TANATOS12

Capítulo 32

María abandonaba la perfección y sensualidad del espejo en busca de un cargador para el teléfono móvil que hallaría en su maleta. Mientras, yo me preguntaba por qué había sido tan insistente con respecto al espacio que ella me demandaba para leer lo escrito por Edu, como si no supiera que no era la primera vez, como si no nos hubieran pasado cosas mucho más impactantes. Pero lo cierto era que aquello, sin alarmarme, me sorprendía; era sorpresa, no reproche, y llegaba a entender que ella interpretara reproche y no curiosidad. De ser reproche lo sería disfrazado de temor, temor a ser apartado.

Se quitó la camisa y la colocó sobre la americana que a la vez estaba sobre el respaldo de aquella silla y no solo lo hizo con cuidado sino hasta con ternura, y desfiló con su neceser en la mano hacia el cuarto de baño. Pude ver entonces su fino y delicado sujetador y pude entender aquella transparencia de sus pezones en el tren, pues aquella prenda era un muro insuficiente que había librado una lucha desigual contra la voluptuosidad de las areolas y pezones de una mujer en plenitud. Me preguntaba cuándo y sobre todo por qué había comprado aquel sujetador que yo no le conocía y me preguntaba si osaría llevarlo aquella misma noche, pero si lo había llevado, así, a plena luz del día, parecía obvio que sí. Otra pregunta que me hacía era si obedecía a un capricho ajeno o a uno propio. La orden sería morbo, la decisión propia serían ganas de sentirse sexual, para sí y para los demás.

Obnubilado por aquella prenda tardó en llegarme al cerebro su última frase antes de desaparecer hacia el aseo, aquel “Pide lo que quieras” referido al servicio de habitaciones. Miré la hoja y lo cierto era que apenas había donde elegir. Mi mirada fue entonces, curiosa, hacia su maleta abierta y a su móvil enchufado. Dos tentaciones. Opté por la maleta, quizás su ropa me revelaría sus planes, pero no vi nada particularmente sugerente: ni vestido corto, ni medias, ni nada especial. Me iba a atrever con su móvil pero la ausencia de ruido de agua correr me impidió siquiera intentarlo.

Salió del cuarto de baño y le dije que no me apetecía nada de lo que había visto en la carta. Quizás fuera más una guerra de poder que eso. Y planteó entonces bajar al restaurante del propio hotel y me dijo también que no contaba con haber encontrado su power bank en el neceser. Cobraba entonces más importancia el salir con el móvil con batería suficiente que aquellos difícilmente creíbles problemas para encontrar un restaurante.

Ambos nos cambiamos de ropa para bajar a cenar, yo por un sudor frío que había transpirado como consecuencia de tantas emociones y ella quizás para darse un descanso de aquella María que no solo asfixiaba a los demás sino a ella misma. Sin embargo casi todo en ella en aquel contexto tenía un fuerte impacto, no tanto por su camisa vaquera sino por unos pantalones de cuero negros que le quedaban de infarto, que le hacían un culo tan potente que me hacía dudar si habría ganado algún quilo.

Sentados a la mesa en el restaurante del hotel le hice saber de la contundencia de sus pantalones y recordé que una vez habíamos coincidido con Paula y ella vestía una camisa vaquera y le había dicho que así vestida parecía masculina, una camionera o algo similar le había dicho. No estaban las cosas como para recordarle aquella anécdota y noté que aquella camisa en María era todo feminidad, todo lo que vistiera parecía delicado y femenino en ella.

Le insistí sobre sus pantalones de cuero y me cortó:

—Voy a salir con la ropa que llevaba antes. No insistas.

—No lo decía por eso. Solo era un piropo.

—Bueno, pues gracias, pero voy a ponerme la ropa de antes.

A veces me daba la sensación de que María no quería ser tan borde y brusca como efectivamente acababa siendo, porque en seguida reculaba, a su manera, cambiando el tono e iniciando una conversación con gesto más amable.

Hablábamos de los barrios por donde salir mientras yo asimilaba que el restaurante estaba casi vacío por lo que no podía disfrutar de miradas lascivas hacia ella, ni miradas de envidia y de incredulidad hacia mí. Tan pronto vivía dos o tres contextos seguidos en los que no veía el deseo de los hombres sobre ella me frustraba. En este caso llevaba la racha inaceptable del taxista, del chico del ascensor y de aquel restaurante semi vacío. Me frustraba y quería ir a algún pub o a algún bar en seguida.

María, enemiga declarada de los aires acondicionados, decía alegrarse por haberse puesto pantalón largo pues ciertamente hacía más frío en el hotel que fuera, mientras yo dudaba hacia qué zona de Madrid ir. Ninguno de los dos habíamos vivido allí, pero ambos conocíamos la ciudad a la perfección por múltiples viajes tanto de placer como de trabajo.

Pronto reparé en que un amigo de la universidad no solo vivía allí sino que, según veía en redes sociales, salía noche sí y noche también, y comencé a preocuparme porque nos encontrásemos sin haberle avisado.

—Bueno, no creo que se dé esa casualidad, ¿no? —dijo ella.

—Ya, pero es que me mata, María. Hemos hablado mil veces de que tan pronto viniera le avisaría.

—Pues, no sé, escríbele, quizás no salga, y te quedas más tranquilo.

Al final le hice caso y le escribí, y me quedé pendiente de su respuesta.

Si la primera parte de la cena fue tranquila, un oasis entre tanta locura, poco a poco la cosa fue mutando, fue mutando y tensándose cuando su móvil, sobre la mesa y enchufado a su batería portátil, fue iluminándose cada vez con más frecuencia. Yo, viendo su móvil al revés, solo alcanzaba a ver el tamaño de los párrafos recibidos y la celeridad de sus respuestas. Todo en aumento. Sus manos erráticas y sus mejillas acaloradas disimulaban como podían.

Yo me hacía el loco, pues disfrutaba con aquello. Disfrutaba de su tensión, de cómo podía sentir a través de ella. Era una sensación extraña, de morbo y de dolor, esa de verla en cierta forma claudicar ante Edu cuando conmigo se comportaba con aquella chulería.

En un momento dado se levantó para ir al cuarto de baño, dejando el móvil sobre la mesa, como si fuera una trampa que pusiera a prueba mi curiosidad. La vi alejarse, en tacones y aquellos pantalones y maldije que su camisa tapara su culo enfundado en aquel cuero negro. La imaginé manoseada, sobada, por Edu, con aquellos pantalones, y me excité. La imaginé bajándose las bragas para orinar y sorprendiéndose por la humedad de sus bragas y me excité aún más.

Me mantuve firme, sin mirar su móvil, sintiendo quizás absurdamente que aquello me daba cierta distancia y poder. Pero es que me imaginaba curioseando en su móvil, nervioso y apresurado, y me sentía terriblemente pequeño. Demasiado.

Ella volvió y ya en los postres un párrafo debió de ser especialmente atrevido pues lo releyó su mente y su cuerpo. Ver a María poniéndose cachonda por leer mensajes guarros de Edu era de nuevo dolor y morbo a la vez. Tras leerlos se quedaba unos segundos ausente e intentaba disimular continuando la conversación con falsa normalidad.

Degustaba mi flan con el gusto, pero la vista se iba a una María ya más en el mundo de Edu que en el de aquella cena. Cruzaba las piernas y se tocaba el pelo. Leía pero apenas escribía. Cuando lo hacía parecía no dudar. Y en mi mente retumbaba un “Ese cabrón te está mojando las bragas párrafo a párrafo”.

En un momento dado ella debió de sentir que a mis ojos podría estar quedando como la culpable de algo, aunque no sé muy bien del qué, y decidió tenderme una segunda trampa, pero yo esta vez quise caer en ella. Me preguntó directamente sobre qué querría que pasase esa noche y yo fui igualmente franco. Le conté con minuciosidad lo que después de más de un año era absolutamente obvio: otro hombre, otra noche, y verla con él. Ella no respondió, pero me miró distante, como queriendo dejar claro que si no pasaba nada sería porque ella no quería, y que de haber un culpable en todo aquello en todo caso sería yo.

—Pues sintiéndolo mucho, eso no va a pasar —dijo resuelta e imponente. Tan regia conmigo, tan fundida ante los mensajes de Edu.

Precisamente otro mensaje interrumpió aquella tensión, otro mensaje que claramente la calentó. Y otro y otro y el final de la cena a mí se me hizo tenso y a ella insoportable. De nuevo yo disfrutaba, mucho más que ella, pues ella tenía que disimular.

Su calentura no descendería mientras caminábamos por el pasillo hasta nuestra habitación. Los silencios eran cada vez más largos, su sofoco más indisimulable y la tentación por tocarla aumentaba. Una tentación con tintes masoquistas, ansiando casi más su desplante que su tacto.

Tan pronto entramos en nuestra habitación emboqué el cuarto de baño. Mi intención esencial era darle su espacio, aquel espacio demandado. Demandado y merecido.

Comencé a lavarme los dientes con calma, con detenimiento consciente. No sabía qué me podría encontrar cuando saliera de allí y me encontrara con ella. Tampoco sabía qué me quería encontrar.

Con el móvil posado sobre el lavabo revisaba las redes sociales con una mano mientras agitaba mi cepillo de dientes con la otra. Terminé de lavarme los dientes, me enjuagué la boca y escupí, cuando recibí varios mensajes de María, eran varios pantallazos de una conversación. No entendía nada, ni me daba tiempo a entenderlo, pues en ese preciso momento la puerta se abrió y María dejó caer el arnés con aquella enorme polla de goma sobre el húmedo lavabo.

—Ponte esto, anda. No puedo más—

Dijo en un tono neutro, que no mostraba tanta necesidad como el propio significado de la frase plasmaba. Queriendo fingir control hasta el final, aunque fuera obvio que no podía más con todo aquello, aunque fuera obvio que aquella calentura era ya absolutamente insoportable. La forma era lo de menos, el fondo era tremendo, aquel “no puedo más” cayó con un peso terrible.

—Sigue en pie lo de salir sobre las doce, pero ponte esto, lee lo que te he enviado y sal, hazme el favor— dijo antes de volver hacia el dormitorio.

Aun impactado por su petición me preguntaba por qué quería que me pusiera aquello, pues en aquellos momentos de máxima excitación yo le producía rechazo incluso con aquello puesto. De hecho los había introducido en mi maleta con indudable poca fe. Solo leyendo lo que me había enviado podría empezar a comprender sus intenciones.

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