TANATOS12

Capítulo 36

Se marcharon y sentí algo que no entendía muy bien qué era. Parecía como una extraña necesidad de explicarme, de predicar a los cuatro vientos qué era aquello que estaba viviendo.

Me giré y vi a aquel chico que hablaba con María. A él lo veía de espaldas y más que una camisa parecía una enorme sábana azul lo que me impedía ver a mi novia. Me giré un poco y vi como charlaban y no me dio la sensación de que ella tuviera el más mínimo interés en que aquella conversación se alargase. Otra vez. Pero otra vez disfrutaba de dejarla sola en situaciones incómodas.

Las tres copas no solo hacían mella en mi liberación sino en mi lucidez; sentía que pensaba de forma más clara cuando el alcohol me invadía, como si pudiera separar mejor el grano de la paja. La tercera consecuencia de aquellas tres copas me obligaba a ir al cuarto de baño y una importante cola me hacía comprender la tardanza de Rafa.

En aquel lúgubre pasillo volví a pensar en aquella necesidad de exteriorizar mis sentimientos, pero no de aquella forma timorata y preocupada con la que me confesaba a Germán, sino que ansiaba, seguramente también como consecuencia del alcohol, contarlo de manera orgullosa; explicar no mis miedos, sino el porqué de que aquello fuera fascinante.

Pensaba en que ojalá volver a encontrarme con Juanjo y decirle que María no conocía a aquel hombre con el que llevaba tanto tiempo hablando. Ojalá explicarle nuestro juego con la pasión merecida. No solo decirle que su jefe la había follado y ahora la pretendía dominar, si no explicarle cómo era María cuando chocaba con un amante de verdad. Me tacharía de loco y entonces le diría que no entendía nada, pero que si la hubiera visto follar con Edu o Álvaro lo entendería mejor. Le diría que se la imaginase follando, si es que no lo había hecho ya alguna vez, y que lo multiplicase por mil.

Le diría también cómo ella negaba aquella necesidad física hasta que explotaba y cómo era aquella explosión. Le explicaría que ver a tu novia siendo follada por un desconocido y siendo follada cómo yo la había visto, producía en mi un morbo que me dejaba al borde del colapso y por el que todo el dolor valía la pena. Le diría que sentir el olor a sexo de otro hombre sobre tu novia, o ver su cuerpo sudado tras varias horas de entrega, eran una droga a la que no podía renunciar. Y si aun así no me entendiera le diría que trascendía lo meramente sensorial, que era en esencia psicológico.

Volví del aseo y pronto los vi, en la barra. Me preocupaba, o más bien deseaba, que María hubiera aceptado una invitación a una copa, pero pude ver su vaso casi vacío por lo que deduje que ella le había acompañado a pedirse algo. Me coloqué a su lado. La charla era tranquila, pero veía en él un semblante de suficiencia, que no sabía interpretar si es que aquello obedecía a que no quería descubrir sus pretensiones, como si quisiera fingir un hablar por hablar, o es que se lo tenía tan creído que estaba esperando una señal de ella.

Me pedía mi cuarta copa, a su lado, y no pude evitar decirle, en voz baja, para que me oyera ella, pero no él:

—Lo pasas bien con el gigantón este…

Ella no respondió y yo llegué a dudar de que me hubiera oído.

María tenía su teléfono móvil en la mano, que ojeaba de vez en cuando, por lo que pensé o supuse que quizás este chico si cumpliera los requisitos mínimos para ser mencionado en sus conversaciones con Edu. O quizás se escribía con Álvaro, o quizás seguía recibiendo aquellos mensajes subidos de tono y en absoluto le estaba contando nada de este chico.

Yo, a pesar de no ver en María demasiado interés y sabiendo que aunque le pareciera guapo no haría nada, no quise espantar a aquel chico y me aparté un poco.

Tan pronto me encontré en un nuevo puesto de control, a unos cinco o seis metros de ellos, vi algo de luz, pues María se giraba hacia la barra y hablaba con la camarera. Aunque poco duró el incremento de mis nervios pues en seguida vi como no era invitada a una copa sino que recibía un botellín de agua. Pero como en una montaña rusa de hechos y emociones, pasaba de la esperanza, a la decepción y, de golpe, era testigo otra vez de algo verdaderamente alentador, y es que aquella inocente botella de agua sería en seguida coprotagonista de un suceso inesperado.

Y digo coprotagonista porque el otro lo sería un chico que, intentando hacerse un hueco en la barra, acabó por empujar a María por la espalda mientras ella pegaba un trago de aquella botella, y sucedió que, como consecuencia del empujón, el agua no fue ingerida entonces por mi novia sino que se derramó por sus labios, su cuello y su ropa, sin poder ver yo con claridad la cuantía exacta vertida donde no correspondía.

Como consecuencia del atropello, ella se vio forzada a dar un paso hacia adelante, hasta casi chocar con el de la camisa azul y, sin que yo pudiera apenas reaccionar, todo comenzó a suceder como a cámara rápida. Me tensé, intentando ver entre los cuerpos que cubrían aquel bar, al atisbar como el pretendiente de María se movía presto a mostrar su hombría, yéndose hacia el “empujador”, en actitud dominante. Mi novia posaba la botella en la barra y, mientras comprobaba su nivel de empapamiento, era ajena a que su jefe de manada se disponía a poner las cosas en su sitio.

Quién sí veía aquel duelo era yo, pero en seguida se pudo saber que el otro chico no quería problemas, pues se disculpaba ante su corpulento contendiente. María acabó por girarse, supo entonces de la tensión entre los dos machos, pero no intervino y les dejó hacer. La cosa se calmó y ella en ningún momento levantó la mirada para buscarme; quise pensar que si la cosa se hubiera puesto fea de verdad sí habría explorado con sus ojos hasta encontrarme.

El macho dominante, tras ganar el duelo con un par de frases o con su mera planta, y ver batirse en retirada a su timorato enemigo, volvió a su posición inicial, frente a María. Y la miró de arriba abajo, disimulando deseo y queriendo mostrar empatía. Si sentía satisfacción por haber quedado como un macho salvador tampoco lo mostraba, como si fuera intrínseco a él, como si fuera un héroe obligado, como si fuera un rol que le hubiera venido dado de nacimiento.

Yo quería ver aquella americana, o quién sabe, ojalá, camisa mojada, pero también quería ver la cara afectada de él, pero no se exteriorizaba en su semblante ningún impacto, y aquello precisamente producía que María no se decepcionase.

Si mis pulsaciones habían descendido al entender que la cosa con el otro chico no pasaría a mayores, volvieron a subir cuando el pretendiente se tomó la licencia de tocarla, no su piel, sino su americana, para abrirla un poco, y así comprobar él los daños. Lo hacía a modo paternal, mientras ella miraba hacia abajo. Si bien, seguramente, con aquel falso paternalismo lo que conseguía era verle mejor las tetas, pues era no solo factible sino probable que como consecuencia del baño se le estuviera transparentando el sujetador. Ella acabó por tirar de los cuellos de su camisa hacia arriba, intentando con ello despegar la seda de su cuerpo, y él apartó entonces lentamente su mirada y bebió de su copa. Era tremendamente morboso ver como él fingía no querer follársela y ella fingía no saber que esa era la única motivación de él, al que no le importaba absolutamente nada que un imbécil la empujara, pues no había trato ni aprecio, solo ganas de sexo con ella.

Yo también desvié la mirada, pero para darme un respiro. De nuevo me sentía raro, solo en medio de la muchedumbre. Veía corrillos, grupos de amigos, mesas repletas de colegas sin más ambición que desconectar del trabajo, pasarlo bien, desinhibirse para ser más ellos o serlo menos, mientras yo me encontraba en aquella situación surrealista, deseando que María hiciera o se dejara hacer algo con aquel hombre y hasta deseando que Edu colaborase, instigándola también para que tuviera algo que contarle.

No aguanté más de dos o tres minutos hasta que mis ojos volvieron a aquella improvisada pareja, que se mantenía en la misma posición, a una distancia cordial y apropiada, pero en este caso María tecleaba en su móvil mientras él le hablaba, y entonces él cogió su móvil y le dijo algo que no es que la hiciera reír pero al menos le hizo esbozar una media sonrisa que era al menos un hilo de esperanza.

María habló entonces y el tecleó. Me parecía raro que se intercambiaran los números. Muy raro, pero no imposible. Y me fijé de nuevo en ellos, en el porte de ambos, en el lenguaje gestual. Él también parecía de clase social acomodada, pues incluso en su bravuconería había estado en su sitio, sin aspavientos. Charlaban y yo no podía hablar realmente de feeling, pero sí al menos de cierta armonía. Quién los viera pudiera pensar que ya eran pareja. Quien los viera consideraría normal que follaran. Quien los viera pensaría que verlos follar tendría que ser un verdadero espectáculo.

Y así los dejé, armónicos, y casi compensados. Y es que decidí salir un rato fuera, a coger un poco de aire y darle aire a ellos, aunque lo que conseguí no fue relajarme sino todo lo contrario, ya que mi imaginación comenzó a volar.

Apoyando mi trasero contra un incómodo bolardo, intentando medio sentarme o algo parecido, sin éxito, me veía rodeado de gente y más gente que parecía emborracharse segundo a segundo. Yo había sacado mi copa del bar sin que nadie me pusiera pegas y sin previo aviso se me cruzó la imagen de aquel hombre besando a María, allí, al lado de la barra. Mi imaginación volaba a una María que en un principio luchaba contra él y contra sí misma, aunque sin apartar aquel beso, hasta que acababa por entregarse a él, reconociendo su triunfo, reconociendo que se la había ligado y reconociéndose a sí misma que a poco que besase bien y supiera como llevarla… se la acabaría follando aquella noche.

Me empalmaba imaginando aquello y no me sentía mal, ni un enfermo, seguramente por el paso de los meses y por el alcohol. Como alguien que reconoce su enfermedad y decide que no le va a llamar lucha si no forma de vida. Aceptaba mi destino con aquella locura, empalmándome, rodeado de gente y con mi imaginación ya yendo a una María montando a aquel corpulento hombre en la cama de nuestra habitación de hotel.

María le montaba y gemía, mientras yo, de pie, me masturbaba, mirándoles… María se acariciaba sus pechos con inclemencia y aquel hombre la agarraba con fuerza por el culo para ayudarla a acompasar los movimientos de cadera de ambos… Cuando precisamente ambos salieron del bar, cada uno con una botella de cerveza en la mano y ella, me daba la sensación, que con un botón desabrochado de más, quizás por el altercado del botellín de agua. Y ella me miró y yo di gracias de que mi miembro fuera mínimo y no se pudiera notar mi erección.

Su mirada fue fría y aquello me heló. Y fue fugaz porque en seguida se apartaron un poco de la puerta y se colocaron a un par de metros de la entrada. Llegué a pensar que habían salido por iniciativa de ella, para, si no buscarme, al menos poder saber donde estaba, pero el chico se encendió un cigarro y deduje entonces que quizás había sido él quién había solicitado salir.

A mis tres metros de distancia y a pesar de la imponente luz de las farolas no pude descubrir el nivel de mojadura de la ropa de María, aunque quizás ya hubiera secado. Pero lo que pude ver fue que ella tenía las mejillas sonrojadas y las pupilas dilatas por el alcohol, aún totalmente controlada, pero con evidentes signos de achispamiento. También vi que él tendría mi edad o un poco menos, quizás justo la de María, y que, sin constituir un cuerpo de gimnasio sí se le notaba algo musculado. Con una altura similar a la de Álvaro, pero infinitamente más hecho.

Pude vivir entonces, y con el corazón en un puño, todo el despliegue de cortejo de aquel hombre de camisa azul. Tenía aquel extraño tic de acariciarse la barba con las yemas de sus dedos y, a pesar de llevar siempre su cerveza en la mano, colaba a veces las palmas de las manos bajo sus sobacos, en una postura extraña y atendiendo o fingiendo atención a lo que María le decía. Una María que, con la espalda casi apoyada contra la pared, con aquellas piernas largas y desnudas y con aquella americana cara y camisa impecablemente blanca, rebatía las frases de él con interés, como si de verdad fuera importante de qué hablasen y no el motivo de la charla, que no era más que una excusa, como en estos casos siempre es.

El chico sabía lo que hacía y pronto quiso seguir pareciendo sutil, pero quiso serlo más cerca; llegó a apoyar la palma de su mano contra la pared y María quedó reducida a su sombra. De golpe le hablaba cerca y volcado sobre ella. Si la quisiera besar apenas tendría que dejar caer su cara hacia ella unos centímetros.

Y se produjo. No podía ser de otra manera. Entre el gentío, el griterío, las borracheras, la incómoda luz… La cara de aquel chico buscó encontrarse con ella. Sus labios fueron a ella… que con los ojos bien abiertos veía todo aquel movimiento como a cámara lenta, como también lo veía yo, y, si ella estaba la mitad de tensa que yo, estaría infartada, y entonces ella… giró la cara… evitó el beso…

…y el chico abdicó de su intento, pero siguió hablándole cerca, al oído, como si tal cosa, y ella le puso una mano en el pecho, y pude sentir el tacto de la camisa azul y el durísimo pecho de él a través de ella, haciéndole ver que debería retirarse un poco, pero tampoco le echaba. Ver aquel acoso me mataba.

Era un asedio conciso, quirúrgico, lógico. El chico estaba indudablemente bueno. Yo quería que pasara. Edu seguro le había dicho que le gustaría que se besara con él, aunque quizás solo fuera para alejarla de mí y mandar él. Ella, a aquellas alturas tenía que saber que su noche, que su viaje, era o aquel hombre, o una polla de goma pensando en Edu.

Y el chico posó la otra palma de la mano al otro lado del cuerpo de María, que quedó encajonada bajo aquella sábana azul y aquellos kilométricos pantalones negros. Y él le habló al oído, encajando su cabeza sobre el hombro de ella y todo su cuerpo pegándose al de ella… la cual me miró. Mientras aquel gigante le susurraba al oído y se disponía a hacer un segundo intento ella me miraba, con aquella mirada heladora que como otras veces plasmaba un “no me puedo creer que quieras esto”.

Y la cara de aquel chico viró a una María completamente acorralada, la cual mantenía la mano en el pecho de él, pero sin hacer apenas fuerza… Los labios de aquel hombre buscaron a María, y yo pude sentir ahora a través de él: sentir lo que es tener a María, a una mujer como María, tan cerca, a punto de sucumbir… poder olerla, poder sentir su erotismo y su sensualidad tan cerca… sentir ya aquellos labios que podrían ser el preámbulo de la mejor noche de tu vida… Y aquellos labios de él la buscaban, buscaban a aquella belleza que parecía ya no poder evitar sucumbir… y ella cerró los ojos, y giró la cara, no permitiendo que su pretendiente consiguiera absolutamente nada, no permitiendo que yo consiguiera apenas nada.

Tras aquellos dos intentos el chico retrocedió y siguieron hablando como si no hubieran estado a punto de besarse. La situación era insostenible para mi, incómoda para María y traumática para él.

Ella no le daba nada, pero le quería allí. Hasta que incluso se dio la situación de que acabaron por intercambiar sus posiciones, siendo entonces él quién apoyaba su espalda contra la pared de aquel bar mientras María le hablaba bastante cerca. Parecía que con aquello ella tomaba todo el control, pero curiosamente se proyectaba una imagen en la que, quien los viera ahora por primera vez, pensaría que era la chica quién quería que pasara algo y el chico quién se hacía de rogar.

Ella no se dejaba besar, no quería nada con él, pero en absoluto rehuía de su presencia. Entonces alguien llamó por teléfono al chico y se excusó para responder la llamada, apartándose unos metros de María, quedando ella en la misma posición, sin moverse, de espaldas a mi. Cogió entonces su teléfono y me escribió:

—¿Estás loco?

—¿Qué? ¿Por qué? —respondí a escasos metros de ella, sorprendido.

—Joder, está siendo descarado que nos estás espiando. Te ha mirado varias veces.

—Si, bueno… María… ya te digo que lo último que está pensando éste es que yo soy tu novio y estoy de mirón.

—Solo te digo que dejes de mirar. Que se está dando cuenta.

No le veía salida a aquella conversación. Me parecía absurdo siquiera que ella pensase que aquel chico estuviera a otra cosa que a conseguir ligársela. María se giró un poco entonces y su soledad se hizo más evidente, y la mía también, separados a cuatro o cinco metros y escribiéndonos mientras ella esperaba a que su pretendiente finalizase su llamada. Aunque nadie sabía muy bien para qué quería esperarle.

Levantó su mirada. Su melena caía en parte por delante de la cara y llevó entonces aquella fracción de su melena a detrás de su oreja, y la vi guapísima. Con aquellos taconazos, con su americana larga azul marina abierta, y con la camisa en su sitio, pero con aquel botón que hacía matar por otro más, ese otro más que la cambiaría de mujer fatal e inalcanzable a pibón provocativo pero posible.

Le escribí:

—Bueno, ¿pero te gusta tu armario empotrado o no?

Ella me miró antes de responder. Seria.

—¿Que si me gusta? No me lo estás preguntando en serio.

—Tan en serio como que llevas una hora dándole bola ¿Por qué si no entonces? —pregunté sin querer meterme en que casi, y por centímetros, no se habían besado. Sin duda mi pregunta era una trampa por si aquello de mostrarse receptiva ante él obedecía a una orden de Edu.

—Pues ni en serio ni en broma. Obviamente no es nada feo, pero no va a pasar nada. Obviamente.

—¿Entonces es que le calientas para contárselo a Edu a cambio de que te mande guarradas? —disparé, en un arrebato, pero sabiendo que dicho así le sonaría desagradable.

—Otra vez ya te lo dices tú todo. No tengo nada que aportar a tus historias —respondió, como era habitual en ella, sin aclarar nada que calmase mi intriga, aunque parecía de largo el resumen y la descripción más acertada de lo que estaba pasando.

Quise localizar al chico, el cual parecía estar orinando entre varios contenedores y vi como María también estaba al tanto de esa circunstancia. Se giró entonces hacia ella mientras se cerraba los pantalones en una actitud no del todo elegante y ella mantuvo la mirada, permanentemente esperando por él, lo cual me daba una pequeña esperanza.

Aquel hombre volvió a la carga, pero en una actitud de menos confianza. Yo la podía oler y daba la sensación de que aún más lo notaba María, que parecía hasta decepcionada por la poca chispa que mostraba en el segundo asalto. Llegando hasta parecer que hacía más ella por hablarle cerca a él que él a ella.

Mis desasosiego iba en aumento, simplemente porque aquel chico me había parecido un buen candidato, pero mis opciones, o las suyas, se iban diluyendo como un azucarillo. Y la cosa no mejoró cuando hizo acto de presencia un grupo de chicas, de unos 27 o 28 años, que él parecía conocer. Se saludaron y quedó de nuevo María al margen. Varias chicas entraron en el bar y una se quedó hablando con él, a un par de metros de mi novia, la cual aguantaba estoicamente aquella charla, dando de nuevo la sensación, para los no expertos, de que la interesada era ella.

Aquella conversación se prolongó. María cogió su móvil pero no me escribió a mi, y yo me fijé en aquella chica que captaba de repente toda la atención de aquel hombre. Bastante delgada, de pelo rizo y ligeramente alta; vestía un top negro y una chaqueta verde oscura, corta, y unos pantalones de cuero negros similares a los que había llevado María en la cena. Al contrario que a mi novia, a ella sí se le veía nítidamente el culo embutido en aquel cuero, pero su culo flaco no aportaba demasiado, muy distinto de lo que podría suceder en María si intercambiaran el vestuario.

Los minutos pasaban y María a veces escribía y a veces esperaba. Desde que la de rizos había aparecido mi novia había desaparecido. Ella posó su cerveza en el suelo y escribió de nuevo, esta vez a mí:

—Yo me voy.

No acababa de entender la actitud del chico, que aunque solo fuera por el rabillo del ojo, tenía que estar viendo a un pibón que le daba cien vueltas a la chica de rizos, esperando por él. Los minutos, largos y pesados, atacaban mis nervios tanto como al amor propio de María, la cual sin duda solo le estaba utilizando para el juego con Edu, pero aun así no llevaba nada bien aquel desplante.

Empezó a caminar, sin despedirse de él, que ni se giró al presentir que ella se marchaba. Yo comencé a andar en paralelo a ella, hasta que opté por alcanzarla y ponerme a su lado. Ella no decía nada, yo tampoco, y caminamos así unos quince o veinte pasos, hasta que me giré para ver si aquel chico tomaba conciencia de su error, pero lo que vi fue como se besaba con aquella chica de pantalón de cuero, en el sitio exacto donde lo había intentado con María. Aquella mujer acogía con ansia la lengua de aquel hombre que recibía al menos su premio de consolación, dejándome impactado sin saber yo muy bien por qué motivo, pero la situación de haber estado a punto de besar a María y de ahora besarse con aquella rubia con aquella vehemencia me dejaba tocado. Y aquella tensión tenía que salir por algún lado:

—Pues tu amiguito ahora lo está pasando bien.

—¿Por qué? —preguntó airada, mientras caminábamos.

—Porque se está enrollando con la rubia.

María se giró, y los vio con tanta nitidez como yo. No dijo nada.

Proseguimos la marcha, sin un destino fijo. Yo decepcionado por haber perdido una bala realmente buena, quién sabe si la única, y ella herida en su orgullo, lo cual la hacía aún más deseable.

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