Mª DEL CARMEN MÚRTULA

Marta es una gran mujer, amiga incondicional de todo aquel que se le acerca. Vive con su madre, pero ésta sabe que tiene que asumir el estilo peculiar de los compromisos existenciales de su hija y procura ser una buena colaboradora en todas sus actividades. Su casa está siempre abierta para todo el que la requiera y más de un/a joven con problemas ha pasado el tiempo que ha necesitado, compartiendo sus preocupaciones con estas dos mujeres. Marta les inculca la ilusión por la vida, les hace descubrir los valores por los que uno tiene que ser capaz de jugarse el tipo, trata de ayudarles a comprender que la paz y la alegría de vivir dependen de las motivaciones que llenan la existencia de cada uno. Y así, poco a poco, les va llevando a cambiar de actitud frente a las dificultades que sin duda seguirán encontrando, pero que, desde esa relación, se saben con nuevas fuerzas para enfrentarse a ellas. Todos reconocen que allí siempre encontrarán unas desinteresadas amigas dispuestas a echarles una mano. Marta es compañera de Sara desde la infancia. Juntas pasaron las primeras peripecias de la niñez adolescencia y juntas conocieron a Andrés y su manera de enfocar la vida. Cuando ellos decidieron formar una familia, Marta se les unión incondicionalmente, formando un trío de una fuerte influencia en el ambiente donde se mueven. Más tarde, cuando terminó sus estudios de enfermera, decidieron juntos la conveniencia de especializarse en el campo de la drogadicción. Como todos ellos, dedica su tiempo libre a dar gratuitamente una orientación formativa de su especialidad en el club del barrio. Seminarios de medicina preventiva, planificación familiar, primeros auxilios… Después de la conversación que tuve con ella, a raíz de los acontecimientos anteriores, me interesaba saber de su persona, por eso he pensado que la más indicada para darme la información perfecta era Sara.

Aprovechando que tenía la mañana libre, pues mis alumnos se han ido a visitar el museo Prehistórico de la ciudad, me he acercado a la biblioteca a probar suerte y la he tenido, pues son pocas las personas que acostumbran a usarla a esas horas de la mañana y hemos podido conversar prácticamente sin interrupciones. Era el primer día que la veía después de lo ocurrido a su hijo la semana pasada.

(El niño quedó ciego a consecuencia de una meningitis bacterial)

—¿Qué tal estás?

—Pues mira, haciéndome el ánimo, porque esto es algo que te viene y te coge de sorpresa, pero no puedes darte porrazos contra la pared, la vida te da duros golpes y hay que ir aprendiendo a asumirlos y a ir caminando con ello.

—¿Y cómo está el niño?

—¡Imagínate!  A él le cuesta más que a mí, pues a su edad no se tiene los recursos que podemos buscar los adultos, pero hemos tenido la suerte de que Elsa lo sabe llevar muy bien y parece que va adaptándose a su nueva realidad.

—¡Ah sí! Ya recuerdo que Elsa está trabajando de niñera con tus hijos.

—Sí, ha sido un buen regalo, pues es una chica muy responsable y se ha encariñado mucho con los pequeños.

—Es suerte por las dos partes, pues para ti también es un descanso.

—Ya lo creo, además Marta quiere, aprovechando su condición de enfermera, asistir a un curso de educadores de invidentes, que se va a impartir en las vacaciones de invierno, para poder luego orientarnos en la tarea de ayudar a Daniel a desenvolverse con habilidad en su nueva situación.

—Pero, me contó su madre, pensaba pasar las vacaciones con ella en un balneario en el norte del país. ¿Cómo va a poder estar en las dos cosas?

—Bueno. No es la primera vez que sus planes pasan a segundo término cuando alguien la requiere. Estoy segura de que lo hubiera hecho por cualquiera de nosotros. Se sabe miembro corresponsable en esta gran familia que estamos entre todos construyendo. Por eso sus intereses, tanto personales como familiares y profesionales, están siempre en función de las urgencias que le pide el ir favoreciendo la hermandad comunitaria que intentamos vivir.

—¡Ah! Por eso ayudar a vosotros pasó antes de sus vacaciones ¿no?

—Exacto. Esta tarde mismo va a cancelar el viaje y a matricularse en ese curso. Su talante de vida solidaria se descubre en estos gestos concretos de disponibilidad.

—Pero ¿esto lo que hacéis todos o es algo de ella?

—Mira, aquí a nadie se le obliga a dar más de lo que su propia generosidad le exige. Pero tratamos de ir creando en nosotros una conciencia opuesta al individualismo, para liberarnos de ataduras egoístas y buscamos estilos de vida propios de la agilidad de los que han puesto su existencia al servicio del hermano que te reclama por su necesidad.

—¡Esto es muy obligado!

—Pues sí. A esta gestión, que nos coge la vida,consagramos, no sólo nuestro tiempo libre, sino toda nuestra existencia. Por eso, cuando llega el caso, pasa por delante de nuestros planes personales.

—Una cosa así, supone mirar primero a los problemas de los otros.

—Ya veo que lo vas entendiendo. Nosotros pretendemos ser sal de la tierra. Sal que hace su servicio sin ser notada, que no se ve pero que se necesita y se le echa de menos si falta; sal que se echa mano de ella para que dé buen sabor, para que el conjunto del guiso se beneficie al estar allí, sin ser visible pero útil. O como la levadura, que se sabe de su presencia porque es la que hace crecer. Todo esto es imprescindible para que la fraternidad vaya desarrollándose.

—Así dices tú que es Marta ¿verdad? Como la sal y como la levadura en esta sociedad.

—Sí, somos amigas de toda la vida, por eso creo que hago justicia al definirla así. Este es el estilo de Marta. Tiene la gracia de estar siempre disponible, a punto para sacar a cualquiera de un apuro. Está siempre ahí para echar una mano, para cubrir una necesidad, incluso para remediar un desagravio. Está ahí siendo sal, luz, levadura… en fin construyendo el Reino con sus actitudes de disponibilidad.

 

Relato sacado de la novela “S.H. El Señor de la Historia”

http://minovela.home.blog

Un comentario sobre “La condición femenina (1)

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