MOISÉS ESTÉVEZ

Terminado el desayuno, ambos decidieron repetir con otro café y
disfrutar tranquilamente de un pitillo.
María notaba a Vincent serio, pensativo, pero a la vez lo veía relajado,
despreocupado, como si se hubiera quitado un gran peso de encima.
– ¿Qué piensas? Estás muy callado. –
– Oh! nada. Bueno, en realidad pienso en varias cosas a la vez, poco
importantes. Nada que deba preocuparte. –
– No lo hago. Qué te has creído. – Contestó ella con un tono burlón.
Vincent soltó una carcajada.
– ¿Te apetece hablar de ello? –
– Si, pero en otro momento. Ya te digo que es algo trivial, lo que no quita
que te lo cuente. Ahora lo que me apetece es disfrutar de este instante, aquí,
contigo, en esta ciudad, con mi cafecito, deleitándome con cada calada de mi
cigarrillo, y este clima que tenemos, que es estupendo. –
Ella sonrió a la vez que exhalaba el humo del Marlboro que Vincent le
ofreció de su cajetilla. – He pensado que podría apetecerte que diéramos un
paseo por la Cuesta de Moyano. Creo que es de los pocos sitios que no
conoces de Madrid, y merece la pena, es más, estoy segura de que te va a
encantar. –

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