pero que yo quería sacar a la palestra por si todas sus vueltas fueran eufemismos para no pronunciarla.

—¿Pero son ganas de hacerme daño o ganas de humillarme?

—Es lo mismo.

—No… no es lo mismo —repliqué ¿qué es?

—Pues las dos cosas, si lo prefieres así.

Yo sabía que aquello no salía de la nada. Que ella lo venía mascando tiempo atrás y que el alcohol lo estaba haciendo salir. No quería que se me escapara sin confesar todo lo posible.

—¿Pero te apetece hacerme daño o te da morbo humillarme? Porque tampoco es lo mismo…

—Caray, Pablo, no me lo pones fácil —dijo pensativa, dispuesta a colaborar.

—Pues acláramelo, María, porque es que no es lo mismo.

—Pues… sí, me da cierto morbo…

—¿Sí?

—Sí.

—¿Y eso?

—Pues no lo sé… pero es así… cuando me doy cuenta hago o digo cosas que sé que son humillantes para ti, aunque parece que a ti no te importa demasiado. No sé cómo explicarlo, pero cuanto más… rara estoy, más tengo la necesidad de hacerte daño.

—María, eso me da igual, siempre que… cuando te pase esa… esos días de… necesidad o deseo… vuelvas a estar normal conmigo.

—Ese es el tema… que… en esos días… como tú dices, es ya tan importante hacerte eso como jugar a fantasear con otro.

María llevó su mirada al bolso, lo abrió, quizás escapando un poco de aquella conversación que contenía cada vez palabras más delicadas. Cogió su teléfono móvil y se dispuso a contestar algún mensaje.

—¿Y me vas a contar qué pasa, quién te escribe, qué te pone…?

—Nada… No pasa nada. Por mi esta copa y nos vamos— dijo seria.

—¿Nos vamos a dónde?

—Pues al hotel —respondió mientras tecleaba.

—¿A qué? ¿A leer con calma las guarradas que te escribe Edu?

Estaba convencido de que me había oído, pero no me respondía, y tecleaba, y borraba, más por el alcohol seguramente que por los nervios. O quizás por ambas cosas si ella se estaba lanzando.

Lo que él le escribía me lo podía suponer, lo que ella le respondía solo lo podía imaginar. Y es que ya no eran párrafos largos, sino una interactuación. Intenté leer desde mi posición y para mi sorpresa no me pareció que apareciera el nombre de “Edu” en la parte superior. Intenté leer algo del texto y solo entendía palabras sueltas y no eran palabras que desprendiesen nada fuera de tono.

La vi tremendamente deseable. Me acerqué a ella y ella apartó el teléfono. Mi movimiento era inocente, improvisado, aunque entrañaba un deseo puro. Simplemente era mi novia y quería besarla, sentirla.

—¿Qué haces? —preguntó al notarme tan cerca que nuestros pechos casi contactaban. Pero aquella pregunta denotaba no solo sorpresa sino un desaire, casi un reproche. Lo cual me llevó a aquello de que llegaba a sentir verdadero rechazo por mí en momentos de máxima excitación.

—Quiero besarte… María… —le susurré, deseando tanto el beso como la humillación de que me lo negara.

Ella no quiso o no supo decirme que no, pero tampoco aportaba receptividad. Posé mi copa en la barra y colé mis manos por dentro de su americana, hasta palpar su cintura sobre la camisa. María se echó ligeramente hacia atrás, sin apartarme y girando la cabeza, como si no quisiera aquel avance pero no se decidiera a esquivarme, como si fuera un abuso pactado pero no por ello agradable.

—Pablo… no me toques…

—¿Por qué? —pregunté con mi cara casi pegada a la suya, con mis manos subiendo sobre su camisa, por su torso, por su vientre.

—Sabes que en estos momentos no me apetece. Ya lo sabes.

—Dime por qué no te apetece.

—Ya lo sabes.

—Sí, pero quiero oírlo —dije separando un poco mi cara, para mirarla, mientras una de mis manos descendía para buscar su culo, cubierto por sus shorts, del mismo color que la chaqueta.

María, incomodísima, como si de verdad estuvieran abusando de ella, dejaba aquella mano descender hasta su trasero. Aparté la parte baja de su camisa para palpar aquel pantalón corto, para palpar su culo, mientras miraba como efectivamente se le transparentaba un poco el sujetador bajo la fina camisa de seda blanca.

—¿Quieres oírlo? Aparta la mano.

—Sí —dije llevando de nuevo ambas manos a su cintura.

—No quiero que me toques porque… tienes una mierda de polla… que no me… llega.

—Pero no quiero follarte, solo… tocarte o besarte.

—Da igual… es tenerte así… cerca… en actitud… sexual… y… no sé, me desagrada.

—¿Y qué piensas de mi cuando te miro mientras te follan? —dije buscando descaradamente que ella sacara ese morbo por humillarme.

—Pienso que eres un paria —dijo utilizando aquella palabra que no recordaba haberle escuchado nunca.

—¿Sí?

—Sí, que eres un paria y que deberías aprender a follar.

—¿Ah sí…? No me digas… ¿Follo tan mal?

—Bueno, con esa polla da un poco igual como te muevas.

—¿Crees que Roberto folla mejor? No te pregunto por Edu… o Álvaro… o Guille… porque sabes perfectamente que tal follan… —dije recreándome en la enumeración, buscando su enfado.

—Seguro que sí.

—¿Y qué tal su polla? —pregunté aventurándome a acercar mi cara a la suya y a subir una mano por el lateral de su torso, buscando palpar uno de sus pechos por un flanco.

—Pues bastante bien… ya te lo he dicho —respondía mientras recibía un beso en la mejilla.

Era un beso tierno, pero a la vez contenía el deseo más puro. Notar el rechazo me hacía desearla aún más. Su piel me pareció más suave que nunca y se pudo escuchar el sonido del beso a pesar de los decibelios. Un “apártate… no seas pesado” salió en un susurro de su boca y pude sentir el agrado, el morbo de ella por aquella frase.

—No quiero apartarme —susurré, con nuestras caras pegadas, con nuestros cuerpos pegados… cuando noté algo en mi entrepierna. Sobre mi pantalón.

—¿Tú crees que con esta mierda de polla puedes intentar… calentarme… o besarme? —susurró, encendida, y no por mí, sino por todo lo que llevaba y por humillarme.

Mis labios buscaron los suyos y para mi sorpresa encontraron su meta. Nuestros labios se tocaban y mi boca se abría… llegando a tocar mi lengua con la suya… mientras su mano seguía sobre mi entrepierna y una de las mías ya rozaba uno de sus pechos sobre la camisa que sentí delicadísima. El beso era húmedo, lento, pero sobre todo muy extraño. Yo disfrutaba del beso por sentir su boca y su lengua ardientes y ella lo disfrutaba porque disfrutaba de que aquel beso le produjera repulsa. Nuestras lenguas jugaban, compartían una la humedad de la otra… y nuestros labios se estiraban y comencé a notar como su mano apretaba mi miembro hasta casi hacerme daño. Tras unos instantes de gloria míos y desagrado suyo, ella cortó el beso y me apartó.

Nos quedamos en silencio. María bebió de su copa. Me miró. Podía sentir su repulsa, hasta su arrepentimiento por aquel beso que seguramente no le había compensado; no le había compensado el morbo de humillarme mezclado con haber tenido que sentir mi boca, mi lengua y mi polla.

—Dime alguien —dijo María, de repente, sorprendiéndome.

—¿Cómo que alguien?

—Sí, venga. Dime alguien de aquí… alguien al que quisieras ver cómo me folla.

Yo, infartado, la miré, con la densa melena sobre parte de la cara, que brillaba por el sudor, con la americana abierta y su pecho marcando un relieve tremendo y transparentando con sutileza y erotismo su sujetador… Su mirada encendida, sus piernas esbeltas, finas… sus sugerentes zapatos de tacón… no me lo podía creer. Miré entonces a mi alrededor y vi en seguida, casi a nuestro lado, a un chico con una camisa verde a rayas y el pelo un poco largo y castaño, que se daba un aire a Edu, pero más joven.

—Ese, el de verde —le dije temblando, nerviosísimo, sin saber si hablaba completamente en serio o si era solo un juego macabro derivado de su morbo por humillarme.

Ella se giró para mirarle y yo tenía esperanzas, pues se podría decir que entraba dentro de sus cánones. Se giró entonces de vuelta hacia mí, dedicándole tan poco tiempo al chico que me dio la sensación de que ya se había percatado antes de su presencia.

—Pues venga. Ve y explícaselo.

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