ISA HDEZ

Creías que no podrías fraguarlo hasta que llegó el momento y, rebuscaste recursos por todos los medios que tuviste al alcance de tu mano. Es difícil de separarte de ese ser que tuvo su origen hace años, cuando todo era alegría y vida a tu alrededor y ella a la que bautizaste Matilda llegó a tu vida de regalo y, te colmó de risas, regocijo y júbilo. Al presente te motivaba el bañarla, limpiarle el caparazón y echarle de comer. Te miraba con ojos saltones fijos e inmóviles y, cuando le hablabas estiraba el cuello como si quisiera responderte. Cuando llegó a tu vida era tan diminuta que cabía en la palma de su mano, y ahora es tan enorme que la tienes que sujetar con las dos manos cuando la bañas. No sabías que te dolería tanto desprenderte de ella, pero ya no había recipiente para albergarla y, no solo era ese el problema, sino que no la podías manejar y, cuando viajabas te surgía el problema de dejarla sola, entre otros. Querías dejarla en algún lugar seguro donde le dieran cobijo y cariño y, no era fácil encontrarlo. Cuando apareció la persona adecuada casi lloró de alegría de saber que Matilda cambiaría de lugar, quizás a una zona más bonita y adecuada para ella, y ya no te sentirías tan apenada por dejarla a otra ama a la que ella contemplara. Estabas segura de que Maica la cuidaría muy bien. A partir de ahora tendría compañeras en el estanque donde iba a vivir y, todo era favorable para ella. Lo cierto es que no le preguntaste si quería el cambio y podría ser que Matilda no quisiera estar mejor, y eligiera quedarse con su ama de siempre, durante once años fue tu única compañera, aunque no la pudieras cuidar tan bien como estaría ahora, a partir del cambio. ¿Quién lo sabe? A veces no sabemos si actuamos bien o mal cuando pretendemos mejorar, o si es lo mejor que hacemos en un momento dado porque no nos queda más remedio, o porque no buscamos otra solución. Carla estuvo llorando todo el día cuando la despidió, pero sabía que lo que forjaba lo tenía que hacer, y agradeció profundamente a Maica que la adoptara. A los pocos días recibió unas fotos de su vida en el campo y le pareció que Matilda le sonreía y que ya se había adaptado a su nueva casa. Todos los días la recuerda y a veces la ve pasar por su mente con sus ojillos vivarachos y su cuello estirado, queriendo saludarla, pero al instante piensa que nada es para siempre y, Matilda ahora está donde debe estar. ©

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