TANATOS12

Capítulo 31

No sabía muy bien cómo me sentía. No sabía si decepción era la palabra. Por un lado me frustraba pero por otro agradecía el estrés inhumano que acababa de evitar.

María parecía poder con todo, con todo lo que le echábamos encima. Su integridad contra todo, incluso contra ella misma.

De nuevo en otro taxi, sentados de la forma más alejada posible. Volví a sentir aquel perfume ajeno, destacando en aquel habitáculo cerrado. Su cruce de piernas, su ropa impecable y su gesto de falsa tranquilidad.

Notaba como el taxista miraba permanentemente por el espejo retrovisor central. Para escanear una y otra vez a María o por mera costumbre de conducción… no lo podía saber. Si la había repasado cuando nos ayudaba a meter las maletas en el maletero lo había disimulado bien.

Miraba por mi ventanilla y pensaba que si yo estaba frustrado más lo tendría que estar Álvaro, el cual seguramente ya se había visto follándose a María en un polvazo tremendo. Me lo imaginaba duchándose, ya medio empalmado, visionando a María entrando en su habitación de hotel, ya casi lista, ya cachonda… sabiendo que al tercer beso ya la tendría sobre la cama echándole la mano a la polla… necesitada otra vez de que la calmara… y me excitaba a la vez que me alegraba de que tuviera que quedarse con las ganas.

Si bien aquello no eran más que suposiciones y mi fantasía, no debía de estar muy equivocado, pues cada vez que miraba hacia el otro lado del taxi, hacia donde estaba María, veía su móvil iluminarse sin parar, y ella haciendo caso omiso a aquellas llamadas.

Llegamos a nuestro hotel y el taxista mantuvo su disimulo mientras nos ayudaba con las maletas y le pagábamos. Era curioso que durante el trayecto en taxi no solo había pensado en la decepción de Álvaro, sino que me había dado tiempo también a preguntarme qué se traía María con Edu realmente. Porque le obedecía, pero no le obedecía. ¿Estábamos en Madrid porqué Edu lo había pedido o porqué ella así lo había querido? Y total para qué, si había pasado de Álvaro.

Entramos en el vestíbulo y había dos parejas delante del mostrador de recepción, por lo que tendríamos que esperar unos minutos antes de hacer el check in.

Allí plantados en medio de la extensa entrada. Sin nada que hacer. Siempre separados por ese par de metros que marcaban un ir juntos, pero estar separados, acabé por acercarme a ella y por preguntarle sobre la comida que había tenido con Edu.

—Creí que ya ni me lo ibas a preguntar. Muchas veces no entiendo nada —respondió seca, se tocó el pelo y lo juntó con sus manos como si fuera a hacerse una cola, pero no se la hizo, y dejó caer su melena hacia atrás, por la espalda y, esta vez sí mirándome a los ojos aunque con gesto como de no darle demasiada importancia a lo que iba a contar, comenzó a narrar:

—Pues… no te creas que hablamos mucho. De hecho estuvimos callados bastante tiempo hasta el punto que iba casi a preguntarle para qué narices había querido quedar cuando me soltó… como fue que dijo… algo como: “Tengo mucho interés en que vayas a Madrid”. Claro, imagínate, vaya frase más rara y a cuento de qué —María hablaba entre susurros, pero a toda velocidad, algo nerviosa —Y yo le dije que no iba a hacer nada con el chico. Y… no sé qué más… después como que me habló de la nota de audio que le enviamos y como que la quiso vincular a lo de ir a Madrid, en plan vaya nota de audio… de mierda… Y claro, yo no podía decirle que habías grabado mal… pero ahí me… me presionó un poco… y yo no sabía qué decirle…Y después me preguntó cuántas veces había escuchado su nota de audio con Begoña, le dije que no lo sabía… al final le dije que sí, que seguramente más de una vez.

Allí plantados en el vestíbulo, María con los brazos cruzados me seguía contando en tono bajo, fingiendo que no había sido importante su quedada con Edu, pero era evidente, en su tono, en su aceleración, y en su mirada, que siempre que Edu entraba en la ecuación, todo era relevante, relevante y muy tenso. Y había algo que me chirriaba en aquella narración y pronto descubrí qué era, y es que ella parecía querer plantear una comida, una relación, de igual a igual, pero yo los había visto juntos y sabía que no era así, que Edu era el distendido, el firme, y ella siempre más alerta e incómoda.

—Y… así… más… pues estaba en el restaurante un secretario judicial y empezamos a hablar del juzgado, de cotilleos más que de trabajo y me dijo algo como que en ropa de trabajo estaba muy buena o… muy… cómo fue que dijo… creo que dijo que iba muy mujer fatal… o algo así… y yo le veía venir y ya le iba a decir que no iba a ir a Madrid con ropa de trabajo pero él se adelantó y me dijo algo como… “estaría bien que fueras a Madrid, no tal cual vas al despacho, pero haciendo una mezcla, seguro que algo se te ocurre”.

—¿Y entonces has elegido ir así tú? ¿Pero es ropa nueva?

—Sí, bueno, los shorts no.

Dudé un instante, pero después me lancé:

—Vas… bastante llamativa… te veía de lejos en la estación y… parecías… no sé… como una puta de lujo —yo mismo me sorprendí de haberle dicho aquello, en voz alta sonaba realmente mal.

—No exageres… —me cortó en un tono algo más alto, un poco sobresaltada y contrariada, pero pensé que aún podría haberle sentado peor— ¿Van así las putas de lujo? ¿Eres un experto?

—No… no sé.

—Se lleva así ahora, las americanas largas con pitillo o shorts… No digas animaladas…

Se hizo un silencio. Pronto tendríamos el camino despejado para hacer el check in, y ella se apresuró en proseguir:

—Bueno… en fin. Y… poco más. La verdad es que en el fondo fue todo un poco violento, no natural, como es todo con él… —dijo reconociendo algo obvio, ahora sí, y era que nunca estaba precisamente a gusto con él— … nunca sabes por donde te puede salir. Y recuerdo que ya acabando de comer… de golpe me dijo: “¿no tienes calor con ese jersey?” y le dije que sí, pero que llevaba una camiseta de tiras algo cutre por debajo, y me dijo: “no me importa que sea cutre”.

En ese momento la pareja que teníamos delante dejó el mostrador de recepción libre y avanzamos los pasos necesarios para registrarnos en el hotel. María daba sus datos y yo me preguntaba si se habría quedado en aquella ajustada camiseta de tiras, que le hacía unas tetas impresionantes, delante de Edu. Me los imaginaba acabando de comer, con los postres, en silencio, y ella con las tetas allí expuestas, y Edu disfrutando de aquella tímida exhibición y de aquel silencio, que para ella seguro era incomodísimo, y me excitaba a la vez que sentía escalofríos.

Pero sin duda de toda aquella conversación tan extraña que María había relatado, lo que más me había llamado la atención había sido aquella frase de Edu, aquello de “Tengo mucho interés en que vayas a Madrid”. No entendía nada y parecía que María tampoco. Tampoco entendía muy bien por qué ella había obedecido a aquella petición de pasar el fin de semana fuera, pues parecía que Edu mandaba, sí, pero que María se reservaba una especie de derecho de veto que utilizaba cuando quería.

Gestionábamos nuestra estancia de una noche con el recepcionista como autómatas, pues ambos teníamos muchas cosas en la cabeza y una carga emocional y sexual tremenda, de forma constante, si bien María pretendía disimularlo. Entramos en el ascensor y dejamos paso a una pareja que llevaba un carrito con un niño pequeño. Eran algo más jóvenes que nosotros y solo tenían ojos el uno para el otro y para el niño. Sí, a aquel padre se le veía pleno, el pibonazo con el que subía en el ascensor, María, ni existió para él. Y yo de nuevo me preguntaba por qué no había elegido llevar una vida normal, cuando había tenido todo para ser feliz. Se despidieron en la cuarta planta, majísimos, encantadores, y yo pensaba si María no estaba pensando lo mismo que yo, y si no me culpaba por habernos salido del carril en busca de explorar aquella locura.

Arrastrábamos las maletas por el pasillo que nos llevaba a nuestra habitación. Entramos. La habitación era más amplia de lo esperado, aunque no tenía nada de especial. María se quitó la chaqueta y la colocó con meticulosidad sobre el respaldo de una silla. Se miró en el espejo que había al lado de una pantalla plana anclada a la pared. Se detuvo a mirarse. De nuevo hizo aquel gesto de levantarse un poco el pelo por atrás, como para hacerse una cola pero finalmente no hacérsela, como si quisiera dejar respirar un poco su nuca o su cuello con aquel movimiento, en aquellos veinte segundos con los brazos levantados, consiguiendo además e involuntariamente que su pecho se marcase más al hacer aquel movimiento.

Yo colocaba mi equipaje en el soporte de maletas cuando ella, sin anestesia, me dijo:

—A ver, Pablo… No te voy a negar que me atrae obedecerle según qué cosas a Edu. No te lo voy a negar a estas alturas.

Se hizo un silencio eterno. Parecía que me leía la mente, que sabía que yo no acababa de entender qué se traía realmente con él. O quizás, como venía siendo habitual, no me lo estaba contando a mí, sino que se lo estaba aclarando a ella misma.

—Pero… alma de sumisa tontita no tengo —prosiguió, allí plantada, frente al espejo, con sus taconazos, sus piernas interminables, su mirada encendida, su camisa cara— Si se cree que soy una Nati o una Begoña lo lleva claro.

No entendía aquella comparación con ellas dos, pues ellas habían sido o eran novias, y ella obviamente no. A menos que tuviera información de que también había jugado o jugaba con Begoña o Nati a darles órdenes. O quizás se refería a que las consideraba unas apocadas, unas pusilánimes encandiladas… cuando ella era efectivamente lo contrario. Deduje que sí, que se referiría a eso último.

—¿Pero por qué estamos aquí? ¿A qué hemos venido? —conseguí hablar por fin.

—Pues estamos aquí porque los tres lo queremos y ya está.

—Pero y… que… que… —tartamudeé nervioso y desconcertado— qué quieres que pase, qué vamos hacer esta noche, qué vamos a hacer mañana, por qué has pasado así de Álvaro… cuando Edu te pidió que fueras. Es que no entiendo nada.

—He pasado de Álvaro porque estoy harta y porque no soy una fulana. Sobre esta noche y mañana yo tampoco lo sé. Mira tengo hambre, pedimos algo al servicio de habitaciones y salimos que me estoy agobiando aquí ya.

—Si te estás agobiando por qué no cenamos fuera.

—Pues porque quiero comer cualquier cosa rápido, no quiero ponerme a buscar un restaurante ahora y además tengo que cargar el móvil. ¿Tú tienes hambre?

—No mucho, pero eres tú la que tiene prisa por salir.

María ya iba a replicar cuando su móvil, posado sobre la mesa que ella tenía delante, se iluminó de nuevo.

—¿Quién es? —pregunté incesantemente tenso.

María bajó su mirada y dijo:

—No es nadie, es Inés, joder, se me va a apagar el móvil —María hablaba rápido, como en la recepción, queriendo zanjar temas incómodos a toda velocidad— A todo esto —continuó— que no te parezca mal, pero Edu me ha escrito una guarrada, una guarrada tremenda mientras estaba en el tren; no la he leído, pero ya se veía lo que era, y lo quiero leer, lo quiero leer con calma.

—¿Qué? ¿Cuando? ¿Ahora?

—Ahora, en un rato, después de cenar, no sé… E intuyo que me mandará algún párrafo enorme de esos más porque está en una despedida de soltero y tiene pinta de que hasta que se entretenga con una… va a estar con la tontería de escribirme burradas…

—Vale, vale… —respondí ya sobrepasado, con aquella sensación eterna de que yo no controlaba nada— Vale, pido la cena y ya leerás tú eso cuando quieras. Iba a preguntar si lo podría leer yo, pero quise evitar su negativa.

—¿Y esta noche qué hacemos? ¿Salimos y qué? Es que sigo sin entender nada —dije.

—Ya te he dicho que no lo sé, pero ya he visto cuando hacías la maleta que vienes con ganas de… eso —dijo, sorprendiéndome, efectivamente había metido nuestros dos juguetes en mi maleta y a eso se refería ella. Había metido también sus medias y su liguero y pensé que eso no lo había visto, y yo descartaba casi completamente que se lo fuera a poner en algún momento del fin de semana.

—No sé —prosiguió— a mí me apetecía pasar una noche fuera, a ti también… y Edu le apetece escribirme guarradas y preguntarme qué hago mientras tú y yo salimos en otra ciudad, pues ya está. Igual le estamos dando demasiadas vueltas.

—¿Pero a qué te refieres con leerlo con calma? Lo de leer con calma lo que…

—Ay, Pablo, ya está —interrumpió— a veces no sé si no entiendes el castellano o qué pasa. Pide la comida anda y deja de agobiarme aunque solo sea por un segundo —dijo, hablando cada vez con más chulería. Pero yo no quería ceder por muy despótica que se pusiera, obvié su arrogancia e insistí:

—Joder, María, ¿Es que qué es eso de leerlo con calma? ¿Me estás diciendo que… te vas a… tocar… mientras lees la guarrada que te haya escrito Edu? ¿Aquí?

—Yo no he dicho eso, pero mira, por qué no, si está bien y me da la gana quizás sí.

— ¿Y yo?

—¿Y tú qué? Yo qué sé. Tú si quieres mirar, miras.

—Que mire pero que no moleste, ¿no?

—Bueno, pues nada, ya te lo vas diciendo tú todo.

Zanjó altiva, tan insoportable como terriblemente morbosa, y desabrochando un botón de su camisa, gustándose otra vez, y dudando si quitársela para estar más cómoda.

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