LOLA BARNON

Pasaron tres semanas. Tres semanas en donde nada sucedió. Yo me limitaba a estar un poco pendiente de ella. La veía llorar, la notaba que se despertaba en la noche y que vagaba por la casa. Solo estuve allí, cerca, por si necesitaba mis cuidados y apoyos. pero nada más. Ni dormí con ella, ni me acerqué más allá de lo que significaba una conversación banal y sin importancia para mí. La noté triste, con verdaderos intentos de acercase a mí. No lo permití.

Visité al abogado y mantuve todo preparado para el divorcio. Incluso, me dijo que mi comportamiento podría ser bien recibido por el juez, llegado el caso de que la custodia de los hijos y las pensiones. terminasen dirimiéndose en un juzgado.

Llegó el mes de agosto y mis vacaciones. Ya estábamos en Marbella. Yo me dedicaba a jugar algo al golf con mis amigos —los pocos que me quedaban—, pero apenas salíamos de casa Isabel y yo. Solo lo inevitable, como la compra. Evitamos cenar con conocidos por aquello de no forzar la situación tan frágil y absurda en la que vivíamos. Nuestra relación de puertas para afuera, se podría decir que era correcta, amable y casi normal. Pero no, aunque yo mantenía cierta compostura, me era imposible acercarme a ella. Isabel hacía por ser amable, agradable, servicial. Intentó en un par de ocasiones mantener esa conversación que ambos sabíamos que estaba pendiente, y debería aclarar algunas cuestiones además de mostrarme su total arrepentimiento. Pero yo no estaba preparado, o no sé si lo estaba; no me veía aun argumentando con ella sobre todo lo sucedido los meses pasados. Quizá, no quería.

Por las mañanas, yo me levantaba muy temprano y empecé a pasear algo por la playa, comprobando, a mi pesar, que mis pensamientos continuaran enredados y no sabían encontrar una respuesta a lo que sentía por Isabel.

Ella, dócil y amable conmigo, se mostraba cariñosa, agradecida y aunque como digo, no manteníamos una relación cercana, poco a poco, fuimos avanzado. Pero en lo esencial, yo mantenía una muralla inexpugnable para ella. Seguíamos sin dormir juntos, y manteníamos diferentes horarios para meternos en la cama o despertarnos. Yo, muy pronto, me iba a pasear a la playa; ella, en cambio, descansaba hasta las diez de la mañana, o así. Por la noche, yo me quedaba en el salón viendo la televisión o una película. Ella, leyendo arriba, en el dormitorio, y respetando mi soledad buscada.

Pero sí era cierto que empezamos a hablar. Cada día, quizá, un poco más. Mi coraza continuaba sin mella, aunque yo mismo notaba que ya no se mostraba imperturbable. Eso sí, no me permitía la debilidad de mostrarme cariñosamente cercano. Sí accesible, con cordial distancia. Correcto, amable, incluso. Pero alejado de ella, de nosotros, de la vida marital. No podía, y no me permitía, sencillamente, regresar a ese estado. Pero estaba claro que un día, aquella conversación pendiente, debía suceder.

Una noche, después de cenar, Isabel, visiblemente nerviosa y dubitativa, se acercó a mí.

—Luis… —me miró con intensidad, con necesidad de ser escuchada—. Necesito hablar contigo… Solo… solo será un momento —añadió con una expresión suplicante—. Por favor…

—Sí… claro. —Opté por darla esa oportunidad. A fin de cuentas, posiblemente era hasta necesario.

Abandoné la postura de tumbado y me senté en el sofá. Ella se arrodilló delante de mí cogiéndome las manos. Dudó un momento y carraspeó ligeramente.

—Sé que esto no ha sido nada fácil para ti y te quiero agradecer tu paciencia… o comprensión. O lo que sea. —La noté nerviosa, como si hubiera ensayado muchas veces aquello que iba a decirme, pero que a la hora de la verdad le sobrepasaba.

—No es paciencia, ni comprensión ni nada de eso, Isabel. Es… piedad y obligación. La verdad, es que tengo ganas de irme y dejarte… —Me contuve y respiré. No debía continuar hablando.

 —Por lo que sea, te lo agradezco. Luis, sé que todo… lo mío… todo eso no ha sido agradable. —Se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja. Era un movimiento que hacía mucho cuando se notaba insegura y nerviosa.

—Nada, absolutamente nada, te lo aseguro… —concedí sin poder controlar el punto sarcástico que me salió.

—Soy consciente Luis. No me he portado nada bien contigo.

—Eso también es verdad —asentí, y de nuevo noté que dejaba escapar una nueva pizca de sarcasmo.

—Quiero explicarte la razón… —carraspeó ligeramente, mientras dudaba si mantener su mirada fija en la mía.

—Isabel, no sé si ya quiero oírla… —me quejé.

—Escúchame solo un momento… Por favor. —Se sentó a mi lado—. Sé que no vas a entenderme, pero quiero decírtelo. Te lo mereces y yo también necesito que me escuches. Aunque no me comprendas. Te lo ruego… —tragó saliva y suspiró inquieta.

—No te entenderé nunca Isabel… Tú… —se me hizo un nudo en la garganta y supe que empezaba a derrumbarme— ¿no lo entiendes aún? tú… tú… me has matado en vida. —Reposé mi espalda en el sofá. Empecé a llorar, en silencio, suavemente, desconsolado, abatido y quizá ya sin fuerzas para poder continuar.

—Cariño —me dijo sentándose a horcajadas en mis piernas y cogiéndome la cara—. Sé que ha sido durísimo para ti y no hay minuto que no me arrepienta de todo aquello. Te pido perdón por todo el daño que te he hecho. No encuentro las palabras para hacértelo llegar, y sé que debería estar cien años rogándotelo… Pero quiero que sepas que nunca te he dejado de querer, mi vida. —Me abrazó con fuerza—. Me apena verte sufrir, te lo juro…

—Isabel —la separé de mí con suavidad y me enjugué las lágrimas—, es absurdo lo que me dices. No puedes quererme habiendo estado con otros, ni puedes sentir mi sufrimiento… Sencillamente, es imposible.

Me acarició la cara, me mesó el cabello, y me besó en la mejilla.

—Entiendo que no me creas, que pienses que soy una zorra y que quise hacerte daño. Pero te juro, por nuestros hijos, que no es así… Espera —me dijo poniéndome un dedo en mis labios para que no comenzara a hablar y bajó la cabeza —, me siento muy mal por todo lo que te he hecho —su voz ahora era suave, en un tono bajo, como de confesión—, de verdad. Sé que no me crees, y lo entiendo. Lo fácil hubiera sido separarnos un tiempo y follármelos sin pensar en nada más. Pero, aunque te parezca extraño o cínico lo que vas a oír, te juro que es la verdad. —Me miró y enjugó con sus pulgares dos nuevas lágrimas que me caían—. Siempre regresé contigo, a casa, no me fui, ni te pedí que te fueras… —sus ojos me miraban con ternura—. Sé que ha sido muy difícil e incomprensible para ti y que, a lo peor, ya te he perdido para siempre… Pero, te juro por lo más sagrado, que siempre te he querido, que deseo con toda mi alma que seamos felices juntos, que sigas siendo mi hombre para vivir contigo siempre. Te quiero mucho, Luis.

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