DAVID SARABIA

La gran pasión de Humberto Fierro, aparte de levantar pesas, era cobrar el dinero ajeno para obtener el suyo. Un trabajo sencillo, fácil, sin ninguna ciencia, donde él tenía la sartén por el mango y el mala paga no. Y al estar de pie, afuera de una covacha que simulaba una casa y frente a don Serapio Cervantes: un hombre viejo, flaco, sin dientes, que apestaba a cerveza de barril añejada,  y con los estigmas de la pobreza tapizada en sus ropas, le venía el recuerdo de un discurso hecho por el director general en la premiación anual, donde se otorgaba el trofeo al mejor en ventas y cobranza.

“Bendita sea la empresa que da la oportunidad de progresar a sus empleados, facilitándoles las herramientas necesarias para ejecutar su trabajo con inteligencia y honestidad. Siempre apegados a los valores de ésta. Y ésta: la Tienda Amarilla, se preocupa por el bienestar de sus empleados y la satisfacción de sus clientes”

Tal imagen digna de la simulación de un político de primera, se disipaba como una niebla que desaparecía para perderse en el pozo de los recuerdos. En ese momento, y bajo el abrasador sol de la tarde, en pleno mes de Julio, Humberto Fierro, quien portaba puesto su casco de motociclista y enfundado en su camisa blanca con el logotipo de la bendita empresa, hinchaba sus musculosos brazos, casi reventando las mangas de su camisa para verse atemorizante, y así amedrentar con su físico y voz prepotente al cliente moroso, quien atónito recibía la metralla de letanías desde el umbral de su casa.

― ¡Mire pinche viejo mala paga, el contrato dice que si se atrasa las semanas que sean, se da por terminado el crédito y está obligado a pagar el saldo total del adeudo! Así es que saque la lana del atraso o sáqueme inmediatamente las cosas para llevármelas―.  Humberto, quien escondía su identidad en el interior de su casco, le daba vuelo a su voz de dictador, ya que era grave y sonora como si tuviera un altavoz integrado. ― ¡Saque la feria o en este momento hablo a los abogados para que vengan a embargarlo, y a la policía para que lo metan a la cárcel!

― Deme chance señor ―, imploraba el hombre viejo y sin dientes, dejando escapar un tufo a cerveza rancia.

― Dinero, saque dinero, todo lo que tenga. ¡No es negociable!

― ¡Me voy a quedar sin tragar!

― Ese no es mi problema…y aparte usted no traga comida, sólo engulle alcohol ― contestaba tajante Humberto Fierro, ignorando las súplicas de un hombre anciano, quien seguramente reposaría dentro de poco bajo los jardines del cementerio del Ejido. Cosa que le preocupaba debido a que la deuda era bastante, y si se moría no ganaría el bono mensual por recuperar dicha cuenta.  Eso de estar arreando a los parientes para que realizaran los trámites correspondientes para que el seguro cubriera el adeudo, era engorroso y burocrático, y a esa gente sencilla del campo tales menesteres les resultaban tediosos e inútiles: ¿Pa’ qué? Si ya está tieso, ya no debe nada, y ya está con tatita Dios. No era la primera vez que había escuchado tal frase, y no pensaba oírla nunca más. Le cobraría, aunque el viejo cayera fulminado a sus pies debido a un ataque al corazón.

Don Serapio Cervantes, impotente, cerraba sus ojos y miraba hacia el sol como si estuviera a punto de elevar su alma al cielo para pedir la divina intervención de un ángel, para que bajara y fulminara con su rayo destructor al prepotente y abusivo cobrador de la Tienda Amarilla.

― Dinero, dinero y dinero ― repetía Humberto Fierro como un robot programado para exigir y no escuchar ―. ¡Deme dinero! o si no, en este momento entro a su casa y le saco todos los mugrosos muebles para rematarlos por unos pesos y de allí me cobro una parte.

Y nuevamente el director general emergía del pozo del recuerdo, con su discurso motivador dentro de la cabeza de Humberto Fierro, quien inconscientemente evocaba la imagen, porque ese día había sido el mejor de su vida: El día que lo premiaron.

“Nuestra empresa lleva bienestar y progreso a las familias humildes, a esas, a las cuales otras organizaciones han olvidado debido a que no tienen la confianza para invertir en ellas. Nosotros, la Tienda Amarilla les otorgamos servicios de crédito comercial y financieros, y así los llevamos de la mano por medio de nuestros grandes asesores, quienes brindan un servicio inigualable durante la venta y la post venta; sea esto en la asesoría de garantías, seguros y sobre todo nuestra cobranza, donde tenemos al mejor personal capacitado, quienes ayudan a nuestros clientes a regularizarse. Siempre con todo respeto y el mejor trato, el cual nos diferencia de la competencia. Por eso, nuestros clientes siempre regresan, recompran y nos recomiendan”.

Después, el director general anunciaba con bombo y platillo:

― Ahora tengo el honor de entregar el premio al mejor de lo mejor, al señor Humberto Fierro, quien ha sido un elemento que se ha entregado con pasión a su trabajo de recuperación de cartera vencida. Donde ha dejado cuerpo y alma, dando el ciento veinte y lo mejor de sí para alcanzar las metas establecidas por la empresa. El señor Humberto ha dejado totalmente satisfechos a nuestros clientes con su gran trato humano.

Un cañonazo de aplausos cimbraba el auditorio, y cuando Humberto Fierro subió al estrado, se le preguntó cuál había sido su fórmula mágica para rebasar las metas y ser el primer lugar a nivel nacional.

― Este, este, pues tratando bien a nuestros clientes ― dijo mientras tomaba el trofeo de las manos del director, para después mostrarlo a un público conformado por empleados que habían venido de diferentes partes del país.

Pero la realidad de don Serapio Cervantes era otra. Con una espantosa resaca, humillado y abatido, agachó su cabeza avergonzado al notar que medio barrio estaba afuera de sus casas. Mujeres, niños y algunos hombres observaban como espectadores morbosos, esperando la estocada del embravecido cobrador, quien era conocido por su vigorosa voz dictatorial cargada de testosterona y por sus musculosos brazos, los cuales exhibía como si estuviera realizando una rutina de fisicoculturismo cuando exigía el pago vencido.

― ¡Es el Mamey! ― gritó un niño con voz de asombro escondiéndose detrás de las piernas de su madre, creyendo que tal cobrador era el poderoso antagónico de algún superhéroe que nunca llegaría allí a salvarlos.

Humberto Fierro tenía conocimiento de buena fuente que la gente del Valle le había puesto ese apodo, cosa que le agradaba, debido a que los mortales comunes y corrientes se referían a los hombres musculosos como “mamados”.  Y “mamey” era un sinónimo que alegraba sus oídos. Aunque en realidad nadie le decía Mamey en su cara. El único que se había dirigido a él por Mamey fue un vendedor de seguros que no le daba buena espina.

Don Serapio Cervantes se dio la vuelta y entró a su desdichada vivienda, que se caía en pedazos. Resignado, tomó un sobre choncho con cinco mil pesos que reposaba sobre la humilde mesa. Hizo un gesto de enfado y salió nuevamente para encararse ante el mastodonte bravucón y se lo extendió de mala gana.

Humberto Fierro se lo arrebató  y lo abrió.  Para su gran sorpresa, era un grueso fajo de billetes de varias denominaciones. Y como cajera de banco, los contó deslizándolos de una mano a otra como si fueran cartas de naipes.

Al tener la cantidad exacta se dio cuenta que era el saldo total de la deuda. Muy sonriente se embolsó el dinero dentro del bolsillo del pantalón y se dirigió a la motocicleta. Encima de los manómetros estaba una bolsa con cremallera ajustada con una correa. La abrió y extrajo un recibo membretado y foliado. Se apoyó sobre el tanque y garabateó el nombre de Serapio Artemio Cervantes Tambo sobre la línea. Y debajo, la cantidad pagada en favor de la Tienda Amarilla.

― ¡Que tenga un excelente día don Serapio, espero que haga una compra o pida un préstamo, y que ahora sí sea puntual en sus pagos! Le extendió el recibo. Al terminar el cobro, se montó en la motocicleta encendiéndola con el pedal. Aceleró con la mano derecha y la llanta trasera patinó levantando una ráfaga de tierra, y así, el Mamey de la cobranza se alejaba dejando una estela de polvo, que bañaba con su constelación de partículas a don Serapio y a todos los presentes chismosos, quienes indignados se habían quedado petrificados sin decir palabra alguna.

La motocicleta cruzaba las terregosas y estrechas calles del ejido, esquivando perros, niños desnudos, uno que otro zombie drogadicto y hasta un burro que caminaba parsimonioso sin dueño alguno que lo guiara. Después, al salir de aquel poblado donde un puñado de familias vivían encapsuladas en un tiempo remoto, se subió triunfante a la cinta asfáltica que lo conectaría a la carretera federal, por donde tomaría el regreso a San Luis Río Seco.

Era miércoles, un día neutro para las ventas y la cobranza. Un día piojo por naturaleza, donde la gente se olvidaba de comprar y también de pagar. Y ese fajo de billetes hacía la diferencia, arrancándole una sonrisa desde el fondo de su ser.

La Tienda Amarilla cerraba semana a las nueve de la noche del día domingo, por lo tanto, se encontraba  en ese momento sin un solo quinto en la cartera. Ese fajo de dinero le había caído del cielo y pensaba hacer uso de él para pasar bien el resto de la semana; pagaría algunas deudas, después adquiriría suplementos y pastillas. Liquidaría la mensualidad del gimnasio, y por último lo más sagrado: compraría su comida y no la de su familia. Al cabo que ellos comían la canasta básica; sus dos niños y esposa podían mantenerse con huevos, panes, chorizo, frijoles etc., mientras que él no. Él necesitaba pechugas, carnes rojas y todo lo que fuera proteína para fortalecer y hacer crecer sus músculos. Tal canallada alimenticia enfurecía a su esposa, pero Humberto Fierro alias el Mamey, la convencía argumentándole que todo ese gasto personal era para su mantenimiento, para verse fuerte e imponente y así poder atemorizar a los clientes para sacarles el dinero.

Mientras planeaba su gasto, cruzaba velozmente una extensa área donde las parcelas de cebollín se extendían a sus costados sobre amplias hectáreas, para después tomar la carretera federal. Conforme rebasaba autos y tractocamiones, su mente volaba hacia los confines de su mundo interior, donde se miraba a sí mismo como un hombre rico en algún futuro, y después, recordaba el día que lo contrataron como recuperador de cartera vencida; y en tal recuerdo aparecía la imagen del gerente Juan Gutierritos: un hombre menudo, delgado, de ademanes finos y mirada mezquina, quien le había dicho como preludio del porvenir: aquí, si le echas ganas, vas a ganar un chingo de dinero.

Y sí, el gerente Juan Gutierritos tenía mucha razón. La Tienda Amarilla era una “bendita empresa”, tal como la calificaba el director general, debido a que contaba con un sistema de pagos inigualable y sin comparación con otras empresas del mismo ramo. La Tienda Amarilla era una organización comercial que brindaba servicios financieros con una centena de sucursales en todo el país y fuera de éste. Allí, todos los empleados que dejaban la piel durante la jornada laboral, trabajando con ímpetu, alcanzando objetivos y logrando metas. A los que les iba bien cuando llegaba el pago semanal, el cual podía revisarse electrónicamente la cifra ganada gracias a los sacrificios realizados. Y cuando se gastaban su paga pensaban motivados: nunca te acabes Tienda Amarilla, por los siglos de los siglos…

    Pero Humberto Fierro era de otra madera. Siempre, en todos sus trabajos, buscaba la manera fácil y armoniosa de trabajar menos y ganar más. Era algo que ya tenía grabado en su chip genético. Y ahora, allí en la Tienda Amarilla, tenía la oportunidad de trabajar duro y ganar como si fuera un ejecutivo de Wall Street. Recordaba las palabras de Juan Gutierritos, que con su cara de niño bueno, pero con algunas arrugas, les repetía en las juntas de trabajo: Cóbrenles duro, pero sean inflexibles. Porque el manual dice que tienen que ser amables. Si la cosa sube de tono, yo aquí calmo broncas, de mi gerencia no sale. ¡Sáquenles el dinero y alcancen sus metas!

     Y las había alcanzado. Ya tenía un año trabajando y había sido seleccionado para ir a la convención en Ciudad de México, donde se premiaba a lo mejor de lo mejor. La mañana que había  recibido la notificación vía e-mail en su sistema en la oficina, había brincado junto con sus compañeros, quienes lo abrazaban y vitoreaban festejando su nominación a los “Oscares” de la cobranza. Y cuando regresó nuevamente a su árida tierra, donde el sol quemaba como el mismo infierno, juró que iba a volver nuevamente a la convención para ser el número uno por segunda vez consecutiva, y si era posible, por qué no, hasta una tercera.

A un kilómetro se divisaba el puente y más adelante la bendita ciudad llena de gente pobre, que los convertía en ricos a él y a sus compañeros de trabajo. Con el viento caliente en contra y entrándole por la abertura del casco, subía por el puente y llegaba a la caseta de cobro, pasando de largo al funcionario que se quedaba con la mano extendida.

Conforme entraba a la ciudad, la imagen de un pusilánime Juan Gutierritos aparecía como si se tratase de un trozo de película que se rebobinaba para proyectarse dentro de su cabeza: Miren muchachos, díganle a los clientes lo que les de su chingada gana, también háganles lo que mejor les parezca, pero jamás les roben, eso sí no le los voy a permitir… de por sí ganan bien, no la frieguen, no se metan en broncas.

     Gutierritos desaparecía, y el director general se atravesaba tomando el micrófono, después de haberle entregado el trofeo. Se dirigió al público como si una visión celestial se hubiera inoculado en su corazón, inspirándolo para hablar como si fuera un líder espiritual y no un frívolo ejecutivo comercial:

“Y recuerden siempre de llegar a los resultados con total honestidad. La honestidad es el principal valor de nuestra organización: hay que ser íntegros con lo que se hace, se dice y se piensa. ¡Ser de una sola pieza! ¡Así como Humberto Fierro, todo un ejemplo a seguir! Imítenlo y llegarán muy lejos. Que no les extrañe que un día, sea el gerente de su sucursal, después el regional y por qué no, a director divisional”.

― ¡Me la pelan! ― dijo Humberto Fierro soltando un manillar para flexionar su brazo derecho e hinchar su bíceps en señal de macho alfa poderoso. ¿Qué le iba hacer el flacucho e insignificante Gutierritos? Un oficinista que no movía un dedo para salir a la calle, y que su única función era tener las nalgas aplastadas mientras mostraba su cara de mustio cuando los clientes entraban a la oficina escandalizados y aterrorizados, debido a que un cobrador, injerto de Neandertal, casi les había tumbado la casa en medio de improperios exigiendo el pago atrasado.

Tomó una de las avenidas principales para cruzar la ciudad que en ese momento estaba a reventar de automóviles.

También le vino a la mente otro personaje insípido e insignificante: Germán Viruta, un vendedor de seguros que se la pasaba de pie, abordando a los clientes que llegaban para formarse a la fila y realizar sus pagos. De apenas veinte años, flaco, de lentes, con granos en la cara, pálido y ojos adormilados, era la personificación de un tonto que seguramente la virginidad era su principal problema a vencer. Humberto Fierro lo detestaba cuando una vez lo abordó para presentarse y saludarlo.

-¿Te dicen Mamey por mamón?–, le preguntó con su cara de tonto masturbado intentando ser gracioso.

Mamey porque estoy musculoso, y no soy un saco de huesos como tú, quien seguramente estás todo chupado por darte  justicia en exceso con tu propia mano.

De ahí en adelante le tuvo mala fe al muchacho. No le gustaba cómo lo miraba, y le era imposible descifrarlo. Era como si Germán Viruta estuviera fascinado, pero no entendía si era porque el muchacho se sentía atraído a él por su físico, o por otra cosa. Era raro, y no le gustaba, y tampoco le agradó una vez que había entrado a la oficina de cobranza de improviso, y allí estaba el tal vendedorucho de Seguros cuchicheando como vieja con el otro raroide de su jefe. Ambos voltearon a ver a un Humberto Fierro desconcertado y comenzaron a platicar entre ellos como si todo transcurriera con relativa normalidad. Eso no le gustaba. No le quitaría el ojo al tal Germán, ya que algo se traía y al parecer su jefe lo secundaba. Lo averiguaría y descubriría lo que ambos tramaban.

Dejó de pensar en conspiraciones imaginarias y mejor comenzó a realizar sus actividades extra laborales dentro del horario de trabajo. Primero llegó al gimnasio. Antes de bajar de la motocicleta, se quitó el casco. Entró y pagó las dos mensualidades vencidas; de paso, dio el pago de otras tres por adelantando para no preocuparse durante los siguientes meses. Y como acto de buena fe, le dio una espléndida propina a la chica del mostrador que estaba detrás de la caja, quien feliz tomó el dinero, dándole las gracias por su amabilidad y por ser un cliente distinguido, quien aunque se atrasara siempre pagaba oportunamente.

Ya sintiéndose dueño nuevamente de las instalaciones del gimnasio, se dirigió a los vestidores donde se quitó el uniforme. Debajo llevaba puesto su short de licra y una camiseta deportiva ajustada. Fue a los aparatos e hizo una rutina de pecho y tríceps, combinando con barras y mancuernas. Uno dos, uno dos. Cuatro círculos de diez, y le venían poco, pero necesitaba realizarlos así, métricamente para poder desarrollar sus músculos y no lastimarse. Cuando terminó, estaba bañado en sudor y apenas así se dio cuenta que allí estaban ejercitándose dos rubias de fantasía. Las barrió con la mirada grabándose sus curvas, pechos y traseros perfectos.  Era uno de sus placeres al terminar sus rutinas, ver a las chicas, presentarse y galantear con ellas para ver qué obtenía, ya que cuando se perdía en sus rutinas, su enfoque y concentración eran sagradas, encerrándose en sí mismo como si se tratase de un cuarto hermético con paredes de acero. Su mundo.

Cuando terminó se compró un litro de agua y lo bebió en un largo trago. Después se vistió con su uniforme de cobranza y se despidió coquetamente de la chica de la caja.

Al salir del gimnasio, fue al supermercado donde hizo sus sacrosantas compras para abastecer el gran templo que era su propio cuerpo: carnes, pechugas de pollo, pescado salmón de gran calidad, entre otras cosas comestibles que servían para aumentar sus músculos y mantenerse como a él le gustaba. ¿Comida para sus hijos? ¡Al carajo, al cabo su esposa compraba los víveres para la semana con lo que ella generaba! Y también, con lo que él le daba.

Por el momento, seguiría gastando el dinero que le había quitado a don Serapio, el cual repondría el fin de semana, para después depositarlo antes del cierre del domingo. Y si no hacía tal cosa, podrían transcurrir días y después podría tener problemas, primero con su jefe y después con auditoría, si la cosa se tornaba negra.

Pero para tal problema tenía un plan de contingencia que no le fallaba, y que incluso era el que utilizaba cuando comenzaba la jornada del viernes. Tal estrategia sólo la ejecutaba en los ejidos del valle, y no en la ciudad, donde sería muy peligroso. La gente del valle era muy sencilla y la gran mayoría de poco entendimiento, debido a que su educación escolar apenas rebasaba la primaria. Pura gente del campo, que sólo sabía trabajar la tierra, caminando agachados, cortando y amarrando cebollín, para después emborracharse en la tarde, dormir y comenzar nuevamente su azarosa jornada. Los clientes del valle cayeron redonditos en su treta.

Un día equis, tuvo los bolsillos vacíos, y llegó a una pobre casa de tal ejido de tantos. El cliente comenzaba a lanzar excusas para justificar su incumplimiento: eran cuatro semanas atrasadas y la cantidad acumulada era imposible que la regularizara. Si el hombre ganaba el mínimo y muy apenas pagaría puntual su semana sin percance alguno que se la interrumpiera. Tuvo una ocurrencia maquinada por su voz interna: le cobraría la visita. Mire don Anselmo, eso de venir desde San Luis hasta acá son un buen de kilómetros. Es gasolina que la empresa gasta para venir a recordarle su obligación, y por lo tanto se genera un gasto operativo, el cual se le cargará a usted por no estar al corriente. Si usted paga ese gasto, no se le cobrará el atraso, sólo la visita. Hasta que usted tenga el dinero suficiente para ponerse al corriente, ya no se le aplicará dicho cargo. El jornalero, de nombre Anselmo Hurtado, esbozó una sonrisa de oreja a oreja y le preguntó cuánto costaba dar ese pago tipo multa: mire don Anselmo, de acuerdo a la distancia de San Luis a su casa, son veinticinco kilómetros. Y son cien pesotes, que cubren la gasolina y el desgaste de la motocicleta. Don Anselmo muy contento le entregó el billete. Humberto Fierro imprimió en su maquinita de cobranza un aviso de visita y se lo entregó como si fuera el recibo. Don Anselmo leyó el aviso y le comentó que tal cantidad no estaba reflejada en el papel: ese cargo está vía sistema don Anselmo, este papelito es la visita y ya está cobrado, no se preocupe. Y ya sabe, mientras esté pagando la multa, no vaya a la tienda hasta que tenga el total del atraso y es exclusivamente conmigo el pago. ¿Estamos?

    Y así como don Anselmo, muchos clientes del valle de San Luis vieron la luz al final del túnel, y montaron en un altar mental al “Mamey de la cobranza”, quien  ahora era como su ángel guardián que velaba por sus intereses y su economía familiar. Tal promoción se corrió como pólvora por todo el valle y la gente concluía en sus pláticas que la Tienda Amarilla era la mejor del mundo, que esos tiempos de cobradores prepotentes y groseros, había terminado y que ahora eran cosa del pasado.

Humberto Fierro se auto-felicitaba por tal idea y después se dio cuenta que los clientes a los que nunca les había cobrado la visita, ellos mismos se lo proponían. Por eso, le encantaba el valle, ya que la inocencia de sus habitantes era manipulable a sus propósitos, mientras que los clientes de San Luis eran otra cosa, gente belicosa, que se agarraba de tú a tú y era dura de cobrar cuando incumplía. Y agradecía al cielo su divina suerte, ya que él administraba la cartera de clientes del valle, y tenía un poco de clientes en San Luis. El resto de la cartera de esa ciudad difícil estaba repartida con el resto de sus compañeros.

El valle era un paraíso, pero como en todo en la vida, siempre hay una piedra dentro del zapato: Serapio Cervantes era un viejo ladino que había obtenido el crédito cinco años atrás, cuando los requisitos eran mínimos y los tramitadores capturaban ingresos no comprobados, aumentándoles cínicamente la capacidad de pago para venderles indiscriminadamente, importándoles un comino si iban a poder cumplir con sus obligaciones de pago o no. Don Serapio Cervantes, en ese tiempo se presentó como un agricultor. Tenía un par de parcelas que rentaba a la compañía cebollera, vivía de sus rentas y de lo que le enviaban sus hijos desde Estados Unidos, quienes trabajaban en la construcción con buenos sueldos. Un día, enviudó y desde ahí don Serapio se dedicó a levantar la botella. Se bebía su contenido por las noches para olvidar el dolor y dormir todo el día, desconectado de una realidad que pretendía ahogar con litros de alcohol. Después, vendió las parcelas a la compañía cebollera y se dedicó a gastar el dinero con las prostitutas y travestis en las cantinas de mala muerte de la calle Sexta en San Luis.

Cuando el dinero se le agotó, pidió un cuantioso préstamo, el cual en realidad los hijos pagaban, pero cuando les llegó la crisis a los estadounidenses, el sector que se vio inmediatamente afectado fue el de la construcción, y por lo tanto, dejaron de ayudar a un padre que no se ayudaba ni a sí mismo. Y cuando él, el Mamey de la cobranza le propuso pagar la multa por visitarlo, el viejo quien apestaba ese día a cerveza rancia, cínicamente le dijo: ni madres, prefiero comprarme un pomo. Y desde ese momento le agarró coraje, y comenzó a visitarlo para gritonearle insultos y desquitarse. En realidad a Humberto Fierro lo movía el orgullo y pretendía que atormentando al viejo, ridiculizándolo frente a sus vecinos, iba a conmover y encorajinar a los hijos para que liquidaran la cuenta. Cosa que había logrado.

Ya era tarde, el sol se estaba ocultando dejando detrás las tonalidades rojas y naranjas que anunciaban el preludio de la noche. El intenso calor se apaciguaba y el aire ahora era un poco fresco. Humberto Fierro llegaba a su casa. Bajó de la moto y descargó las bolsas que contenían sus sagrados alimentos. Adentro, su esposa enfurecida le gritó: ¿Y ahora qué cabrón, y tus hijos qué van a tragar, ¿músculos? y Humberto Fierro rápidamente le contestaba con un torrente de groserías,  provocando en ella una súbita furia que originaba una acalorada discusión donde ninguna de las dos partes ganaba, y en la cual, los únicos afectados eran los niños, que lloraban aterrados creyendo que sus padres se mataban cortándose con hirientes palabras.

Enfurecido, guardó las carnes dentro del congelador y el resto lo dejó sobre la mesa. Salió de su casa estrellando la puerta tras de sí. Se montó en la moto y se alejó de su hogar, donde una esposa incomprensible y egoísta no entendía su gran pasión  por las pesas y su trabajo. Ni con el premio que le habían otorgado por ser el mejor de lo mejor la tuvo contenta. ¿Quién entendía a las mujeres? De emociones multiformes, cambiantes y lunáticas. Estaba convencido que nadie, ningún hombre, y el que las entendiera seguramente era algún tipo al que le gustaban los de su mismo sexo.

Vagó por la ciudad sin el casco puesto. La noche ya había caído y el tráfico ahora era tumultuoso y ruidoso en una ciudad pequeña, que pretendía ser una metrópoli por su inmenso número de habitantes dentro de un espacio reducido.

Quería despejar con el viento el mal rato pasado, que éste se llevara los malos pensamientos generados convertidos en insultos hirientes, y también los que había recibido por parte de la ira interna de su esposa. Quería reducir su nivel de furia y llegar relajado a la sucursal para rendir su trabajo, del que la ruta del día estaba programada en su handheld, que era un dispositivo tipo teléfono móvil, donde las visitas para cobranza eran registradas con: Cliente no estuvo, Cliente pagará en tienda, Cliente hizo convenio, Pago etc.  En realidad tenía pocas operaciones registradas manualmente, ya que a él le gustaba trabajar a la antigüita, sin aparatos, con sólo recibos. Rara vez cobraba con la handheld, ya que con ella sería imposible ¨jinetear¨ el dinero; si lo hiciera, estaría obligado a dar el pago el mismo día al momento de rendir y descargar la información en la sucursal.

Debió de haber transcurrido una hora, en la cual se había perdido a propósito entre colonias y calles desérticas, creando en ese paseo su propio laberinto interno. Al sentir que las venas de sus sienes ya no palpitaban con la intención de una inminente explosión, a la par de una respiración relajada y una nueva actitud, donde su mente navegaba por las aguas tranquilas de un nuevo horizonte, decidió tomar rumbo directo a la sucursal. Aceleró y el motor de la motocicleta rugió en respuesta de su urgencia. Su reloj de pulsera le indicaba que ya eran las 8:15 de la noche.  Si le metía velocidad llegaría en cinco minutos, tendría tiempo de formarse en la fila de pagos, llegar con la cajera y que ésta rindiera el informe de la handheld. Subiría al segundo piso y entregaría su registro de operaciones al mosca muerta de Juan Gutierritos. Regresaría a su casa, se daría una larga ducha, se echaría a dormir para cargar baterías. Recibiría al nuevo día para cobrar como loco y recuperar lo gastado.

Y cuando menos lo pensó, estaba adentrándose a un área comercial en forma de herradura, ya que las tiendas y negocios estaban alineados formando una enorme U y dentro, el inmenso estacionamiento. Vio al Cinépolis, al banco Banamex, también a la competencia Coppel, quien descaradamente copiaba casi el mismo tono de color institucional. Y al otro extremo, se alzaba majestuosa La Tienda Amarilla con sus grandes ventanales y colores dorados que brillaban con la luz eléctrica reflejada sobre su superficie. Frente a ella, varias motocicletas estaban estacionadas. Se apeó a ellas, apagó la moto, se puso el casco y bajó. Quitó de los manómetros la bolsa de los recibos y se la colgó al hombro. Con la handheld y la impresora electrónica pendiendo de su cintura, un dispositivo a cada lado como si fueran las Colt de un pistolero, relajado, altivo y seguro de sí mismo entraba a la sucursal, caminando con la parsimonia ceremoniosa del triunfador a través de unas puertas automáticas que se abrían dándole la bienvenida.

Mientras cruzaba por el largo pasillo de vitro piso blanco, donde se reflejaba su imagen bajo el baño de luz de las lámparas, miraba de un lado a otro por la abertura del casco a los pocos clientes que curioseaban los precios de los artículos en las áreas de electrónica, muebles y línea blanca. Al fondo, se encontraba el área de banco con tres escritorios, y a esa hora con un ejecutivo. Y también, a un lado del bancose ubicaban las tres cajas. Dos cerradas y una abierta, donde una compañera de mal semblante atendía a un cliente recibiendo su pago.  Para su sorpresa, el tal German Viruta estaba de pie, sereno y con una sonrisa hipócrita entre el área de cajas y él.

-¡Ese mi “Mamey de la cobranza”! ¿Cómo le fue hoy campeón? Me dijo tu jefe que en cuanto rindas la handheld  subas de volada a la oficina. Y después hizo un énfasis burlón finalizando, –que te están esperando.

Humberto Fierro le contestó con la mirada y sin decir palabra un: chinga tu madre wey. Y se fue de largo hacia la caja dejando al Viruta con la mano estirada y su sonrisa de nerd estúpido.

El cliente que estaba en caja recibía su ticket de pago, le daba las gracias a la muchacha que lo atendía y se retiraba con prisa para ir a cenar a casa. Humberto Fierro puso su handheld sobre la repisa de metal y metió el cable de descarga por la abertura de la ventanilla. La cajera conectó tal cable en un puerto de entrada de su computadora y descargó la información: 0 cobro.―

Cuando terminó la operación. Humberto Fierro colgó su handheld en la cintura y sin despedirse,  giró hacia la izquierda y caminó hasta el otro extremo de la sucursal para tomar las escaleras del segundo piso. Cuando llegó, se llevó una sorpresa que le provocó un vuelco en el corazón. En la pared y cerca del primer escalón, estaba una fotografía de cartón de tamaño natural del Director General, quien miraba directo y señalaba con el dedo índice a quien osara verlo. Junto a la foto estaba escrito en un globo de diálogo: SIEMPRE TRABAJA DURO, CON VALORES Y HONESTIDAD.

― Porque llevamos progreso a las familias pobres, bla bla bla… ―finalizaba Humberto, extendiendo su dedo de en medio y restregándoselo en la cara al Director de cartón.

Subió sin prisa los escalones de metal mientras chiflaba una melodía cínica de su autoría. Cuando llegó al segundo piso, posó su mano sobre la barandilla y miró al fondo la puerta de la oficina de cobranza. A su derecha tenía el amplio panorama de la tienda y mientras miraba sin ver las amplias área de mueblería y electrónica, su mente regresaba al Director de cartón. Lo habrían puesto en la tarde, debió haber llegado con la paquetería de la mañana. Así era La Tienda Amarilla, la cual, sin previo aviso mandaba comunicados, cambios en los procesos y la campaña publicitaria.  Eso, lo del Director General de cartón, era una ridiculez. Pero, le había sacado un susto durante el segundo que lo vio repentinamente, provocándole una punzada de incomodidad hasta el fondo de su alma, como si fuera una aparición que espantaba a su conciencia dormida, donde sus valores estaban amordazados y tomados como rehenes por un “Mamey de la cobranza” que imponía su propias reglas.

― Me estoy viajando ―, se dijo como si su propia voz fuera otra, provocada por un trastorno de personalidad disociativa imaginaria. Se río de sí mismo.

Cuando llegó a la puerta se detuvo en seco. Detrás de ella un silencio incómodo la atravesaba desde el interior de la oficina. Era raro, afuera se encontraban las motos estacionadas y era normal que sus compañeros estuvieran parloteando en medio de un relajo de algarabía, haciendo de la última media hora una fiesta en la oficina donde se platicaban los sucesos chuscos del día, y ellos eran los héroes y los clientes los villanos.

Giró la manija de la puerta. El pestillo cedió y la puerta se movió hacia adentro, abriéndose y mostrándole a sus compañeros, cada uno sentado en su escritorio, con semblantes serios y como haciendo que estaban revisando las cuentas impresas de los clientes que visitarían para el día de mañana.

La puerta se abrió totalmente deteniéndose en la pared y mostró el cuadro total.

El gerente Juan Gutierritos sentado detrás de su escritorio, con los codos sobre la mesa y con los dedos entrelazados formando un puente, mirándolo directamente a los ojos con una mirada inquisidora, como quien conoce los pecados más profundos para después dar su fatal  veredicto: sentencia de muerte.

Y de pie, oliendo al alcohol añejo y mostrando sus escasos dientes en una sonrisa triunfal, acompañada de unos ojos viejos que brillaban maliciosos: don Serapio Cervantes; que aunque estuviera en fachas de borracho pordiosero, posaba como una estatua con una actitud de autoridad, como seguramente tuvo en sus viejos tiempos cuando fue un agricultor exitoso.

― Voy a ir al grano Humberto Fierro ―, dijo Juan Gutierritos desuniendo sus dedos para tomar un recibo que reposaba sobre el escritorio con unas letras y números acusatorios. Lo tomó con ambas manos sujetándolo de sus esquinas superiores y como si se tratase de un Manto de Turín, se lo mostró a un Humberto Fierro, quien lo reconocía con sus ojos desorbitados a punto de salir disparados por la abertura del casco.  ― Usted le cobró el día de hoy a don Serapio Cervantes la cantidad de cinco mil pesos, como lo consta este recibo. Espero, que como ya fue a rendir allá abajo en cajas, tenga el contrarecibo electrónico del depósito. Y espero que lo traiga, porque si no, va a haber un problemita.

Humberto Fierro comenzó a intentar explicar lo inexplicable, tartamudeado de manera atropellada. Juan Gutierritos y don Serapio lo miraban como si se tratara de un aborigen que quería comunicarse en su dialecto intraducible.

― ¡Perdí el dinero! Se me cayó en el camino ―, fue lo único que le entendieron, siendo la frase final, una odisea inventada al vapor.

― ¡Mira! ― el insignificante Gerente, que ahora parecía un gigante, colocó el recibo nuevamente sobre el escritorio. Alzó su dedo índice y comenzó a darle indicaciones a un asustado Humberto Fierro.  ― Por el momento quiero que te quites el casco, lo dejes sobre tu escritorio al igual que las llaves de la moto. También me dejas la handheld y la ¨bilera¨ con recibos.  Mira, ya están cerrando cajas y ocupo que talonees el dinero y mañana a primera hora me lo deposites a la cuenta del señor Serapio, para así poder respaldar el recibo de cobro. ¿Me entiendes? Muy bien. Y mañana platicamos largo y tendido tu situación. ¡Así es que pícale, y deja de estar parado como pendejo y muévete porque si no me depositas esa lana, pues mañana te quedas de patitas en la calle por deshonesto!

Humberto Fierro, derrotado, pero con una esperanza que pendía de una débil llama, se quitó el casco y lo dejó descansando sobre su escritorio. Después le siguieron sus herramientas de trabajo, siendo las llaves de la moto, las que más le dolieron.  Pálido y con la cara desencajada se dio la vuelta y salió disparado de la oficina como si el tiempo que le quedaba fueran las últimas horas de su vida.

 

A las 9:00 pm, don Serapio se había retirado con una gran satisfacción, como quien la tiene cuando cumple una venganza jurada. Y después, se retiraron los compañeros de cobranza de Humberto Fierro en medio de cuchicheos y pronósticos.

German Viruta había visto bajar despavorido a un fortachón que en vez de provocar miedo, daba lástima. Era como ver a un perro apaleado y desesperado. Después, al viejo flaco de don Serapio, quien se despedía con una mirada y sonrisa de complicidad. Y por último, a los cobradores que hacían quinielas con la suerte de Humberto Fierro. Fue cuando decidió subir y encontrarse con un  Juan Gutierritos quien lo esperaba.

― ¿Y entonces? ―, preguntó con ansiedad.

― Todo salió muy bien, como lo esperábamos. ¡Ya ves, te dije que el Mamey era un pendejo bien hecho! Cayó redondito. Fue una excelente idea tuya haberle prestado el dinero a don Serapio y que este tonto le cobrara y ¨jineteara¨ el cobro. Ya le tomé foto al recibo y lo mandé a Recursos Humanos. Con eso ya lo chingamos, mañana me piden su baja, y te doy el puesto de él. Pero recuerda cobroncito, toda transa me la informas y te mochas. Mientras, esperamos que consiga el dinero y nos lo entregue para el depósito, si no, pues perdiste cinco mil pesos. Pero te ganaste un lugar aquí en cobranza, donde ganarás mucho más. ¡Ya lo verás!

German Viruta sonrió satisfecho. En realidad le daba igual si recuperaba o no el dinero. Al cabo que ni era suyo. Era el pago de unos seguros que estaban siendo ¨jineteados¨.

 

Mientras tanto, Humberto Fierro sin saber que el reinado del Mamey de la cobranza había terminado: sin moto, sin herramientas, aterrorizaba por última vez a los clientes del valle tumbándoles sus puertas y ventanas en medio de gritos altaneros. Exigiéndoles en medio de la noche, el pago atrasado y desapareciendo de un plumazo el cobro por visita. Era el todo o nada. Estaba decidido mientras canturreaba: ¡Tienda Amarilla no te acabes, porque sin ti me moriría!

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