ALBERTO MORENO

CONSUL GENERAL DE SATURNO Y VENUS
Cuando Bonifacio San Martin termino de colocar el rótulo en la fachada de su casa, dio tres pasos hacia atrás, lo miro con fruición y se sintió muy complacido:
“CONSUL GENERAL DE SATURNO Y VENUS”
– ¡Por fin!!, exclamo para sí. – ¡Ahora, a ver qué pasa!, y añadió, no pudo evitarlo ¡a forrarse!
– Lo peregrino y exótico del plan se remonta a otra etapa de Bonifacio. Entonces era solo un jovenzuelo. Tenía la cabeza llena de pájaros, utopías y musarañas que le hacían a veces divertido y a veces patético. Su estado natural pendulaba entre lo pasmado, lo vidente y lo profético.
Creció, se hizo mayor, trabajo de pasante en una notaría, fue archivero algunos años y al final recaló de conserje en el Instituto Nacional de Ciencias del Espacio.
La gorra de almirante que lucía en la pomposa entrada de aquel Organismo, la consulta y acceso voluntario que hacía en sus ratos libre, a mapas, documentos, pergaminos y otras fuentes, le llevo a una enajenada demencia.
– ¡¡ Habrá que preparar los planetas Saturno y Venus para el momento!!!, ¡¡El hombre más tarde o más temprano querrá instalarse allí!, ¡¡mayores vesanias han alumbrados los humanos!!
Su demencia, con las riendas deshabilladas, se desbocaba.
Antes de seguir la trapisonda de Bonifacio, debemos referir que algo de pícaro y fullero, anidaba en su ortopédica mente. Por culpa de esta idílica inclinación perdió empleos y fue como la hojarasca de García Márquez, traída y llevada por el viento de sus despropósitos.
Esto le hizo cambiar muchas veces de sino y de lugar.
En el Instituto encontró cierta estabilidad. Poco a poco comenzó a urdir el plan.
– ¡Cuando ofrezca las parcelas, las licencias de obra, debo ordenar los argumentos y hablar poco! ¡¡Como si desvelara una primicia!
– Cuando comience a preguntar el interesado, ¡habla lo justo, como si fuera un secreto que no debe prodigarse y que el oyente se sienta cómplice!!
– ¡Debo encontrar un notario que se preste!
– ¡El cobro por adelantado y en metálico!
– ¡Empezare en Navidad, la gente se predispone en estas fechas!
El viento y la lluvia habían quitado lustre al flamante rotulo. Apresurado, con un paño de cocina le devolvió el lustre y la prestancia. Volvió a relamerse leyéndolo otra vez:
¡¡Cónsul General de Venus y Saturno!! El regocijo le superaba.
Bonifacio vivía solo, la única novia que tuvo le duro un mes. La mujer huyo despavorida. No hubo tiempo de casi nada.
Su vivienda, la compartía con Moniska, una gata vieja que le miraba preocupada y a la vez temerosa.
Las dos semanas siguientes busco con ahínco el notario.
Pregunto en el bar que de vez en cuando visitaba.
– En el número 54 de esta calle hay uno, le dijo el camarero. ¡Es muy mayor, puede que este jubilado!, añadió el hombre.
Bonifacio, al día siguiente se encamino a su misión.
– Le ofreceré un veinte, si se muestra reacio subiré a treinta, ¡Ni un céntimo más!, dijo para sí.
Aquella tarde la imaginación estaba desatada. No sabe cómo pario otra idea que le pareció brillante.
– ¡Si inventara una lente multi-concava con cristales de multi-aumento que gradúe la luz del sol, podría enviar oscuridad a quien no pague la cuota! Abonare a los habitantes de la tierra, para que reciban luz, si lo prefieren, en la noche, de madrugada, las veinticuatro horas, eso costaría el doble.
Con aquella vaina en los sesos, después de acordar con el notario el modus operandi, se fue a recorrer las ópticas de su barrio. Nadie supo darle norte ni pistas del desvarío. Con el listín telefónico hizo más de cien llamada, al final Dimas Arencibia, así decía el registro, escucho a Bonifacio hasta el final, después de unos segundos, le dijo: – ¡Venga a verme y hablamos!. Arencibia, abrió la puerta de su guarida, mitad vivienda, mitad laboratorio. En el quicio de la puerta una figura algo famélica, alta, como un sucedáneo de Don Quijote, dijo: – ¡Don Bonifacio, pase!
Le introdujo en su santo sanctórum.
Arencibia tenía un solo ojo útil, el otro mostraba un parche color fresa, era evidente que debió sufrir alguna descarga en sus experimentos y lo había dejado tuerto. – ¡La pólvora estaba mojada y explotó a destiempo!, aclaró. – ¡Cuénteme otra vez su plan! Estuvieron hablando dos horas. Bonifacio dio muestras de emular y superar con creces a Verne y a Da Vinci . Arencibia se sintió seducido. – ¡Yo tengo esa lente multi-concava, que administra la luz a discreción!, ¡Hace ya diez años que la inventé, el problema es que necesita emplazarse en un planeta del sistema solar!, ¡Y dice Usted ¿Qué controla Venus y Saturno?.¡Serian emplazamientos perfectos!. Lo que siguió fue crematístico, porcentajes, formas de pago, y cuando empezar. Arencibia le mostro a Bonifacio el artilugio. Media como tres metros de diámetro y tenía un color azulón gris, era menos siniestro que una silla eléctrica, pero a Bonifacio le recordó, no supo porque a la guillotina de Robespierre. No dijo nada. La tocó y no ocurrió nada. – Está apagada- aclaró Arencibia!. Lo crematístico lo dejaron en fifty fifty. Se despidieron. Aunque dispares, como dos piezas de puzles erráticos, encajaron a la perfección. Bonifacio regreso a su casa. – Habrá que hacer un primer viaje para instalarlo… Y falta reconocer el terreno para todo lo demás. Aquella inconveniencia le ocupo media noche. Se durmió soñando con Venus, para Saturno no tuvo tiempo. A la mañana siguiente se levantó con el viaje entre ceja y ceja. En el trabajo, en un descanso, fue a repasar el archivo de “viajes al espacio”, no encontró nada, cuando abandonaba el pupitre de consulta, encontró una reseña de prensa, “profesor ruso mantiene poder desintegrar los átomos de un cuerpo sólido, hacerlos viajar por el espacio y reintégralos en el destino elegido”. Releyó, la noticia, a pie del articulo venia el nombre del científico: Nikolas Kalashnikov, debería ser familiar del inventor del famoso fusil AK-47. También aparecía la fecha de la noticia y la ciudad del ruso. Con la mano apoyada en el mentón, los ojos entornados, discurría, con la pose del sabio Sisebuto: – Debo encontrar su e-mail.
Fue fácil, recurrió a la embajada rusa, el encargado de asuntos culturales le facilito todo, e-mail, dirección postal y teléfono, curiosamente añadió los idiomas que hablaba el científico, Bonifacio San Martin chapurreaba el inglés y francés, no habría problema. Medito el mensaje y compuso el texto del correo electrónico. Aquella misma tarde, desde la oficina de Asuntos Espaciales, para dar más empaque, envió la propuesta, incluyo la pregunta de los honorarios. De referencias de resultados ni pio, su mente despendolada, daba por hecho que todo sería coser y cantar. Era su imprudente forma de pensar.
– ¡No problems!!. Le respondió con los pormenores Nikolas , el servicio era gratis, solo tendría que viajar a Kiev y someterse al experimento.
Pidió una semana de vacaciones, tomo el transiberiano en Viena y al día siguiente estrechaba la mano de Nikolas Kalashnikov. Al final, el científico ruso chapurreaba el español, fue fácil entenderse.
Bonifacio pidió ser “resucitado” en Madrid, su ciudad de residencia, se ahorraba el billete de tren de vuelta.
Añadió la dirección del Instituto y la hora: – Así no llego tarde a mi trabajo y aprovecho al máximo mis visitas a Saturno y a Venus. – ¿Me voy comido?, añadió. – No es necesario, contesto el ruso, los átomos desintegrados no sienten apetito – Escríbame aquí la dirección exacta y el código postal, vaya que le devuelva a Iowa, allí hay otro Madrid!. – ¿Me desnudo?, pregunto Bonifacio. – ¡No!, entonces aparecería en bolas!, ¡Póngase ahí, firme, respire hondo, cierre los ojos y en diez minutos estará en Venus! . – Coja este transmisor, cuando llegue y elija el emplazamiento, me envía las coordenadas, para emplazar la lente, elija un lugar plano. La lente se la envío a la vez, sus átomos viajaran en paralelo con los suyos.
No hubo más. Nikolas Kalashnikov apretó un dispositivo y Bonifacio desapareció, ni ruido ni humo, ni vestigios de nada. Fue una desintegración impecable.
Los átomos del cuerpo de Bonifacio avanzaban a la velocidad de la luz en formación delta, como una bandada de golondrinas migratorias.
Llegó a Venus, su cerebro, aunque desintegrado, seguía funcionando.
– ¡¡Ohh!!, exclamo, ¡Estos suaves montículos cubiertos de estas preciosas algas aterciopeladas, deben ser los conocidos “Montes de Venus””!!. En su azarosa vida no había visto ninguno y no supo interrelacionarlos. Continuó la exploración. En una explanada del tamaño de un campo de futbol, le pareció el sitio adecuado. Con el transmisor, envió la geolocalización a Nikolas. Dimas Arencibia el óptico, en Madrid estaba al tanto, tenía comunicación con Nikolas, ambos científicos urdieron el envío exprés , desintegraron la gigantesca lente y está casi le cae en la cabeza a Bonifacio.
La instalo, siguiendo las instrucciones de ambos.
Después, para el negocio de las parcelas, comenzó a trocear la superficie. Confeccionó un mapa cartográfico. A cada registro numérico, le precedía la letra “V”, para diferenciar a las parcelas de Saturno.
Cuando terminó, emprendió viaje al planeta de los anillos. Allí, comprobó que su negocio no sería factible. No había suelo edificable, todo era hidrógeno, mezclado con helio y metano y los anillos eran de hielo, a modo de icebergs. Además, los vientos soplaban “de mil pares de cojones”, por no decir otra cosa.
Desistió y volvió a Venus.
– ¡Aquí hay de sobra!, se conformó.
Debía volver, para llegar a tiempo a su turno de trabajo. Con el transmisor envió las señales pertinentes. En menos de lo que canta un gallo, estaba entrando por la puerta principal del Instituto de Ciencias del Espacio en Madrid.
– ¡Buenos días Bonifacio!, le saludo el compañero que entraba a la par. ¿Has dormido bien? , ¡Traes cara de astronauta!, el hombre le notaba un semblante extraño.
Bonifacio, dijo que había dormido mal, se encasquetó la gorra de Almirante y comenzó su tarea.
Nikolas y Dimas, al unísono ajustaban la lente. Poco a poco aquello funcionaba. Consiguieron mandar la luz solar a las doce de la noche al dormitorio de una pareja en Sebastopol, que en ese momento hacían el amor.
– ¡Hostias! – dijo la chica, ¡se ha hecho de día!,¡se me ha pasado volando!.
Cambiaron el enfoque y ahora mandaron oscuridad a las doce de la mañana a “Wall Street”. Los agentes de bolsa comenzaron a gritar de pánico:
– ¡Otro jueves negro!, ¡Horror, se repite la recesión del 24 de Octubre de 1929!!..
Rápidamente, Dimas corrigió el desaguisado. La normalidad volvió a la bolsa de valores de Nueva York.
Interrumpieron los ensayos.
Llamaron a Bonifacio y le informaron. Este, con la gorra al revés, de los nervios, daba saltitos de satisfacción.
– ¡¡Me voy a forrar, me voy a forrar!!. Tengo que organizarse, ¿Cómo haría la publicidad?
Alguien le sugirió dos páginas web diferentes, una para las parcelas y otra para la historia de la luz, que dijera luz solar, para no confundir con las Iberdrolas o las Sevillanas.
Aquella persona se encargó de las webs. Dos meses después estaban operativas.
En las parcelas en Venus el reclamo decía:
“” Parcelas en el planeta Venus, espectacular vista del firmamento, incluyen viaje de ida y vuelta el primer año. Extensión: cinco acres americanos. Precio 30.000 dólares USA. Exentas de Ibis”.
Añadía un número de cuenta y el modelo de contrato de compra. Garantizaba: Consulado general de Venus en Madrid, añadía la dirección.
La otra web, su reclamo decía:
” Se ofrece luz radiante solar 24 horas día, en sus dominios no se pone el sol”. No cobramos IVA. Cantidad mínima: un semestre: precio: 6000 dólares USA”.
A la media hora, ya se habían vendido dos parcelas y se habían firmado cinco contratos de luz.
Bonifacio informaba puntualmente a sus socios. Las cuentas receptoras estaban en Suiza.
A las dos semanas, ya eran 20 parcelas y 50 contratos .
Pensó dejar el trabajo, le consulto a Nikolas si los billetes eran desintegrables, con la respuesta iría a ver al banco suizo y le propondría abrir una sucursal en Venus, así sus clientes y el propio banco no pagarían impuestos, a cambio de una modesta comisión, pensó Bonifacio.
Esta trapisonda, no era un sueño. Era real.
Bonifacio pudo comprobarlo, el día que la brigada anti estafas, se presentó en su domicilio, descolgaron el rotulo de la fachada, lo esposaron y le llevaron a comisaria.
De allí, al juzgado.
El juez, no sabía dilucidar al final del interrogatorio si mandarlo a la cárcel o a un centro psiquiátrico.
Al final, como Salomón, el sabio rey de Israel, decidió, por cada año de condena, seis meses en la cárcel y seis al manicomio.
-FIN –

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