TANATOS12

Capítulo 35

Prestaba la merecida y pertinente atención a Juanjo, pero con un sentimiento agradable, una especie de trasfondo, de poso, de sentir una extraña felicidad. Sí, felicidad podría ser incluso la palabra, por imponente que suene siempre, y me envolvía como consecuencia de poder sentir el inapropiado acoso de Rafa sobre María. Por supuesto no era un acoso real, de actos, si no de imaginación, de deseo sucio y culpable.

Con ese sentimiento tan positivo me enfrascaba en una conversación con mi amigo del cual asomaban unas ojeras desconocidas, pero mantenía la mirada brillante y jovial. Con una complexión similar a la mía, con su característico pelo rizado, sin atisbo de entradas, vividor y soltero vocacional.

En ningún momento, ni durante la presentación, ni mientras hablaba conmigo, había revisado de forma extraña a María, y lo cierto era que de él solo podía esperar eso. No solo nunca había mirado con intención ilegítima a ninguna novia de amigo, sino que ni siquiera se le podría calificar como ligón pese a su dilatada soltería. Había salido todas las noches posibles, pero siempre lo hacía para coger el punto exacto, como cuando alguien ya es plenamente conocedor de su cuerpo; siempre sin meterse en líos, sabiendo cuando retirarse y no haciendo en absoluto de la caza su motivación primaria, ni siquiera secundaria.

Mientras recordábamos tiempos felices y anécdotas gastadas podía comprobar de vez en cuando a su amigo. No era necesario conocerle para saber de su sobre excitación, de sus nervios, pues era obvio que aquel no podía ser su estado normal o natural. Le hablaba a María, yo podía oírle, y la intentaba embaucar bajo el pretexto de que ellos no conocían las anécdotas ni la gente de la que hablábamos Juanjo y yo.

Obviamente no era su objetivo conquistarla, pero no podía evitar mirarla, remirarla y degustarla. Como si viera en ella, en sí, una película erótica, de las que uno no ve con la intención de llegar a un clímax físico, sino para deleitarse con un regusto tenso, sexual, morboso y permanente, que le impide a uno apartar los ojos de la pantalla.

María no le hacía demasiado caso, lo justo para no ser descaradamente déspota. Además estaba su conversación a distancia con Edu, aquellos párrafos obscenos que parecía seguían apareciendo. Y es que yo veía que escribía algo y después debía de recibir algo más extenso y contundente pues, tras sonreirle a Rafa, sin ganas, tras cualquier intento de captar su atención, se la podía ver leyendo y desplazando el dedo por la pantalla de su teléfono.

Me preguntaba si le estaría contando a Edu que tenía un amago de pretendiente o si Rafa era tan insignificante que ni valdría la pena mencionarle. Y, mientras me preguntaba aquello, la observaba a ella, la cual cada vez parecía brillar con más fuerza, cada vez parecía más llamativa, más imponente, como si su belleza y elegancia aun fueran más tremendas cuando surgía algo o alguien sobre el que aplicar comparación.

Llegamos a pedir otra ronda mientras se sucedían nuestras risas melancólicas y nuestras anécdotas, mi felicidad interior, los nervios del pelirrojo, los mensajes de Edu y la altanería de María. Pero, un rato más tarde, ella y yo, llegamos a tener un momento de intimidad, pues Rafa se fue al aseo y Juanjo se detenía a hablar con un amigo o conocido. Yo, consciente de tener mi tapón de la desinhibición medio sacado como consecuencia de la tercera ginebra, le pregunté a María sobre quién era aquella persona que le escribía tanto. Sabía que Edu sería uno, pero sospechaba, o deseaba con fuerza, que quizás Álvaro le estuviera escribiendo también.

—Pues Edu. Ya lo sabes.

María oteaba al bar con desgana. Con el móvil en aquel momento en el bolso. Yo sabía que debía apresurarme si quería sacar un tema interesante pues nuestra soledad duraría poco. Así que solté una bomba, sin preaviso, sin anestesia:

—Casi… te folla Víctor al final —dije recordando aquel momento en el que, representando que era aquel enjuto cuarentón, me había colocado tras ella y ella casi había accedido a ser penetrada… Lo dije siendo plenamente consciente de que aquello no le sentaría precisamente bien.

Su mirada fue retadora, pero desprendiendo que aceptaba el golpe. Y no atisbé sorpresa, como si asumiera que, a aquellas horas, con alcohol por medio y después de tantos meses, no constituía del todo jugar sucio el hecho de pronunciar cierto tipo de frases hirientes.

Tras dar un trago a su copa y atusarse la melena como si yo mismo fuera un espejo, gustándose, me dijo:

—Eso es lo que tú querrías… con Víctor… con el Rafa este… y con todo este bar si fuera posible.

—Te mira… con lascivia, Rafa —dije, solapándola, algo borracho, tan pronto ella había pronunciado su nombre.

—Me mira como un cerdo. Más bien.

—¿Le vas a dar bola? —pregunté sabedor de que lo quería yo, y de que si Edu era conocedor también lo querría, y quien sabe si no estaría remando también en la misma dirección.

—Si seguís los dos amiguitos hablando de cosas de las que no tengo ni idea pues igual no me va quedar otro remedio.

Lo dijo con chulería y sentí en aquel preciso momento una imponente fascinación; me llegaba a impresionar, por sentirla como otra María, como si pudiera juzgarla, como si pudiera verla sin la desventaja de conocerla, con aquella ropa cara… casi improcedente en aquel austero pub, con aquella altanería… con aquella seguridad y feminidad.

Aquellos súbitos sentimientos me hicieron explotar en una frase extraña, descontextualizada, y que seguramente nunca le había dicho, al menos no de aquella forma:

—Estás muy buena… María…

Ni se inmutó. No sentí ni que lo viera como un halago, y me lancé a hablar, dándole forma, la volví a piropear y ante su inexpresión me dio por hablar sorpresivamente de su ropa interior, seguramente porque lo llevaba dentro, y porque algo no me cuadraba.

—Lo que llevas debajo… vamos el sujetador ese y las bragas, claro, ¿de donde lo has sacado?

Me sentí absurdo, todo yo, y, cuando esperaba una respuesta tan obvia como ridícula había sido mi pregunta, atajó de raíz cualquier atisbo de conjetura.

—Ya sé por donde vas… pero no hace falta que hiles tan fino, que solo me faltaba que Edu me dijera qué sujetador comprarme.

Me quedé en silencio y ella prosiguió:

—Una cosa es… el mamoneo… de lo que me escribe… y otra eso…

No me convencía demasiado su respuesta, pues no veía mucha diferencia entre “ordenar vestir” y “ordenar comprar para vestir”, pero no quise seguir por ahí. Intentaba pensar con rapidez e iba desechando ideas, sobre todo por ser demasiado agresivas. Sopesé entonces decirle que casi se le transparentaban los pezones, aunque solo fuera mínimamente, bajo la camisa, y como sin duda se le habían transparentado con el sujetador anterior, pero la ataqué por otro flanco:

—… Bueno… el Rafa este tarda mucho…

—Pues sí, y tu amigo se enrolla bastante.

—Igual se está pajeando en el baño. Pensando en ti…

—¿Rafa?

—Claro.

—Seguro… —dijo con desidia.

—¿No te gustaría?

—Me da absolutamente igual.

—¿Le has escrito a Edu contándole que tienes un pretendiente?

—Sí, lógicamente. Le estoy diciendo eso, claro, y de paso… le estoy diciendo que me muero porque… porque me lo… haga otra vez —dijo irónica.

—¿Ah, sí? Puedes decir follar, no pasa nada —dije cerca de su oído, queriendo tocarla con mi frase, pero me tocó más el aroma de su melena y la densidad de aquel inédito perfume, o viceversa.

—Vale. Gracias por la autorización. Le he dicho entonces que es una pena que no esté aquí para follarme bien y que nada… que me tendré que conformar contigo —María pronunciaba aquellas palabras, con chulería, para humillarme o hacerme daño, en ningún caso como un favor para excitarme.

—Dile que en tal caso no sería conmigo, sería con el arnés que tenemos… con esa polla enorme que le representa a él… o a Víctor —le repliqué bajando al barro.

—Sí, solo me faltaba contarle lo del juguete ese…

Nos enzarzábamos en aquella especie de conversación o discusión en la que era todo ficticio, pues obviamente no le había escrito nada parecido a Edu y siempre con aquella pretensión suya de humillarme. Humillación de la que yo no rehuía. Pues por mucho que contraatacase no lo hacía para evitar que siguiera intentando vejarme.

Aquello se cortó de repente pues Juanjo me abordó por detrás y, pronto, y aunque yo no quisiera, me veía de nuevo envuelto en temas y anécdotas pasadas, e inevitablemente María acababa por volver verse desplazada. Con Rafa desaparecido, la soledad de María no solo se hizo evidente sino tentadora, por lo que no tardó en recibir la atención de otro pretendiente al que yo, en un principio y como consecuencia de estar girado hacia mi amigo, no pude ver bien.

De espaldas a lo que hablase María con aquel hombre, yo hablaba con Juanjo y veía aparecer por fin a Rafa, el cual viendo que mi novia estaba ocupada, encontraba cobijo en nosotros.

Tras unos instantes conseguí colocarme de tal forma que pude ver a María: con su incesante pose chulesca, pero mirando con ojos más atentos que cuando se había dejado entretener por Rafa, lo cual ciertamente no era difícil. También pude ver a su nuevo amigo: muy alto, pelo negro, barba de tres días y mandíbula prominente, corpulento, pero proporcionado, con unos vaqueros negros rasgados por las rodillas y una camisa azul. Hablaba con María, pero con cierta tranquilidad, sobre todo en comparación con la tensión y casi pánico del anterior pretendiente pelirrojo.

No pude evitar pensar, y ya era un clásico dentro de mis obsesiones, que ella con aquel hombre que se rascaba la barba de forma casi constante mientras hablaba, sí parecía encajar mejor. Parecía una pareja más acorde, (¿más justa?), de lo que pudiera parecer conmigo. Siendo más guapa ella que él, su unión no constituía una rareza tan evidente como conmigo.

Pasaron unos minutos en los que disfruté de Juanjo y sus ocurrencias, pero sobre todo disfruté de aquella conversación, aun sin poder oírla, de María con aquel hombre, el cual no exteriorizaba lascivia, pero si la apartaba poco a poco, con disimulo y astucia, de nuestro trío, demostrando innegable experiencia en aquellas lides.

Hasta que llegó el momento en el que mi amigo y Rafa se tuvieron que ir y Juanjo me preguntó si le despedía de María. Yo le dije que sí y, antes de que se fuera con Rafa, y siendo consciente de que ella llevaba ya un rato extrañamente ocupada, me preguntó:

—¿Pero… se conocen?

Y yo entendí que aquellos diez o quince minutos de María hablando con aquel hombre se le harían ciertamente extraños a cualquiera que no supiera de nuestra situación, y mentí:

—Sí, sí. Claro que se conocen.

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