TANATOS12

Capítulo 34

Deseaba que se desvaneciera mi erección pues estaba inmerso en una extraña vergüenza, pero de la que una vez embarcado no podía saltar. Titubeé en una respuesta imprecisa y lo cierto era que si bien había pensado en su momento en salir suficientemente arreglado, llegaba a sentir que resultaba humillante arreglarse con especial ahínco precisamente durante aquellos contextos, aquellos momentos de líbido de María, en los que yo le producía casi repulsa física.

Opté entonces por unos vaqueros, una camiseta y un jersey al hombro por si la noche acababa enfriando y, mientras mi miembro descendía, yo lo contemplaba y entendía que ella, que mi polla, había sido y seguía siendo una protagonista latente de todo lo que nos estaba pasando. Pensaba que si yo le contara a alguien que María en poco más de un año, aunque empujada por mí, lo hubiera hecho con tres hombres, pudiera pensar que la víctima era yo, pero si viera mi minúscula polla y su cuerpo desnudo, pensaría, como mínimo, que no había culpables.

Comenzaba a vestirme cuando vi mi teléfono iluminarse, era mi amigo Juanjo que me llamaba. Aquel chico no proponía sino que hablaba en hechos consumados: “Cómo no me avisas antes”. “Tenemos que vernos, no me jodas”. “Es increíble que aún no conozca a María”. “Id al garito que queráis de Malasaña que me desmarco un rato de mis amigos y en una hora estoy ahí”.

Mientras hablaba con él seguía afectado por lo vivido instantes atrás, recordando aquellos textos de Edu, concretamente la forma en la que se había referido a mí, quizás con cierto retintín, sobre todo cuando hablaba de que con mi mínima polla apenas María podría colgar allí sus bragas, pero sin apenas rastro de sadismo o de ganas de batalla. De hecho, hasta referirse a mí sin usar aquel molesto diminutivo, resultaba extraño, y yo llegaba a agradecerlo. Recordé aquellos meses en los que Edu parecía disfrutar humillándome, como si quisiera explorar aquel camino, camino que finalmente abandonaría, quién sabe por qué, quizás porque tampoco encontraba en él una satisfacción especial; seguramente no solo María y yo estuviéramos conociéndonos a nosotros mismos en aquella locura sino también el propio Edu.

Colgué el teléfono y terminé de vestirme mientras veía como María volvía a ponerse aquellos tacones, aquellos shorts, aquella camisa blanca y aquella americana larga azul marina. Sobre si se obsequiaba a sí misma con aquel sujetador de puta la respuesta era que no, sobre si se obsequiaba a sí misma con la humedad de las bragas, seguramente caladas, que habían colgado de mi miembro impostado, la respuesta era igualmente negativa. A cambio me daba, o se daba, unas bragas color azul celeste, casi grisáceo y un sujetador de idéntico color, más contundente, aunque sin tirantes, con más tela y encaje, aunque evidenciando cierta transparencia en la zona de las areolas, y desde luego más acorde a las dimensiones que debía tapar; potente, elegante, semi transparente y azul grisáceo, todo ello junto me hacía sospechar que fuera también de adquisición reciente.

Enésimo taxi, enésima distancia, y yo le contaba los planes de mi amigo y ella no necesitaba aclararme que no quería pasar demasiado tiempo con él, pues sabía de sobra que yo pensaba lo mismo. Otra vez buscábamos situaciones similares aunque con fines y motivaciones diferentes.

Salimos del vehículo y fue la cuarta vez que alguien desaprovechaba la oportunidad no solo de mirar con deseo a María sino de mirarme a mí con incredulidad. Por eso ansiaba que se diera cuanto antes esa morbosa y bendita situación.

Parados en el medio de la calle, fuertemente iluminados por la luz amarilla de las farolas, casi como si fuera de día, pude ver como Álvaro la llamaba. Allí, ambos quietos, de pie. María sabía que yo lo había visto y yo sabía que ella no iba a responder a aquella llamada.

—¿No decía que se encontraría con Sofía? —pregunté.

—Sí.

—Lo planteaba como un ahora o nunca, ¿no? —incidí sabiendo que mis frases pudieran molestarla y que su hastío por Álvaro lo podría acabar pagando yo.

—Es un pesado —zanjó ella, dando un paso, dándome a entender que aceptaba cualquier bar, mismamente el que teníamos a pocos metros.

Cuando me pude dar cuenta entrábamos en aquel pub, ella delante y yo detrás, lo cual me permitiría comprobar si tendríamos otro caso como en el vagón del tren, o como el de aquel bar que quedaba ya tan lejano. Hubo destellos, pero aislados, insuficientes, miradas de admiración, pero no lo suficientemente sucias como para colmarme.

Dos barras, música algo alta y demasiada luz. Un dos por uno que anunciaba resacas terribles y demasiadas mesas y taburetes bajos, hasta en las esquinas más recónditas. Le escribí a Juanjo y acodados en la barra comenzábamos a beber y ella le hacía caso a su móvil, pero solo de vez en cuando. Pasaban los minutos y no conseguíamos mantener una conversación fluida y es que no es que tuviéramos un elefante en la habitación, sino cuatro o cinco.

Teníamos su mamada figurada a Víctor, su “no” a Álvaro, sus mensajes con Edu que continuaban, su extraña pretensión para aquella noche y la casi imposible aspiración mía.

Allí, en la barra, mientras veía que María estaba menos pendiente de su móvil de lo que yo querría, pensaba en el plan revelado por ella y no acaba de encontrarlo lógico: Recibir guarradas por mensaje de Edu, quizás dejarse atacar ligeramente por alguien, seguro gustarse… y usar esos elementos… ¿para? Y es que quién iría con ella al hotel sería yo, así que, por mucha excitación que acumulase, todo acabaría por acabar introduciéndose un cilindro insípido. Conmigo.

Seguía dándole vueltas a sus aspiraciones y la veía ciertamente contenida. Con la chaqueta desabrochada pero algo cerrada, con la camisa sin escote alguno, con aquellas piernas desnudas que no se podían vislumbrar entre el gentío, con el culo embutido en aquellos shorts pero tapados por la americana. Yo sabía que allí había una bomba y alguien que se acercase y la escanease también lo vería, pero en aquel momento casi hasta pasaba desapercibida, para mi desesperación.

A pesar de todo el morbo que había sobre la mesa me resultaba casi imposible utilizarlo. ¿Cómo, repudiándome sexualmente en aquellos momentos de líbido desorbitado, podría precisamente yo sacar a la palestra aquellos temas?

Pero pasó entonces algo sorprendente. De todo lo que pudiera salvarnos en aquel contexto, nunca hubiera pensado que fuera una persona, su amiga Inés, aquella chica que estaba de cumpleaños y a la cual María había felicitado, quién pudiera surgir para sacarnos del apuro; y me refiero en plural pues obviamente María no estaba tampoco a gusto, en otra ciudad, bebiendo en silencio, incómoda, terriblemente incómoda, con su propio prometido.

Y es que de Inés saltamos a una amiga común de ellas, Mamen, la cual yo conocía de haber coincidido con ella no más de cuatro o cinco veces y de haberle cotilleado vagamente en redes sociales; y una anécdota en la que ella era la protagonista acabó con aquel silencio asfixiante y recortó un poco aquella distancia.

—Sí, me acuerdo de ella, sí —le dije omitiendo que tan pronto había escuchando su nombre había recordado que la chica era guapa hasta decir basta.

—Pues lo que te estaba contando, que a finales del verano pasado, que también tela que Inés no me lo haya contado hasta hoy, estaba saliendo con estas y se encontraron de casualidad a uno que es modelo, no sé si sabrás quién es.

María me dijo su nombre y me sonaba. Lo buscamos en internet y efectivamente aquel chico no solo era modelo reconocido a nivel nacional sino más allá.

—Es guapísimo, yo creo que es el modelo más guapo que hay, sin ser yo muy de modelos —dijo María mientras yo no podía hacer otra cosa que darle la razón mientras miraba imágenes de anuncios en los que él era realmente el producto.

Fue ciertamente un respiro aquella conversación. Los dos lo sabíamos y agradecíamos aquella bajada de pulsaciones, que no sabíamos cuanto podría durar, pero sin duda era un alivio poder ser un poco nosotros… después de lo vivido en el hotel, de su casi visita a Álvaro, de sus confesiones en el tren, de su comida con Edu… de su narración en la cena de la que habían pasado solo veinticuatro horas… y que parecía una eternidad…

—Bueno… ¿Y qué? —pregunté desviando la mirada de mi móvil para enfocarme en ella, en sus labios carnosos, tiernos y sugerentes, en su mirada encendida por estar a punto de contar algo importante, en la blancura de los cuellos de su camisa en contraste con su perenne tez morena y su melena castaña.

—Pues… nada… sabes que Mamen tiene novio. Tiene novio además desde hace… bueno, es que ni me acuerdo.

—Sí, sí —respondí. Lo que no le aclaré fue que lo sabía sobre todo por cómo bombardeaba la propia Mamen en redes sociales con lo guapos y felices que eran.

—Bueno… pues… —dijo marcando los tiempos, alegre y súbitamente achispada— pues el chico le fue a hablar a ella. Directo.

—Modelo, pero no tonto.

—No, no, para nada. Debió de ver un poco… como que estaban de cotilleo mirándole y se fue a hablar con ella. Bueno, esto me lo acabo de inventar —sonrió— pero algo así sería. Y bueno… no sé, se tomaron una copa, no sé, y estas flipando, claro. Al parecer el chico guapísimo, incluso más en persona.

—Vale… ¿y?

—Pues… eso… que en esto que Mamen se aparta, vuelve con ellas, no sé, o es él el que vuelve con la gente con la que estuviera.

—¿Y ya está? —pregunté.

—No, no. Espera. Entonces Inés le pregunta, lo típico, que de qué han hablado y tal. Y ella le dice que el chico le dijo directamente que se fuera con él al hotel. Ella le dijo que tenía novio, y él que estaba de paso, que bla bla… que lo que ella viera. Y claro, Inés, que sabe como es Mamen… que tiene novio y que nunca existe nadie más para ella… le dijo que qué pena que no hubiera elegido a otra.

—Otra no iba a elegir… —no pude evitar decir sabiendo la diferencia de atractivo físico entre Mamen y las demás del grupo. No es que fueran todas feas, había alguna que no estaba mal, pero Mamen estaba en otro nivel.

—Ya… pues en esto que Inés ve como Mamen le escribe a su novio y se lo cuenta.

—¿Le cuenta el qué?

—Pues le cuenta que se ha encontrado con ese modelo y que le ha propuesto eso y que qué hace.

—¿En serio? —pregunté, metido en la historia, solapando sus palabras.

—Sí, en serio, y el novio le dice algo en plan… porque Inés como que lo estaba medio viendo lo que se escribían pero después Mamen se lo contó bien. Pues que el novio en plan… pues… ¿y qué hace aquí? ¿y qué vas a hacer…? Y ella que está de paso y que… precisamente le está preguntando a él qué hacer. Y nada. Que…

—Joder… qué locura… ¿no? —dije siendo consciente de que, aun siendo una locura, era mucho menos locura que lo que llevábamos meses viviendo nosotros.

—Pues… eso… que el novio le acaba diciendo que por él que bien, que entiende que es un tío que está increíble, como lo más… top… y que si quiere y siendo obviamente solo sexo que folle con él.

—Joder… pero… ¿Ya habían hecho cosas? —pregunté refiriéndome a cosas similares a las nuestras.

—No, no. Para nada. O sea, surgió así y de la nada…

—¿Y…?

—Pues nada. Que Mamen se acercó a él, hablaron medio minuto y se fueron.

—Se la llevó al hotel.

—Eso es.

—¿Y?

—No sé. De eso ya no contó nada. Se la… eso… qué fuerte… —dijo mirando de nuevo la foto de él en el teléfono móvil.

—Oye… pues… tiene puntillo la historia —dije impactado y sabiendo que aquella anécdota, aquella conversación nos daba aire, nos quitaba un poco la asfixia de aquellas últimas veinticuatro horas.

—Sí que tiene puntillo, sí —dijo ella, sorprendiéndome un poco, reconociendo lo morboso de la situación, aunque fuera una amiga suya la protagonista, sorbiendo de la pajita, mientras yo pensaba lo bien que estaría eso de ser guapo a morir, para poder llegar a un pub así y elegir, si bien yo casi me conformaba con tener un miembro normal, aunque, de tenerlo, seguro no estaría embarcado en aquella locura de la que no quería escapar.

Pensaba aquello y de nuevo mi minúscula polla era señalada como el gran detonante, pues sabía que con algo decente María nunca hubiera caído, que todo salía de una insatisfacción puramente física.

Aquella conversación nos sirvió de trampolín para hablar más distendidos y para tomarnos otra copa. María se fue al cuarto de baño y entonces por fin pude ver a dos chicos escaneándola y conspirando. Pero yo aún quería más.

Ella volvió de los aseos casi a la vez que Juanjo hacía acto de presencia, y no lo hacía solo, sino con un amigo. Nos saludamos con aprecio real, con efusividad medida y no impostada e inmediatamente después me presentó a su amigo, Rafa, un chico menudo y pelirrojo, con gafas, no demasiado agraciado y yo les presentaba a María.

Sabíamos que no podríamos conseguir una mesa, así que nos hicimos un hueco de pie, en la barra, como pudimos. Juanjo pedía dos copas, para él y su amigo, y nos preguntaba el por qué del honor de encontrarse con nosotros en Madrid. Mientras yo no sabía muy qué mentira contar, porque ciertamente no era explicable nuestra situación, pude ver con el rabillo del ojo lo que llevaba tiempo buscando.

Sí, por fin vi lo que llevaba horas ansiando, aquella mirada, sucia, lasciva, casi repugnante, la mirada del tal Rafa, sobre María. Sobre su pecho bajo la camisa, sobre los pezones que se podían adivinar marcando mínimamente la seda blanca si te detenías sin disimulo, sobre sus piernas largas, sobre su estilo, sobre su proyección de mujer engreída, sobre su irradiación de sexualidad contenida.

Y sentí mi corazón acelerarse y sentí el rubor de María, que, a aquellas alturas, detectaba tan rápido como yo aquellas miradas, aquella sucia lujuria, aquellas ganas de… Aquellas ganas de follarla que Rafa no podía evitar exteriorizar.

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