TANATOS12

Capítulo 30

Mi decisión estaba tomada, me iba a los servicios del fondo del vagón. No me quedé a descubrir si María se alteraba porque Álvaro le escribiera. No me quedé a ver si le respondía con rapidez o le castigaba un poco o si ni le respondía. Demasiado en shock estaba después de lo escuchado y después de ver a María palpar su coño allí sentada… como para alterarme, sufrir o excitarme con lo que pudiera salir de aquel teléfono móvil.

Una vez en el aseo pasé el pestillo con vehemencia y me vi deslumbrado, pues la luz de aquel habitáculo era mucho más potente y brillante que la del vagón. Me apresuré a desabrocharme el pantalón y comprobar la espesa y extensa masa transparente que había regado la parte frontal de mis calzoncillos. Sentí alivio. Paz. Liberación. Las consecuencias de aquella narración estaban físicamente allí y emocionalmente en una mente que ya comenzaba a bombardear con las imágenes y posturas descritas por María.

No tenía tanta necesidad de masturbarme como de soltarme. Me llegué a bajar los pantalones hasta los tobillos. Y así, con los pantalones bajados, abrí el grifo, me mojé las manos, me las llevé a la cara y vi mi ridícula polla reflejada en el espejo, con toda la punta embadurnada de aquel líquido blanquecino. Enrojecida, torturada la noche anterior por haber sido enclaustrada en aquel cilindro y apretada instantes atrás por mis calzoncillos y pantalones. Una minúscula polla que se sentía injustamente tratada pero que a la vez disfrutaba con la injusticia.

Eché la piel de mi miembro hacia atrás y cerré los ojos. Con la otra mano me apoyaba en el lavabo para no perder el equilibrio. Mi mano quería masturbarme pero algo dentro de mí quería prolongar aquel estado de máxima excitación. Y mi mente, traicionera, lanzaba imágenes que obligaban a mi mano a moverse.

Si hubiera una cámara o si alguien derribase aquella puerta vería a un hombre con los pantalones bajados hasta los tobillos, apoyado en el lavabo, con los ojos cerrados, con la cabeza echada ligeramente hacia atrás, pajeando con dos dedos una minúscula polla, pensando, o imaginando como dos chicos se habían follado a su novia, a su prometida.

Mi mente no elegía, no seleccionaba la mejor o más humillante de las posturas. Simplemente disparaba, como un reproductor de música configurado en aleatorio. No solo las posturas, sino las frases y los comportamientos. Que se la hubieran follado sin condón me mataba y me extasiaba, que Álvaro la hubiera penetrado analmente me excitaba y me jodía. Imaginarla o recordarla con su sexo y su boca repletas por las pollas de aquellos críos me humillaba y la humillaba. Pero quizás fueran las frases lo más impactante, que Álvaro la llamase cerda mientras ella se la comía y ella no protestase, que Guille la llamase guarra mientras la embestía desde atrás y ella no le parase. Aquel hecho. Aquello de imaginar el grado de excitación y calentura al que habría llegado María para no protestar ante aquellas humillaciones, pues mientras no dejaran de follarla aquellas vejaciones eran asumibles.

A cada imagen me iban asaltando diversas dudas. Preguntas apartadas para no interrumpirla pero que ahora se me hacían obligatorias. Y es que en todo lo que me acababa de contar solo había descrito un orgasmo masculino, el de Álvaro en sus labios y su cara, pero parecía poco probable que Guille no hubiera explotado también; la pregunta obligada era cómo y en dónde. Quizás dentro de ella… y suponía que en tal caso habría sido con preservativo… su cordura tendría que haber llegado hasta allí.

Y cuando Álvaro la enculaba… me preguntaba si lo habría hecho con condón o sin él… De lo descrito más bien había dado a entender que sin él.

Curiosamente, tras mis preguntas, no fui a lo narrado por ella, sino a lo vivido por mí. A cuando había entrado en aquel dormitorio y Guille la follaba. Su cara de entrega… de sentirse vejada y a la vez agradecida, siempre en una tensión que parecía que en cualquier momento se rompería, hacia un lado o hacia otro, que o se corría o por el contrario se saldría de él y les mandaría a la mierda. Siempre en aquel límite. Su cara de placer que conmigo jamás había vivido. Su cuerpo agradeciendo aquella polla y aquella locura, como sabiendo que aquello era un regalo difícilmente irrepetible y que debía aprovechar. En ese sentido seguramente los tres habían pensado lo mismo durante aquellas horas.

De golpe me sentí a punto de correrme al recordar aquel momento en el que Álvaro la follaba en misionero y Guille, con sus rodillas a ambos lados del torso de ella, le metía la polla en la boca. Me imaginaba que yo entraba en la habitación, como si fuera invisible. Esa invisibilidad del cornudo. Y veía como los cuerpos de los chicos casi tocaban el uno con el otro y de María apenas se veían sus piernas abiertas, sus brazos y manos aferradas al culo de Guille y su cabeza yendo y viniendo hacia aquella polla ayudada por las manos de éste. Ultrajada por coño y boca por aquellos dos niños pijos, que seguían sin creer la suerte de follarse a aquel pibón que pareciera inaccesible; aquel pibón que finalmente, una vez habiendo claudicado, no decía a nada que no, y se dejaba follar e insultar como una puta barata.

Comenzaba a sentir un pequeño espasmo que anunciaba mi orgasmo cuando aquella frase, aquello de la puta barata me hizo detenerme, y pensé en ella, en el tren, allí sentada, con aquella ropa cara, quizás dando la impresión de ser una puta, pero de otro tipo, una puta de lujo… Y me sentí mal, como otras veces había pasado… por utilizar según qué términos para con ella en momentos de máxima excitación. Porque para nada consideraba que lo fuera y más bien me culpaba a mí de que ella acabara explotando en algo que no era.

Dejé mi miembro libre. Que de nuevo pagaba los platos rotos de toda la carga psicológica de nuestras circunstancias. Me volví a echar agua en la cara. Cogí papel higiénico y sequé como pude mis calzoncillos y mi polla. Me recompuse la ropa, cogí aire y salí de allí.

La puerta del vagón se abrió y mis ojos fueron a María, que mantenía un gesto hierático. Como si no hubiera pasado nada. Menos acalorada. Más en su sitio. Delante de ella había una chica que no me parecía que hubiera estado antes, quizás había estado en la cafetería o en otro vagón, el caso es que parecía que había más gente que antes. Me preguntaba si habría sido posible que alguien hubiera escuchado su narración y parecía altamente improbable. Además de que ciertamente daba igual.

Lo que sí pensé fue en que si alguien hubiera entrado en el vagón durante aquellos segundos en los que María se estaba masturbando sí habría visto aquella boca entre abierta, aquellos ojos cerrados… y aquella cara desencajada… de placer puro… Había tenido razón María en que aquello sí había sido verdaderamente arriesgado.

No me senté a su lado, sino en mi sitio, en mi asiento. Disfrutando de nuevo de verla desde fuera una vez había recibido mi premio de aquella confesión. Tampoco ella me buscó con la mirada.

Miré la hora en mi móvil, estábamos a punto de llegar, entré en los chats. María hacía un minuto que se había conectado. No podía seguir con aquel déficit de información, así que le escribí:

—¿Qué has hablado con Álvaro? —de nuevo parecía surrealista que la escribiera estando a dos metros de distancia.

No quise mirar de reojo, es más, hasta me volteé más hacia mi ventanilla. Hasta que me respondió:

—¿Te has hecho una paja ahí al final?

—Creo que lo de qué has hablado con Álvaro es bastante más relevante —contesté lleno de razón.

Ella tardaba en responder. Temía que me dejara a medias. Pero un par de minutos más tarde finalmente apareció en mi pantalla:

—¿Has flipado mucho con lo que te he contado?

—Imagínate…

—¿Te ha parecido todo… muy guarro? —preguntó y yo supe que no me preguntaba sobre la suciedad de los hechos, sino de ella. Me preguntaba encriptadamente si la juzgaba como a una guarra por lo confesado. Me pareció que mostraba por fin cierta humanidad. Preocupada, aunque solo fuera un poco, por la opinión que podría tener yo de ella una vez se me había revelado lo sucedido.

—No —respondí de forma sincera.

Y era cierto. No podía juzgar todo aquello confesado en aquel tren como un compartimento estanco. Tenía que poner todos los componentes para valorar. Tenía que mezclar todos elementos, todo lo sucedido antes, de donde veníamos, de donde venía ella. Ser consciente de que llevaba cinco años con María y que realmente solo la habían follado como ella merecía, como su cuerpo merecía, dos noches, la de Edu y la de casa de Álvaro; dos actos sexuales plenos y placenteros hasta el éxtasis en cinco años. Porque mis polvos con María durante aquellos años podrían catalogarse de múltiples formas, unos mejores que otros, pero no plenos, no satisfactorios en momentos de máxima necesidad. Y también había que aportar el elemento consistente en la cantidad de veces que Álvaro lo había intentado aquella noche, y que ella se había resistido, por ella, y nada más que por ella, pues sabía que me tenía a mí al lado permanentemente, insistiendo, insistiendo en que aceptara. Añadir que ya nos habíamos ido de su casa a pesar del calentón que llevaba, añadir que había accedido a besarle y a masturbarle… pero a después marcharse… pues no quería fallarse a sí misma… hasta que finalmente había caído.

Era cierto que una vez caída la torre más alta el derrumbe había sido estrepitoso. Que una vez entregada, su necesidad de explotar la había llevado a límites humillantes, pero no sería justo para con ella que la juzgara como lo que no era.

En aquellas reflexiones estaba cuando de nuevo mi móvil se iluminó. María accedía a contarme lo hablado por mensajes con Álvaro. Me decía que estaba hospedado en un hotel en frente de la estación de tren, que aún no estaba en él, pero que llegaría en seguida, que sus amigos pasarían en coche a recogerle a las diez menos veinte de la noche, que no podrían parar más de unos segundos porque había un carril bus o algo parecido.

Nosotros llegaríamos exactamente a las 21.01 y entre salir de la estación y llegar allí nos darían fácilmente las nueve y veinte. Habrían como mucho veinte minutos útiles, y esas eran las cábalas que hacía yo, porque de lo que ella me contaba nada desprendía que pretendiera ir al hotel de Álvaro.

María se cansó de trascribir y, ante mis preguntas, decidió ahorrar tiempo, así que comencé a recibir pantallazos de su conversación con él. Allí vi como el chico parecía insistir en verla… que después tenía una cena y que después vendría Sofía, que después sería imposible, que quería verla aquellos quince o veinte minutos, que no se había despedido de ella y que le apetecía verla. María no le decía ni que sí ni que no, y apenas le escribía con monosílabos.

Yo no sabía qué creer. Pero sin duda era conocedor del calentón que llevaba María. La media hora o más que llevaba María describiendo y recordando la tremenda sesión de sexo vivida con él… Me preguntaba con qué fuerzas podría ella negarse a aquella visita fugaz.

Le mencioné a Edu, de forma algo rebuscada, a lo que ella me respondió:

—Si me estás preguntado si Edu quiere que quede con el idiota este ya te digo que sí. Que qué coño gana él con eso ya no lo sé.

A María la presionaba Edu, la presionaba Álvaro y la presionaba yo… aunque no le dijera nada. Seguramente también su coño empapado, empapado por lo recordado, por lo vivido precisamente con él… también la quería convencer.

Parecía que solo su ego, su María altiva, orgullosa y recta, se resistían y luchaban. Contra todo.

El tren llegó a su destino y yo aún no sabía qué pasaría. Como siempre ella decidía. De nuevo aquella incertidumbre era tan adictiva como el propio morbo de verla follar con otro hombre.

Para mi sorpresa sucedió algo que me hizo pensar que quizás sí iría al encuentro con Álvaro, y es que María se puso en pie y, en el medio del estrecho pasillo, sacó su chaqueta de allí arriba y se la puso con un estilo y una elegancia que denotaba que no quería evitar en absoluto que las miradas de los hombres se complacieran con ella. Como si se hubiera planteado generar erecciones solo con su belleza, su feminidad, su potencia y su lenguaje corporal. Fueron unos quince segundos en los que se giró, se recreó, y se acicaló, fingiendo que era un coqueteo con ella misma, pero era también hacia los demás. Aquella forma de gustarse, casi de excitarse ella misma con ella misma… denotaba que estaba no solo muy cachonda y excitada sino que tenía la imperiosa necesidad de proyectarlo.

Por supuesto ni tuvo que pedir ayuda para que alguien le bajase la maleta. Un chaval jovencísimo le ayudó, casi sin atreverse a mirarle a la cara, demostrando más deseo con aquel esquive que las miradas lascivas de otros hombres más mayores.

Las piernas desnudas y largas de María desfilaron por el pasillo y de nuevo la repulsa de las mujeres y la excitación de los hombres. De nuevo yo me imaginaba cuántos de ellos la considerarían una puta de lujo y me llegaba a plantear si Edu no habría buscado precisamente que diera la imagen de eso.

Otra vez no viajábamos dos, sino uno y uno. Caminábamos cerca, por el andén, pero no pegados. Sus andares denotaban decisión, pero yo sabía que era falsa seguridad. Su coño empapado, sus bragas húmedas y la oportunidad que se le presentaba… a pocos minutos… al alcance de su mano… estaban ahí.

No me acerqué hasta que llegamos a las escaleras mecánicas que nos subirían a la planta baja. Allí ella cogió su móvil y vi que Álvaro le había escrito. Ambos leíamos de la pantalla. María no me enseñaba su teléfono ni hacía por ocultarlo, como era costumbre, y pudimos leer un párrafo bastante largo en el que Álvaro le decía que acababa de llegar al hotel, que iba con muchísima prisa, que en breve entraría en la ducha, que si iba que pidiera la tarjeta en recepción, de la 201, y que entrase porque seguramente se estaría duchando. Al final de aquel párrafo Álvaro preguntaba:

—¿No vendrás con el tarado de tu novio, no? Si viene se queda fuera.

No suficiente con aquella última frase, por la parte superior de la pantalla, se veía como Edu había soltado su enésima bomba. Bomba que ambos pudimos leer y que casi pude sentir como a María le bailaba el móvil de la mano al leerlo…

—Ya que tiene el hotel ahí en frente sube y que te folle bien.

María resopló y bajó el móvil inmediatamente.

Salimos de aquellas escaleras mecánicas y caminamos hacia una pasarela. Pasaban de las nueve y diez y yo me situaba a un par de metros de María, la cual ardiendo y presionada seguía fingiendo que podía con todo y con todos.

Yo quería y no quería que fuera a aquel hotel. Sabía que aunque ella subiera yo no podría entrar. Me visualizaba tras la puerta de aquella 201… y ella dentro… y yo escuchándoles… Me imaginaba que los escuchaba hablar… y que después escuchaba besos… y creía morir. Me empalmaba y me sentía culpable por ello, otra vez, otra vez más me sucedía lo mismo.

María no revisaba su móvil. Parecía que lo que hubiera decidido lo había decidido ya. A mí ni me preguntaba pues mi respuesta sería obvia. Tampoco me decía que iría solo a hablar con él, pues ambos sabíamos que si accedía a ir a aquel hotel, aunque solo estuviera quince minutos allí… sería para ser follada… en un polvo corto pero salvaje, brutal… Nadie se podía creer que Álvaro fuera a serle fiel a Sofía y que quisiera que María subiera… para hablar…

Con la sensación de que la decisión estaba tomada, que solo faltaba la ejecución, salimos de la estación de tren, en aquella noche medianamente cálida y primaveral. Paramos en un semáforo, con nuestras maletas, los taxis a la izquierda y el hotel de Álvaro al otro lado de la avenida.

Sentí entonces que no solo lo deseaba, sino que había algo más, y es que me parecía que lo justo era que fuera al hotel de Álvaro. Como una cuestión de merecimiento, por la presión, por lo que yo no le daba, y hasta por aprovechar la suerte de haber encontrado a un amante como él.

No dejaba de ser extraña aquella sensación de creer que tu novia se merece que otro se la folle, pero era así.

El semáforo se puso en verde y María caminaba un poco avanzada con respecto a mí. Sus taconazos, sus piernas desnudas, aquella americana larga que tapaba sus shorts, la camisa blanquísima que asomaba por los cuellos y por los puños, lo justo, lo medido, lo elegante, su trolley arrastrada… y su cuerpo ardiente… y presionado… Su melena moviéndose como un metrónomo, por su paso firme… y pensé entonces, mientras la observaba, en la suerte de aquel cabrón… del cabrón de Álvaro… de lo que estaba a punto de follarse…

Llegamos al otro lado de la calzada, me puse a su altura, y María no giraba hacia la derecha en busca del paso de peatones para cruzar la avenida, sino que caminaba rumbo a la parada de taxis. Me salió automático, sin pensar, nervioso:

—¿A dónde vamos?

—Pues a nuestro hotel, ¿a dónde si no?

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